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Tras la cena en la rué de la Pompe, Mazarine se encontraba perdida. Su vida emocional era un enredo gordiano que la llevaba a saltar del miedo a la osadía y de la alegría al pánico, en un torbellino que no la dejaba pensar. De golpe se había convertido en el centro de un carrusel enloquecido, que giraba y giraba con una fuerza centrífuga que amenazaba con expulsarla y lanzarla por los aires, mientras ella se agarraba a un palo endeble, a punto de romperse. Lo que más había ansiado, ahora parecía brindársele en bandeja: su pintor se moría por tenerla en sus brazos. Pero eso ahora era lo de menos. Tenía muchos frentes abiertos y ninguna capacidad de cerrarlos. Sentía que su vida la dirigían otros, y ella era el epicentro de una catástrofe que estaba a punto de desencadenarse. En medio de sus desazones, lo único que la serenaba era estar junto a Sienna.

Cuando se acercaba a ella, una sensación de paz y protección la cubría. La mandora se convertía en el puente para llegar a su alma. Esa música, tocada por no sabía quién y que salía de sus propios dedos, aquel idioma desconocido que en su cabeza se recitaba imparable y su boca pronunciaba con total soltura, era lo único que la tranquilizaba.

La conexión que tenía con aquella adolescente de facciones angelicales cada día era más fuerte e íntima. Le inspiraba un amor inmenso. Después de cantar y cantar, la mandora se silenció con ella.

—Sienna —le dijo, acariciándole los cabellos—. ¿Puedo decirte algo?

La Santa parecía escucharla.

—Me siento perdida, como si caminara por una neblina espesa que me quiere tragar. No permitas que me trague, Sienna. Quieren separarnos. Aquellos hombres no saben que tú y yo somos una… que te necesito; no saben nada de las dos. No sé… a veces me parece que vivo otra vida, que me enciendo y apago con un interruptor que no controlo… porque en verdad no existo. Dime, Sienna, ¿crees que existo? ¿No seré un sueño fabricado por un loco? ¿Dónde estoy? Abre los ojos y mírame. Necesito a alguien que me indique la salida de este espeso túnel en el que me encuentro. ¿Parezco feliz?… No, no te lo creas. Tú bien sabes que no es así. Las caras siempre mienten, esconden el alma de la gente, todos llevamos una máscara para actuar en este circo: el gran público, que también va fingiendo su cordura. Si me vieras, dirías: ¡Mazarine ha encontrado la felicidad! ¡Bahh! Te habría engañado; habrías caído en mi trampa. Pero a ti no puedo mentirte, Sienna. Estoy más sola que la propia soledad. En realidad, los seres humanos somos tan poca cosa. Vivimos porque no nos queda más remedio. Caímos en esta trampa, en esta leonera hambrienta. Todos quieren algo de ti: la rebatiña, la repartición de los cuerpos, de las almas… un rato de pasión, cariño, atención, compromiso, tus palabras. Tu esfuerzo, la fama, tu silencio, tu alegría… hasta tus pensamientos y tu futuro, que no sabes si existirá. Todo para todos y al final para nadie. Porque en la repartición nos volvemos jirones. Aquel altruismo de dar sin esperar no existe. Queremos ser fuertes y terminamos siendo de una blandura insoportable. Queremos ser inteligentes y solo somos unos pobres animales perdidos en esta desconcertante jungla de enanos. La estúpida comedia de parecer por no saber qué ser. Sienna, ¿cómo fue tu vida? Algo me dice que tu tiempo era distinto al mío. Que tú no estabas como yo, hecha a pedazos. Que no te tocaba cada noche recoger los trozos sueltos y pegarlos, para salir a la calle como si nada.

Y ahora… ¿qué hago yo ahora, Sienna? ¿Dónde está la respuesta a mi vida? ¿Soy mala? ¿Soy buena? ¿Cuál será el castigo que me espera por querer ser feliz sin saber cómo?… El otro día te pinté. ¡Si supieras lo bella que quedaste en los cuadros! Y cómo desconcerté al Gran Pintor. ¡Al Gran Dios! Le hubieras visto sus ojos lagrimeando de envidia… y yo, haciéndome la que no me enteraba de nada, en el papelito de alumna abnegada. No me costó nada pintarte, tal vez ni siquiera fui yo quien lo hizo. Será aquel ser que me habita y que desconozco. Esa presencia que se acerca y ausenta de mí y me toma y me deja a su antojo… Tengo que irme, ¿ves? Algo me obliga a alejarme ahora de ti.

