Capítulo 19
Barcelona, abril de 1326
Barcelona era un hormiguero, cada vez había más familias que atravesaban sus puertas en busca de un futuro mejor. Ganarse la vida comportaba a menudo acciones poco honestas que ponían en peligro el buen funcionamiento de la ciudad. Por este motivo, el Concejo de Ciento tuvo que dictar nuevas medidas para mantener el orden y luchar contra el fraude. Jaume Miravall no quería que los hombres de su cuadrilla fueran señalados por quebrantar las normas y eso les comportara complicaciones. Con la intención de ponerlos al corriente de todo, los reunió en las Atarazanas.
—A partir de hoy el período fijado para retirar el trigo de los Portxes de la Mar será de ocho días. Se necesita que queden libres para descargar otras mercancías. Lo digo por vosotros dos. —Y señaló a Marc y Tomas, dos hombres fornidos que hacían méritos para trabajar con los estibadores—. Pensad que, de no ser así, no solo pueden confiscaros la carga, sino también multaros. ¿Entendido?
Los dos hombres asintieron con la cabeza.
—Ah, y es preciso tener en cuenta la distancia donde la descarguéis.
—¿Cómo dice? —preguntó uno de los más viejos. Era duro de oído y a menudo había que repetirle todo.
—Es preciso depositar la carga a más de diez pasos del mar para evitar que la espuma de las olas perjudique la mercancía. ¿Os ha quedado claro?
—¿Y nosotros qué podemos hacer? —le preguntaron Cesc y Esteve, los más jóvenes del grupo—: ¡Nos echan de todas partes!
—Para vosotros tengo el trabajo más importante —respondió el mercader tras pensar un momento—. ¡Venid!
Jaume Miravall los apartó del grupo y, como si se tratara de una confidencia, les dijo:
—¿Sabéis dónde radica el verdadero éxito de un mercader?
Los dos chiquillos se encogieron de hombros.
—En la información. De eso depende, y para eso os necesito.
Los ojos de Cesc y Esteve, que los tenían abiertos como naranjas, se fueron transformando bajo unas cejas que la curiosidad acercaba cada vez más.
—Mirad, necesito información de primera mano. Saber qué noticias traen los hombres que vienen de otras tierras. Descubrir qué necesitan, qué productos son los más preciados o aquellos que tienen a la venta…
—Pero a nosotros no nos lo dirán —objetó Cesc con voz casi inaudible.
—¡Claro! No os lo dirán porque no les preguntaréis.
—Entonces…
—Vuestro trabajo es jugar en la arena, hacer como quien busca conchas, entreteneros construyendo un castillo o persiguiendo una gaviota, mientras prestáis oídos. Nadie sospechará de unos chiquillos.
Esa calificación no les gustó demasiado, pero el hecho de sentirse parte de la banda, como ellos decían, y tener la barriga llena los compensó con creces.
Una vez finalizada su tarea en la Ribera, Jaume se dispuso a volver a casa. Rumiaba una información que no sabía cómo hacer llegar a su cuñado. Ya imaginaba que no le haría caso y lo mandaría a hacer puñetas, pero sufría por Margarida. El Concejo lo había dejado muy claro: quedaba terminantemente prohibido mezclar harinas de diferentes cereales para la elaboración del pan. El castigo señalado para los infractores era de cien sueldos o cien días de prisión.
Mientras subía por la calle Argenteria un olor a chamusquina lo detuvo. Vio humo y gente corriendo y gritando. Una humareda negra que se elevaba por encima de las casas soltaba ceniza y polvo cubriéndolo todo con un fino manto gris.
Apretó el paso en la dirección que todo el mundo señalaba. ¡No podía ser! Todo indicaba que el fuego salía del obrador de Mateu. Emprendió una carrera frenética. La calle estaba abarrotada. La gente tosía y se restregaba los ojos, pero no quería perderse aquel devastador espectáculo. Le pareció oír la voz de su mujer y se subió a un poyo después de bajar de mala manera a dos granujas.
