CAPÍTULO 22
NUESTRO TRABAJO en el centro de distribución te dejaba la espalda hecha polvo y te embotaba la mente. Consistía en cargar la mercancía en el Stormer y luego, cuando el vehículo estaba lleno, descargarla en el centro de embalaje. Y así una y otra vez…
Sin embargo, al cabo de poco tiempo, el trabajo de Megan resultó ser mucho más llevadero que el mío. Sam Reed, el jefe de equipo encargado de distribuir las tareas, demostró tenerle una lisonjera simpatía a Megan. Así pues, mientras a mí solía asignarme el trabajo de cargar y embalar estiércol de vaca, sacos de tamaño industrial de harina para repostería e incluso pesas, Megan solía hacer lo mismo pero con libros, cosméticos y tarjetas de felicitación.
Sam llamaba a Megan «mi dulce irlandesa» y «mi belleza de pelo cobrizo». Cuando hablaba con ella, solía posar sus huesudas y velludas manos en sus hombros, y en una ocasión incluso le sugirió que no era necesario que se abotonara el uniforme de la Tienda hasta arriba. A esta sugerencia le siguió un inquietante «A los tíos nos gusta echar un vistazo a los melones». Sí, Sam era un tipo con clase.
Si se hubiera tratado de otra empresa, Megan habría presentado una queja al departamento de recursos humanos, pero nos recordamos mutuamente que el objetivo a largo plazo de nuestros empleos no era solo recoger auriculares Bose, pañales Huggies ni sillas plegables, sino también reunir información para contarle a América la verdad sobre la Tienda.
El día después de la barbacoa con Bette y Bud, mientras volvíamos a casa, Megan me preguntó:
−¿Acabamos de cenar con Bette y Bud o es que en esta jaula de locos estoy perdiendo la noción del tiempo?
Estaba leyendo el plan para la noche en su tableta.
−Sí −dije−. Una barbacoa más media botella de Jackie D.
−A ver si lo adivinas. Me han mandado un mensaje: tienen una reserva para las siete en Minka, el restaurante japonés de la ciudad, y esperan que nos reunamos con ellos allí para cenar −dijo Megan.
−¿Cómo se han enterado de que estábamos libres? −pregunté.
−¿Cómo? Lo sabes muy bien. Las agendas de todo el mundo son públicas, y como no hemos programado nada a las siete, han pensado, acertadamente, que estábamos libres.
Una hora más tarde estábamos sentados en el Minka con Bette y Bud delante de una enorme fuente de sushi, una ración de pollo teriyaki y unas costillas de cerdo fritas. Es posible que en New Burg se pudiera perder la cabeza, pero lo que nunca se perdería era peso.
−¿Creéis que Minka es el apellido de los dueños del restaurante? −pregunté.
−No −respondió Bette−. Minka es la palabra que usan los japoneses para referirse a lo que nosotros llamaríamos una granja. Cuando diseñé el restaurante pensé que el estilo rústico tendría un efecto relajante.
−¿Cuándo diseñaste el restaurante? −dijo Megan.
No se esforzó demasiado en disimular su sorpresa al enterarse de que aquella mujer aparentemente simple ataviada con un sencillo vestido amarillo sin mangas era… arquitecta.
−Así es. Ya sé que no lo parezco, pero soy arquitecta.
Descubrimos que Bette había proyectado y diseñado casi la mitad de las tiendas y restaurantes de New Burg. Se había graduado en la Universidad Carnegie Mellon y había hecho prácticas en Skidmore, Owings & Merrill.
−Y supongo que tú debes ser jefe de neurocirugía, ¿no es así, Bud? −dije, soltando una carcajada.
−Me temo que no. Bette es el cerebro de la pareja. Yo soy guardia de seguridad en el almacén de productos químicos del centro de distribución −dijo.
−Todos los días pasamos por delante de ese almacén de camino al trabajo −dije.
−Gracias a mi pase de seguridad, Bette y yo pudimos entrar y saludaros en vuestro primer día de trabajo.
−Escuchadme −dijo Bette en un tono muy delicado−. Quiero pediros un favor.
−Por supuesto −dijo Megan−. Lo que sea.
−Oh, es algo muy sencillo −continuó Bette−. No le digáis a nadie que sabéis que soy arquitecta…
−Ni que yo soy guardia de seguridad.
−Pero la gente ya debe saberlo −dijo Megan.
−Algunos sí, pero otros no −dijo Bette−. Creemos que es mejor hablar lo menos posible. Ese debería ser el undécimo mandamiento de New Burg.
¡Mierda! Estaban nerviosos. No podían estar más paranoicos, ni siquiera en New Burg. De modo que, fueran amigos o fueran espías… Tenía que preguntárselo.
−¿De qué tenéis tanto miedo?
Hubo una pausa.
−De todo. Absolutamente de todo −respondió Bud.
Tras esa respuesta, no había nada más que decir.
Junto a la ventana, había un dron suspendido en el aire. Si hubiera estado abierta, podría haber picado una pieza de sushi.
Bette y Bud intercambiaron sendas miradas y se sonrieron. Acto seguido, saludaron al dron.