Capítulo 5

Tortosa, primavera de 1333

Hacía rato que observaba la puerta del convento de Santa Clara, pero no se acercaría antes de que la oscuridad nocturna le permitiera confundirse con las sombras. Aunque Anton lo había acompañado a Tortosa, Jaume Miravall había seguido al pie de la letra las indicaciones de su amigo Cervello. Debía presentarse solo en la reunión con los mercaderes, dejar que le cogieran confianza y que se convencieran de controlar absolutamente el terreno que pisaban.

Tortosa caía bajo jurisdicción real, pero desde hacía unos años los mercaderes de la ciudad actuaban por su cuenta. Las salinas del Delta habían pasado del régimen comunal a ser arrendadas por algunas familias y su explotación les había supuesto altos niveles de riqueza. Su poder se perpetuaba a través de las instituciones locales. Cervello lo había expresado con acierto al explicar que los impuestos al comercio de la sal acababan en manos de los mismos mercaderes que integraban los órganos de gobierno.

El rey quedaba fuera del negocio y bien que lo sabía. Pero, más que reprender a los tortosinos por sus prácticas, la prioridad era conseguir madera para las atarazanas, y de ese modo ampliar una flota que debía cortar las pretensiones genovesas de controlar el Mediterráneo. El objetivo de Jaume era que los tortosinos dedicaran más esfuerzos y medios al transporte de madera desde los Pirineos hasta Tortosa. Las atarazanas de Barcelona no tenían suficiente con la madera que venía del Montseny, además de que los medios terrestres de arrastre o los convoyes de carros eran mucho más caros que los medios fluviales.

Desde hacía un tiempo, dada la buena marcha del negocio de la sal, los tortosinos ya no estaban tan interesados en el transporte de madera a través del Ebro. Continuaban bajando por el río los grandes troncos que se utilizaban en las naves de mayor calado, pero también este tránsito había disminuido. Jaume debía reavivar el interés de aquella ciudad por el comercio de la madera, y el rey le había dado plenos poderes. Si era necesario, les ofrecería una contrapartida que, forzosamente, les interesaría. El mercader no debía mencionar el motivo de su misión porque el rey consideraba importante que los tortosinos no relacionaran la necesidad de madera pirenaica con la expansión mediterránea. La conquista de Cerdeña, con sus salinas, ya estaba perjudicando los ingresos de aquellos mercaderes.

La compañía formada por Cervello y Jaume simularía actuar por su cuenta, tentada por las ganancias que podía comportar el negocio de la madera para una ciudad como Barcelona, siempre ávida de materias primas. Pero el mercader dudaba de que le creyeran, considerando la importancia militar de la madera en aquellos tiempos. Por otro lado, le parecía confuso el papel de la Iglesia, aunque recordaba el ansia de poder que había detectado en el obispo Joaquim Horts.

Por estas razones, Jaume se parapetaba en un rincón de la muralla, esperando la puesta de sol. Esa había sido la orden, una reunión secreta que el mercader no acababa de entender del todo. Sin duda, los tortosinos no vivían al margen de los avatares de la Corona y nadie se tragaría que la madera, dada la cantidad ingente que pretendía conseguir, sería destinada a obras menores.

Pero ya era tarde para echarse atrás. Cervello le había dejado muy clara la necesidad de llevar a buen término aquel encargo, aun asumiendo el riesgo que suponía.

Así es la política, se dijo mientras miraba de nuevo más allá de la muralla. En la otra ribera del Ebro se elevaban, majestuosas, las montañas de Els Ports. El último sol las había convertido en una extensión anaranjada que poco a poco se iba oscureciendo. Jaume recordó la destreza de Narcís con los pigmentos que le había comprado y cómo, ante aquella visión, se habría esforzado por retenerla en la memoria para luego recrearla en casa.

A los trece años, su hijo mostraba cada vez con más claridad qué camino seguiría. Lejos de interesarse por las idas y venidas de su padre, no perdía la oportunidad de garabatear el suelo o las paredes con sus tizas. Y desde que Jaume había comprado pigmentos de colores a unos mercaderes sicilianos, se pasaba el día haciendo pruebas y mezclas. Se lo veía feliz de tener sus propias pinturas, y no por eso había dejado de ayudar a su madre.

A veces conseguía reflejar el modelo propuesto y otras no, pero siempre se podía leer en su mirada la ilusión o la sorpresa que le producían los resultados. Jaume estaba muy orgulloso de Narcís, aunque no pudiera contar con él para los negocios.

Al oír voces que se acercaban, pensó en ponerse la capucha, pero rechazó la idea. No podía olvidar quién era si quería lidiar con éxito con los mercaderes de Tortosa. Cervello aseguraba que con el dinero habían recuperado su orgullo de antaño, pues, al fin y al cabo, la ciudad siempre había sido una gran encrucijada comercial gracias a las posibilidades que ofrecía el río.