Tras despedirse, Mazarine cerró la tapa del arca de cristal, pulsó la palanca y el mecanismo se llevó el cuerpo al interior del armario.

Cuando estaba a punto de salir, regresó y se aseguró de que el armario quedara con llave. Revisó cada ventana y agujero por si alguno de los Arts Amantis osaba aparecer por la casa.

Tenía que ir a La Ruche, pero le daba miedo volver a encontrarse con la pasión de Cádiz. Con sus manos hechiceras, que lastimaban y acariciaban y, al final, la deshacían y dejaban sin fuerza. Quería y no quería verle. ¿Qué iba a pasar entre ellos después de tan nefasta coincidencia en la rué de la Pompe?

La exposición estaba a punto de inaugurarse y por las calles cientos de carteles anunciaban el regreso del genio de la pintura Dualista.

Mazarine caminaba atolondrada por el Boulevard Montparnasse cuando una voz la despertó. Era Sara que se dirigía a su estudio y al verla desde la otra acera la llamaba.

—¡Mazarine!

La fotógrafa le hizo señas de que esperara y al cambiar el semáforo cruzó la calle.

—¡Qué sorpresa, querida! ¿Adónde vas?

—A trabajar.

—¿No me digas que trabajas cerca de aquí? A ver si vamos a resultar vecinas.

Mazarine titubeó.

—Bueno, en realidad está lejos, pero… me gusta caminar. Me he acostumbrado a sentir el suelo.

Sara echó una ojeada a los pies de la chica.

—Ya lo veo. Cuando yo era joven solíamos ir así, como tú, descalzos. Era una locura que homenajeaba la libertad, la paz, el amor y la belleza. El culto a un hedonismo primario. Nunca pude ser hippy, no tuve tiempo de serlo. Me enrolé a trabajar duro desde muy joven, pero en muchas cosas me sentía como ellos. Fui una hippy frustrada.

Mazarine la observaba con cariño. La madre de Pascal le caía simpática, era una buena persona. Recordó lo que había pasado con Cádiz en la rué de la Pompe y sintió vergüenza.

—¿Tienes unos minutos? ¿Por qué no vienes un momento a mi estudio? Está justo enfrente —la fotógrafa señaló una pequeña calle que desembocaba en la avenida—. Me costó mucho conseguirlo. Es un edificio magnífico y tiene un gran significado para mí. Era el estudio de Man Ray, el gran ídolo de mi juventud.

—Sara, quería darle las gracias por la cena.

—No tienes por qué. —La mujer cogió del brazo a su nuera y continuaron caminando—. Lo único que deseo es que hagas feliz a mi hijo. Es un chico magnífico.

—Lo sé —añadió Mazarine, sintiendo en el fondo un punto de culpabilidad.

Atravesaron el boulevard hasta llegar al n.º 31 de la rué Champagne-Première, el espectacular edificio del arquitecto Arfvidson que con sus grandiosos ventanales y su decoración modernista de motivos vegetales había enamorado a tantos artistas en los años veinte.

Al llegar al estudio, restos de fotografías de la muestra Identidades colgaban y se apoyaban en las paredes, en desorden.

—Me gustó su última exposición.

—Ahhh… fíjate. Ya no está, ¡todo pasa tan rápido! ¿Quién sabe adónde habrán ido a parar esos seres?

En el suelo, unos ojos nublados miraban fijamente a Mazarine.

—¿Los conoce a… todos? —preguntó la chica, señalando la foto del hombre que a veces la seguía y aquella noche había reconocido en las catacumbas.

—¡Qué va! Es gente que encontré en la calle. Este pobre hombre tiene un aspecto siniestro, ¿verdad? A lo mejor no lo es tanto. La mayoría de las veces, las apariencias engañan.

La imagen de una Mazarine temerosa, mirando aquella fotografía, inspiró a Sara.

—Quédate ahí; no te muevas.

La fotógrafa cogió su cámara y empezó a descargar una, dos, tres, diez, veinte fotos. Disparaba desde todos los ángulos. Pies, manos, boca. De espalda, con su largo gabán arrastrándose en el suelo. De escorzo: su cuello, su perfil, sus sombreadas cejas. De frente, con el abrigo abierto: la piel, el pecho, el inicio de sus pequeños senos… clic, clic, clic… y zooooooooom al medallón.

¿No era ese el símbolo que aparecía en el pecho del hombre que había fotografiado para la exposición? Con esta, era la tercera vez que lo veía. La primera, aún no lograba recordar dónde había sido; ahora que volvía a reparar en él, estaba segura de que ese emblema lo había visto en alguien más… o en algo.