CAPÍTULO 20
BETTE Y BUD SE FUERON a su casa inmediatamente después de cenar, pero nos alegramos al comprobar que había quedado la mitad de la tarta de melocotón. Alex y Lindsay estaban inmersos en sus mundos de Instagram y Facebook, y Megan y yo nos pusimos a trabajar en nuestro despacho del desván con el aire acondicionado recién instalado. Aunque eran casi las once, teníamos la energía de quien se dispone a empezar su jornada.
−Esto es lo que quería enseñarte desde que llegamos −dijo Megan mientras tecleaba frenéticamente en su portátil−. No mires por encima de mi hombro −añadió−. Espera a que se haya abierto todo.
Tras unos segundos más fingiendo no mirar por encima de su hombro, Megan dijo:
−Vale, ahora ya puedes mirar. Pero ojo: no es un único documento grande; simplemente he cortado y pegado cosas que me he bajado y he guardado. He titulado el archivo UMDML.
−Me rindo. ¿Qué significa UMDML?
−Un Montón De Mierda Legal.
−Vaya, ¿cómo no he sido capaz de deducirlo? −dije sarcásticamente, aunque ella me ignoró.
−Vamos, echa un vistazo −dijo Megan.
Era increíble.
Conclusión: veintisiete estados habían aprobado leyes claramente concebidas para favorecer a la Tienda. Evidentemente, la palabra Tienda no aparecía en ningún momento, pero Megan y yo sabíamos lo que estaba ocurriendo.
La Asamblea General de Connecticut había aprobado lo que habían dado en llamar «ley de beneficios para el consumidor», que prohibía a cualquier empresa «radicada en el territorio» (lo que equivalía a decir cualquier empresa de toda la vida) «modificar los precios para equipararlos a las ofertas de internet antes de que hayan transcurrido siete días».
Traducción: si la Tienda tenía un taladro Black & Decker en venta por veintinueve dólares, la ferretería local debía esperar siete días antes de poder igualar esa oferta.
Los ediles del ayuntamiento de Chicago habían aprobado una ley «concebida para mejorar la situación económica de las familias más desfavorecidas» que permitía a la ciudad proporcionar «gratuitamente ordenadores y tabletas a todos los hogares con ingresos inferiores a los 24.000 dólares anuales. Durante los tres primeros meses, dichos ordenadores y tabletas solo tendrán acceso a sitios web de venta al por menor».
Traducción: la gente pobre de Chicago podía usar unos pésimos ordenadores programados exclusivamente para visitar páginas web de tiendas online, es decir, supermercados y grandes centros comerciales, aunque esa gente clicaría sobre todo en el sitio web de la Tienda para comprar toda clase de mierda, productos que no podía permitirse, endeudándose cada vez más con su tarjeta de crédito.
Las leyes, decretos y enmiendas a favor de la Tienda habían proliferado por doquier.
Como era de esperar, Nebraska tenía más leyes favorables para la Tienda que cualquier otro estado. Era como si Nebraska se estuviera preparando para el día que la Tienda gobernara el estado. La Asamblea Legislativa de Lincoln había aprobado normas peligrosas para el medio ambiente con vistas a un futuro en el que los cielos estarían llenos de drones, lo que obligaría a talar millones de árboles.
En Florida se daba por sentado que los cubanos poblarían masivamente el sur del estado, de modo que, ¿por qué no aprobar una ley que permitiera pagarles a los inmigrantes «temporales» un salario inferior al mínimo? Eso es lo que había hecho el senado de Tallahassee.
Aunque el nuevo aparato de aire acondicionado funcionaba a todo trapo, no evitaba que la sangre hirviera en nuestras venas.
−Tengo ganas de vomitar −dije.
−Por decirlo suavemente −dijo Megan.
Mi mujer me comentó que me mandaría todo el archivo de inmediato y luego, muy atinadamente, sugirió que copiáramos a mano toda esa información en fichas y borráramos cualquier rastro de ella en nuestros ordenadores. Ambos dábamos por sentado que a la Tienda le resultaría más fácil el espionaje informático que irrumpir en nuestra casa para robar una copia manuscrita. (Sí, lo sé: nunca hay que dar nada por sentado).
−Cuando digo borrar, quiero decir borrar literalmente −dijo Megan.
Para nosotros no era ningún problema. Uno de los «trabajos alimenticios» que había hecho Megan fue escribir un manual de instrucciones de diez páginas titulado «Diez trucos de hacker al alcance de todos». Así pues, sabía cómo limpiar completamente un ordenador, más allá del inútil «Borrar historial» que utilizamos la mayoría de los que solo somos meros usuarios. (Sí, también lo sé: es imposible limpiar completamente un ordenador).
Antes de sumergirme en el archivo UMDML, me dediqué a un proyecto de cosecha propia relacionado con la Tienda. Había empezado a reunir información sobre el fundador de la Tienda. Aunque se podría pensar que era fácil entrar en Google y navegar por un montón de páginas dedicadas a Thomas P. Owens, la información era sorprendentemente escasa. Owens había nacido en Lorain, Ohio, en 1939, por lo que debía tener unos setenta y ocho años. Vivía en Arizona y tenía otra casa en Nueva York. Había fundado la Tienda hacía alrededor de veinte años. Al principio era una página web muy cutre y chapucera en la que Owens vendía libros, artículos de oficina y, sobre todo, golosinas de otros tiempos, como los caramelos Necco Wafers y Bonomo Turkish Taffy.
La empresa (en aquellos tiempos llamada Tu Tienda) tuvo tanto éxito que el Wall Street Journal y el Crain’s New York Business le dedicaron sendos artículos. En 1998, Owens vendió la Tienda a un grupo de inversores.
A partir de ahí, había sido incapaz de encontrar más información sobre ese tipo.
Mis dedos volaban sobre el teclado cuando Megan dijo:
−¿Te has leído el archivo UMDML?
−Todavía no, pero lo haré enseguida. Estaba haciendo algunas búsquedas sobre Thomas P. Owens.
−Vale. Bájate toda la información, colega, y ven aquí. Esto te va a dejar alucinado.