Lunes, 16

Los de Ripper pasaron varios días sin jugar, porque Abatha había estado en un hospital, amarrada a una cama, recibiendo alimento por un tubo conectado al estómago. Su enfermedad progresaba y con cada gramo de peso que perdía, daba otro paso hacia el mundo de los espíritus, donde deseaba habitar. Lo único que lograba distraerla de la firme decisión de desaparecer era el juego de Ripper y el propósito de resolver los crímenes de San Francisco. Apenas salió de Cuidados Intensivos y fue instalada en una pieza privada, vigilada día y noche, pidió su computadora portátil y llamó a sus únicos amigos, cuatro adolescentes y un abuelo que no conocía en persona. Esa noche, seis pantallas en diversos puntos del mundo se pusieron en contacto para el nuevo juego, que la maestra había denominado «el crimen del electrocutado».

Amanda empezó por darles los resultados de la autopsia, que había encontrado en un sobre en el apartamento de su padre y había fotografiado con su celular.

—Ingrid Dunn le dio el primer vistazo al cuerpo de Richard Ashton a las nueve y diez de la mañana y estimó que la muerte se había producido entre ocho y diez horas antes, eso significa que debió ocurrir cerca de la medianoche del lunes, aunque unos minutos más o menos carecen de importancia a estas alturas de la investigación. Todavía no existen pistas sobre el autor o el motivo del crimen. Mi papá ha asignado varios detectives a este caso.

—Revisemos lo que hay —pidió el coronel Paddington.

—Tienes permiso para hablar, Kabel. Cuenta lo que sabemos —le ordenó Amanda a su abuelo.

—Richard Ashton murió electrocutado con un táser. En la autopsia encontraron señales de punción en torno a las cuales la piel estaba irritada, enrojecida.

—¿Qué es un táser? —preguntó Esmeralda.

—Un arma que usa la policía para disuadir o controlar a personas agresivas o disolver motines. Tiene el tamaño de una pistola grande y dispara descargas eléctricas mediante electrodos unidos a filamentos conductores —explicó el coronel Paddington, experto en armas.

—¿Se puede matar con eso?

—Depende de cómo se use. Hay varios casos en que la persona ha muerto, pero no es frecuente. El táser ataca el sistema nervioso central con una poderosa descarga eléctrica que paraliza los músculos y noquea a la víctima, incluso desde una distancia de varios metros. Imaginen lo que sucede con varias descargas.

—También depende de la víctima. El táser puede matar a alguien con insuficiencia cardíaca, pero no era el caso de Ashton —agregó Amanda.

—Digamos que el primer golpe eléctrico inmovilizó a Ashton; entonces el asesino le ató las manos y le tapó la boca con cinta adhesiva, luego le aplicó descargas hasta matarlo —especuló Sherlock Holmes.

—¿El táser puede disparar más de una descarga? —preguntó Esmeralda.

—Hay que recargarlo, eso demora unos veinte segundos —aclaró Paddington.

—Entonces usó dos —dijo Abatha.

—¡Eso es, Abatha! El asesino tenía más de un táser y le aplicó varias descargas seguidas a Ashton, sin darle tiempo de recuperarse, hasta que le falló el corazón —dijo Sherlock Holmes.

—Electrocutado… una ejecución, como la silla eléctrica —agregó Abatha.

—¿Cómo se consigue un táser? —preguntó Esmeralda.

—Aparte del que usa la policía, existe un modelo de uso civil, para autodefensa; pero no es barato, cuesta alrededor de quinientos dólares —explicó Paddington.

—Según las notas de mi papá, el psiquiatra estaba descalzo. Encontraron sus zapatos debajo del escritorio, pero no los calcetines —dijo Amanda.

—¿Andaba sin calcetines en invierno? —apuntó Esmeralda.

—Ayani, su mujer, anda descalza. Dice mi papá… dice el inspector Martín, que Ayani tiene pies de princesa. Bueno, eso no nos interesa. La alfombra del estudio de Ashton estaba húmeda en una parte, posiblemente con agua de un vaso que se dio vuelta, aunque la mancha no se hallaba cerca del escritorio.

—Elemental, amigos míos. El agua es buena conductora de electricidad. El asesino le quitó los zapatos a la víctima y le mojó los calcetines para electrocutarlo —dedujo Sherlock.

—Yo vi algo así en una película. Al preso condenado a muerte no lo mojaron antes de ejecutarlo en la silla eléctrica y prácticamente se cocinó —dijo Amanda.

—¡No deberías ver ese tipo de películas! —exclamó Kabel.

—Era para menores, no tenía sexo.

—No creo que fuera indispensable mojarle los pies a Ashton, pero tal vez el asesino no lo sabía. Después se llevó los calcetines para despistar, confundir a la policía y ganar tiempo. Buena estrategia —dijo el coronel Paddington.

