Nausica
Esperé junto a la entrada de la tienda mientras el órgano seguía con la melancólica rueda de acordes. Varios jóvenes de atuendo hippy pasaron delante de mí sin inmutarse, lo cual demostraba que no era el primer forastero que aparecía en Idilia de la noche a la mañana.
La voz nítida de Padre Niebla empezó a entonar:
Well full of water
not a cloud in the sky
wood smoke in your eyes
move like the tumbleweed
climb like ivy
hide like a rabbit in the trees
but leave a trail like a snail
so the squirrel knows where to find you
when he’s learned to share this nuts
but watch out for the cuckoo.
Love is the tune.
And in the morning
when the prince of darkness
is no more the lord of the forest
then shall the reign
of the leonic lords
lay at the feet of the lamb.
Love is the tune.2
Al terminar aquella bella y extraña melodía, esperé todavía unos segundos. Quería estar seguro de que no ofendía al Maestro en los compases finales de la canción de Bill Fay.
Cuando pasé al interior de la amplia tienda, el gurú aún estaba detrás del órgano. Se había quedado pensativo. Sus claros ojos azules me dieron la bienvenida, a la vez que me señalaba un mullido puf a un par de metros de él.
—Me gustaría consultarle algo, Maestro.
—Puedes llamarme Padre.
Antes de atreverme a hablar de lo que me angustiaba, me pregunté por qué se haría llamar Padre Niebla, a no ser que le hubieran puesto otros ese sobrenombre.
Finalmente decidí tomar el toro por los cuernos.
—No he subido a la montaña buscando la iluminación, Padre. Soy bastante más vulgar que eso. Llegué hasta aquí siguiendo el rastro de una chica.
—Todos los caminos llevan a la luz, también las chicas.
Tras decir esto, rió abiertamente y abandonó su lugar de ceremonia para situarse delante de mí.
Yo había optado por no ocultar mis intenciones. Entre otras cosas, porque intuía que cualquier secreto sería desbaratado por aquella mirada que parecía hurgar en el centro de las cosas.
—Buscaba a Aroha. Me enamoré de ella al principio de las vacaciones y le seguí la pista hasta aquí.
—Pues el destino ha conspirado a favor tuyo, hijo, puesto que ahora compartís tienda. Tu búsqueda no podía haber tenido un final más feliz.
—Quizá, pero hay muchas cosas que no entiendo —dije confundido—. ¿Por qué me has asignado justamente esa tienda? ¿Has leído mi mente y sabías que la buscaba a ella?
Padre Niebla cruzó los brazos con benevolencia, como si estuviera educando a su propio hijo sobre los secretos del amor.
—Leer la mente... No tengo ese poder ni quiero tenerlo. Sería molesto y peligroso saber lo que piensa la gente con la que compartes tu vida. Como la gran mayoría de misterios, la coincidencia que dices tiene una explicación mucho más sencilla. ¿Has leído La Odisea?
—Pues no —reconocí, avergonzado, sin saber adónde quería ir a parar.
—Cuenta Homero que, tras uno de sus naufragios, Ulises fue descubierto mientras dormía por la bella Nausica, una muchacha que jugaba a pelota bajo el sol con sus amigas. Los gritos despertaron al náufrago, que iba desnudo, lo que hizo que todas las chicas salieran corriendo a excepción de ella. Nausica lo llevó ante su padre, que era el rey de aquel lugar. Después de ordenar a sus sirvientas que lo vistieran como a un príncipe, deseó que el forastero se convirtiera en su esposo, pues se había enamorado de él sólo verlo.
Aquella historia de tres mil años atrás me dejó a cuadros. ¿Por qué diablos me la contaba? El gurú entendió que yo no había captado la parábola y añadió entonces: —Igual que le sucedió a Ulises, debes de haberle gustado a Aroha, ya que esta mañana me ha pedido que te aloje con ella.