Tensión sexual no resuelta
El domingo había dejado de llover pero el cielo seguía encapotado, lo que redujo sensiblemente el número de bañistas en aquella playa anodina. Además, un fuerte viento arrancaba las hojas de los periódicos, lo cual producía escenas ridículas con hombres barrigudos que corrían tras sus páginas de deportes.
Tras esa clase de entretenimientos, los cuatro comimos el menú precocinado del domingo como si lleváramos en el hotel la eternidad y un día. Ése era un título de película que me había mencionado Muriel en la playa.
Desde que habíamos estado juntos en ropa interior la tarde antes, además de las confidencias nocturnas a pie de playa, una tensión sutil y constante pendía entre nosotros.
Tras su exhibición en mi cuarto, aquella mañana sí se había desprendido de su camiseta para tomar el sol. Aunque en aquella playa la mayoría de las chicas hacían topless, lo más atrevido que Muriel había hecho era desatarse la parte de arriba del bikini cuando tomaba el sol de espaldas.
—¿Me puedes poner crema? —me había pedido mientras el viejo y Anna paseaban por la orilla.
—El cielo está cubierto de nubes —le había dicho para ponerla a prueba.
—Ya, pero los rayos queman igual.
A continuación me había puesto un montón de crema en la mano para masajear lenta y vigorosamente su espalda. No era delgada y esbelta como la de otras chicas, pero su piel era muy suave y absorbía con rapidez hasta la última gota de protector solar.
Sus labios gruesos esbozaban una leve curvatura ascendente en señal de aprobación.
Horas más tarde, cuando el camarero del flequillo servía los cafés —el viejo y su novia ya se habían ido—, yo estaba intranquilo ante lo que pudiera suceder lo que quedaba de domingo.
Le pregunté directamente:
—¿Qué planes tienes para esta tarde?
—Me voy a cascar mil quinientas palabras como que hay Dios.
—Si quieres, puedes escribir en mi habitación.
—Mejor que no. —Me dirigió una mirada ambigua—. Estoy en un capítulo complicado que requerirá toda mi atención. Tú haces que me desnude y eso no es bueno para la concentración.
—No seas peliculera —respondí siguiéndole el juego—. ¿Cuál es ese capítulo tan complicado que vas a escribir?
Muriel observó admirada el rápido deambular del camarero por la sala, ciertamente como si fuera un bailarín. Luego expuso: —Narro lo que sucederá esta noche. ¿Puedo ir a tu habitación? Echan una peli que me gustaría ver contigo.
—Claro que puedes venir, pero... dime una cosa. ¿Por qué quieres escribir las cosas antes que sucedan? ¿No sería más fácil hacerlo después?
—Es más fácil pero menos divertido —dijo abriendo aún más sus ojos miopes—. A mí me gusta hacerlo al revés, incluso cuando no escribo una novela. Imagino lo que sucederá y luego la película de los acontecimientos me da o no la razón.
—Un juego de chica solitaria con demasiado tiempo para pensar —contraataqué—. Dime, entonces, ¿qué sucederá esta noche?
—Veremos una película.
—Genial... Pero no sé si te dará para llenar todo un capítulo. ¿Qué más sucederá?
—Eso no puedo decírtelo, porque te condicionaría. Y sería un spoiler.
—Tienes talento para el suspense —dije mientras me levantaba para ir a mi habitación—. Por cierto, ¿cuál es la película?
—El último tango en París.
Antes de que pudiera mostrar mi sorpresa, un elemento imprevisto hizo acto de presencia. El camarero del flequillo, que había estado retirando las tazas vacías de nuestra mesa, decidió meter baza.
Su voz era mucho más gruesa de lo que hacía imaginar su figura.
—Esa película no puede verse hoy en día. Ha quedado totalmente demodé.
—Pensaba que eras camarero, pero veo que eres crítico de cine —se burló Muriel para impresionarme—. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Bernardo, pero mis amigos me llaman Brisbee.
Antes de que yo pudiera proferir palabra, el claxon de un coche hizo que el camarero saliera disparado del comedor.