—No tenía para qué molestarse con eso —explicó Amanda—. La policía va a perder mucho tiempo examinando pistas. El estudio de Ashton estaba atiborrado de muebles, alfombras, cortinas, libros, etc. y se aseaba sólo una vez por semana. La empleada tenía instrucciones de no tocar ninguno de sus papeles. Había tal profusión de huellas, pelos, escamas de piel, hilachas, que será prácticamente imposible determinar cuáles son relevantes.

—Veremos qué dicen los exámenes de ADN —dijo Abatha.

—Le pregunté sobre eso a mi papá —intervino Amanda—. Dice que se examina el ADN en menos del uno por ciento de los casos, porque es un procedimiento caro, complicado y el Departamento tiene recursos limitados. A veces lo financia una compañía de seguros o los herederos, si hay una buena razón para hacerlo.

—¿Quién hereda a Ashton? —preguntó Esmeralda.

—Su mujer, Ayani.

—No hay que escarbar mucho para dar con el motivo de un homicidio, casi siempre es dinero —dijo Sherlock Holmes.

—Permiso para hablar —pidió Kabel.

—Otorgado.

—Aunque tomen muestras, seguramente no sirven de nada si no hay con qué compararlas. Es decir, hay que encontrar muestras que correspondan al ADN de alguien que haya sido arrestado y cuyo ADN esté registrado. De todos modos, la policía está investigando a toda la gente que estuvo en el estudio desde que se limpió por última vez antes de la muerte de Ashton.

—La tarea que tenemos para la próxima semana será proponer teorías sobre este caso, ya saben, lo habitual: motivo, oportunidad, sospechosos, método. Y no se olviden todo lo que nos falta averiguar sobre Ed Staton y los Constante —los instruyó la maestra del juego al despedirse.

—Entendido —replicaron al unísono los otros jugadores.

***

Galang entró en el salón con el café. En la bandeja llevaba un jarro con mango largo de cobre labrado, dos tazas diminutas y un frasquito de cristal, como un perfumero. Dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró.

—¿Agua de rosas? —preguntó Ayani, vertiendo café denso como petróleo en las tacitas.

Bob Martín, que no había oído hablar de agua de rosas y estaba acostumbrado a jarros de medio litro de café aguado, no supo qué responder. Ayani vertió unas gotas del frasco en la taza y se la pasó, explicándole que Galang había aprendido a hacer el café árabe como a ella le gustaba: hervía tres veces el café con azúcar y semillas de cardamomo en la jarra de cobre y esperaba que la borra se fuera al fondo antes de servirlo. Martín probó ese brebaje dulce y espeso pensando en la dosis de cafeína que se estaba echando al cuerpo a las cinco de la tarde y lo mal que dormiría esa noche. La señora Ashton vestía un caftán negro bordado con hilos dorados, que la cubría hasta los pies y sólo dejaba a la vista sus manos elegantes, su cuello de gacela y ese rostro famoso que perturbaba su imaginación desde el momento en que la vio. Llevaba el pelo recogido en la nuca con dos palillos, grandes argollas de oro en las orejas y un brazalete de hueso en la muñeca.

—Perdone que vuelva a molestarla, Ayani.

—Al contrario, inspector, es un placer hablar con usted —dijo ella, sentándose en uno de los sillones con la tacita en la mano.

Bob Martín volvió a admirar sus pies delgados, con anillos de plata en varios dedos, perfectos a pesar del hábito de andar descalza, que había notado la primera vez que la vio en el jardín, aquel martes memorable de la muerte de Ashton, cuando ella entró en su vida. Entrar no era el verbo apropiado, porque eso todavía no ocurría; Ayani era un espejismo.

—Le agradezco que venga a mi casa. Le confieso que en la comisaría me sentí acosada, pero supongo que a todo el mundo le pasa lo mismo. Me extraña que esté usted trabajando hoy, ¿no es feriado?

—Es el día de Martin Luther King, pero para mí no hay feriados. Si no le importa, vamos a revisar algunos puntos de su declaración —le propuso Bob Martín.

—Usted piensa que maté a Richard.

—No he dicho eso. Recién hemos comenzado la investigación, sería prematuro hacer conjeturas.

—Sea franco, no es necesario andar con rodeos, inspector. Siempre las sospechas recaen en el cónyuge y con mayor razón en este caso. Supongo que ya sabe que soy la única heredera de Richard.

Bob Martín ya lo sabía. Petra Horr, su asistente, para quien no había secretos, le había dado bastante información sobre los Ashton.

