Despertar

Los dos viajes hasta Idilia debían de haberme agotado, ya que dormí profundamente hasta que el sol se elevó por encima del manto marino. Y ni siquiera fue la luz lo que me despertó, sino una voz de niña que susurraba a pocos metros de mí.

—Gatito, no tengas miedo. Acércate... Vamos, ¿no quieres ver lo que te he traído?

Resoplé antes de empezar a mover mis miembros anquilosados. Por la extraña postura que había adoptado para evitar la piedra, se me había dormido un brazo por completo. Necesité un buen rato para poderlo reavivar.

Saqué mi móvil del bolsillo y vi que eran las ocho y media de la mañana.

«Maldita sea —pensé—, no llegaré a tiempo para el desayuno. Mi abuelo irá a buscarme a la habitación y descubrirá que he pasado la noche fuera.» Antes de que pudiera fraguar alguna excusa creíble para ponerle un SMS, aquella niña volvió a hablar, esta vez cerca de mis espaldas.

—Gatito... ven conmigo. ¿No ves que traigo tu desayuno?

Al volverme para ver quién estaba jugando con el animal me quedé muerto.

A pocos metros de mí, una chica pelirroja me clavó, asustada, sus oscuros ojos azules. Estaba seguro de que me había visto dormir, pero quizá recelaba de mi reacción por haberme despertado.

No tuve ninguna duda. Era ella.

—Buenos días —fue todo lo que fui capaz de articular.

Aroha dejó al cachorro de gato en el suelo y se puso de pie, precavida y temerosa.

Yo no estaba menos sobrecogido que ella, pero, mientras duró el silencio entre los dos, pude ver que era más bonita aún de lo que podía suponerse por el retrato. Llevaba un fino vestido floreado que dejaba al descubierto unos miembros largos y atléticos, pese a ser bastante estrecha de hombros.

No era exactamente plana, y el cuello largo y erguido le daba un porte de bailarina. Como Brisbee.

Tras desechar con rabia la imagen del camarero, presté atención a aquel rostro encuadrado por una melena pelirroja ligeramente ondulada. Contenía, como un firmamento, centenares de pecas. La nariz era pequeña y graciosa, y tenía una frente despejada que invitaba al beso.

Sus ojos azules siguieron anclados en los míos hasta que me decidí a hablarle:

—Siento haberte asustado. Se me hizo de noche mientras buscaba el camino a casa... Aún no sé cómo he llegado a la cima de este monte.

En seguida me di cuenta de lo absurda que había sonado aquella excusa, pero su expresión no varió ni un ápice. Me vigilaba expectante. Aunque tampoco parecía querer huir.

En un intento de conversar, aposté por la opción más estúpida posible.

—¿Es tuyo este gatito?

Para hacer la situación absurda del todo, el felino que había rehuido a aquella frágil belleza ahora jugaba con los cordones de mis zapatos con toda naturalidad.

—No, es de Padre Niebla.

Comprobé que no era una deformación causada por los velos del sueño. Aroha tenía voz de niña.

—Ayer oí cantar —comenté por decir algo—. Se me puso la piel de gallina. Luego me echó... Dice que no estoy preparado para estar aquí.

En el cutis moteado de Aroha se iluminó una tenue y encantadora sonrisa. Para mi asombro, advertí que la deslenguada autora de aquel diario era, en el cuerpo a cuerpo, extremadamente tímida.

—¿Tú también lo crees? —insistí.

Negó con la cabeza. A continuación dijo muy lentamente:

—No debes interrumpirlo cuando está cantando. Si te encuentras ya dentro de su tienda, no hay problema. Pero si ha empezado a cantar y tú estás fuera, debes esperar a que termine.

—Entiendo... Pero pensaba que los iluminados están más allá de estas tonterías —me atreví a decir para ver cómo respondía.

Aroha se encogió de hombros y añadió:

—Es su único defecto.