Capítulo 19

Camino de Sicilia, febrero de 1335

Todo lo que había imaginado respecto al viaje, al placer de deslizarse sobre el agua, a la curiosidad por los paisajes costeros que contemplaría, al sol que calentaría su rostro mientras observaba el mar, se deshizo durante las primeras noches a bordo del barco que, haciendo escala en Sicilia, los llevaría a Alejandría.

Su experiencia marítima estaba marcada por el fácil trayecto que dos años atrás lo había llevado a Tortosa. Viajar a la vista de la costa, surcar las aguas en una galera pequeña y tener claras las etapas del viaje, no era comparable con recorrer el Mediterráneo en aquel barco grande y pesado, de planchas sólidamente unidas, construido en las atarazanas de Barcelona. La Sant Climent, que el rey había puesto a disposición de la compañía de Jaume Miravall y Gonçal Cervello, estaba provista de un timón lateral y de altos castillos de proa y popa.

La navegación costanera se había convertido en navegación de estima, con la ayuda de la aguja magnética. El piloto, escogido entre los mejores de la corona de Aragón, le había explicado con esmero su funcionamiento. Pero a pesar de todas aquellas seguridades, Jaume veía con espanto que el barco se adentraba cada noche en la oscura garganta del mar, acompañado por alguna estrella solitaria que las nubes dejaban salir por unos instantes de su prisión. Los días eran cortos y el resto del tiempo costaba creer que avanzaban, puesto que ya era difícil distinguir los marineros de guardia. Además, por la noche perdían de vista la galera que los escoltaría hasta Alejandría. Aunque los pilotos doblaban la guardia, entre los tripulantes se contaban historias acerca de que los piratas solían abordar las naves mercantes y matar o convertir en esclavos a todos sus ocupantes.

La última noche, tres días después de la partida, la calma era total y la oscuridad capaz de asustar al gato más valiente. Jaume había recorrido mil veces la cubierta, hasta que el último vestigio de luz fue el de la lámpara de aceite colgada en el castillo de popa. La llama permanecía tan quieta, por la ausencia de viento, que parecía una estrella más titilando en el infinito.

Maravillado por el tamaño de aquella embarcación de tres cubiertas guarnecida con falcados, el mercader revisaba a menudo la carga de la cubierta inferior y visitaba al patrón, que daba muestras de su capacidad y sabiduría. Abelard se había interesado el primer día por todas las cosas nuevas que ofrecía el barco, pero después, incapaz de acostumbrarse a la monotonía que presidía la travesía, languidecía todo el tiempo en el castillo de popa o se retiraba temprano, vencido por el sueño.

Aquella noche, cuando entendió que continuar con sus idas y venidas era una actitud temeraria, Jaume Miravall se dirigió a la pequeña cabina que les habían asignado. Le satisfizo ver que Abelard se encontraba en brazos de Morfeo. Había estado a punto de no llevárselo, pero, contra la opinión de Elvira, que lo consideraba demasiado joven y atolondrado, no quiso privarle de una experiencia que sería fundamental para su formación.

En cambio, Narcís había sentido alivio cuando vio que no participaría en aquella aventura; su padre lo conocía bastante bien como para saber que solo tenía un interés, y su aspiración no era precisamente cruzar el Mediterráneo. Probablemente había encontrado otro padre en el pintor Ferrer Bassa, alguien capaz de conectar con cuestiones que parecían ajenas a este mundo. Por el contrario, Abelard había demostrado un gran entusiasmo desde el primer día de su propuesta, como si no existiera nada mejor que seguir los pasos de su padre, aunque el viaje fuera peligroso o quizás imposible.

Abelard dormía ajeno a todo, con aquel rostro amable y a la vez lleno de orgullo que lo caracterizaba. Había crecido al lado de Elvira y Narcís y, bien mirado, quizá sería su preferido si Jaume tuviera que responder cómo quería que fuera su hijo. El mercader sabía que su mujer también se daba cuenta de su predilección, mientras que ella tomaba partido por Narcís de manera natural, sin pretender dejar de lado a nadie, pero segura de la dirección hacia donde debía dirigir sus afectos.

