CAPÍTULO 37

−¡EH, LOS BRANDEIS! ¡Aquí!

Era una voz femenina, fuerte y alegre.

−Mirad a vuestra derecha. ¡Estamos aquí! −gritó un hombre.

De pronto, la voz de Megan se transformó en la de una niñita asombrada.

−¡Oh, Dios mío! ¡Son Bette y Bud! −gritó.

Oh, Dios mío. Eran Bette y Bud. Ambos parecían un poco más jóvenes, un poco más delgados, un poco más…, en fin, un poco más «guays» que en New Burg.

Besos y abrazos. Luego dimos un paso atrás, examinándonos de la cabeza a los pies. Bette, Bud y yo nos sentamos en un sofá y Megan en un enorme sillón.

−Tenéis un aspecto estupendo −dije.

Y lo dije en serio: parecía que hacía seis meses que hubiesen dejado New Burg, y ahora tenían el aspecto de haberse quitado diez años de encima.

−Es cierto, estáis estupendos −dijo Megan. Teniendo en cuenta que ella era el miembro con tacto de nuestro equipo, añadió−: A ver, siempre habéis tenido un aspecto estupendo, pero habéis perdido peso, el corte de pelo de Bette es très chic y… No sé…, es todo. Tenéis una piel radiante y la ropa que lleváis es muy Ralph Lauren.

Supongo que, al final, Megan agotó los cumplidos. Se quedó en silencio pero sin dejar de sonreír. Era el momento perfecto para que Bette y Bud nos dijeran lo estupendos que estábamos.

−Bueno, Megan está tan guapa como siempre −dijo Bette.

−Sin duda. Pareces incluso más joven que cuando nos vimos por última vez −añadió Bud.

«Claro −pensé−. No os cortéis, tíos. Y ahora decidme lo bien que estoy yo».

Sin embargo, en lugar de eso, Bud sonrió y dijo:

−En cambio, tú, Jacob, tienes pinta de haber trabajado demasiado. ¿Te explotan mucho?

Bud se rio entre dientes.

−No. Trabajo, pero no demasiado −dije.

−Ha perdido unos cinco kilos desde la última vez que le visteis −dijo Megan−. Sin proponérselo.

−¿Cómo? ¿Os estáis metiendo conmigo los tres? A lo mejor solo me hace falta un repaso.

Me eché a reír, pero nadie me imitó. Estaba cabreado, aunque nadie parecía darse cuenta.

−Escucha, Jacob −dijo Bette−. Soy partidaria de controlar el peso, pero estar demasiado delgado es tan malo como tener muchos kilos de más.

−Amén −dijo Megan. Le dirigí una mirada que venía a decir «¿Qué diablos está ocurriendo aquí?». Sonrió y añadió−: Es por tu propio bien.

Pensé que siempre que alguien decía que algo es por tu propio bien, en realidad nunca lo es. Pero pensé sobre todo en lo mucho que me dolía e irritaba que Megan se hubiera apuntado al club de «Jacob está hecho una mierda».

Afortunadamente se acercó un camarero para tomar nota (en su dispositivo electrónico, por supuesto; probablemente yo era el último americano que aún utilizaba un lápiz de grafito).

Megan pidió un vodka con tónica, Bette una CocaCola light, Bud un agua con gas («Pero sin lima, ¿de acuerdo?») y yo un Chivas con hielo.

−¿Habéis dejado de beber, chicos? −pregunté.

−Qué va −respondió Bette−. Solo intentamos beber un poco menos. Siempre es una buena idea.

Me pregunté por qué tenía la necesidad de definir lo que acaba de decir como «una buena idea».

Entonces, Megan les dijo que habíamos intentado localizarlos cuando llegamos a San Francisco.

−Bueno, después de haber sido trasladados no vinimos directamente a San Francisco −dijo Bette−. Nos mandaron a San Diego.

−San José −la corrigió Bud.

−¡Oh, hay tantos santos! −exclamó Bette−. Clara, Mónica, Anita, Diego, Clemente… La mitad del tiempo ni siquiera sé dónde estoy.

−Contadnos −dijo Megan−. ¿Qué estáis haciendo aquí? Es como si os hubieseis largado de New Burg en plena noche.

Efectivamente, nos largamos de New Burg en plena noche −confirmó Bette−. Un ejecutivo de la Tienda nos llamó y dijo que nos enviarían un coche que nos llevaría al aeropuerto, donde tomaríamos un vuelo privado a… −Dudó durante un instante−. A San José. Ahí es donde vivimos y trabajamos; está a solo una hora de aquí. Yo estoy en el centro de distribución de San Mateo… Ahí lo tienes; otro nombre de santo.