Ayani iba a cumplir cuarenta años, aunque parecía de veinticinco, y su carrera de modelo, que había comenzado muy joven, estaba terminada. Los modistos y fotógrafos se cansan del mismo rostro, pero ella duró más que otras porque el público la identificaba: era negra en una profesión de blancas, exótica, diferente. Bob pensaba que esa mujer seguiría siendo la más hermosa del mundo a los setenta. Durante algún tiempo Ayani fue una de las modelos mejor pagadas, favorita del mundo de la moda, pero dejó de serlo cinco o seis años atrás. Sus ingresos se secaron y no tenía ahorros, porque gastaba sin medida y había ayudado a su extensa familia en una aldea de Etiopía. Antes de casarse con Ashton hacía malabarismos con tarjetas de crédito y préstamos de amigos y bancos para mantener las apariencias y ser vista. Debía vestirse como antes, cuando los diseñadores le regalaban ropa, y aparecer en las discotecas y fiestas de la jet set. Se trasladaba en limusina donde podía ser fotografiada, pero vivía modestamente en un apartamento de un solo ambiente en la parte menos deseable de Greenwich Village. Había conocido a Richard Ashton en una gala destinada a recaudar fondos para la campaña contra la mutilación genital femenina, en la que ella hizo el discurso inaugural; ése era su tema y aprovechaba toda oportunidad de exponer los horrores de esa práctica, de la cual ella fue víctima en la infancia. Ashton, como el resto de la concurrencia, quedó conmovido por la hermosura de Ayani y su franqueza para contar su propia experiencia.

A Bob Martín le intrigaba saber qué vio ella en Richard Ashton, un hombre rudo, arrogante, corto de piernas, barrigón y con ojos abultados de sapo. El psiquiatra contaba con cierta fama en el mundillo de su profesión, pero eso no podía haber impresionado a esa mujer que se codeaba con verdaderas celebridades. Petra Horr opinaba que no había que buscarle cinco pies al gato, la razón era clara: Richard Ashton era tan rico como feo.

—Entiendo que usted y su marido se conocieron en Nueva York en diciembre de 2010 y se casaron un mes más tarde. Para él era su tercer matrimonio, pero para usted era el primero. ¿Qué la indujo a dar ese paso con un hombre que escasamente conocía? —le preguntó Bob Martín.

—Su cerebro. Era un hombre brillante, inspector, cualquiera puede decírselo. Me invitó a comer al día siguiente de conocernos y pasamos cuatro horas absortos en la conversación. Me propuso que escribiéramos un libro juntos.

—¿Qué clase de libro?

—Sobre mutilación genital femenina; mi parte consistiría en relatar mi caso y realizar una serie de entrevistas a víctimas, sobre todo en África. La parte de él sería el análisis de las consecuencias físicas y psicológicas de esa práctica, que afecta a ciento cuarenta millones de mujeres en el mundo y deja secuelas para toda la vida.

—¿Llegaron a escribirlo?

—No. Estábamos en la etapa de planificar el libro y juntar el material cuando… cuando Richard murió —dijo Ayani.

—Comprendo. Aparte del libro, debe de haber habido otros aspectos del doctor Ashton que la enamoraron —sugirió Bob Martín.

—¿Enamorarme? Seamos realistas, inspector, yo no soy el tipo de mujer que se deja arrastrar por emociones. El romanticismo y la pasión se dan en el cine, pero no en la vida de una persona como yo. Nací en una aldea de chozas de barro, mi infancia transcurrió acarreando agua y cuidando cabras. A los ocho años una vieja inmunda me mutiló y estuve a punto de morir por la hemorragia y la infección. A los diez años mi padre empezó a buscarme marido entre hombres de la edad de él. Me libré de una vida de trabajo y miseria, como la de mis hermanas, porque me descubrió un fotógrafo americano y le pagó a mi padre para que me permitiera venir a Estados Unidos. Soy una persona práctica, no me hago ilusiones sobre el mundo, la humanidad o mi propio destino y mucho menos me ilusiono con el amor. Me casé con Richard por su dinero.

La declaración le pegó a Bob Martín en el pecho como una pedrada. No deseaba darle la razón a Petra Horr.

—Se lo repito, inspector, me casé con Richard para vivir cómoda y tener seguridad.

—¿Cuándo hizo su testamento el doctor Ashton?

—El día antes de casarnos. Por consejo de mi abogado, lo puse como condición. El contrato estipula que a su muerte yo heredo todos sus bienes, pero sólo cincuenta mil dólares en caso de divorcio. Esa cifra era una propina para Richard.

El inspector tenía en el bolsillo la lista de bienes de Richard Ashton, que Petra le había entregado: la mansión de Pacific Heights, un apartamento en París, una cabaña de cinco habitaciones en un centro de esquí en Colorado, tres automóviles, un yate de diecisiete metros de eslora, inversiones por varios millones de dólares y los derechos de sus libros, que le aportaban un ingreso modesto, pero continuo, porque eran texto obligado en psiquiatría. Además, había un seguro de vida de un millón de dólares a nombre de Ayani. Los hijos de los matrimonios anteriores de Richard Ashton recibirían una cifra nominal de mil dólares cada uno y si disputaban las disposiciones del testamento no obtendrían nada. Lógicamente, esa cláusula perdía validez si lograban probar que Ayani era responsable de la muerte de su padre.

—En pocas palabras, inspector, lo mejor que podía ocurrirme era enviudar, pero yo no maté a mi marido. Como sabe, no puedo tocar ni un dólar de la herencia que me corresponde antes de que usted encuentre al asesino —concluyó Ayani.