Martes, 10

El inspector jefe Bob Martín llegó a la residencia de los Ashton, en Pacific Heights, a las nueve de la mañana. Con treinta y siete años, era muy joven para ocupar el puesto de jefe del Departamento de Homicidios, pero nadie cuestionaba su competencia. Había terminado la secundaria a duras penas, distinguiéndose sólo en los deportes, y llevaba una semana festejando su graduación con sus amigotes, sin acordarse de que estaba recién casado y su mujer había dado a luz a una niña, cuando su madre y su abuela lo pusieron a lavar platos en uno de los restaurantes de la familia, codo a codo con los inmigrantes mexicanos más pobres, la mitad de ellos ilegales, para que supiera lo que era ganarse la vida sin un título o un oficio. Cuatro meses bajo la tiranía del par de matriarcas fueron suficientes para sacudirle la pereza; hizo dos años de estudios superiores y entró en la Academia de Policía. Había nacido para llevar uniforme, portar armas y gozar de autoridad, aprendió a ser disciplinado, era incorruptible, corajudo y obstinado, tenía un físico capaz de intimidar a cualquier delincuente y una lealtad a toda prueba con el Departamento y sus compañeros.

Desde el coche habló por el móvil con su infalible asistente, Petra Horr, quien le dio la información básica sobre la víctima. Richard Ashton era un psiquiatra conocido por un par de libros publicados en los años noventa: Desórdenes sexuales en preadolescentes y Tratamiento de la sociopatía juvenil y más recientemente por su participación en una conferencia en que expuso las ventajas de la hipnosis en el tratamiento de niños autistas. La conferencia circuló como virus en internet, porque coincidió con la noticia de que el autismo había aumentado en forma alarmante en los últimos años, y porque Ashton hizo una demostración digna de Svengali en la conferencia: para acallar los murmullos de duda entre el público y probar lo susceptibles que somos a la hipnosis, les pidió a los participantes que cruzaran las manos detrás de la cabeza; momentos después, dos tercios de los asistentes no pudieron soltar las manos, por mucho que tiraran y se retorcieran, hasta que Ashton rompió el trance hipnótico. Bob Martín no recordaba haber oído el nombre de ese hombre y menos los títulos de sus libros. Petra Horr le comentó que los admiradores de Ashton lo consideraban una eminencia en psiquiatría de niños y adolescentes, pero sus críticos lo acusaban de ser neonazi, de distorsionar los hechos para probar sus teorías y de usar métodos ilegales con pacientes discapacitados y menores de edad. Agregó que el hombre aparecía con frecuencia en la prensa y la televisión, siempre por temas polémicos, y le mandó un vídeo, que el inspector vio en su móvil.

—Échele una mirada, jefe, si quiere ver a la esposa. Ashton se casó en terceras nupcias con Ayani —dijo Petra.

—¿Quién es ésa?

—¡Ay, jefe! ¡No me diga que no sabe quién es Ayani! Es una de las modelos más famosas del mundo. Nació en Etiopía. Es la que denunció la práctica de la mutilación genital femenina.

En la pequeña pantalla de su teléfono Bob Martín reconoció a esa mujer exquisita de pómulos altos, ojos adormecidos y cuello largo, que había visto en las tapas de algunas revistas, y se le escapó un silbido de admiración.

—¡Lástima que yo no la conociera antes! —exclamó.

—Ahora que está viuda, puede intentarlo. Mirándolo bien, usted no está nada mal. Si se afeitara ese bigote de narcotraficante que usa, se le podría considerar guapo.

—¿Está coqueteando conmigo, señorita Horr?

—No se asuste, jefe, usted no es mi tipo.

***

El inspector detuvo el coche frente a la residencia de Ashton y cortó la llamada con su asistente. La casa era invisible tras un muro alto pintado de blanco, por encima del cual asomaban las copas de los árboles perennes del jardín. Por fuera la residencia no tenía nada de ostentosa, pero la dirección en Pacific Heights indicaba claramente la elevada posición social de sus dueños. El doble portón de hierro para automóviles estaba cerrado, pero la puerta de peatones se encontraba abierta de par en par. En la calle Bob Martín vio un carro de paramédicos y maldijo entre dientes la eficacia de esos servidores públicos, que a menudo eran los primeros en llegar y entraban en estampida a prestar primeros auxilios sin esperar a la policía. Uno de los oficiales lo condujo por un jardín tupido y descuidado hasta la casa, una monstruosidad de cubos de hormigón y vidrio sobrepuestos de manera irregular, como desplazados por un terremoto.

