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La gran fecha había llegado. Estaba en Venecia, asomada a la terraza del hotel Danieli, y las barcas, ajenas a su turbulencia interior, se deslizaban tranquilas sobre el gran canal en medio de una discreta algarabía de gaviotas y de los destemplados cantos de los gondoleros.

Aquella hermosura milenaria, descolgada de un cuadro de Bellini, la sobrecogía invitándola a llorar de gozo. Por sus canales se habían paseado Tiziano, Giorgione, Lotto, Tintoretto, Veronese, Canaletto, Tiepolo, Carpaccio, el gran Miguel Ángel… lo más excelso de la pintura y del arte. Ahora ella estaba allí, ínfima, en aquel mágico escenario que sobrevolaba el tiempo. Todo era hermoso… pero no era feliz.

Mazarine escondía su tristeza tras su sempiterno gabán negro. Ella, Pascal y Sara habían llegado cinco días antes de la boda para ajustar los últimos detalles, y aunque no había vuelto a ver a Cádiz desde su viaje al desierto, sabía que tarde o temprano su amado y odiado maestro haría su aparición.

—No te preocupes, querida —le dijo Sara, cariñosa—. Tendrás quién te lleve al altar. Cádiz es así, ya lo sabes. Se divierte dando la nota en los momentos clave, pero vendrá, claro que vendrá. En el fondo creo que siempre quiere ser el centro de atención. Busca ser reverenciado…

—Demasiado éxito —añadió Pascal, pasando su brazo por el hombro de Mazarine.

Por falta de padre y por sugerencia de Pascal, sería el pintor quien la entraría a la iglesia. Aunque Mazarine trató de evitarlo a toda costa, ellos se lo tomaron como una actitud de timidez, y finalmente no había podido disuadirlos. Ahora, y para su desgracia, de solo pensar en que volvería a verlo el corazón se le escapaba por la garganta.

—Estás demasiado callada, monpetit chou —le dijo su novio.

—Ansiosa, solo ansiosa —le respondió. No había querido decirle que llevaba días y días preocupada. La regla no le bajaba desde su viaje a Marruecos y acababa de cumplir su segunda falta. A pesar de todo, no sentía ningún síntoma extraño. Ni mareos, ni náuseas; hasta le parecía que en los últimos días había adelgazado.

El test de embarazo que se hizo minutos antes de viajar a Venecia, con un aparatito comprado en la farmacia del aeropuerto, le dio negativo… ¿o lo había leído mal? El punto rojo en la ventanilla de aquel lápiz marcaba… ¿positivo o negativo? Tuvo que lanzarlo de prisa en la papelera al escuchar a Sara al otro lado de la puerta, preguntándole si se encontraba bien. Ahora necesitaba volver a hacerse la prueba. Pero ¿cómo?

—Estás… no sé… ausente —volvió a decirle Pascal—. ¿No te sientes segura?

—Claro que sí, tonto. No te preocupes. Son solo nostalgias.

—De tu familia, ¿verdad?

Mazarine asintió.

¡Si tan solo hubiese tenido a Sienna! Hablándole, siempre lo solucionaba todo. Quería esconderse en el armario, acurrucarse a su lado y desaparecer del mundo. ¿Por qué le quitaban lo que más quería? Estaba convencida de que lo había hecho el malvado de Jérémie. Por eso aquella noche, previa a su huida, su captor no había aparecido. Pero, ¿cómo se enteró de dónde se encontraba escondido el cuerpo? ¿Para qué lo quería? ¿Qué era lo que con tanto recelo guardaba La Santa entre sus manos? Ahora, lo único que le quedaba de su bella dormida era aquella llave que había descubierto anudada a su dedo. Después de buscar y no hallar ningún cajón, cofre o baúl a que acoplarla, decidió esconderla para que nadie la encontrara, pegándola a uno de sus lienzos-collages. Allí, en medio de papeles pintados y arrugados, estaba segura de que quedaba a salvo. Por lo menos hasta que regresara y volviera a la casa verde, que convertiría en su estudio de pintura.

—¿Algún día me hablarás de ellos? —Pascal interrumpía de nuevo sus pensamientos.

—¿De mis padres? —preguntó Mazarine, y sin esperar respuesta continuó—. Tal vez un día te cuente cosas. Ahora necesito estar sola. Dicen que el novio no debe ver a la novia hasta el momento de la ceremonia.

—Los que lo dicen son unos amargados. —Se le acercó por detrás, rodeando su cintura—. ¿Cómo nos vamos a privar de vivir juntos estos instantes? Seguro que el paisaje que ahora ves es más bello así… —besó su nuca despejada.

Mazarine insistió.

—Más que una costumbre, que el novio no vea a la novia es una ley.

