8
El atardecer había caído sobre el passage de Dantzig tiñendo de ocres las cariátides carcomidas de vejez que custodiaban la entrada al estudio. Con el baño de sol, el pabellón de Eiffel lucía su mejor porte, y los restos decapitados de las esculturas ahogadas en la maleza murmuraban el último secreto. El verano reventaba los oídos de los pocos artistas que preservando tradiciones pasadas de moda aún vivían alrededor del pabellón, simulando un renacer imposible del París artístico de los años veinte, cuando todo el esplendor brillaba en aquellos jardines y Kiki, además de modelo y amante de todos, hacía vibrar a los artistas con su alegría y desparpajo, irguiéndose por encima de las más bellas como la gran musa del Montparnasse: su reina. Ahora, pasado casi un siglo, era una insignificante perrita llamada Kiki que intranquilizaba al vecindario con sus ladridos.
En el interior de La Ruche, el pintor trataba infructuosamente de calmar a una indefensa Mazarine. Las manos de la chica temblaban descontroladas, presas de histeria. Lo de ponerse en el lugar del afligido cuando había dificultades le costaba mucho. Odiaba la debilidad. Le alteraban las desazones ajenas y nunca encontraba la frase justa que el otro necesitaba escuchar. No sabía acompañar. En situaciones como esta, todo acababa reducido a una intolerancia absurda. A veces las palabras solo sirven para no entenderse; son letras muertas. Una conversación sin señas, de sordomudos. Ella estaba sola en su angustia, y él, solo en su incomprensión. Dos monólogos sin punto de encuentro. Por eso prefería el silencio de sus lienzos. Las crispaciones y tensiones desaparecían en los caudales de su pintura, que no le reclamaba nada y se lo dejaba hacer todo.
Al ver que lo que hacía o decía no servía para calmarla, Cádiz acabó ofreciéndole un trago de whisky de la petaca que siempre llevaba en su bolsillo.
—Bebe un poco, te hará bien.
Mazarine, que nunca bebía, chupó un gran trago.
—¿Mejor?
La chica lo miró y el pintor vio en sus hermosos e indescifrables ojos dorados una inmensa tristeza. Quiso saber más.
—¿Vives sola?
Primero un gran silencio, después un susurro.
—No.
Cádiz se dio cuenta de que no quería hablar.
—¿Empezamos?
Ella asintió.
—Hoy haremos algo diferente. Tráeme la tela que preparaste ayer.
Mazarine regresó con un gran lienzo sin marco y lo extendió sobre el suelo.
—Tengo ganas de soñar. ¿Sabes soñar?
La chica, que todavía esperaba una palabra de consuelo, no respondió.
—Está bien, lo haremos en silencio. Será más bello.
Cádiz se quedó mirando a su alumna. Su aspecto frágil le confería un halo de hermosura morbosa. Toda esa rebeldía desplegada en las semanas anteriores desaparecía, dando paso a una fascinante belleza desvalida.
Mazarine lo observaba atenta. ¿Lo había escuchado bien? Su maestro había dicho ¿HAREMOS? ¿Él y ella, JUNTOS?
Sería la primera vez que un cuadro de Cádiz estaría pintado a cuatro manos.
El pintor se acercó hasta su alumna sin dejar de mirarla un instante, y cuando estuvo frente a ella se puso de rodillas. La chica seguía sus movimientos, hipnotizada por sus ojos gastados y profundos, sin atreverse a pestañear. Despacio, las manos de él retiraron el largo del tejano que impedía ver los pies de su alumna. El roce del pantalón produjo en Mazarine un dulce cosquilleo.
Le gustó. Nunca nadie había tocado sus pies; era como una profanación de la parte más íntima de su cuerpo.
Uno a uno, cada dedo fue delicadamente rozado por el índice de Cádiz en una ceremonia lentísima. Entraba en cada espacio buscando acariciar lo inaccesible. Después, tomándose todos los segundos, continuó subiendo el pantalón, dejando al descubierto unas piernas perfectas.
Mazarine sentía las manos de su maestro en el centro de sus piernas, aunque estas no habían sobrepasado sus rodillas. ¿Qué le estaba pasando?
Manteniendo el silencio impuesto, Cádiz cogió un poco de pintura negra y con un pincel fue dibujando sobre sus pies unas líneas delgadas que simulaban unas sandalias. Mientras lo hacía, el pintor supo que en ellos estaba su salvación. El deseo que se escondía detrás de esa visión era inmenso. Volvía a palpitarle el corazón como cuando era joven. Su creación pasaba por su deseo.
—Mazarine… —la voz de Cádiz le sonó diferente—. Enséñame a pintarte.
—No sé enseñar.
—Aprende. Aquí tienes mis manos.
Sin pensarlo dos veces, Mazarine cogió la mano del pintor que sostenía el pincel, miró sus pies reflejados en el espejo y de un trazo magistral los plasmó en la tela. Cádiz había sentido la fuerza creadora de la chica. Estaba viva y frente al lienzo no vacilaba.
La alumna lo miró desafiante, sabiéndose maestra.
—No está mal —murmuró el pintor sonriendo—. Nada mal. Ahora, déjame a mí.
Sobre los contornos marcados por Mazarine, Cádiz empezó a derramar de forma brutal un rojo sangre. Sudaba a mares, cubriendo y descubriendo. Estaba embrujado de arte. Acariciaba, raspando y poseyendo con furia; acabando con esa blancura virginal, en un duelo sagrado. A partir de los pies, la mancha se extendía a lo largo y ancho del cuadro, como si una gota inmensa de sangre se interpusiera entre el observador y los pies pintados. El resultado era impresionante.
Delante del cuadro, Cádiz jadeaba. El trance terminaba.
—Es magnífico —dijo Mazarine.
—«El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden». Eso lo leí no sé dónde.
Mazarine se miró los pies. Así que a esto él le llamaba intensidad. Y lo que ella había sentido… ¿cómo se llamaba?
—Déjame lavarte.
Cádiz trajo una vasija con agua y fue retirando la pintura de los pies de su alumna, con la misma delicadeza con la que los había pintado. Mientras lo hacía, Mazarine supo que todo había cambiado. Ahora era importante para alguien, y ese alguien la necesitaba. Una vez terminó de secarlos, el maestro no pudo evitar acercar sus labios a ellos.
—Gracias —suspiró al besarlos.