Capítulo 11

Tortosa, abril de 1333

La espera que Jaume Miravall y Anton tuvieron que soportar en Tortosa fue extremadamente fatigosa. Durante el día recorrían la ciudad descubriendo sus rincones más secretos y por la noche intentaban sobrevivir en el hostal de la Grassa. El tiempo fue cambiando y el sol de invierno que lucía las primeras jornadas dio paso a una brisa más ventosa que obligaba a los puenteros a velar día y noche por la estabilidad del puente de barcas.

Los hombres de Joan de Torroella los rondaban y el mercader les preguntó varias veces si tenían algún mensaje de su amo. Le agradaba perderse por las zonas más deprimidas de la ciudad y entrar en contacto con sus habitantes, que a menudo vivían con grandes dificultades. Especialmente fascinante le resultó la disposición de la aljama, el barrio judío nacido a extramuros a raíz de la conquista de Tortosa por los cristianos. Olía a almizcle y clavo, y en sus calles la vida se hacía sentir, con los colores llamativos que se veían en las tiendas o la paz espiritual que mostraban sus habitantes.

Pero también disfrutaba de la Tortosa cristiana, que vivía a un ritmo diferente; siempre atareada, pero capaz de beneficiarse de las situaciones más inverosímiles. A veces le daban ganas de aconsejar a los mendigos, que ansiaban cualquier cosa que aliviara su condición, pero lo detenía sentirse forastero, las miradas de desconfianza que recibía, los murmullos que él y Anton dejaban a su paso.

Jaume recordaba a menudo a Ibrahim e intentaba aplicar a la espera la sabiduría que había atesorado durante las visitas a su amigo librero. Llevaba siempre consigo el libro de Marco Polo, temeroso de dejarlo en la habitación del hostal, donde cualquiera podía entrar. Aquel escritor viajero le hablaba de mundos que nunca se hubiera permitido soñar. Quería tener su oportunidad y, a pesar de que sabía que Tortosa era un paso adelante en sus objetivos, le parecía que estaba perdiendo el tiempo, que no era nadie entre aquellas gentes que, por lo visto, lo ignoraban.

El refugio escogido era la catedral. El mercader pasaba mucho tiempo admirando aquella construcción, siempre después de que Anton echara un vistazo al interior para asegurarse de que no había ningún peligro. Según Torroella, tenía los días contados porque iban a edificar una más acorde con los nuevos tiempos. Pero a Jaume le agradaban sus proporciones modestas, las señales que aún conservaba de una época dura y llena de esperanzas, aunque también injusta por lo que había supuesto para las comunidades no cristianas de la ciudad.

Durante aquellos días de espera solo un episodio rompió la monotonía cotidiana.

Tuvo lugar durante uno de los paseos que el mercader daba por el puerto fluvial. Se oyeron gritos provenientes del extremo de puente de la ribera derecha y todos los que trabajaban en la playa comenzaron a recoger las herramientas que tenían esparcidas junto al río. Alguien gritó que venían los madereros y también Jaume imaginó que el puente de barcas se abriría para dejar paso a los troncos; una buena ocasión para contemplar una vez más cómo se materializaba aquel prodigio ideado por el hombre.

Pero, lejos de iniciarse la operación que llevaría el puente contra la ribera izquierda, alguien hizo señales indicando que no se realizaría. Jaume, sorprendido y curioso, deshizo el camino hasta donde lo esperaba Anton y los dos siguieron a los tortosinos a través de la pasarela.

—¿Qué está pasando? —preguntó a un hombre mayor que solía ver por la zona.

—¿Sois forastero? —le espetó el viejo como si fuera una condición que lo haría enmudecer, pero lo miró a los ojos y continuó—: Son los madereros que bajan de los Pirineos, hombres muy valientes. Siempre alguno se deja la vida en cada viaje y sus historias agradan a todo el mundo. Por eso sale tanta gente a recibirlos.

Era cierto. El portal de Tamarit no era lo bastante amplio para todos los que querían atravesarlo y acceder al puente. Los guardias, que sin duda conocían los riesgos, se mostraban inflexibles y no dejaban que la pasarela quedara obstruida por la multitud.