En el jardín había varios policías esperando instrucciones, pero el inspector sólo tuvo ojos para la figura fantástica de un hada morena que avanzaba en su dirección levitando entre velos azules, la mujer que acababa de ver en su teléfono. Ayani era casi tan alta como él, todo en ella era vertical, tenía piel color madera de cerezo, la postura erecta de una caña de bambú y los movimientos ondulantes de una jirafa, tres metáforas que se le ocurrieron de inmediato a Martín, un hombre muy poco dado a giros poéticos. Mientras él la miraba embobado, fijándose en que estaba descalza y vestida con una túnica de seda en colores de agua y cielo, ella le tendió una mano delgada de uñas sin barniz.

—Señora Ashton, supongo… Soy el inspector jefe Bob Martín, del Departamento de Homicidios.

—Puede llamarme Ayani, inspector. Fui yo quien llamó a la policía —dijo la modelo, notablemente serena, dadas las circunstancias.

—Cuénteme lo que pasó, Ayani.

—Richard no durmió en casa anoche. Hoy fui al estudio temprano a llevarle café y…

—¿A qué hora?

—Deben haber sido entre las ocho y cuarto y las ocho veinticinco.

—¿Por qué su marido no durmió en casa?

—Richard se quedaba muchas noches trabajando o leyendo en su estudio. Era noctámbulo, yo no me inquietaba si no volvía, a veces no me daba cuenta, porque tenemos habitaciones separadas. Hoy estábamos de aniversario, cumplíamos un año de casados, y quise darle una sorpresa, por eso le llevé café en vez de que lo hiciera Galang, como es habitual.

—¿Quién es Galang?

—El mozo. Galang vive aquí, es filipino. También tenemos una cocinera y una asistenta que vienen por horas.

—Necesito hablar con los tres. Continúe, por favor.

—Estaba oscuro, las cortinas estaban corridas. Encendí la luz y entonces lo vi… —balbuceó la bella mujer y por un momento flaqueó su impecable compostura, pero se repuso rápidamente y le indicó a Martín que la siguiera.

El inspector les ordenó a los patrulleros que pidieran refuerzos y acordonaran la casa para impedir el paso a los curiosos y a la prensa, que sin duda se dejaría caer pronto, dado el renombre de la víctima. Siguió a la modelo, que lo llevó por un sendero lateral a una construcción adyacente a la vivienda principal, en el mismo estilo ultramoderno. Ayani le explicó que su marido recibía allí a los pacientes de su consulta privada; el estudio tenía una entrada separada y no había conexión interna con la casa.

—Se va a enfriar, Ayani, vaya a abrigarse un poco y póngase zapatos —le dijo Bob Martín.

—Me crié descalza, estoy acostumbrada.

—Entonces espere afuera, por favor. No tiene por qué volver a ver esto.

—Gracias, inspector.

Martín la vio alejarse flotando por el jardín y se acomodó los pantalones, avergonzado de su inoportuna reacción, muy poco profesional, que por desgracia le ocurría con frecuencia. Se sacudió de la cabeza las imágenes provocadas por la diosa africana y entró al estudio, que consistía en dos amplias habitaciones. En la primera, las paredes estaban cubiertas de estanterías de libros y las ventanas protegidas por gruesas cortinas de lino crudo, había un sillón, un sofá de cuero color chocolate y una mesa antigua de madera tallada. Sobre la moqueta beige de muro a muro vio dos alfombras persas gastadas, cuya calidad resultaba evidente incluso para alguien tan poco experto en decoración como él. Hizo un inventario mental del plumón y la almohada sobre el sofá, pensando que allí dormía el psiquiatra, y se rascó la cabeza sin comprender por qué Ashton prefería el estudio en vez de la cama de Ayani. «Si fuera yo…», especuló por un instante, pero enseguida volvió su atención a su deber de policía.

Sobre la mesa vio una bandeja con una cafetera y una taza limpia y dedujo que cuando Ayani la dejó allí todavía no había visto a su marido. Pasó a la otra pieza, que estaba dominada por un gran escritorio de caoba. Aliviado, comprobó que los paramédicos se habían abstenido de invadir el estudio; les bastó una mirada para evaluar la situación y retrocedieron, respetando la escena del crimen. Disponía de unos minutos antes de que llegara en masa su equipo forense. Se colocó guantes de goma y comenzó su primera inspección.

