Capítulo 10
Barcelona, otoño de 1345
Hacía poco que había cruzado la villa de Sarrià en dirección a poniente. Una vez pasadas las últimas casas, no demasiado lejos, ya se podía ver la enorme mole de la iglesia del monasterio. Narcís siguió con lentitud el trazado sinuoso del camino al que aún llamaban a veces Petras Albas. Tenía prisa por llegar, aquel día más que nunca. Pero procuraba poner en práctica los consejos de su maestro.
—Nunca te enfrentes en caliente a una decisión trascendental, Narcís. Es cuando más necesitamos una postura reflexiva, ver al completo nuestras opciones, los caminos a seguir…
Ferrer Bassa había recibido un encargo importante, la realización de las pinturas murales de la capilla de San Miguel. No se trataba del primero de aquella naturaleza, pero el pintor, apenas abierto el pergamino firmado por la propia abadesa Ça Portella que le había traído una esclava, supo que la reina Elisenda, retirada dentro de aquellos muros desde la muerte del rey Jaume, tenía algo que ver.
La inquietud había presidido desde entonces sus acciones más cotidianas, a tal punto que el resto de encargos había quedado interrumpido. Pero por fin había llegado el gran día. La reunión con la abadesa tendría lugar aquel primer domingo de septiembre y hacía un día espléndido, como si el verano se resistiera a marcharse. El joven ayudante de Ferrer Bassa había adquirido una notable experiencia y, en ausencia del hijo del pintor, este había querido que estuviera presente.
Quizá Ferrer Bassa fuese incapaz de seguir sus propios preceptos, se dijo Narcís, pero él no los pasaría por alto. Se demoró en la ascensión, observando con placer la blancura mítica de las piedras que iba dejando a los bordes del camino, percibiendo en sus pies las profundas rodadas dejadas por los carruajes. Le agradaba cómo el monasterio se recortaba contra el cielo y pensó que desde allí la puesta del sol debía de ofrecer un espectáculo portentoso, como si el edificio estuviera engalanado por una corona de oro.
Ahora tendría la oportunidad de presenciar un atardecer en aquel sitio que los habitantes de Barcelona consideraban tan sagrado como mágico. Esperaba que Bassa confiara en él para aquel encargo, aunque sabía que no tenía la experiencia de Arnau, a quien le daban pinceles para jugar desde que era bebé. El hijo del pintor estaba fuera, encargado de la realización de otro mural en Mallorca, un regalo que el rey Pere quería ofrecer a las Islas para celebrar su libertad.
Narcís ya se hallaba muy cerca de la entrada. Levantó la mirada para rendir homenaje a aquella torre que estaba a punto de ser terminada. Se sintió pequeño pero feliz. Había encontrado su camino, como siempre le había dicho su padre, y lo recorría poniendo por delante su inteligencia, tal como quería su maestro.
Los andamios que había por doquier daban una impresión de obra en marcha que emocionaba especialmente a Narcís. La puerta estaba abierta y el lugar, si no hubiera sido por el ruido de los obreros en el interior del claustro, podría haber parecido desierto. Pero enseguida se presentó una monja menuda y nerviosa. Su primera reacción fue espantarse ante aquella visita inesperada. Se quedó mirándolo, pese a que le costaba elevar tanto los ojos.
—¡Buenos días! ¡Con vuestra estatura no resulta fácil hablar con vos! Sois el ayudante del pintor, ¿verdad?
—¿Cómo lo habéis sabido? —respondió Narcís, sorprendido.
—¡Es fácil! —dijo la monja, juguetona—: No os laváis demasiado bien y lleváis el pelo de todos los colores.
Un poco avergonzado, el muchacho la siguió hasta una gran extensión rectangular. Sin hacer caso, como si las obras formasen parte del paisaje, la monja continuó con pasos cortos y veloces por uno de los laterales. A Narcís le costaba mantenerse a su lado. Su atención iba en todas direcciones, intentaba identificar los ruidos que venían de los andamios y visualizar toda aquella actividad.
Muy cerca, una pequeña grúa levantaba piedras ya pulidas por los canteros para completar las paredes. Había hombres que corrían con cubos de agua, otros llevaban herramientas que alguien pedía a gritos desde las alturas. También se escuchaba, y era lo que más fascinó a Narcís, el repiqueteo de los martillos y los cinceles sobre la piedra. Los artesanos ya trabajaban los capiteles del claustro.
Cuando prestó de nuevo atención a la monja, esta había desaparecido. Miró atrás por si se había detenido mientras él se distraía, pero estaba a medio camino entre las dos esquinas del claustro y la menuda mujer se había desvanecido. Al volver la cabeza hacia el jardín central, notó cómo alguien le tiraba de la ropa.
—¡Ahora entiendo por qué la Madre abadesa siempre nos dice que el arte nubla el alma! ¡Sois muy despistado!
