Blue Hotel

Había algo profundamente triste en aquel cuadro.

Colgado junto al ascensor del hotel, mostraba una vista general de la playa. Por la intensidad cruda y blanquecina de la luz, el artista había querido plasmar la primera hora de la mañana. Tres bañistas solitarios, separados entre sí por decenas de metros, se aproximaban al agua antes de que la marabunta cubriera con sus toallas hasta el último trozo de arena.

Aunque cada una de las figuras constaba apenas de unas pinceladas, podía observarse una actitud muy distinta en todas ellas.

La primera era una mujer gruesa que, embutida en su bañador y con gorro de goma, contemplaba el mar calmo con los brazos en jarras, como si las olas fueran niños díscolos a los que había que regañar.

En el centro de la imagen, un niño desnudo se agachaba sobre la arena y levantaba un castillo demasiado cerca del mar. El cuerpo del chico estaba en concentrada tensión, ignorante de que la primera ola con un poco de brío acabaría con su efímera construcción.

La tercera figura, la más lejana, era una joven tumbada al sol. Con una de las piernas flexionadas y la larga cabellera esparcida sobre la arena, parecía una náufraga que espera ser rescatada de su propio hundimiento.

Como yo mismo.

A mis 17 años, empezaba a salir de una depresión que no sabía cómo ni por qué había llegado.

«Se trata de un desequilibrio químico en el cerebro —me había explicado el psiquiatra—. Hay personas a las que se les agotan las reservas de algún componente esencial, como el litio, y necesitan medicarse para que los niveles vuelvan a la normalidad. No es nada más que eso.»

«Nada más que eso —me repetía cada mañana al tomar el antidepresivo y el ansiolítico que me causaba ataques de sueño—. Pero ¿por qué me ha tocado a mí?»

«Estás luchando por tu nueva identidad —había afirmado un psicólogo que reforzaba mi terapia—. A los quince años entraste en la edad adulta sin haber abandonado del todo la infancia. Hay una parte de ti que se aferra a lo que fuiste, porque te da miedo la libertad que se abre ante ti. Por eso empezaron entonces los síntomas. En realidad son todo buenas noticias.»

«¿Buenas noticias? —pensé entonces—. ¿Qué tiene eso de buenas noticias?» Llevaba dos años con despertares abruptos de madrugada, preso de la angustia, y ya no lograba conciliar el sueño. Nada más salir a la calle sentía que me faltaba el aire, y un miedo atenazador se apoderaba hasta del último nervio de mi cuerpo. Tenía pánico a morir fulminado. Un temor absurdo, bien pensado, ya que en aquel estado, mi vida tenía un valor cercano a cero.

«Para levantar un nuevo edificio has de derribar el viejo —había seguido el psicólogo—. Estás ultimando la demolición de tu yo-niño para poder levantar un hermoso yo-adulto capaz de valerse por sí mismo.»

Al parecer, la fase de demolición había terminado. Por primera vez me había separado dos semanas de mis padres para pasar el inicio de julio con mi abuelo, en un hotel junto a la playa que trataba de plasmar aquel cuadro desolador.

Sólo llevaba un par de horas allí y ya estaba arrepentido de haber aceptado el plan. Aun así, me resistía a regresar. Mi abandono de las vacaciones sería visto como una recaída y entraría de nuevo en terapia. Implicaba retomar la medicación que adormecía mi conciencia y me convertía en un zombi deambulador.

Era casi una cuestión de orgullo. Resistiría los quince días en aquel hotel sin gracia alguna. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que mis padres no volvieran a mirarme con compasión.

En los dos años que había durado mi recuperación, había aprendido a sufrir. Sin embargo, no estaba preparado para lo que iba a suceder aquel mismo día, cuando el sol alcanzara el punto más alto en el cielo, como una espada de luz que desnuda un secreto que no puede ser ocultado más tiempo.