El cuerpo de Richard Ashton estaba de espaldas en el suelo, junto a su escritorio, maniatado y amordazado con cinta adhesiva de embalaje. Vestía pantalón gris, camisa celeste, un cárdigan desabotonado de cachemira azul y estaba descalzo. Los ojos desorbitados mostraban una expresión de absoluto terror, pero no había señales de que hubiera luchado por su vida, todo estaba en orden, excepto un vaso de agua derramado sobre el escritorio. Algunos papeles y un libro se habían mojado, la tinta de los documentos estaba un poco corrida y Bob Martín los movió cuidadosamente para quitarlos del agua. Observó el cuerpo sin tocarlo; debía ser fotografiado y examinado por Ingrid Dunn antes de que él pudiera meter mano. No encontró heridas visibles ni sangre. Echó una mirada alrededor en busca de un arma, pero como aún desconocía la causa de la muerte, se limitó a una revisión somera.

***

La peculiar capacidad de Indiana de curar por presencia y somatizar males ajenos se manifestó en la infancia y debió soportarla como una cruz hasta que pudo darle uso práctico. Aprendió los fundamentos de anatomía, obtuvo una licencia de fisioterapeuta y cuatro años después abrió su consulta en la Clínica Holística, con ayuda de su padre y su ex marido, que financiaron la renta de los primeros tiempos, hasta que pudo formar su clientela. Según su padre, ella poseía un sónar de murciélago para adivinar a ciegas la ubicación e intensidad del malestar de sus pacientes. Con ese sónar hacía un diagnóstico, decidía el tratamiento y verificaba los resultados, pero para sanar le servían más su buen corazón y su sentido común.

Su forma de somatizar era caprichosa, se manifestaba de diversas maneras, a veces sucedía y otras no, pero en su ausencia recurría a la intuición, que no le fallaba cuando se trataba de la salud ajena. Le bastaban una o dos sesiones para determinar si el cliente mejoraba y en caso contrario lo enviaba a algún colega de la Clínica Holística especializado en acupuntura, homeopatía, hierbas, visualización, reflexología, hipnosis, terapia musical y de danza, nutrición natural, yoga u otra disciplina de las muchas que hay en California. En muy contadas ocasiones había remitido a alguien a un médico, porque quienes llegaban hasta ella ya habían probado casi todos los recursos de la medicina tradicional.

Indiana empezaba por escuchar la historia del nuevo cliente y darle así oportunidad de desahogarse, a veces eso bastaba: un oído atento obra prodigios. Enseguida les imponía las manos, porque creía que la gente necesita ser tocada; había curado a enfermos de soledad, de pena o de arrepentimiento con simples masajes. Si el mal no es mortal, decía, el cuerpo casi siempre se cura solo. Su papel consistía en darle tiempo al cuerpo y facilitar el proceso; su medicina no era para gente impaciente. Empleaba una combinación de prácticas que ella llamaba sanación integral y que su padre, Blake Jackson, llamaba brujería, término que podía espantar a los clientes, incluso en una ciudad tan tolerante como San Francisco. Indiana aliviaba los síntomas, negociaba con el dolor, procuraba eliminar la energía negativa y fortalecer al paciente.

Eso era lo que hacía en ese momento con Gary Brunswick, que yacía de espaldas sobre la mesa, cubierto con una sábana, con media docena de poderosos imanes en el torso y los ojos cerrados. Estaba adormecido por el aroma de vetiver, que invitaba al reposo, y el sonido casi inaudible de una grabación de agua, brisa y pájaros. Sentía la presión de las palmas de Indiana en su cráneo y calculaba con pesar que estaban llegando al final de la sesión. Ese día necesitaba más que nunca la influencia de esa mujer. La noche anterior había sido agobiadora, amaneció con resaca como de borrachera, aunque no bebía alcohol, y llegó a la consulta de Indiana con una jaqueca insoportable, que ella había logrado aliviar con sus métodos mágicos. Durante una hora ella había visualizado una cascada de polvo sideral descendiendo desde algún punto lejano del cosmos y pasando a través de sus manos para cubrir al paciente.

Desde noviembre del año anterior, cuando Brunswick llegó a su consulta por primera vez, Indiana había utilizado diversos métodos con tan escasos resultados, que empezaba a descorazonarse. Él insistía en que los tratamientos lo aliviaban, pero ella podía captar su malestar con la certeza de una radiografía. Creía que la salud depende del equilibrio armonioso entre cuerpo, mente y espíritu, y como no detectaba nada anormal en el físico de Brunswick, atribuía sus síntomas a su mente atormentada y su alma prisionera. El hombre le había asegurado que tuvo una infancia feliz y una juventud normal, de modo que podía ser algo que se arrastraba desde vidas anteriores. Indiana estaba esperando la ocasión de plantearle delicadamente la necesidad de limpiarse el karma. Había un tibetano muy experto en eso.