Cuando unos campesinos pasaron muy cerca, él levantó la barbilla, pero, lejos de prestarle atención, siguieron su camino con las azadas al hombro. Jaume pensó que Tortosa estaba llena de gente diversa, tal como había comprobado en el hostal de la Grassa, donde había oído hablar en genovés, portugués e, incluso, griego.

Respiró hondo, igual que el día de la reunión en el palacete de Cervello, cuando se dio cuenta de que, pasara lo que pasase, no tenía otra salida que aceptar la sociedad con su amigo. Jaume intentaba llevar el negocio de una manera sencilla, pero también sabía que crecer pasaba por apuntarse a empresas imposibles. Hasta aquel momento había jugado a pequeña escala, dejando espacio para otros mercaderes, haciendo que los riesgos fueran limitados. Pero se había ganado un prestigio que haría servir a partir de ahora. Sicilia, Cerdeña, incluso la lejana Alejandría, entrarían en sus objetivos.

La nueva compañía que se había formado contaba con la aquiescencia real, y Jaume compartía no pocas aficiones con su socio y amigo Cervello. Si alguien le hubiera preguntado si se podía confiar en un noble, habría respondido que no, pero sabiendo que en Cervello él sí podía confiar.

Cuando conoció los detalles de la misión «comercial», según sus interlocutores, que lo llevaría a Tortosa, sintió una gran confusión. No era ningún secreto que los intereses del rey Alfons por conquistar posiciones estratégicas en el Mediterráneo habían supuesto un gran esfuerzo de hombres y barcos. Después de los enfrentamientos con otras naciones, estos últimos escaseaban. Cerdeña ya era catalana, pero quedaban focos de resistencia, y Génova veía con alarma las conquistas de la corona aragonesa. Sicilia era demasiado grande y tenía demasiadas posibilidades para no disponer de barcos que la pudieran controlar por completo.

Se necesitaban, pues, más barcos, y las atarazanas de Barcelona estaban preparadas, pero carecían de madera suficiente para construir a gran escala. El rey ya sabía las posibilidades que presentaba el transporte fluvial. Se había utilizado durante generaciones. Los bosques aragoneses eran casi vírgenes y desplazar los troncos río abajo no presentaba grandes problemas. Una vez cargados en el Grau de Tortosa, el traslado de la madera por mar a Barcelona se llevaba a término en dos o tres días. Pero la explotación de las salinas había venido a estropearlo todo. ¿Quién quería correr riesgos si, sin moverse de la orilla del río, las ganancias podían ser mucho más rentables?

El sol ya se había puesto y Jaume, haciendo gala de una puntualidad que siempre le había sido útil, se dispuso a llamar a la puerta del convento. Abandonó el refugio de la muralla y avanzó hacia el edificio mientras la noche comenzaba a caer sobre Tortosa.

Los cascos de unos caballos detuvieron su paso. Un puñado de jinetes avanzaban por la calle que venía del puente de barcas. Los dos que marchaban delante denotaban su condición de ricos; el resto, fornidos y bien armados, debían de ser sus escoltas.

Jaume quedó rodeado por los jinetes, visible a la luz de las antorchas que portaban. Se detuvieron al descubrir su presencia y el de más edad indicó al resto que dejaran de lado las prevenciones.

—Supongo que sois Jaume Miravall, mercader de la ciudad de Barcelona.

—Y vos Joan de Torroella, mercader y alcalde de la ciudad de Tortosa.

—¡Sed bienvenido, señor!

El hombre desmontó, cogió al forastero por los hombros y le dirigió una sonrisa franca. Jaume se sintió incómodo por el papel que debería desempeñar.

Muy pronto se pondría el sol al otro lado del río y Anton holgazaneaba tumbado en el jergón. Era cierto que estaba cansado del viaje, que podría cerrar los ojos y dormirse sin mucha demora, pero la indignación por el comportamiento del mercader se lo impedía.

Mientras miraba la grieta que atravesaba el techo del cuarto de lado a lado, tan ancha que se podrían meter los dedos, se sentía cada vez más afligido por la actitud de Jaume Miravall. Lo había acompañado a Tortosa para ocuparse de su seguridad y, la primera noche, se marchaba solo a una reunión con gente desconocida.

No era lo que le había prometido a Elvira —que se convertiría en su sombra—, y tampoco podía demostrarle su agradecimiento por haber confiado en su palabra apenas llegado a Barcelona. El mercader no sabía nada de su pasado, que quedaba demasiado lejos para inquietar a nadie, salvo al propio Anton.

El hombre de confianza de Jaume Miravall tenía miedo de él mismo, de aquella sensación que lo invadía cuando el peligro estaba cerca. Entonces solo pensaba en los hechos que habían tenido lugar muchos años atrás, y era incapaz de controlarse.