Mon amour, las leyes se hicieron para romperlas. Los que las crearon no tenían oficio. ¿Cómo esperar a verte hasta la noche? El novio podría morir de inanición. Ten compasión de este pobre hombre…

Mazarine sonrió. Por un instante imaginó que era una chica normal, ilusionada, a punto de despertar su gran sueño. Que todo saldría bien. Que al ver a Cádiz no iba a sentir que su alma se desgarraba. Que estaba enamorada de Pascal y sería feliz, serían felices… él, ella, todos… hasta su hijo o hija. Lo que llevara dentro, si es que llevaba a alguien…

La boda se realizaría al atardecer en la basílica de San Marco, y la fiesta, organizada íntegramente por Sara y su particular equipo de escenógrafos, se llevaría a cabo en el gran Palazzo Pisani-Moretta.

Los invitados llegarían con sus trajes, pelucas y máscaras de carnaval en un desfile de góndolas, antes de la aparición triunfal de los novios que, tras la ceremonia, vestirían sus mascheras nobiles y sus majestuosos vestidos de época.

Lentamente, el gran canal empezaba a cubrirse de millares de flores y velas flotantes por donde se deslizaría la gran barcaza de los novios. A su paso, también en medio del Canalazzo, varias sopranos interpretarían los Avemarías de Schubert y Gounod y música sacra de Niedermeyer, Mascagni, Mendelssohn, Rossini y Franck.

Ya habían llegado de todo el mundo los selectos invitados, y muchos se preparaban para disfrutar de la fastuosa y original fiesta que la fotógrafa había preparado y de las celebraciones que durante los siguientes tres días seguirían al enlace, en los que la serenísima ciudad sería tomada por entero.

Cádiz acababa de llegar. Sara se lo anunciaba por teléfono, mientras el peluquero y sus ayudantes la preparaban para la ceremonia. Hasta el final, Mazarine había insistido en vestirse de negro, y nadie logró disuadirla. Su traje de novia era el más sui generis que se había visto en boda alguna: un sobrio abrigo de seda salvaje, ajustado a su cuerpo y con abotonadura delantera, que abría al final dejando al descubierto sus pies descalzos. Nada en su cuello ni en sus orejas. Solo su pecho abierto, su piel blanquísima contrastando con el luto. Y en su frente, colgando de una finísima diadema, una lágrima de ónice descansando en el entrecejo de sus ojos dorados.

Sara había contratado a su estilista predilecta, la que siempre elegía el vestuario de sus mejores fotografías, para que se ocupara de todo y Mazarine se convirtiera en la novia más hermosa jamás vista.

Mientras la maquillaban, Mazarine no dejaba de pensar. Estaba a escasos minutos de volver a verlo. ¿Cómo podría estar a su lado, cogerse de su brazo y dejarse conducir hasta el altar para casarse con otro?

Una lágrima rodó por su mejilla.

—Ahora no, mon chérie. No puedes llorar. Estropearás todo el trabajo que he hecho —le dijo el hombre, absorbiendo la lágrima con un kleenex.

Otra lágrima, y otra, y otra… un llanto silencioso, imparable.

—Así no puedo trabajar… merde!

El maquillador lanzó el pincel al suelo.

—Lo ha echado todo a perder —dijo a los demás.

Mazarine se puso de pie, se dirigió a la puerta y abriéndola les gritó.

—Iros de una vez, maldita sea. ¡Dejadme sola!

Los ayudantes abandonaron la habitación indignados. Cuando estaba a punto de cerrar, desde el otro lado una mano agarró el pomo de la puerta.

—¡Largaos! —insistió con un grito, tratando de cerrar, pero la fuerza que alguien hacía desde el exterior se lo impidió.

La puerta volvió a abrirse. Delante de ella aparecía Cádiz.

Al verla vestida de negro, con su pelo cobrizo enmarcando su cara y todavía con lágrimas en los ojos, le dijo con su voz más grave.

—Bella, realmente bella.

Mazarine trató de cerrar la puerta.

—¿De verdad estás preparada para todo lo que viene? ¿Vas a continuar con esta farsa, a escenificar que amas a mi hijo, cuando tú y yo sabemos la verdad?… Conozco el origen de tus lágrimas, pequeña.

—Márchate. Eres un cínico.

—No tardes, te estaré esperando.

—¿Por qué me haces esto?

—¿Por qué me lo haces tú, Mazarine?

De pronto, Sara apareció por el pasillo.

—Ahh… estás aquí —le dijo a Cádiz—. ¿Verdad que es una novia preciosa?

Al descubrir en Mazarine las huellas de las lágrimas, se acercó y la abrazó.

—Estás nerviosa y es natural. ¿Qué novia antes de su boda no lo está? No te preocupes, todo va a salir bien. Jean-Luc me dijo que no pudo acabar de arreglarte. ¿Quieres que te ayude?

—No, gracias —contestó Mazarine, incómoda—. Lo haré yo… Lo siento, necesito unos minutos a solas.

—Claro, hija… Ven, Cádiz, ya casi es la hora. Tú también tienes que cambiarte. —Dio un repaso a los tejanos arrugados y a la camisa negra de su marido—. ¿No estarás pensando en llevarla al altar vestido de semejante manera, verdad? Tienes que ponerte a la altura de la novia.