Era un tipo complicado. Indiana lo supo desde el principio, antes de que él abriera la boca en la primera sesión, porque sintió una corona de hierro comprimiéndole el cráneo y un saco de piedras en la espalda: ese infeliz llevaba encima una carga monumental. Migraña crónica, determinó, y él, sorprendido por lo que parecía clarividencia, le explicó que sus dolores de cabeza se habían agravado tanto en el último año que le impedían hacer su trabajo de geólogo. Esa profesión requería buena salud, dijo, debía arrastrarse por cuevas, trepar montañas y acampar al aire libre. Tenía veintinueve años, era de rostro agradable, insignificante de cuerpo, con el pelo muy corto para disimular una calvicie prematura y ojos grises tras lentes de montura negra, poco favorecedores. Acudía a la oficina número 8 los martes, siempre con rigurosa puntualidad, y si estaba muy necesitado solicitaba un segundo tratamiento en la semana.

Solía llevarle a Indiana obsequios discretos, como flores o libros de versos; pensaba que las mujeres aprecian la poesía rimada con temas de naturaleza —pájaros, nubes, arroyos— y ése había sido el caso de Indiana antes de conocer a Alan Keller, quien en materia de arte y literatura era despiadado. Su amante la había iniciado en la tradición japonesa del haiku y el moderno gendai, pero en secreto ella también apreciaba los poemas azucarados.

Brunswick se vestía con vaqueros, botas de gruesa suela de goma y chaqueta de cuero con remaches metálicos, un atuendo que contrastaba con su vulnerabilidad de conejo. Como hacía con todos sus clientes, Indiana había intentado conocerlo a fondo para descubrir el origen de su malestar, pero el hombre era una página en blanco. No sabía casi nada de él y lo poco que averiguaba se le olvidaba apenas él se iba.

Al final de la sesión de ese martes, Indiana le dio un frasquito con esencia de geranio para recordar los sueños.

—Yo no sueño, pero me gustaría soñar contigo —dijo Brunswick en su habitual tono taciturno.

—Todos soñamos, pero pocos le dan importancia —replicó ella, sin hacer caso de su insinuación—. Hay gente, como los aborígenes australianos, para quienes la vida soñada es tan real como la vida despierta. ¿Has visto las pinturas de los aborígenes? Pintan sus sueños, son cuadros increíbles. Yo tengo una libreta en mi mesa de noche y apunto los sueños más significativos apenas me despierto.

—¿Para qué?

—Para recordarlos, porque me muestran el camino, me ayudan en mi trabajo y me aclaran dudas —le explicó ella.

—¿Has soñado conmigo?

—Sueño con todos mis pacientes. Te aconsejo que escribas tus sueños, Gary, y que medites —dijo ella, fingiendo de nuevo no haberlo oído.

Al comienzo, Indiana había dedicado un par de sesiones completas a instruir a Brunswick sobre los beneficios de la meditación: vaciar la mente de pensamientos, inhalar a fondo, llevando el aire hasta la última célula del cuerpo, y exhalar soltando la tensión. Le había recomendado que cuando le diera un ataque de migraña buscara un sitio tranquilo y meditara durante quince minutos para relajarse, observando sus síntomas con curiosidad, en vez de oponerles resistencia. «El dolor, como todas las sensaciones, es una puerta para entrar al alma —le dijo—. Pregúntate qué sientes y qué te niegas a sentir. Presta atención a tu cuerpo. Si te concentras en eso, verás que el dolor cambia y algo se abre adentro de ti, pero te advierto que la mente no te dará tregua, va a tratar de distraerte con ideas, imágenes y recuerdos, porque está cómoda en su neurosis, Gary. Es importante que te des tiempo para conocerte, estar a solas y callado, sin televisión, móvil o computadora. Prométeme que lo harás, aunque sea cinco minutos diarios». Pero por muy hondo que Brunswick respirara y por muy intensamente que meditara, seguía siendo un nudo de nervios.

Indiana se despidió del hombre, oyó sus botas alejándose por el pasillo en dirección a la escalera y se desplomó en su silla con un suspiro, extenuada por la energía negativa que transmitía ese infeliz y por sus insinuaciones románticas, que empezaban a fastidiarla en serio. En su trabajo la compasión era indispensable, pero había pacientes a los que deseaba retorcerles el pescuezo.