—¡Elvira! ¡Elvira! —gritó con todas sus fuerzas.
Finalmente la divisó atrapada entre la multitud, apenas a unos pasos.
—¿Qué haces aquí? ¿Y los niños? —le preguntó alarmado.
—Están bien, Sara los ha llevado a casa. Por el amor de Dios, el fuego es en casa de Margarida —dijo su mujer antes de romper a llorar desconsoladamente.
—Tranquilízate y no te acerques. ¿De acuerdo?
Elvira asintió con la cabeza y Jaume se abrió paso a empellones. El calor del fuego se intensificaba a medida que se iba acercando al obrador, el aire era irrespirable. Sacó la navaja que llevaba colgada del cinturón y desgarró un trozo de túnica con el que protegerse el rostro. Solo sus ojos negros y desencajados quedaron al descubierto.
—¡Agua! ¡Haced una cadena de agua desde la fuente! —gritó sin ningún resultado.
Solo una voz respondió a su bramido.
—¡Jaume!
Le costó reconocer a Margarida. Luchaba para liberarse de unos hombres que la sujetaban por los brazos y no le permitían adentrarse en aquella vorágine de fuego y humo. Su piel tenía el color del hollín y su cabellera enmarañada le tapaba parte del rostro. Al verlo, se lanzó hacia él con un único nombre en los labios.
—¡Ximena! ¡Ximena está arriba!
—¡Donde debe estar! —comentó un hombretón que apestaba a vino.
El mercader tuvo ganas de volverse para darle su merecido, pero optó por correr hacia la casa. Al primer grito de «¡Bruja!», se añadió un segundo, después un tercero y un cuarto, hasta que fue un clamor entre muchos de los presentes. Un clamor espantoso mezclado con chillidos y oraciones.
Jaume no se lo podía creer. De un puñetazo derribó a uno de los agitadores y le quitó la capa, con la que se protegió. Antes de perderse entre la nube negra vio a Mateu. Estaba acurrucado con las manos en la cabeza. Al advertir la presencia de su cuñado se le congeló la expresión y dijo:
—¡No entres! ¡Es un infierno!
Lo último que oyó Jaume fue el crujido de una viga que se venía abajo y el olor a quemado que lo impregnaba todo. Cuando volvió en sí, los rostros de Pere y Margarida le hicieron saber que aún se encontraba entre los vivos. Intentó levantarse, pero unas punzadas en la cabeza y el brazo derecho lo disuadieron.
—Me parece que lo tienes roto —dijo Pere mirando el brazo del mercader—. ¡Por poco no lo cuentas, maestro!
Lo ayudaron a apoyarse en la pared.
—¡Han sido ellos, no me lo puedo creer!
—¿Quién, Margarida, quién? —preguntó el mercader, conmocionado.
—¡Ellos! Los mismos a los que curó, los mismos a quienes dedicó tantos años de su vida.
—Pero…
—Después del pregón comenzaron a oírse rumores. Unos decían que había salvado a su hijo de una muerte segura, otros que la habían visto invocando al demonio o que preparaba los ungüentos con cerebros de bebés. Había quien afirmaba que tenía en su poder bulbos de puerro silvestre, herraduras y piñas de ciprés. ¡Cuántos disparates! Yo la quería, Jaume, y no he podido hacer nada por ella, ¡nada!
—Has hecho todo lo que estaba en tu mano. No te atormentes.
—Cuando vi el humo ya no había tiempo de bajarla. A mí me ha sacado Mateu, yo no quería… —A Margarida se le quebró la voz.
—Cuentan que un hombre ha quemado hojas de laurel del Domingo de Ramos, también ramas de olivo y romero bendecido. El cura dijo en misa que era un buen remedio para protegerse de las brujas, pero el viento fuerte esparció las brasas y llegaron hasta unos sacos que había en la fachada… Era una casa muy vieja.
—¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco? —preguntó Jaume retóricamente.