La embarcación avanzaba con suavidad entre aquella negrura, con la vela cuadrada desplegada para aprovechar al máximo una brisa caprichosa que, por momentos, no habría hecho temblar ni una pluma de cisne. Jaume se tendió en su jergón y se cubrió con las mantas, pero no pudo conciliar el sueño. La misión que lo llevaba al otro lado del Mediterráneo había sido planificada hasta el último detalle, pero su naturaleza era muy diferente de las anteriores. No encontraría a ningún noble con el que hablar en su misma lengua, ni se podría entender a partir de la misma religión.

Según las informaciones que le habían facilitado, el sultán de Alejandría no destacaba por su voluntad de diálogo, sino por su ambición. Un rescate de prisioneros no siempre se resolvía con éxito, y el rey había dejado muy claro este punto. Lo más importante era que Joan de Serret volviera a tierras catalanas, por lo cual también se habían embarcado en la Sant Climent aquellos padres mercedarios que tenían fama de enredar la madeja allí donde iban. Jaume se había negado hasta entonces a hablar con ellos, pero intuía que tarde o temprano necesitaría su ayuda.

Echó un último vistazo al sueño de su hijo y después se dijo que solo prestaría atención a los sonidos del mar. Las aguas mecían la nave de manera casi imperceptible y, si quería descansar, debía dejarse llevar por su vaivén. Al fin y al cabo, ninguno de los tripulantes podía informarlo sobre cuánto tiempo pasaría antes de divisar Sicilia, ni sobre los peligros que los acecharían antes de llegar a su destino. Y así, involuntariamente, su pensamiento voló hasta Blanca.

Quien se aventurara a recorrer el interior de la nave en plena noche se encontraría con que centenares de pequeños ojos observaban su deambular. Pero la figura que despertaba entre los numerosos gerifaltes que habitaban aquel espacio ya se había acostumbrado a su presencia. Era menuda y durante el día había encontrado refugio entre los fardos de paños que servirían de tapadera a las verdaderas intenciones del mercader. Las aves, atemorizadas por el encierro y la oscuridad, pocas veces se atrevían a emitir su chillido característico.

Alèxia permanecía oculta hasta que su padre abandonaba la cubierta después de la última inspección del día. Entonces recorría la embarcación hasta el alba, con la sagacidad de su juventud y la seguridad que le daba no haber sido descubierta. La ausencia de voces y pasos, la silenciosa calma que reinaba a bordo, acentuaba aquel ruido que la había despertado la primera noche: el crujido de la madera, el rechinar de los tablones que se rozaban al compás del agua negra e inabarcable. Eso había alertado a la niña, conduciéndola hacia una zona de la nave que, desde el instante en que la descubrió, ejercía sobre ella una fascinación creciente.

Después de lavarse la cara con el agua que dejaban para los gerifaltes, la chiquilla subió las escaleras hasta oír con claridad los pasos del centinela que vigilaba el castillo de popa. Cuando oyó que se alejaba, se aventuró por la escotilla. Aquí y allá se abastecía de mendrugos de pan seco y restos del guiso de mediodía que el cocinero olvidaba en el cuchitril que utilizaba como cocina.

Desde el verano su cuerpo experimentaba una transformación del todo inesperada. No habría llamado la atención por su fortaleza, ni por haber crecido exageradamente, pero a sus once años se la veía firme como una roca, la expresión siempre atenta, la mirada capaz de dominar a cualquiera.

Apenas salida a la oscuridad nocturna, se llevó las manos a la cabeza. Cada vez que se aventuraba en cubierta tenía aquella sensación de pérdida, sus poros aún sorprendidos por el radical corte de pelo que se había hecho. Pero Alèxia sabía que para conservar el anonimato en el barco necesitaba confundirse con el resto de la tripulación, que si alguien distinguía su silueta en la oscuridad debía parecerle un tripulante más, aunque eso le costara perder aquella cabellera ondulada y brillante que era la envidia de sus amigas.

