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Era auténtico.
Antes de comunicarse con los miembros de la Orden, Ojos Nieblos se reunió en secreto con un joyero especialista en arte medieval, quien tras analizar detenidamente la pieza concluyó, sin lugar a dudas, que el medallón era auténtico. En aquella época, los poderes atribuidos a la plata convertían a los objetos realizados en ese metal en amuletos que preservaban de los demonios, la peste, la muerte en combate y, lo más importante en este caso, aseguraba a quienes los portaban el amor eterno del ser amado. Si a todo esto se añadía su valor como pieza única, reliquia sagrada e histórica, el símbolo podría adquirir en el mercado negro un precio desorbitado.
Tras escuchar la noticia, Ojos Nieblos se encontraba en una verdadera encrucijada. Acababa de sentir el aguijón de la ambición, algo con lo que no contaba. La gran medalla de la Orden de los Arts Amantis estaba en su poder y todos los dones atribuidos a ella podrían enriquecerlo. ¿Y si la vendía al mejor postor? Sus manos temblaron con solo pensarlo. Se imaginó rodeado de lujos, ordenando, pidiendo y recibiendo. No tenía por qué decirlo; si falsificaba la pieza y la devolvía a la chica, nunca nadie se enteraría de la verdad, ni siquiera ella.
—Es importante comunicarlo inmediatamente a la Orden. Lo hará, ¿verdad? —le dijo el orfebre.
Ojos Nieblos aterrizó al escucharlo. Lo que había soñado, se iba.
—¿Cómo sabe usted de…?
—¿De la Orden? Somos muchos… buscando lo mismo. ¿Dónde está el cuerpo?
—Aún no lo sé.
—Debemos unirnos.
—¿Cuántos sois? —sin esperar la contestación, Ojos Nieblos continuó preguntando—. ¿En vuestro grupo hay alguna mujer?
—Se extinguieron, no quedó ninguna. ¿Y en el vuestro?
—Tampoco.
—Sin mujeres, los Arts Amantis acabaremos por desaparecer.
—Bueno, hay una joven… la que llevaba el medallón.
—¿Pertenece a la Hermandad?
—No he podido comprobarlo. Hablaré con mi superior, tendremos que reunirnos cuanto antes.
—TODOS —añadió el orfebre.
—Todos.
Antes de marchar, Ojos Nieblos levantó la mano.
—Mon énergie, c’est l'amour.
El joyero extendió la suya.
—Je l’accepte. Je te le donne.