—La gente es como un rebaño de ovejas, el miedo y los celos hacen el resto —observó Pere—. Incluso han tenido que detener a un hombre que iba repartiendo garrotazos, como enloquecido. Hirió gravemente a una anciana.
El mercader lo miró pidiendo una explicación.
—Decía que el Señor se lo había encomendado, que debíamos protegernos del Maligno.
—La gente también compraba sal…
—¿Sal? —repitió Jaume como si despertara de un largo sueño y ahora todo fuera diferente.
—Las mujeres se la arrojaban a la espalda. En fin, ahora será mejor que vuelvas a casa. Elvira debe de estar sufriendo.
—¡Elvira! Estaba aquí… La dejé fuera, entre la multitud.
Margarida interrumpió en seco su llanto.
—¿Qué dices? —se alarmó.
El mercader no encontró ninguna respuesta tranquilizadora. Ni siquiera sintió el dolor del brazo que le colgaba como una rama rota por el vendaval. Se lo ataron al cuerpo con una correa e iniciaron una búsqueda frenética gritando el nombre de Elvira.
—¿Esta es la mujer que buscáis? —dijo una voz anónima.
La esposa del mercader estaba debajo de una manta. Un hilillo de sangre que le bajaba por la cara rompía su palidez.
—No se alarme. Solo ha tenido un desmayo. La arrastré hasta aquí, si no la habrían aplastado.
Entre los brazos de Jaume y las caricias de su hermana, Elvira comenzó a toser. Pere le trajo un poco de agua.
—Volvamos a casa, amor mío, volvamos a casa.
Margarida se quedó unos pasos atrás.
—También es tu casa —le dijo Jaume mientras la cogía por los hombros. Después se dirigió a Pere.
—Gracias, amigo. ¿Y tú cómo te llamas? —añadió en dirección al muchacho que había atendido a su mujer.
—Miquel, señor.
—Miquel, que Dios te bendiga. No olvidaré tu gesto y estoy en deuda contigo. Habla con mi amigo, él sabrá cómo recompensarte.
Pere Ballart sonrió y lo miró de arriba abajo, tratando de imaginar qué aspecto tendría una vez aseado.
La muerte de Ximena abrió una grieta entre Margarida y Mateu. Sin llegar a plantearlo en voz alta, ella lo culpaba de no haber sido más valiente el día de los disturbios, de no haberlo siquiera intentado. A veces se sorprendía pensando que muerto el perro se acabó la rabia, pero enseguida lo rechazaba horrorizada. Su marido nunca habría sido capaz de algo tan terrible.
Era cierto, pero después de la bula papal, el negocio no iba como antes. La gente se comportaba con recelo o dejaba de ir alegando cualquier excusa. Más tarde vinieron las amenazas, incluso una vez les hicieron llegar las entrañas de un animal. Algunos decían que servía para espantar a los malos espíritus.
Mateu estaba furioso, pero de ahí a matar a su propia madre había un buen trecho. Su mujer se empeñaba en repasar la secuencia de los hechos, mas no sacaba nada en limpio. Quizá solo había querido darle un susto y se le fue de las manos, tal vez solo había pecado de omisión… Sea como fuere, algo oscuro anidaba en el corazón de Margarida.
Aprovechando la recuperación de Jaume, y dado que no tenía casa donde vivir, aceptó la invitación de los Miravall y se instaló allí. Mateu no quiso ni oír hablar de ello y se alojó en casa de un amigo, muy enfadado por la decisión de su mujer. Sin casa, mujer ni trabajo, vagaba por las calles como alma en pena y se negaba a hablar de lo ocurrido.
Mientras tanto, el mercader se dejaba cuidar y organizaba su cuadrilla de mendigos, que cada día era más popular en la ciudad. No todos tuvieron la oportunidad de colocarse en obradores para aprender un oficio, pero Jaume sacaba lo mejor de cada uno. El Cojo de Blanes pasaba cada día por su casa y juntos reían o se desesperaban por uno u otro suceso relacionado con aquella caterva. También le informaba de lo que se comentaba en la ciudad.
