CAPÍTULO 63

PASAN LAS HORAS, y mi vida se reduce a esperar la opinión de Anne Gutman sobre mi manuscrito. La estoy esperando como un hombre acusado de haber cometido una masacre espera la decisión del jurado. No soy capaz de pensar en otra cosa…, en las miles de personas que me están buscando o en las consecuencias de mi posible captura. Creo que mi libro es muy importante. Y ahora necesito que Anne Gutman también piense que lo es.

Pero Anne no me llama, y soy consciente de que mi vida depende de la suerte…, de la buena y de la mala suerte. Con Maggie Pine tuve buena suerte. Al principio de mi viaje con Kenny tuve mala suerte, pero luego, al final, tuve un increíble golpe de suerte.

Anne me dio dos billetes de cincuenta dólares cuando abandoné su despacho en mi apestoso estado de ansiedad y paranoia. Por si a alguien le interesa saber qué hotel de Manhattan se puede conseguir por menos de cien dólares (guardando algo para un sándwich de nueve dólares y dos Heineken), le diré que me alojo en un lugar de la Duodécima Avenida llamado…, no te lo pierdas…, hotel. Sí, así se llama. No hotel west side, ni larry’s hotel, ni hotel barato. No, simplemente hotel, y es exactamente como alguien pensaría que debe ser un sitio llamado hotel: las paredes no solo están desconchadas y tienen manchas de fluidos cuyo origen es mejor no plantearse, sino que es evidente que no han cambiado las sábanas y la toalla desde hace días, o puede que semanas.

Una ducha ayuda, aunque el agua solo esté templada y solo haya un trozo de jabón usado. Quita el hedor, el polvo, la grasa y el sudor. Sin embargo, nada puede quitar el miedo de que algo pueda ir mal, mezclado con la esperanza de que al final todo saldrá bien.

Me he gastado once dólares del dinero que me dio Anne Gutman en un teléfono desechable. Se lo he comprado a un tipo africano que tenía su mercancía extendida en la acera. Pero sabía que el aparato funcionaría. En cuanto lo he comprado, he llamado a Anne; le he dejado mi número en el contestador y le he dicho que me llamara («Por favor, por favor, por favor, llámame, por el amor de Dios. Tengo la sensación de estar viviendo una historia de terror. Necesito saber qué está pasando»).

Es medianoche. Después de haber pasado demasiado tiempo frente a la televisión viendo a Jimmy Fallon, Seth Meyers y Charlie Rose, sigo sin noticias de Anne. No me ha llamado.

La llamo una y otra vez, y lo único que escucho es «Soy Anne Gutman. Ahora no…».

Apago la televisión y me echo en la sucia cama. Sostengo en la mano el móvil, como si fuera un objeto sagrado que me hubiera entregado Jesucristo en persona.

Poco antes de las cuatro de la madrugada, mi amigo el teléfono y yo nos acercamos hasta una bodega, esa clase de bodega que tiene un cristal antibalas delante de todas las botellas y un mostrador antibalas donde el dueño te cobra lo que has comprado.

«Llámame, Anne. Llámame, Anne, por el amor de Dios». Camino al ritmo de este mantra.

Compro una botella pequeña de bourbon Heaven Hill y un paquete de Pringles sabor barbacoa. Y vuelvo al hotel.

«Llámame, Anne. Llámame, Anne. Llámame…».

A las siete de la mañana, ninguna llamada, ninguna noticia de Anne, ya no quedan Pringles… ni esperanza.