CAPÍTULO 56
MIEDO. CAOS. Y EL INFIERNO. No necesariamente en este orden.
Vale, conseguí escapar de la demencial intervención, pero aun así debía enfrentarme a un montón de obstáculos. Fui consciente de ellos en cuanto empecé a avanzar por el camino de tierra y adoquines de la casa de Maggie Pine. El auto-info −el sistema de altavoces que se ponía en marcha automáticamente cuando la Tienda tenía alguna información que quería difundir− se escuchó a un volumen atronador: «Un individuo sospechoso y potencialmente peligroso ha huido. Fue visto por última vez en la frontera de Iowa y Nebraska. Su nombre es Jacob Brandeis. Varón blanco de cuarenta y tantos años. Calza zapatos deportivos rojos y blancos. En todos los dispositivos, vallas publicitarias y carteles electrónicos pueden verse fotos y consultar más detalles. Si ven a Jacob Brandeis o a alguien que se le parezca, manden un mensaje de texto a tienda 134».
Este anuncio, que se repetía cada cinco minutos, fue sustituido por una canción de Jay Z que se escuchaba al revés. En el caso de que tuviera alguna duda sobre estar loco y sobre que mi huida era una locura, a menos de cuatro kilómetros de distancia de la casa de Maggie Pine vi un enorme cartel electrónico en el que aparecía un hombre de cuarenta y tantos años. No tenía aspecto de ser peligroso, pero sin duda alguna era igualito a mí: llevaba una descuidada camiseta y barba de dos días.
Lo primero que comprendí fue que si quería tener una mínima posibilidad de que mi fuga fuera un éxito, debía deshacerme del coche. A esas alturas, era el mayor experto en las prácticas de la Tienda, y sabía que la empresa no tardaría en difundir más información: las coordenadas del GPS, la descripción del vehículo, el número de matrícula y las señas de viejos amigos (unos cuantos) y de algunos nuevos (pocos). La Tienda sería implacable. Yo solo era un frágil conejito perseguido por el equivalente psicópata de los marines de los Estados Unidos.
¿Qué demonios podía hacer? ¿Conducir a través de los campos de maíz de Iowa como el protagonista gilipollas de una mala película de serie B?
Ya era un pequeño milagro que mis sucias y sudorosas manos fueran capaces de agarrarse al volante.
De repente, Jay Z se interrumpió para repetir de nuevo el primer anuncio. Iban a por Jacob Brandeis. Un tipo capaz de escribir un libro era una amenaza tan grande como un secuestrador o un terrorista.
Cuando la información terminó, no se escuchó ningún otro sonido. El velocímetro digital y los indicadores del motor se apagaron. El coche seguía avanzando, pero los frenos no respondían como hubieran debido hacerlo. No fallaban del todo, pero casi. Por control remoto, la Tienda había desconectado todo lo que había podido desconectar.
Sorprendentemente, después de calcular que había recorrido unos diez kilómetros, aún no había visto ningún otro coche…, sí un camión y dos tractores, pero ningún utilitario. Por supuesto, deduje que la ausencia de tráfico formaba parte del plan para detenerme: parecía la clase de método inquietante y siniestro que emplearía la Tienda. También sabía que solo era cuestión de tiempo que los drones empezaran a volar por encima de mí.
Vi dos vallas y cuatro carteles electrónicos más con fotos mías, con detalles ampliados. En una de ellas incluso podían verse mis zapatillas rojas y blancas.
Seguí conduciendo y pensando que en algún momento se me ocurriría alguna idea brillante. Pero no: el único brillo era el de los carteles, acompañados ahora de la continua transmisión de mi información a través de los altavoces.
Aquello era un auténtico infierno sobre ruedas.
Era un fugitivo, maldita sea.