CAPÍTULO 32

AL FINAL RESULTÓ QUE MEGAN y Sam tomaron un vuelo chárter con un numeroso grupo de directivos de la Tienda desde Omaha, el aeropuerto en el que aterrizamos cuando llegamos a Nebraska.

¿Y yo? Pues salí dos horas más tarde del aeropuerto de New Burg.

Alguien que aterrizara en el aeropuerto internacional de New Burg o −cosa que sería sorprendentepartiera de allí, seguro que pensaría que no es más que otro de esos soñolientos aeropuertos del Medio Oeste cuya actividad se reduce a unos cuantos vuelos comerciales, algunos privados, conexiones con aeropuertos más importantes y a vuelos de avionetas fumigadoras. Dejando de lado las dos pistas, lo único que había era una pequeña y destartalada terminal de madera. Como casi todas las cosas de New Burg, el edificio, diminuto, era pintoresco, con un diseño gracioso. El techo era de tejas grises desgastadas por la intemperie, y una valla reforzada para soportar fuertes vientos rodeaba un aparcamiento en el que apenas cabían una docena de vehículos.

Sin embargo, como casi todas las cosas de New Burg, las apariencias eran sumamente engañosas.

Aparqué el coche y saqué la maleta del portaequipajes. Entre mis manías estúpidas figura la de no usar maletas con ruedas. Cada vez que Megan y yo estamos en un aeropuerto, ya sea el de Río, Londres o Nueva York, nunca deja de señalarme a los muchísimos hombres más jóvenes que yo que viajan con maletas con ruedas.

La puerta de entrada de la sencilla terminal de madera no era automática. En realidad tenía pomo. Lo giré. Cuando entré, una mujer vestida con una falda roja y un blazer azul que parecía salida de un anuncio de televisión de la década de 1950 vino a recibirme.

−Bienvenido al aeropuerto de New Burg, señor. ¿Puedo ver su tarjeta de embarque? −dijo.

No era ni dulce ni seca. Tenía la perfecta educación de New Burg.

Le enseñé la tarjeta de embarque y, después de examinarla, la mujer me la devolvió y señaló una puerta cerrada que había a sus espaldas.

−Puede usar la escalera mecánica −dijo.

Esa puerta se abrió automáticamente. Tomé la escalera, que bajó muy deprisa. Al cabo de unos instantes estaba en la sala de espera más moderna que jamás había pisado. Tenía cosas que están en otros aeropuertos: cintas transportadoras, paneles parpadeantes que anunciaban las salidas y las llegadas, mostradores de acero que parecían indicar las puertas de las compañías aéreas, pero las cintas eran más rápidas, los paneles más brillantes y los mostradores de acero más altos.

Todo parecía más brillante de lo normal y mejor de lo normal. Las pasarelas eran más anchas y los techos en forma de cúpula muy altos.

Eché un vistazo al panel de salidas, pero no aparecía ningún vuelo a San Francisco. Ningún SFO aunque sí muchos LGA, JFK y LAX. Pero nada que me interesara. La maleta empezaba a parecerme muy pesada.

Entonces se me acercó una mujer joven y atractiva vestida de uniforme.

−¿El señor Brandeis? ¿Jacob Brandeis? −me preguntó.

−Sí, soy yo.

−Estupendo.

−Sí, es estupendo −dije, con una sonrisa.

Ella ignoró mi broma. Estaba empezando a darme cuenta de que en New Burg todo el mundo ignoraba mis bromas. Puede que no fueran muy divertidas.

La mujer sostenía un pequeño dispositivo electrónico. Después de examinarlo, dijo:

−Veo que tiene un billete para el próximo vuelo a San Francisco. Y que su mujer despegó de Omaha hace unas dos horas en un vuelo de United. Y que viajan con dos niños.

−Bueno, más o menos. Mi mujer viaja con otro grupo, pero la Tienda hizo esta reserva para mí.

−Correcto −contestó, como si acabara de decirle que el cielo era azul y que el sol quemaba.

−Pero usted viaja con dos niños, Alexander y Lindsay Anne.

−Sí. Son nuestros hijos. Pero están en casa, en la escuela.

Aunque empezaba a estar nervioso, aún no era presa del pánico. Y empecé a darme cuenta de que casi todas las personas y grupos de gente que había en el aeropuerto estaban siendo entrevistadas por mujeres atractivas que consultaban dispositivos electrónicos. La única diferencia es que el resto de la gente parecía estar encantada con sus conversaciones.

−Bueno −dijo la mujer−. Debe de haber habido una confusión. Déjeme que verifique algo.

Tras pulsar varias teclas, me confirmó lo que ya me había dicho.

−No. Los niños deberían estar con usted. Hay que organizar el servicio de atención al menor de la Tienda y el servicio de catering de la Tienda. No pueden quedarse solos.

−Oiga −dije−, ya son mayores. Les hemos dejado solos en muchas ocasiones. Son perfectamente capaces de… Lindsay tiene…

Me estaba preparando para tener una discusión de órdago con aquella mujer cuando, de repente, con una enorme y ridícula sonrisa, dijo:

−No hay ningún problema, Jacob. Ningún problema.

Acto seguido pulsó algunas teclas más en su dispositivo y siguió hablando.

−Ya se ha contactado con el servicio de asistencia al menor y se han encargado dos entregas de comida por dron, una por la mañana y otra por la noche, con los valores nutricionales estándar.

−Bien. Muy bien.

Fue lo único que fui capaz de decir.

−Puerta once −me informó la mujer, con su insoportable y estúpida sonrisa−. Su vuelo a San Francisco sale dentro de cuarenta y cinco minutos. Que tenga buen viaje. −Y luego añadió−: Relájese.

−Por cierto −dije−. ¿En qué compañía vuelo?

Después de sonreír, la mujer añadió:

−Como ya le he dicho, señor Brandeis: relájese.