—Parece ser que nuestro rey Jaume II no acaba de levantar cabeza.
—Hombre, ya tiene una edad, y no para de ir de aquí para allá —observó Jaume.
—Me parece que no está para muchos trotes. Han visto al médico de la Casa Real, Martí Calçarroja, entrando a toda prisa en el Palacio.
—A todos nos llega nuestra hora, ser rey no lo hace inmortal.
—Muy cierto, Jaume, pero su sucesor, el infante don Alfons…
—No te preocupes antes de hora —repuso el mercader para tranquilizarlo.
—De hecho, tampoco nosotros, bien mirado, tenemos muy buena pinta: yo renqueo y tú, con ese brazo inmovilizado y la venda en la cabeza… ¡Entre los dos podríamos hacer uno y aun así…!
Ambos sonrieron con la complicidad de los buenos amigos, mientras las mujeres se ocupaban de que no les faltara nada.
—¡Vaya! ¡Si hubiera sabido que tu mujer prepara un menjar blanc tan exquisito, yo mismo te hubiera roto el brazo!
—No te vayas por las ramas y sigue. ¡Quiero saberlo todo!
—Jaume, ¿recuerdas el naufragio que tuvo lugar hace unos meses en la costa de Valencia?
—¡Claro! Fue un verdadero desastre.
—Pues el rey ha decidido ayudarlos. Y también ha indultado, por petición expresa de su esposa Elisenda de Monteada, a los mercaderes valencianos que exportaron del reino productos prohibidos.
—Quería decirte algo… —lo interrumpió Jaume con voz insegura, aprovechando que las mujeres habían salido de la estancia.
—Adelante. Sabes que puedes confiar en mí.
—Ya lo sé, pero quisiera pensar que la confianza es mutua.
Al Cojo se le ensombreció el rostro, y adoptó aquella pose de hombre duro que tanto respeto infundía en sus hombres.
—No te enfades, pero he oído hablar de un encontronazo con Massip.
—¡Ese Anton es un bocazas! Le dije que por nada del mundo te hablara de ello. Cuando lo coja…
—¡Espera! —exclamó el mercader—. Si no me explicas las cosas, no puedo ayudarte. ¡Y esto es importante!
—Ya tienes bastantes quebraderos de cabeza. Deja de mi cuenta a ese mierdoso.
—Ese mierdoso, como dices, es un hombre con mucha influencia y muy peligroso. Nunca te perdonará que lo hayas dejado en la estacada.
—Por mí se puede ir al… —El Cojo cerró la boca al ver que Narcís escuchaba mientras dibujaba en el suelo—. Quiero decir que se puede ir de viaje. ¡No sabe con quién se juega los cuartos!
—No quiero que te pase nada, Cojo. ¿Por qué no dejas que algunos de mis hombres te acompañen?
—¿Como si fuera una vieja?
—¡Mira que eres cabezota, eh!
—No se hable más. De verdad, Jaume. Fue un encuentro desagradable y basta.
—Pero…
—¡Pero nada! —zanjó el Cojo.
Una serie de voces, carrerillas y llantos en la planta baja pusieron fin a la conversación. Instantes después aparecía Abelard, sollozando. Elvira y Margarida no habían conseguido sujetarlo y el niño se lanzó en brazos de su padre, sin ser capaz de explicarse.
Jaume miró a su mujer que, blanca como la cera, se había detenido en el umbral. Margarida no hizo acto de presencia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el mercader a la figura inmóvil, sin obtener respuesta—. Abelard, hijo, ¿te has hecho daño? —insistió, mientras buscaba alguna lastimadura que justificara aquel llanto.
—El tío Mateu… —gimoteó el pequeño por fin.
La mirada del mercader se ensombreció de golpe. Dejó de acariciarle los rizos y se lo puso en el regazo, buscándole los ojos. Nada bueno podía venir de aquel hombre, pero no lo creía capaz de hacer daño a una criatura. Advirtió las lágrimas de Elvira, cabizbaja.
