Capítulo 23

Alejandría, abril de 1335

La galera encargada de proteger la Sant Climent se presentó en Cefalú cinco días más tarde, cuando Jaume Miravall ya tenía decidido partir hacia Alejandría por su cuenta y riesgo. El capitán, un gerundense con fama de valiente, le explicó que un barco pirata los había hostigado hasta que no habían tenido más remedio que perseguirlo. Después habían perdido la pista de la Sant Climent, y tampoco la habían encontrado en Palermo.

El mercader pensó por unos instantes que quizás aquel pirata era realmente el hijo del Cojo de Blanes. Estaba claro que los hostigadores de la galera habían sido sus hombres y que representaban un peligro para el comercio en aquella parte del Mediterráneo. Daría cuenta del episodio al rey, pero dudaba que este destinara un solo barco a perseguir fantasmas, visto los problemas que causaban los genoveses.

Otros asuntos lo ocuparon durante el viaje a Oriente. Su amigo Pietro Paladio estaba encantado de llevar a Alèxia hasta Barcelona, convencido de que la presencia de la niña mantendría al terrible pirata lejos de su nave en el caso que la descubriera.

A pesar de ello, Jaume Miravall no se había quedado del todo tranquilo dejando a su hija en manos del napolitano. Confiaba en él porque sabía que anteponía la amistad a cualquier otra cosa y lo consideraba uno de los pocos hombres cabales con que había tenido tratos en aquel oficio, pero siempre había lugar para las dudas.

—¿Te arrepientes de haber dejado a Alèxia? —Abelard se había acercado al castillo de popa, donde Jaume pasaba mucho tiempo mirando la estela de la embarcación desde que zarparan de Cefalú.

—En absoluto —respondió el mercader, súbitamente molesto—. Si no supiera que está en buenas manos, nunca la habría dejado. A veces, Abelard, se debe escoger el mal menor.

—Entonces, ¿reconoces que corre peligro? —repuso el muchacho con un leve estremecimiento; aún sentía la calidez de su mano, una sensación que se permitía muy pocas veces.

—Según mi criterio, habría sido más peligroso que viniera con nosotros. A partir de Sicilia el trayecto está lleno de piratas sarracenos, y con ellos me da la impresión de que no tendríamos tanta suerte. Es primordial no perder de vista la galera que nos protege, y así se lo he dicho a su capitán.

—¿Realmente creíste a aquel pirata?

—¿Podía haber hecho otra cosa, hijo?

Abelard no respondió, de hecho no era tan importante la respuesta como las palabras con que se formuló. Desde que le habían dicho que Jaume solo era su padre adoptivo valoraba más que no hubiera dejado de llamarlo hijo, a menudo aún lo emocionaba. Por otro lado, sabía que su padre atravesaba momentos difíciles como para tener que responder a nuevas dudas, así que decidió cambiar de conversación.

—He hablado con el padre Serafí, de los mercedarios, y no tiene muy buena opinión de nosotros. Piensa que debíamos haber luchado hasta el final con los piratas.

—Si lo hubiéramos hecho, ahora estaríamos todos muertos, Abelard. Algún día tendrán su castigo —dijo el mercader sin demasiada convicción.

—Pero murieron dos monjes… Y se pasan el día rogando por sus almas. No entiendo por qué los has traído con nosotros. Al fin y al cabo, solo son una molestia.

—No pensarías así si conocieras su historia.

—¿Por qué no me la cuentas, padre? No hay demasiado que hacer en este barco.

Jaume Miravall lo miró y le vinieron a la memoria otros tiempos, cuando Narcís y Abelard eran unos niños y él les relataba historias. Alèxia, mucho más pequeña, apenas entendía sus palabras, pero siempre lo escuchaba con los ojos muy abiertos, como si quisiera almacenarlas para pensar en ellas más tarde.

Al recordar a su hija tuvo la tentación de volver la mirada de nuevo al mar que dejaban atrás, pero no quería mostrarse débil ante Abelard.

—La Orden de los Mercedarios la fundó un mercader de Barcelona, un trapero, como yo cuando comencé. ¿No lo sabías?

—Pues no. Solo sé que son devotos de nuestra patrona, ¿no es así?

—Según se cuenta en Barcelona, ese mercader vendió todo lo que tenía para ayudar a los desventurados que habían caído prisioneros de nuestros enemigos. Un día se le apareció la Virgen de la Mercé y le pidió que fundara una orden para la redención de los cautivos. Muchos de sus miembros han llegado a intercambiar su vida por la de hombres retenidos por los sarracenos.

—¿Es lo que quieres, padre? ¿Cambiar a los monjes por la persona a la que vamos a buscar?