La monja le recriminaba su distracción y él prometió enmendarse, pero ella señaló una pequeña puerta cerrada que había pasado inadvertida al aprendiz de pintor.
—Os esperan dentro. Y acordaos de cerrar siempre la puerta. Son órdenes de vuestro maestro.
Aquella recomendación no era nueva. El pintor insistía mucho en la temperatura adecuada que debía tener una pared para poder trabajarla. Mientras la monja lo observaba, más curiosa que preocupada, Narcís accedió al interior. Esperaba encontrar una gran estancia o una capilla especial para uso de la propia reina Elisenda, pero salvo comprobar que el recinto era minúsculo, la oscuridad reinante no le permitió ver nada más.
—Ya era hora de que llegaras —dijo la voz de Bassa desde algún punto entre las sombras—: Fíjate bien en esto, es uno de los problemas a los que nos enfrentaremos.
Cuando se acostumbró un poco más a la oscuridad, vio que su maestro estaba casi a su lado, muy cerca de la puerta, arrodillado al lado de otra figura que apenas se distinguía. Aplicaba una lampara de aceite a una mancha de humedad que se extendía por la pared. El espacio disponible no era mayor que su cuarto, pero las formas irregulares lo convertían en una especie de extraña cueva, por lo que vio, muy difícil de pintar.
La abadesa, que también estaba en el interior, dijo que los dejaba solos para que pudieran sacar sus conclusiones y, sin prestar atención a Narcís, salió de la estancia. Bassa solo tenía ojos para aquella mancha, pero no tardó en hablarle.
—¡Comenzaremos enseguida, querido muchacho! ¿Crees que estás listo para esta gran empresa?
—¡Haré todo lo posible porque así sea, señor!
—Pues yo ya tengo una idea muy clara de lo que quiere la… bien, la abadesa Ça Portella. Será una gran obra si conseguimos vencer todas las dificultades.
Ferrer Bassa se pasó el camino de vuelta hablando de santos, vírgenes y apóstoles. El joven aprendiz sabía que mantendría aquel interés durante bastante tiempo, pero no le importaba. Ahora su gran duda era cómo podría llevar a término una obra semejante en un espacio tan pequeño. Algo le hacía intuir que asistiría a una nueva lección magistral de su maestro.
Observando desde atrás las indicaciones del pintor, Narcís no podía creer que, finalmente, hubieran comenzado a trabajar en la capilla de San Miguel. Meses después de aquella visita para examinar el lugar habían conseguido todos los permisos, y los miedos del aprendiz a raíz del regreso de Arnau se habían desvanecido rápidamente. El maestro no se había quejado demasiado del retraso; le había permitido acabar a su satisfacción el retablo de Jesús y María que el rey Pere le había encargado para la capilla de Santa Ágata del Palacio real mayor.
Ferrer Bassa estaba gratamente sorprendido por la pericia demostrada por aquel Miravall en cada nueva faena. Confirmar su participación en la obra de Pedralbes no era solo un premio que otorgaba de buen grado a su discípulo, también se sentía seguro a su lado; a veces, aunque le costara reconocerlo, más que con su propio hijo.
Narcís también se sentía feliz por la buena marcha de las cosas en la casa de la calle Banys Veils. Aunque iba poco, dado que pasaba mucho tiempo en el taller de Bassa, Alexia lo tenía al corriente de las actividades familiares. La presencia de Bernat, cada vez más comprometido con los negocios del mercader, había dado paso a otra manera de hacer que, muy a menudo, favorecía de verdad a los más necesitados, aunque supusiera muchos revuelos y gastos inesperados.
Su hermano había vivido una experiencia especialmente dura en Mallorca. Ver la muerte tan de cerca lo había cambiado y ya no era el muchacho emprendedor y despierto de los primeros días en la cuadrilla. Sus ausencias, incluso cuando le hablaban, hacían que Pere Ballart tuviera que redoblar esfuerzos para ponerse al timón del negocio. La incertidumbre seguía planeando sobre la relación de Abelard con Alèxia; aún se ocultaban, a pesar de que ya lo sabía prácticamente todo el mundo y, con el tiempo, habían acabado aceptándolo.
De todos ellos, era quizá la hija de los Miravall quien se había situado mejor. Llevaba las cuentas de Tomás, pero ya no lo ayudaba como antes. Alèxia también colaboraba mucho en tapar los agujeros que provocaban las ausencias de Abelard, siempre bajo la entusiasta supervisión de Ballart. La muchacha quería un papel más importante en la cuadrilla, pese a que por su condición de mujer encontraba muchos obstáculos.
