Capítulo 9

Barcelona, 1344

La playa de Barcelona olía a cera y a pólvora. El gélido viento de diciembre agitaba los centenares de antorchas que se habían reunido en el lugar mucho antes del amanecer. El terral levantaba también historias antiguas entre la multitud que se había congregado para dar la bienvenida a su soberano. La conquista de Mallorca ya era una realidad, el rey Jaume había sido hecho prisionero y el ejército del rey de Aragón regresaba a casa victorioso.

Poco a poco se fue dibujando en el horizonte el límite entre el mar y el cielo, mientras la ciudad se entregaba a la esperanza de una nueva época. Los concejeros habían enviado a sus alguaciles a visitar a los altos cargos de cada oficio a fin de contar con su ayuda en la celebración que se llevaría a cabo, incluido el solemne desfile para el que todo estaba dispuesto.

Al descubrir las galeras en alta mar, un toque de trompeta dio el aviso y los guardias ocuparon el barrio de la Ribera con la intención de poner orden. La gente que se empujaba por conseguir un lugar privilegiado y entre los concurrentes hubo más de una pelea. Pero cuando el rey desembarcó en Barcelona, todos los conflictos se dejaron atrás. Bailes y música estallaron en un día dichoso que prometía ser el último de un período de hambre y guerras.

La familia Miravall solo tenía ojos para buscar a Abelard entre las barcas que conducían a los jóvenes soldados hasta la playa. Algunos de ellos debían ser transportados en litera, otros traían la cabeza vendada o caminaban con la ayuda de improvisadas muletas. Alèxia iba de un lado a otro, como si hubiera enloquecido, mirando a diestro y siniestro, sintiendo en las sienes los latidos de su corazón. Finalmente le pareció reconocerlo y, a codazos y empellones, se abrió paso entre el gentío.

—¡Abelard, Abelard! —gritó, poniéndose de puntillas para verlo mejor.

El joven levantó la mirada, pero nada en su rostro ni en su actitud podía hacer pensar que la reconocía.

—¡Abelard, estoy aquí! —insistió Alèxia, convencida de que no había reparado en ella.

Como si se tratara de un perro perdido, el hijo del mercader recorrió a tientas la distancia que los separaba. Estaba más delgado y su cabello rubio parecía de esparto, pero no fue eso lo que conmovió a su hermana. ¿Qué se había hecho de aquellos ojos que cambiaban de color según la intensidad del cielo? ¿Dónde estaban el brillo y la curiosidad con que miraba el mundo? Sin dudarlo, Alèxia lo abrazó largamente. Él la dejó hacer, pero no abandonó en ningún momento el fardo que llevaba bajo el brazo.

—¡Vamos! ¡Papá y Narcís se mueren de ganas de verte! ¡Todos han querido venir a darte la bienvenida! —exclamó la muchacha, mientras le mostraba al grupo de amigos y conocidos, entre los que se encontraban Pere Ballart, Bernat y su familia, y también Esteve y Tomás.

Ninguno de ellos tuvo la sensación de encontrarse ante aquel joven que había partido a la guerra hacía solo unos meses.

—Está cansado. Necesita reposo —dijo Alèxia en un intento de excusar la actitud de su hermano—. Vamos a casa, Sara ha preparado una sopa capaz de resucitar a un muerto.

—No puedo —fueron sus primeras palabras.

—¿Cómo dices? —preguntó su padre, mirándolo de arriba abajo en busca de una explicación.

—Tengo algo muy importante que hacer —dijo por toda respuesta; mientras tanto, apretaba contra su pecho el bulto que llevaba entre los brazos.

Todos permanecieron a la espera de una aclaración que no llegó nunca. Inmóviles, contemplaron a Abelard perderse entre la gente.

—¡Papá, haz algo! —imploró Alèxia.

Pero Jaume Miravall, pálido como la cera, parecía ajeno a sus súplicas.

—¿Es que nadie hará nada? —preguntó la muchacha a gritos, interpelando a quienes la rodeaban.

Después, con una expresión desesperada en los ojos, levantó la vista hasta la torre Nueva. Recorrió, inquieta, sus paredes, repasó las aberturas y, al finalizar el examen, bufó ruidosamente en un gesto de alivio. No había nadie al acecho. Esta vez, las almenas y las ventanas permanecían vacías.

Sin abrir la boca, Narcís corrió al encuentro de su hermano. Cuando estuvo cerca, le puso la mano en el hombro y le dijo, con dulzura:

—Sea lo que sea lo que tengas que hacer, mañana será otro día. Por favor, Alèxia lo ha preparado todo…

—No, Narcís. Esto no puede esperar.

Los dos jóvenes se miraron por un instante y Abelard, apartándose de Narcís, prosiguió su camino en dirección al Born.

