CAPÍTULO 16

AL DÍA SIGUIENTE, Megan y yo nos separamos… en el trabajo. En nuestro nuevo y extraño mundo, estar solos fue… una sensación extraña. Megan y yo siempre estábamos juntos, sobre todo durante los meses anteriores: escribimos los desastrosos Orígenes del rap, organizamos el traslado a New Burg, hicimos la mudanza, trabajamos en el desván en el nuevo proyecto… Y ahora estábamos solos, lo cual era muy poco habitual en nosotros.

Nos asignaron un Stormer a cada uno en diferentes edificios. Ese segundo día, a mí me destinaron a la sección de «artículos para el hogar», recogiendo y preparando para su embalaje dispensadores de bolsas de plástico de pared, espátulas de silicona, velas con perfume de tarta de manzana y tazas de café de usar y tirar.

Megan fue asignada a la sección de «vaqueros premamá», tramitando pedidos de vaqueros negros «levantaculo» con cintura elástica, vaqueros de sarga blancos con perneras extensibles y vaqueros gastados de cintura elástica con agujeros «raídos y rasgados» en las rodillas.

Volvimos a casa juntos, por supuesto. Mientras Megan conducía, yo escribía notas en las fichas («Cálculo rápido: las comidas gratuitas en la cafetería le cuestan a la Tienda unos 830.000 dólares diarios») y observaciones («Estoy casi seguro de que el supervisor de la sección “artículos para el hogar” lleva un microchip implantado en el antebrazo») e impresiones personales («El personal de entrega de los Stormers, amable y educado; los mecánicos de los Stormers apestan»).

Cuando llegamos a casa teníamos pensado charlar un rato con Alex y Lindsay, correr media hora en las cintas que había en el sótano, luego haver quince minutos de ejercicio en la máquina de steps y, finalmente, relajarnos tomándonos un par de cervezas Sam Adams.

Como he dicho, ese era nuestro plan. Pero Alex nos estaba esperando junto a la puerta del garaje abierta.

Nada de «Hola». Nada de «¿Qué tal el día?».

Su saludo fue:

−¿Conocéis a un hombre y a una mujer que se llaman Bette y Bud?

−Sí −dijo Megan, y a continuación, en un tono un tanto santurrón, añadió−: Los conocimos en la iglesia.

−Aleluya −dijo Alex. Y luego continuó−: Pues bien, están en el comedor, y un dron acaba de traerles unas alitas de pollo y patatas fritas.

Entramos en el comedor y fuimos recibidos con profusión de abrazos. Obviamente, Bette y Bud se habían apuntado a la moda del abrazo salvaje que se estaba propagando por todo el país, incluido New Burg.

−Ya os dije que pasaríamos a veros −dijo Bette.

Les dijimos que nos encantaba que se hubieran dejado caer, que no habíamos preparado nada para aquella noche y que las alitas de pollo eran uno de nuestros platos favoritos.

Bette y Bud no parecían tan enrollados ni tan atractivos como en nuestros dos anteriores encuentros. Bette estaba pálida y no llevaba maquillaje; el vestido que se había puesto le venía grande y parecía propio de una anciana, y además llevaba una ridícula sudadera rosa. Bud tenía ojeras y llevaba unos pantalones «de abuelo» plisados y con la cintura a la altura del estómago.

−Hemos tardado exactamente dos minutos en llegar hasta aquí −dijo Bud−. De puerta a puerta: lo he cronometrado.

−¿Se os ocurre algo más aburrido que usar un cronómetro mientras recorres una manzana? La próxima vez contará las gotas de lluvia −dijo Bette.

−Por cierto −dijo Bud−, al parecer teníamos razón.

−¿Sobre qué? −pregunté.

Bud movió la cabeza en dirección a la chimenea.

−Los cocker −dijo.

Megan y yo volvimos la cabeza hacia la repisa de la chimenea y los cocker spaniel de cerámica de principios del siglo XX que la abuela de Megan nos había regalado.

Yo debía de tener una expresión confusa.

−Se refiere a esto −dijo Bette.

Se dirigió hacia la chimenea, cogió uno de los perros y le dio la vuelta. No había que ser un agente de la CIA para ver la cámara de vigilancia que habían colocado en la pata del perro.

−¡Hijos de puta! −exclamé.

−Por favor, Jacob −dijo Megan− No empieces.

Inspeccioné el salón y el vestíbulo. En efecto: las cámaras estaban de vuelta, las habían reinstalado, tal y como Bette y Bud habían vaticinado. Sobre la puerta principal. Sobre el espejo y el armario de la entrada. Sobre el falso Matisse del salón. Algunas estaban en los mismos sitios de antes, otras en nuevas ubicaciones.

−Tendrás que acostumbrarte, amigo −dijo Bud−. Así es cómo funciona la Tienda. Y no hay nada que puedas hacer al respecto. −Hizo una pausa. Sonrió y luego añadió−: Nada salvo esto…

Bud se levantó de golpe y empezó a cantar Jealous, la canción que causaba furor entre los quinceañeros. Cogió la cámara que estaba en el perro de cerámica como si fuera un micrófono. Mientras Bud cantaba, daba vueltas y hacía una pésima imitación de Nick Jonas, moviendo el perro por delante de su cara, Megan y yo estábamos demasiado desconcertados para reírnos. Había que ver a Bud, con qué pasión se movía.

«No me gusta la forma en que él te mira».

De repente, Bud se detuvo y se dejó caer en la silla.

−Siempre me ha gustado ofrecer un poco de entretenimiento a los bastardos que tienen que ver estas cintas. Deberíais ver mi imitación de Lady Gaga; es perfecta.

Entonces Bette dijo:

−Debéis saber que puesto que la demencial interpretación de Bud ha sido grabada por una de las cámaras de vuestra casa, la Tienda sacará el tema en vuestra entrevista.

−¿Nos van a entrevistar? −preguntó Megan.

−Evidentemente. Todos los que se mudan aquí deben someterse a una entrevista introductoria de tres horas. Debe ir la familia al completo, con los niños. O un canario o un perro si fuera el caso. Luego hay que responder a tropecientas preguntas. Algunas muy personales. Algunas muy intelectuales. Y algunas simplemente demenciales.

−Son muy educados y muy corteses −dijo Bud−. Nadie parece saber qué hacen con los resultados, pero no es algo por lo que haya que preocuparse.

Por la expresión de sus caras, comprendimos que tampoco era algo que despertara precisamente entusiasmo.