—Espero que no sea necesario.

—Bueno, si ellos están de acuerdo…

—No es tan fácil, hijo. El hecho de que estos monjes arriesguen su vida no debería ser objeto de burla. Cada persona es libre de escoger su camino, pero si decide que su misión es dar la vida por los demás, merece todo mi respeto.

—No pretendía burlarme, pero hay que estar muy loco.

—¿Acaso tú haces algo diferente, Abelard? Me sigues porque en mí has encontrado un padre y, además, sé que te agrada la aventura. Pero ¿has pensado que corres el mismo peligro que ellos? Tú también podrías acabar dando la vida por el cautivo Joan de Serret… O por mí, que soy quien te ha puesto en este trance.

—¡Mira, padre, mira! —exclamó de pronto el muchacho, señalando con brío hacia el cielo.

—¿Qué pasa? ¿Qué quieres mostrarme?

—¡Es «la viajera»! ¡Sabía que nos seguía, lo sabía!

—Si no te explicas mejor…

—¡Esa gaviota nos sigue desde Barcelona! ¡Lo sé! ¡Es un buen augurio!

Jaume se fijó en el ave que volaba a poca distancia del barco. Le pareció igual a todas las que había a su alrededor, pendientes siempre de los peces que se acercaban a la superficie del agua o de la comida de algún marinero despistado. Abelard ya solo tuvo ojos para contemplarla, olvidando la conversación que había quedado interrumpida.

Dos días después avistaron Alejandría, al menos eso informó el capitán de la galera, pero el mercader no confiaba en aquellas luces que brillaban en la oscuridad nocturna. Se quedaron a una distancia prudente de la costa, esperando la salida del sol mientras los monjes mercedarios rezaban por su suerte.

Incapaz de dormir, Jaume Miravall esperó, expectante, a que el sol naciente iluminara aquella ciudad que todo mercader soñaba conocer. Las noticias de Alejandría, relatos y leyendas, escuchadas mientras desarrollaba su oficio, con la mítica figura que protagonizaba el Romance de Alexandre como primer referente, rozaban lo fantástico. Pero también, gracias a las conversaciones mantenidas con Ibrahim antes de partir, se había hecho una idea más concreta del lugar. El judío le había hablado de una gran biblioteca desaparecida, de un faro capaz de transmitir seguridad a muchas leguas de distancia, de los obeliscos que rascaban el cielo de Oriente.

Jaume no concebía que saliera una mentira de los labios del librero, pero aún no era consciente de que la realidad puede ofrecer múltiples caras y que nadie puede señalar con certeza sus aristas. Tampoco olvidaba la imagen que le había mostrado el judío, un minarete gigante elevado por cuatro cangrejos, antiguo símbolo de aquella urbe legendaria.

A medida que se acercaban al puerto, la claridad tenue que iba perfilando desde levante la ciudad de Alejandría mostraba los majestuosos edificios de formas sinuosas y las grandes dimensiones que aún tenían los restos del faro.

—¿Qué son aquellas ruinas?

—Lo que queda de un faro aún más antiguo que nuestras naciones —respondió complacido Jaume a la curiosidad de Abelard—. Se dice que tenía más de seiscientos palmos de altura…

—¡Las piedras son muy blancas! ¿Cómo puedes estar seguro de que era tan alto?

—La seguridad ante lo que ya no existe solo podemos obtenerla de los sueños, Abelard. Únicamente Dios podría responder a tu pregunta. Pero, según todas las crónicas, era muy alto para que su luz sirviera de guía a los barcos.

—¿Cómo podía tener una luz tan potente? Me parece que me estás engatusando, y ya no soy un niño como Alèxia.

—Al parecer, el sol se reflejaba en chapas metálicas durante el día. Por las noches encendían grandes hogueras —respondió Jaume, y por un instante dudó de que su hija aún pudiera considerarse una niña.

—¿Y tú cómo sabes tantas cosas de unas piedras derruidas? —preguntó finalmente Abelard con la duda reflejada en los ojos.

—Me lo explicó Ibrahim, que ha leído muchos libros.

—¡Ah! Claro.

El muchacho ocultó una breve sonrisa, pero a Jaume no le pasó por alto su actitud escéptica. Reconocía en él la manera de ser del Cojo de Blanes, quien sin duda le había inculcado sus ideas prácticas y terrenales. De poco sirvió que siguiera hablándole del faro; Abelard solo daba crédito a lo que podía ver con sus propios ojos y, a medida que se acercaban a la enorme estructura de piedra que conformaba el puerto, las formas, los colores y los aromas fueron absorbiendo toda su atención.