—¿Estás atento a mí, muchacho? ¿O acaso tendré que pedirle a alguna monja que me ayude? Piensa que la abadesa quiere buenos resultados, incluso el contrato incluye una cláusula al respecto: «El susodicho Ferrer Bassa pintará con buenos colores al aceite la capilla de San Miguel»… —iba diciendo Bassa mientras cogía del suelo el pigmento, llamado sinopia, para aplicarlo a la pared.
El pintor le había explicado mil veces cómo quería que fuera la decoración de la capilla. Después de dividir las paredes en dos niveles, en el superior pondría escenas de la pasión y la muerte de Jesús; abajo, los siete gozos de la Virgen. Pero lo que más sorprendía al joven aprendiz era la técnica que utilizarían, que era donde tenía su papel más importante. Narcís iría mezclando los pigmentos pulverizados con el aceite vegetal que les había proporcionado Alèxia, el mejor de las tierras de Siurana que había podido encontrar.
—Sé que esta tarea que estamos a punto de comenzar causa un enorme respeto, pero debes ser humilde y pensar solo en los materiales, en los trazos que nos ayudarán a progresar hasta el resultado final. Avanzaremos poco a poco, cuidando cada detalle, pero, al mismo tiempo, haremos crecer nuestra obra —dijo el pintor al ver que su discípulo dudaba con el compás en las manos.
Ante la atención que le dispensaba Narcís, continuó hablando sin interrumpir la faena.
—Te he enseñado todo lo que sé y quizá yo tenga más experiencia, pero ya llevas años trabajando conmigo. A veces, el gran problema de los maestros es conseguir que sus discípulos puedan volar solos. Tú debes seguir tu camino, y muy pronto podrás hacerlo, tal como está pasando con mi hijo Arnau. Pero, de momento, solo trabajando encontrarás esa seguridad que tanto deseas.
—Tenéis razón, maestro, todo este espacio… tan pequeño y, a la vez, capaz de contener vuestra obra, me supera. Es como si tuviera encima los ojos de Dios, esperando para juzgar mi destreza.
—Lo entiendo, pero haremos una cosa: ahora saldrás un rato y darás una vuelta por el claustro. Quiero que pienses en tu suerte. Eres un elegido; no solo te he escogido yo para ayudarme, también Dios ha considerado conveniente que me acompañaras.
—¡No quiero dejaros solo, ahora que comienza la faena más dura!
—Si yo soy el maestro, Narcís, harás lo que te pida. Bien, eso supongo y no quisiera equivocarme —dijo muy serio el pintor.
El aprendiz ya lo conocía y decidió obedecerle.
—Estoy a vuestro servicio, señor. Sin ninguna duda. Haré lo que me decís.
Narcís salió del claustro. Hacía un espléndido día de primavera y los artesanos picaban la piedra con una precisión que lo mantuvo entretenido hasta que pensó de nuevo en las palabras del pintor. Sin duda tenía razón; debía ver aquella obra como un bien que le había sido otorgado.
Mientras desgranaba aquellos pensamientos, oyó voces en la puerta del monasterio. Unos hombres trasladaban baúles y bultos al interior del claustro. La abadesa apareció detrás, acompañando a una mujer que conocía bien, pero que nunca habría creído que encontraría entre aquellos muros.
Se ocultó detrás de las columnas, favorecido por un andamio instalado para acceder a los capiteles. Blanca de Clara vestía una túnica sencilla, muy distinta de las ropas con que la veía habitualmente por las calles de la Ribera. Su rostro había envejecido desde la última vez o, quizás, era aquel sitio el que revelaba su verdadero aspecto. Narcís sabía que su padre la había rechazado y que ella se había encerrado en el palacio de los Clara durante meses.
Sorprendido por aquella visión, entró en la capilla de San Miguel dispuesto a contárselo a su maestro. Bassa estaba utilizando el compás y le pidió la plantilla con que marcaría las primeras líneas.
Las marcas que ya había puesto por todas las paredes de la capilla de San Miguel y el recuerdo que tenía de los bocetos del pintor hicieron que se olvidara del episodio y acabaron por convencerlo: él, Narcís Miravall, había sido escogido para participar en una obra que todo el mundo admiraría, y aquel era un momento único, de inicio y esperanza, un momento que no volvería a vivir.
Le pasó la plantilla y también le acercó con cuidado el carbón en polvo. Imaginaba la decoración del envigado, donde el maestro quería representar un firmamento de estrellas. Bassa trabajaba en silencio, entornando los ojos para acostumbrarse a la penumbra. La precisión necesitaba de aquel silencio espeso solo agrietado por el movimiento de las manos y las marcas sutiles que serían la base de las pinturas.
—Has vuelto alterado del claustro. ¿Has visto algo que quieras comentarme?
—Nada que merezca interrumpir vuestra faena, maestro.
—Bien, veo que nos entendemos, Narcís —respondió el pintor con una sonrisa de felicidad en el rostro.