El espectáculo era digno de verse. Los hombres bajaban el río montados sobre las maderadas y controlando que los troncos no se estrellaran contra las barcas. Las cuatro maderadas que venían Ebro abajo fueron dirigidas por los madereros hacia la ribera derecha, justo hacia el recodo que había antes de la cabeza del puente. Jaume los contempló boquiabierto, incapaz de entender cómo podían soportar el frío y el fuerte viento que soplaba, pero su interlocutor amplió su explicación.

—Son troncos de haya, y los madereros son de la Pobla de Segur; ya han bajado otras veces. Deben de haber hecho el descenso por el Noguera Pallaresa y después por el Segre hasta nuestro río. Es un viaje muy largo que puede durar más de un mes, y eso si no hay contratiempos.

—Resulta increíble —dijo el mercader, admirado por la pericia de aquellos hombres—. ¿Y decís que siempre hay algún accidente?

—Bastante a menudo, sobre todo en los recodos del Noguera Pallaresa, donde el agua puede bajar demasiado rápido para controlar las maderadas. Pero son hombres duros y con mucha experiencia.

Jaume observó los gestos de aquellos madereros que parecían bailar sobre los troncos haciendo gala de un equilibrio inverosímil si no fuera porque lo veías con tus propios ojos. Cuando los guardias permitieron que la gente pasara a la ribera derecha y pudieron observar de cerca las maderadas, se fijó que los troncos no iban sujetos con cuerdas, como había pensado en un principio.

—Las maderadas se unen con mimbre o varillas de avellano. Debe ser un material muy flexible para que resista las continuas sacudidas del viaje —explicó el viejo mientras el mercader comenzaba a albergar una sospecha.

—¿Vos sois maderero?

—Lo fui. Un maderero debe tener la pericia y la valentía de la juventud y la fuerza de un hombre. Yo solo soy un viejo que en otro tiempo…

—Pero sin duda sabéis mucho de madera, y de las maneras más adecuadas para bajarla de los Pirineos.

—Eso no lo negaré. Fueron treinta y cinco años muy duros y vi todo lo que se puede ver en el oficio. Una vez volcó la maderada que bajaba delante de nosotros y murieron cuatro hombres, aplastados por los troncos. Fue espantoso.

—¿Os agradaría comer algo con nosotros? —propuso Jaume, incluyendo con un gesto a Anton, quien no acababa de tener claro para qué necesitaban la compañía de aquel viejo que olía a meados.

—Bien, comer gratis siempre es bueno. Porque supongo que me invitáis, ¿no es así?

Jaume Miravall cogió al hombre del brazo y lo condujo por el puente hasta el interior de la ciudad. Era consciente de que se perdería las historias de los madereros, pero sin duda irían de boca en boca y no se hablaría de otra cosa en los próximos días. Además, la conversación con Emigdi Febrer resultaría muy útil para sus propósitos.

Uno de los hombres de Torroella fue a visitarlos al día siguiente de la llegada de los madereros. Era el que se había mostrado más comunicativo durante el trayecto a las salinas y Jaume quiso invitarlo a comer, pero no aceptó.

—Es mejor que marchemos antes de que cambien de opinión —dijo.

—Ha costado mucho que se decidieran, visto el tiempo que llevamos esperando.

El hombre lo miró inexpresivamente, pero Jaume sabía lo que estaba pensando y, además, le agradecía su sinceridad. Llevaban diez días varados en Tortosa y ya tenía la sensación de que nunca habría una respuesta. Dejaron a medio comer el guiso de cerdo que les habían dado en el hostal y Anton puso cara de alivio.

Jaume había tenido ocasión de conocer bien a su hombre de confianza durante aquella estancia y, en verdad, se sentía incómodo. Anton daba la impresión de ser un buenazo, pero cuando convivías con él podía llegar a inquietarte. Siempre tenía una actitud alerta, como si el mundo entero se pudiera volver en su contra en cualquier momento, y no sentía demasiada curiosidad por aquello que lo rodeaba.

Aun así, el mercader pensó que esta vez no podía dejarlo fuera; a pesar de sus defectos, había sido un ayudante fiel y celoso de su seguridad.

Los tres hombres se dirigieron hacia el convento de Santa Clara. Había un buen grupo de guardias en la puerta, como si allí se hubieran reunido todos los nobles de la ciudad. Cuando llegaron al refectorio, Jaume comprobó que así era. Había unas veinte personas que, al verlos entrar, se apartaron para hacer un pasillo central que conducía hasta Joan de Torroella. Laiseka no estaba con él, aunque pronto lo distinguió entre los presentes.

