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Llegaron a un oasis donde les esperaba, escondida entre palmeras, una kasbah dedicada al culto al cuerpo. Salones palaciegos, con piscinas perfumadas de pétalos y columnas revestidas de mosaicos moriscos y cerámicas vidriadas, formaban un refinado escenario para el descanso. En aquel paraíso, las pieles resucitaban a punta de masajes, aromaterapias, baños, exfoliaciones y aceites.
Cádiz había ordenado instalar las tiendas de campaña lejos de aquel lugar, tratando de conservar el espíritu de aventura que hasta el momento los iba acompañando.
Durante toda la tarde Mazarine permaneció sentada bajo una palmera, con los ojos puestos en las dunas, dibujando en un cuaderno paisajes ilusorios mientras Pascal estudiaba el caso de un paciente y Cádiz, a escondidas, la observaba. De vez en cuando ella giraba su cabeza hacia las tiendas, como si presintiera los ojos del pintor, pero al no verlo volvía a refugiarse en su ensoñación.
Esa noche Cádiz no pudo más.
Estaba convencido de que Mazarine jugaba con los dos. ¿Por qué si no lo miraba de aquella manera? A la hora de la cena sus pies descalzos jugaban a cubrirse y descubrirse con la arena, mientras sus ojos incendiados lo abrasaban. Lo estaba provocando.
Tenía que tocarla; repasarla entera con sus manos. Pintarla y delinearla a viva mano con sus dedos hasta alcanzarle y arrebatarle el primer quejido. Un suspiro, algo que le dijera que lo sentía hasta el fondo. Necesitaba que le hablara.
De un solo trago se bebió el vaso de whisky helado que el sirviente le trajo y desapareció un par de horas.
Al filo de la medianoche regresó y se encontró a Mazarine sola, tendida sobre la arena con los brazos abiertos, observando las estrellas.
—Hola, pequeña… Qué lienzo más extraordinario, ¿verdad? —le dijo, lanzando la mirada al firmamento. Mazarine no se giró.
—Ya no están. La mayoría de las estrellas que observas murieron hace miles de años. Nos dejaron su belleza y después se extinguieron. ¡Qué sacrificio de amor y estética más maravilloso!
Ningún atisbo de haberle escuchado.
—¿Dónde está Pascal?
Mazarine seguía sin mirarlo.
—¿Qué tal si pintamos sobre esa tela nuestro cuadro? —le dijo él, señalando el cielo.
Al no recibir respuesta, el pintor insistió. Había dejado de creer que Mazarine no lo escuchaba.
—Espérame, pequeña. No tardo.
Cádiz fue hasta la tienda de su hijo y se lo encontró con el quinqué encendido y un manual de psiquiatría abierto sobre el pecho. Estaba profundamente dormido. Se acercó con sigilo y apagó la luz.
A su regreso, Mazarine ya no estaba. Desesperado, empezó a buscarla entre las dunas, pero una quietud cerrada lo envolvió. A lo lejos, la silueta de la antigua edificación se recortaba en la penumbra. De pronto le pareció verla. Corría desnuda hacia el oasis. ¿Era un espejismo de la noche?
Empezó a andar con el corazón volado de deseo y la alcanzó.
—¿Qué quieres de mí? —le preguntó, tomándola por los brazos.
Mazarine se liberó y sin siquiera mirarlo continuó su camino hacia la kasbah. Él volvió a cogerla de la mano, esta vez con mucha suavidad, y la condujo hasta una puerta del palacio que, tal como él había pedido, permanecía abierta.
Entraron.
Los pasillos estaban vacíos y el eco de sus pasos violaba la paz de menta húmeda y yerbas almizcladas que flotaba entre las sombras.
—Ven…
Cádiz continuó llevando a Mazarine hasta la zona de los baños y las piscinas. Las débiles lamparillas que alumbraban los rincones daban al lugar un aspecto de santuario. En el agua se reflejaban las luces de las fuentes, que emanaban pequeños chorros de colores. La atmósfera estaba cargada de magia.
Atravesaron el salón, hasta encontrar el hamman. Al abrir la puerta, una bocanada de vapores perfumados los recibió. Al fondo, la figura fantasmal de una mujer de turbante negro los esperaba rodeada de botellitas y recipientes con hennas, barros, inciensos, guantes, pétalos y aceites.
—Vous pouvez partir, madame —le dijo Cádiz, señalándole la salida.
—Bonsoir, sidi. Bonsoir, lala —contestó la marroquí, desapareciendo entre la niebla.
—Pequeña… voy a prepararte como se prepara aquí a las novias antes de la ceremonia de su boda. Voy a hacerte un hamman marocain.
Mazarine lo miraba a los ojos con una serenidad altiva. Portaba su desnudez con la elegancia de una princesa.
—Quédate de pie y no te muevas —le indicó. Ella obedeció, con la mirada fija en los ojos de su maestro.— Ahora, separa las piernas.
Mazarine no las separó.