Se desplazó entre las sombras, atenta a todos los sonidos que percibía pero confiada en su capacidad de escabullirse si fuera menester. Pronto llegó al puente de la bitácora, donde la primera noche había descubierto aquellos objetos fascinantes. Su padre ya tenía un reloj de arena y le había hablado de la aguja magnética, pero en la bitácora adquirían un significado diferente, eran los instrumentos que guiaban la aventura.

Abrió la bitácora y, juguetona, cambió el sentido del reloj. La arena vaciló un momento antes de entender su mensaje y empezar a verterse con fuerza en la dirección contraria, con la determinación que Alèxia le había impuesto. Poco a poco, fue tocando todos los instrumentos de navegación, hasta que las piedras imantadas le hicieron aquel truco. No habría sabido explicarlo, pero le dio la impresión de que la llamaban mientras se rozaban entre sí.

Sabía por las explicaciones de su padre que las piedras imantadas obligaban a la aguja de navegación a señalar la estrella del Norte. Jaume le había hecho una demostración de una manera muy sencilla. Puso un trozo de corcho en un recipiente con agua y dejó encima de él la aguja previamente imantada. Pasados unos instantes de indecisión, la minúscula barca apuntó a la dirección correcta.

Alèxia cogió aquel puñado de pequeñas piedras y sintió la energía que irradiaban, cómo se perseguían si las separaba, el cosquilleo que experimentaba si las mantenía mucho tiempo en la palma. El encanto que le producían aquellas piedras la hizo bajar la guardia.

Movida por una extraña sensación que iba desdibujando el placer de aquel contacto, la muchacha levantó la vista para mirar la lámpara de la bitácora. Iluminada por la llama no vio nada en un primer momento, pero cuando pudo atisbar más allá del reloj y las cartas de navegación, se encontró con unos ojos conocidos que la observaban desde el otro lado de aquel cofre mágico.

—¿Alèxia? —preguntó una voz titubeante, como si la realidad fuera incapaz de imponerse.

Alèxia se quedó paralizada ante aquella pregunta tan común en una voz que la había reprendido o le había dirigido palabras amables y familiares infinidad de veces.

—¿Alexia? ¡Tu pelo! Pero ¿cómo…?

La niña dejó las piedras en su sitio y salió corriendo por la cubierta superior como una serpiente que repta entre la hierba. Bajó como una exhalación hasta aquella hendidura entre los fardos de paños que parecía capaz de esconderla en cualquier circunstancia. Los gerifaltes se alborotaron en sus jaulas y la nave se llenó por momentos de la vida que la noche le negaba. Tras recuperarse de la sorpresa, Abelard la había perseguido con tanta determinación que logró atisbar su escondite.

—¡Alèxia! ¡Deja de jugar y sal inmediatamente! ¿Cómo has podido cometer esta insensatez? ¿Imaginas cómo ha de estar sufriendo mamá?

—¡Mi madre no me necesita para nada, de hecho es más lo que la estorbo que lo que le sirvo! ¿Y en mí, quién piensa en mí, eh? —refunfuñó desde la vana seguridad de su refugio.

—¡Por el amor de Dios, Alèxia! Ahora mismo iremos a ver a papá. Seguro que te dará la tunda que te mereces.

Poco le importaba a Alèxia que Jaume la reprendiera. Incluso pensaba que podía ser bueno dejar de ser una polizona y participar del viaje con normalidad, no solo solapadamente por las noches, cuando era imposible formar parte de lo mejor de aquella aventura. Quería contemplar el mar a pleno sol, todos los mares, sentarse en el castillo de proa de la Sant Climent hasta que el horizonte estuviera al alcance de sus manos.

—¡Basta! —la cortó Abelard—. Despertaremos a tu padre y él decidirá qué hacer contigo.

La muchacha no tuvo tiempo de negarse, y menos de explicar los motivos que la habían llevado hasta allí. El sonido metálico de una trompeta desgarró el silencio nocturno y puso punto final a la conversación. Los dos muchachos se interrogaron sin palabras, y el sonido estrangulado de aquel instrumento dio paso a la barbarie.

Después todo fue muerte y tinieblas.