El joven mercader tuvo que dar un rodeo para poder acceder a la calle Monteada. En la calle Flassaders, solo una pareja de viejos seguía tejiendo mantas, ajena a la gresca general. Abelard los contempló durante un momento. Sus manos, en otros tiempos hábiles, se movían a tientas.

—¿Vosotros no habéis ido a recibir al rey?

El anciano se incorporó con dificultad. Un gesto de dolor acompañó el movimiento hasta encontrar una postura que le permitiera descubrir a aquel que le hablaba. Después sonrió con una tristeza resignada.

—Se llevó a nuestro hijo; era todo cuanto teníamos.

Abelard estuvo tentado de preguntarle el nombre del muchacho, pues quizá lo conociera, pero el viejo volvió a la faena como si fuera la única manera de calmar el dolor. Con un nudo en la garganta, el hijo del mercader los dejó atrás. Recordaba la muerte de algunos de sus compañeros, las escenas de violencia que aún lo despertaban por las noches, los gritos de auxilio y el miedo, el miedo que los hacía avanzar o retroceder según las órdenes de su capitán.

Vio a Blanca de Ciará asomada a la ventana. Se había negado a formar parte de la ceremonia. La calle casi había recobrado su aspecto ordinario cuando advirtió la presencia de Abelard. Por un instante sintió el impulso de refugiarse en su casa, pero él levantó la cabeza y buscó sus ojos. No podía ocultarse por más tiempo.

—¡Dios mío! —exclamó la mujer sin mover un solo músculo.

El hijo del mercader se detuvo delante de la puerta y, de nuevo, levantó la vista hasta interpelarla con un silencio cargado de significado.

Blanca corrió a recibirlo. Por el camino se persignó un par de veces y pidió a la Virgen que le diera fuerzas para abrir aquella puerta y mantener la serenidad. Por fin se encontraron cara a cara. No había odio en los ojos de Abelard, ni tan solo su actitud era de reproche. Solo un abismo preñado de sufrimiento que provocaba compasión. De manera pausada, él le ofreció el presente que llevaba bajo el brazo. Lo hizo con respeto, como si se tratara de un acto solemne.

—Pero… —murmuró Blanca, antes de añadir—: Pasa, por favor…

Abelard la siguió hasta la sala, en silencio. Aceptó sentarse en un banco justo delante del suyo y repitió el gesto iniciado en el portal.

—Me dijo que te lo hiciera llegar —explicó con un hilo de voz, un momento antes de bajar la mirada.

Blanca, sin entender de qué se trataba, deshizo aquel fardo. Las pertenencias de su difunto esposo, Gonçal de Llória, aparecieron ante sus ojos. Sin saber qué hacer, y con las manos temblorosas, esperó una explicación que no llegaba.

—Abelard, no sé qué decirte. No entiendo por qué…

—Él lo sabía. No sé cómo, ni desde cuándo, pero al encontrarnos en la galera no tuve ninguna duda. Los primeros días no nos perdíamos de vista. Lo odiaba. Sé que no tenía nada que ver, que no tenía ninguna culpa… Pero odiaba todo lo que tuviera algo que ver con mi desgracia, contigo, con mi padre…

Un llanto silencioso y contenido acompañaba, desde muy cerca, las palabras de Abelard. La miró como quien no se atreve a hablar, y prosiguió…

—Me salvó la vida.

—¿Cómo dices? —A Blanca aquella respuesta le pareció del todo imposible.

—Iba a caballo. A veces avanzaba y retrocedía para tenerme vigilado. Yo le rehuía. Aquel día nos atacaron por detrás, no los oímos llegar. Habría podido ponerse a cubierto o marcharse con los demás jinetes, pero no lo hizo… —Abelard hizo una pausa, tragó saliva y continuó recordando en voz alta—: ¡Corre! Me ordenó. Cogió impulso y se lanzó encima de ellos al galope. Era un blanco fácil, estaba solo, no tenía ninguna posibilidad de escapar. Lo vi caer.

El hijo del mercader miró a Blanca como pidiéndole perdón.

—Lo siento —añadió.

La mujer se estremeció y sintió frío, mucho frío. Un helor que nacía de dentro.

—Lo fuimos a buscar, pero no pudimos hacer nada por salvarle la vida. Antes de morir me pidió que te dijera cuánto le habría agradado que las cosas fueran de otra manera, quería que supieras cómo te amaba.

Abelard bajó solo las escaleras hasta llegar a la puerta de entrada de la casa. Nunca hubiera imaginado que el primer encuentro con su madre sería en estas circunstancias. Sentía que el viento seguía golpeando todo lo que encontraba a su paso, pero a él no le parecía que formara parte del cuerpo que habitaba.