Miércoles, 25
Al llegar a la casa de su padre por la noche, Indiana revisó el correo y entre las cuentas y la propaganda política encontró una lujosa revista destinada por suscripción a los miembros más distinguidos de ciertas tarjetas de crédito, que ella había visto algunas veces en el consultorio de su dentista. La casa estaba en silencio, era la noche del squash y del tugurio alemán de su padre. Llevó la revista con el resto de la correspondencia a la cocina, puso a hervir agua para hacer té y se sentó a hojearla distraídamente. Se fijó en que había una página marcada con un clip y se encontró con el artículo que habría de trastornar las rutinas de su vida.
En la revista, Alan Keller aparecía en su viñedo recibiendo a sus huéspedes con una mujer rubia colgada del brazo, a quien la descripción al pie de la fotografía identificaba como Geneviève van Houte, baronesa belga, representante de varios diseñadores de moda europeos. Indiana leyó con cierta curiosidad hasta el tercer párrafo, donde se enteró de que Geneviève vivía en París, pero se especulaba que pronto sería residente en San Francisco, convertida en esposa de Alan Keller. El artículo detallaba la fiesta en honor al director de la Sinfónica, las opiniones de varios invitados sobre el inevitable enlace, que la pareja no desmintió, y el pedigrí de la Van Houte, cuya familia ostentaba la baronía desde el siglo XVII. En la página siguiente vio otras cuatro fotografías de Alan Keller con la misma mujer en diferentes lugares, un club en Los Ángeles, un crucero en Alaska, una fiesta de gala y tomados del brazo en una calle de Roma.
Aturdida, con un golpeteo en las sienes y las manos temblorosas, Indiana se fijó en que Geneviève llevaba pelo corto en un par de imágenes y largo en las otras y que en Alaska Alan Keller llevaba puesto el suéter beige de cachemira que a ella le gustaba tanto, que él se lo quitó para regalárselo. Como eso había sucedido a las pocas semanas de conocerlo, la conclusión ineludible era que su amante y esa baronesa compartían una larga historia. Volvió a leer el artículo e inspeccionar las fotografías buscando alguna clave que desmintiera los hechos, pero no pudo hallarla. Colocó la revista sobre la mesa, encima del sobre con los folletos del viaje a la India, y se quedó sentada, con la vista fija en el lavaplatos, mientras la tetera con agua hirviendo silbaba en la hornilla.
Hacía quince años que no sentía el desgarro de una traición. Casada con Bob Martín soportó su conducta de adolescente atolondrado, sus latas de cerveza por el suelo, sus amigotes despatarrados frente al televisor y sus pataletas violentas, pero sólo decidió divorciarse cuando fue imposible seguir ignorando sus infidelidades. Tres años después del divorcio Bob todavía le pedía una segunda oportunidad, pero ella había perdido la confianza en él. En los años siguientes tuvo varios amores que terminaron sin rencor, porque ningún otro hombre la engañó ni la dejó. Si el entusiasmo se enfriaba, ella encontraba una forma delicada de alejarse. Tal vez Alan Keller no era el compañero ideal, tal como le repetían a menudo su hija, su ex marido y Ryan Miller, pero hasta entonces no había dudado de su lealtad, que para ella era el fundamento de la relación que compartían. Esas dos páginas a color en papel satinado de la revista probaban que se había equivocado.
Para poder sanar a otros cuerpos, Indiana había aprendido a conocer bien el suyo, y del mismo modo que sintonizaba intuitivamente con sus pacientes, lo hacía consigo misma. Alan Keller decía que ella se relacionaba con el mundo a través de los sentidos y emociones, vivía en una época anterior al teléfono, en un universo mágico, confiada en la bondad de la gente; estaba de acuerdo con Celeste Roko, quien sostenía que en una encarnación anterior Indiana había sido delfín y en la próxima volvería al mar, porque no estaba hecha para tierra firme, le faltaba el gen de la precaución. A eso se sumaban varios años en una senda espiritual que contribuía a hacerla desprendida de lo material y libre de mente y corazón. Pero nada de eso atenuó el golpe de ver a Alan Keller y Geneviève van Houte en la revista.
Se fue a su apartamento, encendió la calefacción y se tendió en su cama a observar sus sentimientos en la oscuridad, respirar atentamente y convocar al qi, la energía cósmica que procuraba transmitirles a sus pacientes, el prana, la fuerza que sostenía la vida, uno de los aspectos de Shakti, su deidad protectora. Sentía una garra en el pecho. Lloró un rato largo y por fin, después de la medianoche, la venció la fatiga y durmió inquieta por unas horas.