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Los medios de comunicación esperaban inquietos. Faltaban pocos minutos para que el pintor hiciera su aparición. Cámaras, luces, grabadoras y micrófonos revoloteaban en el interior de aquel cine, convertido para la ocasión en un solemne escenario.

La noticia de que el gran Cádiz quería verlos tenía al mundo cultural sumido en la expectativa. Los convocaba a una rueda de prensa en La Pagode, aquel hermoso adoratorio japonés que a finales del siglo XIX importara de Japón el director del Bon Marché para regalarlo a su querida amante. ¿Por qué los citaba en aquel insólito lugar? ¿Tenía algún significado? Les exigía que la noticia no trascendiera hasta tanto la reunión no se hubiese celebrado, y por primera vez el pacto de silencio había sido respetado por todos.

De repente, en el interior de La Pagode empezaron a dispararse los flashes y un murmullo general fue creciendo hasta convertirse en decenas de preguntas. Delante de todos, vestido con traje, camisa y corbata negros, sobriedad funeraria, aparecía Cádiz.

—Maestro… ¿nos hablará de su próxima creación? —gritó uno de los asistentes.

Las frases empezaron a caer a destajo.

—¿Qué sensación le produce que una obra suya haya alcanzado el precio más alto que jamás ningún pintor vivo ha conseguido?

—¿Es verdad que Sara Miller y usted ya no están juntos?

—¿Piensa recibir la Legión de Honor que el gobierno acaba de concederle?

Preguntas, preguntas, preguntas…

Por primera vez, Cádiz asistía a una rueda de prensa sin su gabinete de comunicación. En medio de aquella jauría que lo acribillaba, la falsa serenidad que le otorgaba su whisky lo mantuvo impasible.

Durante varios minutos los observó distante, como si el espectáculo no fuera provocado por él. El aire espeso de la espera flotaba sobre aquellas cabezas inquisidoras. De pronto, comprendió que el poder del silencio era inmenso. Había sido él quien finalmente lograba acallarlos. Se acercó al micrófono y su voz ronca arañó las paredes de la antigua pagoda.

—Señoras y señores, gracias por venir. Ustedes se preguntarán por qué están aquí, qué hay detrás de tanto secretismo en esta convocatoria. Bien, seré breve. Les advierto que, una vez les comunique lo que quiero, no responderé a ninguna de sus preguntas. ¿Queda claro? —Cádiz miró a su alrededor y después de una larga pausa, continuó—: El pasado 17 de julio, en el Arc de Triomphe, presenté mi última exposición. Una obra considerada por muchos como la máxima expresión del Dualismo Impúdico. Cuadros que en el mercado del arte crearon una auténtica conmoción y que hoy son propiedad de grandes museos y de importantes coleccionistas del mundo. Pues bien, tengo que confesarles… —Sentía la garganta seca; necesitaba urgentemente un trago de whisky para continuar—… que los pies de dichas pinturas, el espléndido universo en el que se recrean los cien cuadros de la muestra, no salieron de mis manos.

El discurso fue interrumpido por una exhalación general.

—Ninguna de esas pinturas, ninguna, hubiese sido posible sin la aparición en mi vida de una pintora excepcional. Una joven principiante que llegó a mi estudio queriendo aprender… aprender lo que de sobra sabe. Señoras y señores: las joyas pictóricas que abanderaron mi exposición son obra de… Mazarine Cavalier. No tengo nada más que decir. Buenos días.

Un rumor general se apoderó del lugar. Los periodistas corrían, los fotógrafos acercaban sus zoom hacia el perfil hermético del pintor que, rodeado de flashes y cámaras, abandonaba en silencio La Pagode.