—¡Bienvenido a esta reunión de amigos! —dijo su anfitrión y lanzó una mirada recelosa a Anton.

—Espero que tengáis una respuesta —respondió Jaume sin preámbulos—. Mis negocios no me permitirán quedarme mucho más tiempo en la ciudad, aunque me encuentro a gusto.

—¡Lo celebro! ¡Lo celebro! —Torroella fue hasta el banco e invitó al mercader a sentarse; los presentes esperaban expectantes, como si fueran cortesanos ante la presencia real.

—¿Habéis considerado nuestra propuesta? He tenido ocasión de asistir a la llegada de los madereros de los Pirineos. Por lo que me han explicado, hay grandes extensiones de hayas que resultarían muy útiles para nuestra empresa. Pensamos, pues, que os hacemos una buena oferta…

—¡Lo sería si no viniera directamente del rey y no fuera un engaño! —gritó alguien entre los asistentes.

Jaume Miravall vio cómo Anton se acercaba aún más. Todo el mundo parecía indignado. Jaume pensó que habían descubierto la artimaña y, de alguna manera, entendió su malestar. Había sido una equivocación desde el principio. Ahora se trataba de reconducir la oferta, si le daban ocasión. Se levantó para dirigirse a los presentes, aunque la mayor parte del tiempo miraba a Torroella.

—No hay ningún engaño —dijo, intentando mostrar su convencimiento—. Gonçal Cervello y yo mismo somos los únicos responsables de este negocio. El hecho de que después la madera se venda en la ciudad de Barcelona no cambia las cosas; por lo que sé ya tenéis un compromiso previo para proveer a la armada real. Solo se trata de ir más allá, pero de manera que todos nos beneficiemos.

—¡Un compromiso que nos queréis arrancar a la fuerza! ¿Qué beneficios sacamos nosotros de estas guerras? El Mediterráneo debería ser un mar tranquilo, donde se pudiera comerciar sin temor —dijo otro de los cortesanos arremolinados a su alrededor.

—¿Me permitís poner en duda vuestro argumento? Porque cuál sería entonces vuestra propuesta, ¿que nos dejáramos robar y matar por los genoveses? —Jaume decidió jugar fuerte—. Tortosa siempre ha sido una ciudad comercial privilegiada. Tiene, pues, sus obligaciones, y el rey quiere favorecerla…

—¿Qué os estáis guardando, mercader? —inquirió Torroella sin mirarlo, pendiente de la reacción de sus acólitos—. ¡Quizás aún no nos lo habéis dicho todo!

—¡Es un engaño! —gritaron de nuevo, mientras Anton se pegaba a Jaume.

—Si llegamos a un acuerdo, el rey está dispuesto a favorecer el comercio de la sal en Tortosa. —Jaume lo proclamó mirando a todos los presentes, pues intuía que tenían mucho que decir en aquel asunto—. Ya sabéis que las salinas de Cerdeña podrían inundar de sal nuestro reino, pero no sería así si se las grava con un impuesto que, naturalmente, no tributaría vuestra sal. Es una gran oportunidad.

—Por lo que entiendo —comenzó Torroella pidiendo silencio con la mano levantada—, venís en nombre propio, pero traéis propuestas del mismo rey. Habéis mentido, pues, y no parece la mejor manera de comenzar una relación comercial, ¿no os parece?

Jaume calló. El tortosino tenía razón y se arrepintió de haber llevado las cosas de aquella manera. Era una lección que no debía olvidar, pero el círculo se cerraba cada vez más. Torroella parecía dudar sobre la mejor respuesta y todo el mundo estaba demasiado concentrado en su figura para percatarse de que alguien avanzaba entre los congregados.

—¡Nos habéis mentido! ¡Eso es lo que cuenta!

Era Laiseka, que salió del grupo para lanzarse sobre el mercader, pero este lo evitó dando un paso atrás y solo notó cómo sus manos lo rozaban sin poder cogerlo. Entonces todo se precipitó. Anton se puso en el lugar donde un momento antes estaba Jaume con tanta destreza que nadie tuvo tiempo de prever las consecuencias.

Solo Jaume podía haber intuido qué pasaría en una situación semejante, aunque no quería creerlo.