Abandonó el cuarto en el segundo piso del hostal de la Grassa y fue hasta las escaleras. En el piso de abajo había un dormitorio comunal donde algunos hombres ya descansaban, incluso antes de que el hostelero sirviera el tazón de caldo que les habían anunciado para cenar. Al llegar a la planta baja, llena de carruajes y caballos, cogió el camino que llevaba hasta la orilla del río, sin responder a la curiosidad de los huéspedes reunidos a las puertas del establecimiento.

Sabía que una ciudad desconocida podía resultar peligrosa después de la puesta del sol. Era el precio que había que pagar por moverse en un mundo como aquel, donde la vida, si no tomabas precauciones, no valía nada. Que el mercader hubiera ido solo a aquella reunión ponía en peligro lo que Anton había ganado durante los últimos años. Si le pasaba algo a Jaume, su posición en Barcelona, el respeto que se había granjeado y, sobre todo, el velo que cubría su pasado desaparecerían. Y esto le provocaba una gran inquietud.

Se dijo que había demostrado de sobra el agradecimiento que el mercader le merecía. La capacidad de mando del Cojo de Blanes, la bondad y el sentido común de Pere Ballart, y su propia presencia cuando se trataba de apagar algún fuego difícil de dominar, habían hecho cada vez más rico a Jaume Miravall, a quien ya parecían aburrirle los asuntos de la ciudad.

Aceptar aquella reunión tan extraña con unos objetivos que el mismo mercader calificaba como prácticamente imposibles demostraba a Anton que había escogido bien. Jaume se haría a la mar en cualquier momento, iría en busca de las aventuras que ya no encontraba en Barcelona, y él estaría a su lado para participar en ellas. Necesitaba hacerse rico si quería volver a su casa. Pero solo podría regresar si borraba los rastros de lo que había hecho, y para ello le haría falta mucho dinero.

La lluvia de los últimos días hacía que el río bajara crecido, y algunos campos próximos se habían inundado. Anton decidió volver al interior de la ciudad, aunque no podía hacer nada sin ningún indicio de dónde tenía lugar la reunión ni cuándo se daría por acabada. No debía preocuparse por el mercader. Le había dicho que si se hacía tarde y lo encontraba durmiendo, ya le contaría por la mañana los detalles de la reunión.

Atravesó el portal de Tamarit y caminó hasta la plaza de las Cols. A pesar de que las noches aún eran frías, estaba llena de campesinos y soldados fuera de servicio que se resguardaban bajo los porches y charlaban en grupos separados, como si el próximo día no fuera a llegar nunca.

Decidió quedarse un rato, aunque era consciente de que despertaría la curiosidad de la gente. El mercader le había recomendado prudencia, pero a Anton le atraían los riesgos, o era él mismo quien los atraía, como le espetaba siempre el Cojo de Blanes.

Cruzó la plaza con paso decidido mientras notaba las miradas puestas en él y finalmente se sentó cerca de un grupo de campesinos, como si desde siempre hubiera formado parte de aquel paisaje. Después de un silencio que reverberó en todo el recinto, los grupos reanudaron sus conversaciones. Así se enteró de que Joan de Torroella y otros mercaderes de la ciudad se habían reunido en el convento de Santa Clara.

—Quizá debatan la manera de estrangularnos aún más —dijo uno que tenía la nariz llena de pústulas, apoyado en su azada.

Todo el mundo rio y se oyeron comentarios del mismo tenor, pero con palabras más gruesas. Un grupo que se mantenía a cierta distancia los miraba con desconfianza. Anton pensó que llevaban escrita en la cara su condición de hombres de armas y permaneció con el corro de los campesinos.

—¿Y vos qué habéis venido a hacer a Tortosa? —le preguntó a bocajarro uno que solo lucía un diente en medio de la boca.

Lo pilló por sorpresa e improvisó sobre que su señor estaba interesado en comprar sal para su negocio de salazones. Lo escucharon hasta que la inventiva se le agotó. Había hablado de cómo se hacía para salar el pescado y transportarlo muy lejos sin que se pudriera, al fin y al cabo era la profesión de su padre. Lo había visto mil veces limpiar los pescados, apilar la carne magra entre capas de sal y, después de un tiempo en reposo, lavarla y orearla en un lugar fresco.

El grupo pareció satisfecho con aquella explicación y Anton se centró en vigilar a los que se mantenían al otro lado de la plaza. Anton sabía que algo de su persona llamaba la atención y no sería la primera vez que tuviera que salir por piernas o enfrentarse a los recelosos.

Un par de hombres abandonaron el grupo de enfrente y se encaminaron hacia los campesinos que charlaban. Anton supo que era el momento de hacer mutis por el foro y, tras preguntar por el convento de Santa Clara, se escabulló por una de las callejuelas que confluían en la plaza.