CAPÍTULO 47
ERAN LAS CINCO EN PUNTO de la mañana. Me levanté sin hacer ruido.
Megan parecía dormir profundamente. Emitía leves sonidos por la nariz, a medio camino entre un ronquido y una respiración pesada. Abrí despacio la puerta de la habitación y salí, cerrándola detrás de mí. Luego, apoyé brevemente la oreja en la puerta de la habitación de Alex. Roncaba de lo lindo. Luego hice lo mismo en la puerta de la habitación de Lindsay. No podía estar totalmente seguro de que estuviera dormida, pero por debajo de la puerta no se colaba ninguna luz. Estaba casi convencido de que mis tres compañeros de casa estaban durmiendo.
Subí las escaleras hasta mi expoliado estudio y saqué del bolsillo de los vaqueros el pen drive rojo. Lo conecté al ordenador portátil de Megan y tecleé:
2020
La verdadera historia de la Tienda
de Jacob Brandeis
Pulsé la tecla «guardar», desconecté el pen drive rojo y volví a guardármelo en el bolsillo de los vaqueros.
Había escondido mi mochila detrás de dos pilas de ejemplares atrasados de la revista BusinessWeek. En su interior había una muda, un cepillo de dientes, dentífrico, un bloc de notas amarillo, un frasco de pastillas para el colesterol, una botella pequeña de Jack Daniel’s y mi iPad, en el que me había descargado unos cuantos clásicos de la novela y las dos primeras temporadas de House of Cards.
Estaba listo para irme.
Cerré la puerta del estudio y bajé las escaleras. Al pasar por delante de la puerta cerrada de uno de los dormitorios oí un susurro.
−Papá, ¿adónde vas?
Era Lindsay.
−Volveré pronto. No te preocupes −le dije.
El ronco susurro de mi hija me siguió escaleras abajo.
−Estás loco −dijo.
Solo yo pude oír mi respuesta.
−Eso dicen.