Capítulo 15

La primera claridad del día fue acogida como un regalo por el mercader. No había tenido una noche plácida y se levantó perlado de sudor. Elvira tampoco había dormido demasiado, pues los chillidos que profería su esposo en sueños la habían tenido en vela.

Fue en aquel momento, cuando el día se abría camino en medio de la oscuridad, que, sentado en la cama, Jaume Miravall pronunció en voz alta su propósito. Abelard y Narcís lo acompañarían a la prisión y, a partir de entonces, visitarían de forma regular a Esteve.

Elvira no estaba de acuerdo, pero nada de lo que dijo logró convencer a su esposo. Él había tomado una decisión y no se echaría atrás. Ella entendía sus motivos, pero se resistía a poner a sus hijos en contacto con el horror y las tinieblas.

—Ya no son niños, Elvira. Pronto cumplirán quince años y no puedes pretender que estén siempre tan protegidos.

—¡Te equivocas! Abelard trabaja codo con codo con tus mendigos. Pasa más tiempo en su compañía que en la nuestra. Y no creo que sea el mejor lugar para aprender según qué cosas…

—Tiene una buena formación y nos tiene a nosotros. He hecho lo posible por compartir con él todo lo que sé…

—¿Y qué me dices de Narcís? ¿No tuviste suficiente haciéndole presenciar la escena de tu envenenamiento? ¿Qué te costaba prevenirlos? Pero prevenirlos de verdad, no con aquella especie de adivinanza.

—¿Cuándo has visto que la vida te avise de sus intenciones, Elvira? ¡Nunca! ¡La vida no concede pausas, no da tregua, no espera a que estés a punto para enfrentarte a ella! De pronto se produce una situación inesperada y te engulle. Es entonces cuando has de recurrir a todo tu bagaje y experiencia. Debes aprender a nadar en situaciones adversas. Si no es así, estás perdido.

—¡Ya tendrán tiempo de salir al mundo, Jaume!

—El mundo. ¿Qué mundo? Nosotros hemos creado un mundo propio, hemos sabido rodearnos de gente que nos protege. Pero hay otro mundo, fuera de nuestra casa y nuestros almacenes, lindante con estos muros que hemos levantado, unos muros bastante permeables, tal como nos han demostrado las muertes de Cesc y el Cojo. Más allá de la calle Banys Veils, Argenteria o Monteada la realidad tiene un rostro mucho menos amable.

—Hemos trabajado duro para tener todo esto y ahora me da la impresión de que lo rechazas —dijo Elvira, pasando la mirada por los tapices y cojines que engalanaban su dormitorio—. Nadie nos ha regalado nada. Lo hemos hecho para nosotros, pero también para nuestros hijos, para darles una vida más fácil…

Jaume no parecía prestar atención a las palabras de su mujer. Tenía la mirada fija y ausente. Elvira conocía muy bien aquel gesto. Así pues, abandonó un discurso que tantas veces se había demostrado estéril y le cogió la mano.

—Hay algo que me persigue desde hace días. No te he dicho nada, pero no logro quitármelo de la cabeza —dijo por fin Jaume.

Su mujer se apoyó en su pecho en actitud de escucha. Él se explicó con cierta dificultad:

—Pasó la otra noche, cuando regresaba del almacén. Las vi sentadas en un rincón de las escaleras de la catedral. Primero me fijé en la niña, que apenas caminaba, cómo cogía con las dos manos el pecho de su madre y, aun así, lloraba de hambre. Me acerqué. Quizá por curiosidad, quizá porque algo me alertó, no lo sé…

Jaume extendió al brazo para coger el vaso de agua que siempre dejaba al lado de la cama y Elvira reparó en que las manos le sudaban. Después de un largo sorbo, que a su mujer le pareció eterno, continuó.

—La pequeña tenía la cabeza llena de pulgas, de un tamaño como pocas veces he visto, y se rascaba como un perro. Sus uñas estaban negras por efecto de la sangre seca que brotaba cada vez que, inquieta, se levantaba una costra. No obstante, su madre permanecía inmóvil, ajena a la desazón de la pequeña.

—Pero cómo… —dijo Elvira, que comenzaba a angustiarse.

—¡Aquella mujer estaba muerta, Elvira! Quizá llevaba un par de días muerta y la criatura aún chupaba su pecho yermo, tan rígido como el resto del cuerpo… Huí como alma que lleva el diablo. Primero con pasos cortos y rápidos y después corriendo, hasta que el llanto de la niña dejó de perseguirme. Pero su recuerdo aún me despierta en sueños.

Jaume se cubrió la cara con las manos, como si con aquel gesto se pudiera desprender del horror que le producía recordar.

Su mujer le acarició el pelo con los ojos llorosos. Poco después, sin descubrirse el rostro, él añadió:

—Envié a uno de mis hombres. Le di instrucciones y dinero para que aquel horror dejara de existir.