Jaume estaba deslumbrado ante los restos del faro, que se mostraban como un vestigio de grandeza y, a la vez, otorgaban a la ciudad un aire de decadencia y destrucción. Los efectos de los terremotos recientes se podían observar también en otros edificios, y el trasiego de piedras de un lado a otro, en carruajes, a lomo de enormes mulas o de hombres de color doblegados por el peso, parecía formar parte de la vida de Alejandría. Pero en cuanto fondearon en el puerto, el mercader se sintió imbuido del mismo sentimiento que había cautivado a Abelard.

Había barcos con pabellones venecianos, genoveses, bizantinos e incluso ingleses; solo la Sant Climent enarbolaba las cuatro barras de la corona de Aragón. La galera que los acompañaba no había obtenido permiso para atracar en puerto y se veía, solitaria, en la lejanía. Jaume sabía que su momento había llegado y que tendría que desenvolverse solo en las negociaciones con el sultán, pero le agradaba que fuese así. Quería presentarse sin escudos ni armas, solo con la sinceridad y la palabra.

Todos los marineros habían ido al espigón, donde las más fabulosas especias se escurrían entre los dedos de los compradores venidos de todas partes. También había animales exóticos y las frutas más diversas en lujosos cestos hábilmente trenzados. El mercader pensó que Alejandría era una especie de paraíso para los de su condición y se arrepintió de no haber venido antes, de todas las dudas que siempre habían refrenado sus sueños.

Se disponía a bajar la pasarela que lo llevaría a aquel mundo desconocido y deseable, cuando la mano del padre Serafí impidió que diera el primer paso.

—¡He rezado por vos! —dijo mirándolo a los ojos.

Jaume se quedó perplejo ante la intensidad que reflejaban los suyos.

—Y yo os lo agradezco —respondió en voz baja, deseoso de descender a tierra firme de una vez—. Vuestras plegarias me ayudarán en mi misión.

—¡Dios me dio instrucciones precisas para cuando llegáramos a Alejandría!

—Sí, igual que mi rey, quien, por cierto, también os puso bajo mi tutela. —No supo por qué respondió con súbito enojo, pero no le agradaba la actitud del religioso.

—¿Acaso prescindiréis de nuestros servicios? ¡Los padres mercedarios han llevado a buen término muchas misiones como esta!

—No os entiendo, padre Serafí, pero os diré algo… Soy un mercader, aunque también me haya traído aquí una misión real. Por tanto, conseguir lo que he venido a buscar con las armas de mi oficio será mi primer objetivo. Y eso, por el momento, no incluye vuestra intervención. La liberación del cristiano también es cosa mía, creedme. Dejadme hacer…

El mercedario se quedó mirándolo con cierta decepción, que enseguida se transformó en desdén.

—Pronto os daréis cuenta que no será posible liberar a Joan de Serret sin nuestra ayuda. Mientras tanto, os esperaremos en el barco.

—Me alegra vuestra comprensión, padre Serafí, y el rey será debidamente informado. Ahora, si no os importa, debo cumplir mi misión.

Jaume cogió del brazo a su hijo y le pidió que se quedara a cargo de la nave y atendiera los consejos de la tripulación. Abelard se lo tomó como lo que era: una prohibición expresa de bajar a tierra.

—De momento, es mejor así, Abelard. No te quedarás sin la oportunidad de conocer este mundo más de cerca, pero de momento necesito la seguridad de tu obediencia. Solo así podré negociar tranquilo con el sultán.

—Tienes mi palabra, padre —respondió el muchacho, sin expresar lo que realmente pensaba.

Ambos se despidieron con un fuerte abrazo. Antes de desembarcar, el mercader comprobó que en la bolsa que colgaba de su cinturón había una cajita. Hecho, sonrió.

No tardó en divisar entre la multitud a un grupo de hombres montados en caballos pequeños y vigorosos. El enviado del sultán no le escatimó elogios mientras disponía que subieran fruta fresca y comida al buque. Era su bienvenida y Jaume pensó que las cosas comenzaban prometedoramente.

Mientras cabalgaba en uno de aquellos caballos, engalanado de arriba abajo, su mirada se perdía, maravillada, en una sinfonía de vibrantes sensaciones. Anhelaba ser un hombre normal, poder perderse por la ciudad y disfrutar de mercancías tan excelsas, pero también se sentía muy orgulloso de su condición.

Quizá sea mi destino, se dijo: participar de las dos caras de la moneda, tener la oportunidad de satisfacer las necesidades más mundanas y, a través de la voluntad de mi rey, ocuparme de que su espíritu no desfallezca ante la incomprensión de los sarracenos. ¡Sin duda, Dios habla a través del rey Alfons!