El socio de Joan de Torroella cambió de repente su mirada. Ya no intentaba acercarse, ni tenía fuerzas para huir de su destino. La vida se marchó de sus ojos y el cuerpo perdió la tensión que lo mantenía erguido. Todo el mundo advirtió demasiado tarde que Laiseka estaba herido de muerte y que el puñal de Anton había penetrado con fuerza en su corazón.

Jaume pensó que estaban perdidos. Le dio miedo la reacción de aquellos hombres, y más aún la del mercader tortosino, que estaba obligado a dar una respuesta a aquel crimen a sangre fría en sus dominios. Era una cuestión de autoridad y Jaume se preguntó cómo lo habría resuelto él mismo. Algunos hombres los retuvieron con decisión mientras Torroella cogía la cabeza de su socio agonizante.

Jaume miró a Anton y no encontró arrepentimiento en sus ojos. Le devolvió una mirada orgullosa, como si solo hubiera cumplido con su deber de proteger a su señor. Se dijo que solo un milagro impediría que aquellos hombres no acabaran con ellos en justa venganza por el engaño y el asesinato de Laiseka. Pero de pronto se sorprendió al ver un rostro inesperado.

—¡Dejad libre a Jaume Miravall! —gritó el obispo Joaquim Horts mientras se abría paso entre los presentes—. Este mercader es un hombre de honor y no es responsable de la acción desmesurada de su ayudante.

—Quizá tengáis razón, obispo Horts, pero han quitado una vida, la de mi amigo Laiseka —respondió indignado Torroella, sin falta el respeto debido al cargo del religioso.

—Debéis ser prudentes. El mercader tiene inmunidad, como emisario real que es.

—Lo habéis dicho muy bien, pero esta muerte merece un castigo ejemplar. —Torroella no estaba dispuesto a ceder.

El obispo cogió del brazo a Jaume y lo condujo a una esquina. Ninguno de los presentes oyó lo que hablaban, pero sí percibieron cómo los ojos del mercader se volvían horrorizados hacia Anton, que seguía retenido por varios hombres.

—Ya os lo podéis llevar —dijo Torroella al conocer los resultados de la conversación—. Será juzgado en nuestra ciudad, y que Dios le ayude a sobrellevar su castigo, que espero sea ejemplar.

Anton se revolvió con todas sus fuerzas, pero eran muchos y no logró zafarse. Cruzó su mirada con la de Jaume, que intentó transmitirle su pesar y que no podía hacer nada. El obispo había ofrecido su cabeza como condición indispensable para que el mercader saliese bien librado.

Jaume pensó a toda prisa, buscando alguna manera de convencerlos de que todo había sido un accidente, pero sabía que no era verdad, que Anton guardaba algo en el fondo de su corazón que lo abocaba a la violencia, que lo hacía convivir con la muerte.

Aunque sabía que no había escapatoria, imaginó cómo le pediría al rey un perdón especial para su hombre. No obstante, en el fondo sintió que su proceder no había sido el correcto, que Anton no era la compañía más adecuada para aquella empresa. Y él era el único responsable.

—Si me permitís, mercader… —dijo Torroella, y quizás era la ocasión de pedir clemencia—. Os quería decir que aceptamos vuestra propuesta, que trataremos de atender los intereses del rey si es que él está tan decidido a velar por los nuestros.

Jaume se quedó sin habla. Quizá debería haberle dado un puñetazo a aquel hombre que había provocado una muerte y un sacrificio con sus falsas reticencias, pero la sorpresa fue tan fuerte que el rechazo a todo lo que había pasado lo paralizó.

—Tranquilícese, Miravall —dijo con autoridad el obispo Horts—. He sido testigo de los hechos ocurridos entre estos muros y os ayudaré ante el rey, pero mientras tanto hemos conseguido lo que queríamos. No podemos hacer más.

—No descansaré hasta que Anton esté libre.

—Lo sé, mercader, pero debe aprender a esperar el momento oportuno, y este desde luego no lo es.

Jaume dirigió una última mirada a la puerta por donde se habían llevado a su hombre, pero ya nadie parecía pensar en él. Comentaban en grupo la muerte de Laiseka y las consecuencias que tendría para la ciudad. En aquel instante, la madre priora entró acompañada por otras monjas con bandejas de comida. Entre todas las viandas, también figuraban los pasteles con relleno de naranja.