CAPÍTULO 53
−ESTAMOS TODOS muy, pero que muy preocupados por ti, Jacob −dijo Bud.
−Lo sabes muy bien, papá −añadió Alex.
Pasó por delante de su madre y de su hermana, se quedó de pie delante de mí y, mirándome fijamente, posó las manos sobre mis hombros. Decididamente, aquel no era el estilo de Alex. ¿Quién diablos era ese muchacho?
Mientras tanto, el técnico que sostenía la jirafa la colocaba sobre cualquiera que hablara. Los tres cámaras se movían sigilosamente por la habitación; uno de ellos grababa a todo aquel que intervenía, otro se ocupaba de los «planos de reacción» y el tercero se dedicaba exclusivamente a mí.
Bette, Lindsay y la entrevistadora de San Francisco contribuyeron a la intervención. Sacaron el tema del cuidado, la comprensión y la necesidad de ayudar hasta la náusea. Se me revolvía el estómago, literalmente. Y la rabia me provocaba un dolor en el pecho. Puede que la mayor de las sandeces la pronunciara Lindsay.
Después de haber lloriqueado por mi incapacidad para concentrarme en mi familia, en mi mujer y en mis hijos −«la gente que está ahí para hacerte feliz»−, me miró fijamente a los ojos y dijo:
−Quiero recuperar a mi padre.
«¡Me pones enfermo!». Aunque eso es lo que habría querido gritarle, lo que hice fue ponerme de pie y hablar con un tono de voz normal y tranquilo:
−Por favor, ¿por qué no os vais todos y me dejáis en paz? −Y luego, con toda la fuerza de mis pulmones, grité−: ¡Por favor!
Los dos matones que estaban de pie a mis espaldas se acercaron un poco más a mí, por si debían sujetarme.
De repente, mi enloquecido cerebro ya estaba en otro sitio. Necesitaba encontrar un modo de escapar. Debía dar con una salida. Lo que unos días atrás me parecía un libro importante y necesario se había convertido en una auténtica obra maestra, un libro que se impondría al mal y restablecería la libertad antes de que fuera demasiado tarde. ¿Qué era yo, un loco más o alguien que tenía en sus manos lo que en esencia era el quinto evangelio?
No estaba seguro. Pero debía seguir luchando.
El entrevistador de San Francisco se levantó y se colocó justo delante de mí. Habló despacio y con precisión, incluyendo una frase particularmente irritante en su discurso: «¿Me entiendes, Jacob?».
Yo temblaba de rabia. Tenía lágrimas en los ojos y la camiseta empapada en sudor.
−Estamos aquí para ayudarte. ¿Me entiendes, Jacob? Vamos a llevarte de vuelta a New Burg para ingresarte en una clínica de reeducación del comportamiento donde aprenderás de nuevo las bases para vivir una vida feliz. ¿Me entiendes, Jacob? Todos…, tu familia, tus amigos, los especialistas del grupo de psicoterapia de la Tienda…, todos creemos que dentro de cuatro o cinco semanas estarás mejor y te sentirás más fuerte y feliz. ¿Me entiendes, Jacob?
Mientras hablaba, el grupo de la intervención empezó a rodearme. A pesar de sus dulces palabras y sus comprensivos rostros, me asustaban. Tenía la extraña sensación de ser la víctima de una multitud dispuesta a lincharme.
−Estaremos a tu lado, papá −dijo Lindsay.
−Te quiero, cariño −dijo Megan.
−Ya te advertí sobre ese libro, papá −dijo Alex.
Ahora, los dos matones estaban a ambos lados de mi silla.
−Es lo mejor para ti, Jake −dijo Bud, casi en un susurro−. No seas terco. No te pongas furioso.
Se me caían las lágrimas. Noté su sabor salado en la boca. Vi cómo me temblaban las rodillas desnudas.
Sabía que era una reacción debida a la rabia que había provocado aquella descarada intervención.
Las lágrimas eran más copiosas. Me puse de pie. Los matones me agarraron con fuerza por los codos y las muñecas.
−¡Basta! ¡Basta, por favor! −grité.
Me senté y, en voz baja, dije lo que tenía que decir.
−Lo entiendo. De verdad. Os doy las gracias a todos. Haré lo que queráis.