—Vamos… separa las piernas. No tengas miedo.
Cádiz tuvo que arrodillarse en el suelo e indicarle lo que quería.
—Solo deseo bañarte, pequeña mía.
Tener delante aquel cuerpo amado le produjo un placer infinito. No era esa codicia hambrienta que lo había sacudido hacía un rato, sino un deseo tranquilo, de acariciarla despacio y con ternura. Quería enjabonarla como si fuese su niña, ungirla y perfumarla. Mimarla lento.
Cuando estuvo preparada, empezó a lanzarle sobre el cuerpo agua tibia que recogía de un aljibe con una vasija de cobre. Desde la cabeza hasta los pies la fue mojando hasta empaparla.
Le gustaba.
Mazarine sentía que aquella agua bendita la despertaba a un placer milenario de humedades, que la llevaba a sentirse parte de un universo acuático. Aquella sensación desperezaba sus poros. El agua corría tibia por su piel sedienta, regalándole tactos. Las manos de su pintor la enjabonaban con unas hojas de glicerina que olían a rosas y a tierra mojada. Su piel se despertaba.
Aquellos dedos se deslizaban con delicadeza usurpando rincones, explorando pliegues, comisuras, ángulos y esquinas. Robándole silenciosos gemidos que solo se adivinaban en el abrasador brillo de sus iris de oro. Él no dejaba de mirarla, mientras sus manos la dibujaban, entraban, penetraban, perfilaban y salían. Ella, convertida en lienzo vivo, mantenía la mirada de estatua, ida en sus placeres, mientras se dejaba pintar caricias.
—Ahora voy a limpiarte. Tiéndete aquí —Cádiz la ayudó a acostarse sobre un rellano de baldosas húmedas. El cuerpo dócil de Mazarine se abandonaba a los deseos del maestro. Quería seguir, sentir, sentir más… Con un guante fue frotando su piel hasta exfoliarla y dejarla tersa.
Como si se tratase de un ritual sacro, volvió a enjuagarla ceremonioso, lanzándole con refinada lentitud cazos de agua sobre su cuerpo.
Era feliz bañándola, sabiéndola rendida a él en aquella humedad, pintando sobre ella ternuras inventadas. Solo con eso sentía que su alma volvía a recuperarse de aquel oscuro deseo que no lo dejaba vivir.
Mientras Mazarine aguardaba con hambre aquellas manos toscas, la voz de su profesor susurró a su oído.
—¿Sabes qué es esto? —Cádiz le enseñó un cuenco lleno de una emulsión espesa que olía a almendras y a jazmín—. Es barro. Y ahora, voy a vestirte con él.
Mazarine esbozó una sonrisa.
—Te gusta, ¿ah?
Cuando el pintor estaba a punto de untárselo, de pronto ella cogió un puñado y se lo lanzó a la cara.
—Así que quieres jugar…
La chica se había levantado y vaciaba sobre el pecho de su profesor la vasija de fango.
—Está bien, me rindo. Hazme lo que quieras.
Ella se sentó a horcajadas sobre él, y manteniendo su silencio lo fue embadurnando hasta acabar íntegramente la mezcla.
—No hemos terminado —le dijo Cádiz—. Si crees que esto va a acabar en desastre te equivocas, pequeña. Eres una niña mal educada. Cierra los ojos.
Mazarine mantenía los ojos clavados en los del pintor.
—Venga, obedece. Cierra los ojos o me veré obligado a…
La chica volvió a sonreír. El juego le gustaba.
Cerró los ojos y desde la cabeza sintió cómo caía sobre ella una cascada de agua fresca perfumada a menta, que dejaba en su piel aquella sensación astringente que alguna vez había sentido en la garganta cuando chupaba un caramelo mentolado.
—Ahora, acuéstate —Cádiz volvía a ordenarle y ella obedecía—. Y cierra de nuevo los ojos.
De una caja de sándalo el pintor extrajo unos algodones y los empapó en agua helada de rosas. Después los colocó sobre sus párpados.
Tomó una toalla impregnada también en agua de rosas y con ella fue limpiando uno a uno los dedos de sus pies. Al sentirlos perfumados, el pintor no pudo evitar besarlos. Aquellos delicados pies eran su manjar.
Mazarine volvía a sentir la lengua de su profesor violando espacios, separando sus dedos para después chuparlos uno a uno con aquella hambre inagotable. Lanzó un quejido de placer, pero no se escuchó.
Salieron del palacio al filo del amanecer. Ella parecía feliz. Un pálido sol empezaba a despuntar entre las dunas y una suave brisa les rozaba la cara. Cádiz había cubierto a Mazarine con un albornoz y la abrazaba. La amaba; ahora más que nunca estaba convencido de que la amaba y no podría separarse de ella.
Con aquel ritual, su cuerpo había resucitado. Como cuando era joven, su sexo se erguía victorioso, se elevaba, crecía, buscaba… volvía a sentir.
El milagro era ella.