CAPÍTULO 3
−¿NEBRASKA? ¿ESTÁIS LOCOS? −exclamó Chuck McKirdy−. ¿Os vais a trasladar a la maldita Nebraska?
Megan respondió a la pregunta con su paciencia habitual:
−Hemos encontrado trabajo allí. Y allí es donde vamos a ir −dijo, con voz tranquila.
−¿Cuál es el apodo de Nebraska? ¿El estado de las cáscaras de maíz? −preguntó Sandi
−El estado de los peladores de maíz −la corregí.
−¡Vivan los peladores de maíz! −gritó alguien.
Muy pronto, otras voces se unieron al coro:
−¡Vivan los peladores de maíz! ¡Vivan los peladores de maíz!
−De acuerdo −dije−. Declaro inaugurada la convención anual de gilipollas.
Megan sonrió y acto seguido inició un breve discurso. Dijo que en nuestro círculo social no era ningún secreto que nuestro último trabajo había sido rechazado «no solo por fieles amigos cuya identidad no vamos a desvelar −en ese momento, Anne Gutman, en broma, escondió su rostro tras su servilleta aún sin desplegar−, sino también…, y no vais a dar crédito a tal humillación…, sino también por la Tienda».
−Así pues, sin perspectivas de futuro para Los orígenes del rap y sin perspectivas de futuro para Jacob y para mí (por no mencionar a nuestros hijos), parecíamos estar condenados al fracaso. Pero justo cuando las cosas pintaban peor, mira tú por dónde, la Tienda acudió en nuestra ayuda.
Guardamos silencio. Fue solo un momento, pero lo suficientemente largo como para correr el riesgo de arruinar nuestra historia. Porque era una historia, casi un cuento de hadas. Era un relato con muchas dosis de ficción sobre cómo había ocurrido todo.
En ese momento, Megan y yo estábamos a punto de contarles una mentira colosal a nuestros amigos más íntimos. Y a pesar de que la habíamos ensayado a conciencia, noté un nudo en el estómago y una punzada en el pecho, y a Megan le temblaban visiblemente las manos. Sin embargo, ya habíamos dado el pistoletazo de salida. Teníamos que hablar. Y Megan lo hizo.
−Bueno, lo que ocurrió a continuación es un poco demencial. Pensamos que todo había terminado entre nosotros y la Tienda. Alex y Lindsay incluso empezaron a bromear diciendo que seríamos tan pobres que deberían decidir con cuál de nuestros parientes vivirían.
La interrumpí:
−Ninguno de los dos quería irse a vivir con la familia de Megan.
Ella me dio un puñetazo cariñoso (no habíamos ensayado improvisaciones).
−En fin, recibimos un mensaje del departamento de recursos humanos de la Tienda… ofreciéndonos… trabajo… a los dos.
−¿Haciendo qué? −preguntó Chuck−. ¿Escribiendo anuncios o textos para el catálogo?
−Bueno, esa es la parte mala −dije−. Son trabajos bastante cutres. Trabajaremos en su centro de distribución. Ya sabéis, tramitando pedidos y haciendo que les lleguen a la gente. Pero…
Hice una pausa. Me había perdido.
Megan no iba a permitir que esa frase se quedara colgada.
−Pero −dijo Megan−, como la Tienda es tan grande y está creciendo tanto, dentro de tres meses tendremos oportunidad de ascender. Solo tres meses.
−Y eso es todo −dije, esperando que la rotundidad con la que había dicho eso me permitiera recuperarme y zanjar el asunto con mis amigos.
Vale, estaban sorprendidos. Muy sorprendidos. Y sí, nuestros amigos siguieron contando chistes sobre republicanos, sobre granjeros y sobre peladores de maíz. Sin embargo, mirando a mi alrededor, pensé que todos me habían creído. Alguien propuso organizar una fiesta de despedida. Y alguien más habló de alquilar un autocar para viajar a Nebraska. Sí, aparentemente, todos nos habían creído.
Bueno, casi todos.
Miré a través de la ventana del apartamento y vi un dron. Estaba grabando todo lo que ocurría alrededor de nuestra mesa.
También vi que Anne Gutman me miraba fijamente. Éramos buenos amigos, viejos amigos. Tenía una tímida sonrisa en los labios. Me di cuenta de que Anne no se había creído ni una sola palabra de lo que habíamos dicho.