Viernes, 2
Amanda estaba esperando a su padre en la minúscula oficina de su asistente, donde las paredes estaban tapizadas de fotografías de Petra Horr con pijama blanco y cinturón negro, en competiciones de artes marciales. La mujer medía un metro cincuenta y pesaba cuarenta y ocho kilos, pero podía levantar a un hombre del doble de su tamaño y lanzarlo lejos. Había tenido pocas oportunidades de usar esa habilidad desde que trabajaba en el Departamento de Homicidios, pero le había sido muy útil para defenderse en el patio de la cárcel, donde las peleas solían ser tan violentas como en las prisiones de hombres. Con veinte años, después de terminar la doble condena impuesta por Rachel Rosen, invirtió los siguientes treinta meses en recorrer el país en una motocicleta. En esos interminables caminos perdió cualquier ilusión que hubiera logrado salvar de una infancia de abandono y una adolescencia entre delincuentes. La única constante en su existencia de viajera errante eran las artes marciales, que le servían para protegerse y ganarse el sustento.
Al llegar a un pueblo, Petra buscaba un bar, segura de que lo habría, por pobre y remoto que fuese el lugar, y se sentaba en la barra haciendo durar una única cerveza. Pronto uno o varios hombres se le acercaban con un propósito obvio y, a menos que hubiera alguno francamente irresistible, lo cual ocurría muy rara vez, los disuadía con el argumento de que era lesbiana y enseguida desafiaba al más fornido a una lucha cuerpo a cuerpo. Sus reglas eran claras: todo estaba permitido, menos cualquier tipo de armas. Se formaba un corrillo, se hacían apuestas y salían al patio o a un callejón discreto, donde Petra se quitaba su chaqueta de cuero, flexionaba sus brazos y piernas de niñita, en medio de las risotadas masculinas, y anunciaba que podían comenzar. El hombre la atacaba un par de veces sin malicia, confiado y sonriente, hasta que se daba cuenta de que ella, embromándolo, se le escabullía como una comadreja. Entonces perdía la paciencia y, azuzado por las burlas de los mirones, se le iba encima en serio, dispuesto a demolerla de un puñetazo. Como la intención de Petra era ofrecer un espectáculo honrado que no defraudara al público, toreaba a su contrincante un buen rato, eludiendo los golpes, cansándolo, y por fin, cuando lo tenía enfurecido y sudando, le hacía una de sus llaves, aprovechando el impulso y el peso del hombre para inmovilizarlo en el suelo. En medio de respetuoso asombro recogía las apuestas, se ponía su chaqueta y su casco y partía rajada en la motocicleta, antes de que el derrotado se repusiera de la humillación y decidiera perseguirla. En una sola pelea podía ganar doscientos o trescientos dólares, que le alcanzaban para un par de semanas.
Regresó a San Francisco con un flamante marido en el asiento trasero de la motocicleta, dulce, guapo y drogadicto, se instalaron en una pensión insalubre y Petra se puso a trabajar en cualquier oficio que se le presentara, mientras él tocaba la guitarra en el parque y gastaba lo que ella producía. Tenía veinticuatro años cuando el marido la dejó y veinticinco cuando consiguió un empleo administrativo en el Departamento de Policía, después de vencer a Bob Martín con el método que había perfeccionado en su tiempo de luchadora errante.
Fue así: en el bar Camelot, donde se juntaban los policías fuera de las horas de trabajo a relajarse con un par de tragos, la clientela era tan fija, que una cara nueva llamaba la atención, especialmente la de esa muchacha que llegó dándose aires. El barman creyó que era menor de edad y le pidió la licencia antes de servirle una cerveza. Petra cogió su botella y se volvió para encarar a Martín y otros, que la medían de arriba abajo con ojo crítico. «¿Qué miran? ¿Tengo algo que quieran comprar?», les preguntó. Se las arregló para provocar en una pelea al más bravo, como dijo, que resultó ser Bob Martín por consenso general, pero en esa ocasión no consiguió que los hombres arriesgaran su hoja de servicios con apuestas ilegales y tuvo que hacer su demostración por puro afán deportivo. Lejos de ofenderse por la derrota y las burlas de sus compañeros, Bob Martín se levantó del suelo, sacudiéndose los pantalones y peinándose con los dedos, felicitó a la muchacha con un sincero apretón de mano y le ofreció empleo. Comenzó la vida sedentaria de Petra Horr.
—¿Mi papá anda con Ayani? —le preguntó Amanda.
—¡Qué sé yo! Pregúntaselo a él.
—Él lo niega, pero le brillan los ojos cuando se la menciono. Ayani me gusta mucho más que La Polaca, aunque no creo que sirva de madrastra. ¿La conoces?
—Vino aquí un par de veces a declarar, es bonita, no se puede negar, pero no sé qué haría tu papá con ella. Ayani tiene gustos caros y es muy complicada. Tu papá necesita una mujer sencilla, que lo quiera y no le dé problemas.
—¿Como tú?
—No seas atrevida. Mi relación con el inspector es estrictamente profesional.
—¡Qué pena! No me importaría que fueras mi madrastra, Petra. Cambiando de tema, ¿hablaste con Ingrid Dunn?
—Sí, pero no hay caso. Tu papá la haría pedazos si te dejara presenciar una autopsia.
—¿Para qué se lo vamos a decir?
—No me metas a mí en esto, arréglate directamente con Ingrid.
—Por lo menos podrías conseguirme copia de los informes de las autopsias de Richard Ashton y Rachel Rosen.
—Tu abuelo ya los vio.
—A él se le pasan cosas fundamentales, prefiero verlos con mis ojos. ¿Sabes si van a hacer exámenes de ADN?
—Sólo de Ashton. Si los hijos pueden probar que Ayani despachó a su marido, podrían echarle el guante al dinero. Respecto a la Rosen, resulta que tenía ahorrados trescientos mil dólares, pero no se los dejó a su hijo, sino a los Ángeles Guardianes.
—¿Quiénes son ésos?
—Una organización sin fines de lucro. Son voluntarios que patrullan las calles para prevenir el crimen, creo que empezó en Nueva York a finales de los años setenta, cuando esa ciudad era famosa por la inseguridad. Colaboran con la policía, andan de uniforme, chaqueta y boina roja, pueden arrestar sospechosos, pero no pueden portar armas. Ahora hay de esos Ángeles Guardianes en varios países y además de sus labores de vigilancia tienen programas de educación para jóvenes y talleres de prevención del delito.
—Es normal que una jueza quiera apoyar a un grupo que combate el crimen —opinó Amanda.
—Sí, pero el hijo se llevó una decepción. Estaba más afectado por haber perdido la herencia que por haber perdido a su madre. Tiene coartada, pasó la semana en una gira de negocios, ya lo comprobamos.
—Tal vez contrató a un matón para despacharla. Se llevaban mal, ¿no?
—Esas cosas pasan en Italia, Amanda. En California nadie asesina a su madre porque no se lleva bien con ella. Respecto a los Constante, resulta que las quemaduras del soplete, que a primera vista no significaban nada, en las fotos se ve que son letras.
—¿Qué letras?
—F y A. No hemos dado todavía con una explicación para eso.
—Debe de haberla, Petra. En cada caso el autor dejó una señal o un mensaje. Se lo dije a mi papá hace como diez días, pero no me hace caso: estamos frente a un asesino en serie.
—Sí te hace caso, Amanda. Tiene a todo el Departamento buscando conexiones entre los crímenes.