Bette y Bud se miraron el uno al otro con ojos brillantes y enormes sonrisas. En realidad, parecían no haber dejado de sonreír desde que los vimos.

Debería haber dejado el tema. Lo intenté, pero no lo conseguí.

−Escuchad. Somos vuestros amigos. En New Burg erais nuestros mejores amigos. Contadnos qué pasó −dije, quizás con demasiado fervor.

−Pasó lo que acabamos de deciros, Jacob −dijo Bud. La sonrisa había desaparecido de sus labios−. Ellos nos llamaron y nos dijeron que lo preparáramos todo porque el avión estaba listo. De modo que eso hicimos. Y nos trasladaron.

Estaba perdiendo la paciencia. Y hablé con un tono de voz demasiado alto.

−Pero ¿quién diablos son ellos? ¿Quién os llamó? ¿Y por qué tuvisteis que iros de inmediato, en plena noche? ¿Y qué significa exactamente ser trasladado? Respóndeme. Cuéntamelo. Desaparecisteis sin dejar rastro. ¡Eso no es normal! ¡Es antinatural!

−Cálmate, Jacob −dijo Megan.

−A nosotros nos pareció perfectamente normal −dijo Bette,

−Pero ¡no lo es! −grité−. No es perfectamente normal tomar un avión en medio de la noche con destino a otro lugar. No es así como funcionan las cosas en este mundo.

Hubo una larga pausa. Bebí un largo trago de whisky. Entonces, Bud tomó la palabra.

−Así es exactamente cómo funcionan las cosas en este mundo. Y si por algún motivo no te parece perfectamente normal, no hay ningún problema. Pero a nosotros sí nos lo parece.

El botón de «rellenar» el vaso que había encima de nuestra mesita estaba parpadeando. Todos lo ignoramos, y finalmente se apagó.

Bette intentó restablecer el orden. Habló con su dulce vocecita, como si durante nuestra conversación no se hubiera dicho ninguna inconveniencia.

−De modo que así fue como nos trasladaron. Un avión privado y, ¡zas!, estábamos en San José.

−¿Y todo en el curso de pocas horas? −preguntó Megan−. Es increíble.

−En realidad es más bien inquietante −dije.

Megan extendió el brazo y me dio una palmadita en la mano. Estaba convirtiéndome en un experto en hacer comentarios inoportunos. Y Megan se estaba convirtiendo en una experta en deshacer el entuerto.

−A mí no me parece inquietante −dijo Megan−. En realidad, creo que es bastante genial.

−Y el avión era de auténtico lujo: seis asientos, cocina totalmente equipada, bar… −empezó Bud.

−¡Cállate, Bud! −dijo Bette, riéndose entre dientes−. Estoy segura de que los Brandeis han volado en un avión privado.

−Pues si eso es lo que crees, te equivocas −dije.

Bette y Bud se rieron tan a gusto que se podría pensar que Joan Rivers, la reina de la comedia, me había dejado esa frase en su testamento.

Las carcajadas cesaron, pero nuestros antiguos amigos no dejaron de sonreír. La rabia y el cinismo del que ambos habían hecho gala con respecto a la Tienda parecían haberse esfumado por completo. Ahí estaban, con su bonita ropa y los rostros risueños, felices con sus trabajos y felices con sus vidas.

Apuramos las copas.

Les pregunté cómo habían sabido que Megan y yo estábamos en San Francisco.

−Vamos, chicos, ya sabéis que en la Tienda todos lo saben todo acerca de todos −respondió Bud, quitándole importancia al asunto.

−Es parte de su encanto −dijo Megan.

−Sí, una gran parte de su encanto −añadí.

Creo que ni Bette ni Bud sabían a ciencia cierta si estaba siendo sarcástico o no.

Estuvimos hablando un rato sobre los niños, sobre su nueva casa, sobre el corte de pelo de Bette…, hasta que llegó el momento de despedirnos.

Nos levantamos y todos dijimos que había sido genial volver a verse. Parecía que hubiéramos regresado a los viejos tiempos. Bette y Megan se abrazaron. Bud abrazó a Megan. Y entonces, antes de que cada uno tomara su camino, Bud se volvió hacia mí y también me dio un inesperado abrazo.

−No lo olvides −me susurró al oído−. Nunca sabrás si puedes fiarte realmente de nosotros.