—No podías hacer más, amor mío.

—¡Claro que podía! Podía haber apartado a la niña de aquel enjambre de moscas, del hedor que desprendía el cuerpo de su madre. Pero en el acto, nada más verla. ¿Entiendes? El dinero no es capaz de enmudecer la conciencia.

Al salir de la prisión, Jaume Miravall y sus dos hijos se miraron en silencio. El mercader sabía que no había sido una experiencia agradable, pero confiaba en que la aprovecharan en el difícil camino que, por mucho que los protegiera, no podía ahorrarles. Les dijo que volvieran a casa y dijeran a su madre que él comería fuera. Necesitaba estar solo.

En un primer momento pensó en acompañarlos y después seguir hasta la playa, pero se echó atrás. Hacía meses que aquel lugar, antes refugio y escenario de sus sueños, era un sitio de pendencias y mal ambiente. Sobre la arena se reunían centenares de personas, esperando las naves cargadas de cereales sardos o sicilianos. El Concejo de Ciento, por boca de los pregoneros, prometía una y otra vez la preciada mercancía. Pero las menguantes esperanzas de los barceloneses naufragaban en la línea del horizonte. Los genoveses apresaban las naves de los mercaderes catalanes, y así impedían que aquellas gentes pudieran alimentar a sus hijos.

Tampoco tenía ganas de dar explicaciones sobre las extrañas circunstancias que rodeaban la muerte de sus hombres. Por eso caminaba en dirección contraria al mar, quizá con el secreto afán de alejarse de un mundo que podía volverse inclemente.

Enfiló la calle Bonanat Sabater, donde se habían instalado los manteros, y llegó a Santa Catalina. Desde allí atravesó el Ree Comptai y se encontró fuera de las murallas, lejos del barullo de la ciudad. Quizá tenía la necesidad de alejarse del centro, apaciguar aquel ruido siempre presente que lo aturdía. Desde hacía un tiempo era el deseo que ponía en movimiento sus pies.

El sol caía en vertical cuando llegó al lago que formaban las aguas del río Besos. Era un lugar tranquilo, rodeado de juncos que se mecían levemente. Unas mujeres hacían la colada en sus aguas mansas y dulces mientras los niños jugaban a lanzar piedras. El mercader no se acercó a ellos, quizá porque no quería entablar conversación con nadie.

Así pues, se sentó sobre una piedra con la intención de abstraerse en la lectura del libro de Marco Polo, que se había convertido en su compañero inseparable. No había tenido tiempo de sacarlo de la bolsa cuando un olor de sobra conocido lo perturbó. No necesitaba descubrir su silueta entre el verdor para que los latidos de su corazón se adelantaran a aquel encuentro inesperado. Tembloroso, cerró los ojos.

—¡Un beso por tus pensamientos!

—¡Por el amor de Dios, Blanca! ¿Qué haces aquí?

—La última vez ya me diste la bienvenida con la misma pregunta, amor mío. ¡Siempre estoy aquí, siempre! Cerca de ti, cerca de nuestro hijo, al que veo crecer y hacerse un hombre. No hay día ni noche que no esté cerca de vosotros.

—¿Dónde está tu esclava? —preguntó Jaume, extrañado de verla sola.

—Donde debe estar, vigilante. No te apures, no quiero causarte ningún problema. Estoy al tanto de todo lo que has tenido que pasar estas últimas semanas.

El mercader podía soportar las presiones del intrigante Joan de Torroella, plantarle cara a la muerte engullendo un terrible veneno que debía inculpar a Francesc Massip, enfrentarse a cualquier persona y pensar que saldría adelante con éxito, pero aquella mujer confundía sus sentidos y lo subyugaba sin remedio.

Con la boca entreabierta notó cómo se le secaba la garganta en un inútil intento de tragar saliva. Ella se humedeció los dedos y le recorrió los labios.

—Blanca…

—Chist.

Después repitió la operación con la lengua y, notando cómo se estremecía, lo cogió de la mano y lo llevó a un sitio apartado. Sin más palabras, se descubrió la cabeza para deshacer la trenza rubia que le caía por las espaldas. Ante los ojos relucientes de Jaume, se liberó del cinturón que le ceñía la túnica y puso al alcance de las manos temblorosas de su amante el vestido abrochado por detrás. Como incapaz de ejercer ningún control sobre su voluntad, el mercader acarició el hombro que quedó al descubierto delante de él.

Después, todo se precipitó. Hicieron el amor enfebrecidos, como si en cada beso les fuera la vida. Sobre la hierba, ajenos a todo, embriagados de saliva, mezclando flujos y lágrimas, se diluyeron y volvieron a perfilarse el uno en el otro con límites quebradizos. Saciados del deseo que los había unido una vez más, se quedaron en silencio largamente, dejando que el sol los acompañara en su huida del mundo.