—Después me lo cuentas, Abelard —dijo al recordar la presencia del Cojo.
—Ocúpate de los tuyos, Jaume. De hecho yo ya me iba —se despidió el Cojo, intuyendo que su presencia sobraba.
Una vez a solas, Abelard relató el encuentro con el tío Mateu y la causa de su llanto.
—Me ha dicho… me ha dicho que ella… —suspiró señalando a Elvira— que ella no es mi madre. Dice que tú lo sabes, que si no le creo te lo pregunte.
—Será hijo de la gran…
—¡Jaume! —lo amonestó Elvira, que se había mantenido expectante.
—Abelard, no debes llorar por eso. ¿Me oyes? ¿Qué más te ha dicho el tío? —preguntó Jaume con impaciencia.
—Nada. No le ha dicho nada más —intervino Elvira—. No ha tenido tiempo. Margarida lo ha visto desde la ventana y le ha ordenado a Sara que entraran en casa de inmediato.
—Papá, ¿qué más tenía que decirme? —preguntó el niño mirándolo a los ojos—. ¿Verdad que el tío dice mentiras? ¿Verdad que sí?
Todas las miradas convergieron en el mercader, incluso Narcís dejó de rayar el suelo. Jaume notaba los latidos del corazón en las sienes, sentía la garganta seca y, por primera vez en mucho tiempo, la inseguridad se apoderó de su persona. Revelarle que su madre no era quien pensaba a un niño menor de seis años era muy difícil de decir y también de digerir. Pero no hacerlo era arriesgado, pues Mateu podía volver a la carga. Aquel hombre estaba rabioso y no tenía nada que perder.
—Tu madre…
—Tu madre soy yo, Abelard —interrumpió Elvira.
Jaume se quedó de una pieza ante la reacción de su mujer. Ella, ya sin lágrimas en los ojos, prosiguió.
—No te llevé en el vientre, eso es lo que te quería decir el tío. Pero te crié y te quiero como a un hijo.
—Pero ¿eres mi madre? —preguntó el niño sin entender lo del vientre.
—¡Claro que sí! Un angelito te dejó en la puerta de casa el día de Navidad. El tío Mateu te lo quería explicar, pero no ha tenido tiempo. Fue el mejor regalo de Navidad que nunca haya tenido nadie, hijo. Era un secreto para cuando fueses mayor. Pero no tienes que contárselo a nadie, ¿de acuerdo? Es nuestro secreto.
—¿Por qué?
—¡Pues porque los secretos no se cuentan, si no ya no serían secretos!
—Pero el tío…
—Si el tío te dice algo más o te hace una broma, le dices que ya lo sabes y te marchas corriendo. ¡Será nuestro juego! —añadió Elvira.
Abelard no entendería la explicación de su madre hasta unos años después. En aquel momento, realidad y fantasía iban de la mano. Durante mucho tiempo la imagen del angelito dejándolo en la puerta de su casa acompañó sus sueños.
Aquella tarde todo el mundo hizo lo imposible por no volver a hablar del suceso.
Una vez en la cama, después de dejar pasar un buen rato y con la lámpara de aceite apagada, Jaume dijo:
—¿Por qué lo has hecho, Elvira?
—Por ti, por nosotros… por él.
—Antes o después alguien le explicará la verdad, y entonces…
—¿La verdad, amor mío? ¿Qué verdad? ¿La que me contaste a mí aquella noche de Navidad? ¿O alguna otra?
El mercader enmudeció. ¿Cómo era posible que su mujer supiera la procedencia de Abelard y nunca se lo hubiera reprochado? ¿Cómo podía ser que nunca le hubiera pedido explicaciones?
—La verdad da miedo —continuó Elvira—. Da miedo explicarla y da miedo, mucho miedo, escucharla. Yo tengo mi verdad… es mi refugio. No nos la hagas añicos, Jaume.
Un beso cálido en la frente fue la única respuesta del mercader. Después la estrechó contra su cuerpo e hicieron el amor, en silencio.