Capítulo 3

Sitges, otoño de 1339

-No te amé como merecías y no supe estar contigo para ayudarte a bien morir. Perdóname, Elvira.

Unos momentos antes de ser expuesta a la vista de todos, Jaume Miravall se despidió de su mujer con esas palabras. No hacía mucho que el sacerdote de la villa había incensado a la difunta y la había rociado con agua bendita. Era la ceremonia del perdón.

Poco después, unas mujeres ya la habían perfumado y cubierto con una sábana de lino inmaculado. A las puertas del castillo hacía frío, pero el dolor que sentían era mucho más intenso. El solemne cortejo se puso en marcha para recorrer con lentitud el trayecto hasta aquella iglesia que miraba al mar. En las rocas, las gaviotas habían esperado expectantes su llegada, hasta que, levantando el vuelo, decidieron hacerle compañía, como si fueran banderas blancas que le rindieran un último homenaje. De repente quedaron suspendidas en el aire y graznaron en un tono bajo y armónico, muy distinto de sus graznidos habituales.

Las misas y plegarias para la salvación del alma de Elvira duraron tres días. El mercader ofrecía comida a los pobres que se acercaban para llorarla, los escuchaba y les agradecía sus atenciones. Los Miravall habían dejado una buena impresión en la visita anterior y todo el mundo quería aproximarse a Elvira para darle un último saludo. El altar de la iglesia estaba rebosante de cirios que se reflejaban en los muros encalados y otorgaban un aspecto angelical a aquella mujer de facciones suaves y manos delicadas.

En el castillo todo eran idas y venidas de mayores y jóvenes, mujeres y niños. Se había convertido en la casa de todos. Llevaban fruta de los campos cercanos, verduras de los huertos, preparaban comida que ninguno de los Miravall tenía fuerzas para probar. Pero esa era su manera de despedirse, una manera donde no faltaba la alegría, incluso cierto aire festivo. Las exequias fúnebres eran tan diferentes de las de Barcelona que Jaume se sentía incómodo, aunque nunca se le habría ocurrido impedirlas. Los comentarios sobre la bondad y las virtudes de Elvira corrían de boca en boca, y nadie dudaba de que las puertas del cielo se abrirían de par en par ante su presencia.

Alèxia se mostraba ausente y, siempre que podía, delegaba sus deberes en manos de los esclavos o se excusaba alegando una indisposición. Rehuía hablar con su padre y con Abelard. Solo Narcís podía acercarse a ella sin encontrar un rechazo manifiesto.

—Hermana, a ella no le habría agradado verte así. La muerte es el paso a una vida mejor. No sufras, mamá cuidará de nosotros desde el cielo.

—Lo sé, lo sé —repuso sin convicción.

—Recuerda todos los momentos felices a su lado. Las canciones que nos enseñaba de pequeños, las historias que nos contaba…

—Nunca podré olvidar esas cosas, pero sé que no fui una buena hija, Narcís.

—¡Cómo puedes decir eso! ¡No es cierto! ¡Me niego a admitirlo! ¡Te quería mucho!

—Me agradaría volver atrás, tener la oportunidad de parecer— me más a la hija que ella quería tener. ¡Dura tan poco nuestro paso por este mundo! Le di muchos disgustos, y no los merecía.

—¡Y muchas alegrías, Alèxia! ¿Por qué no las cuentas? Siempre somos injustos al juzgarnos. Es verdad que a veces vuestra relación era como la del perro y el gato, pero eso no tiene nada que ver. Mamá te quería y tuviste la suerte de poder despedirte de ella. No todo el mundo pudo hacerlo y… No sé, si me encontrara en ese trance querría tener a alguien al lado que me cogiera la mano, como hiciste tú hasta el último momento.

Alèxia no respondió. Sentada en la cama donde su madre había pasado a mejor vida ya no tenía fuerzas ni para llorar. De buena gana le habría hablado de aquellas palabras finales de su madre, que la hacían sentir culpable, pero no reunió el ánimo necesario para hacerlo. Solo quería marcharse, que se acabara de una vez aquel alboroto. Que todo el mundo volviera a su casa y terminaran las celebraciones. Quería marcharse muy lejos. Huir más allá del mar, quizás hacia la añorada Cefalú, que se había convertido en motivo de sus sueños, olvidar a Abelard para siempre y comenzar una nueva vida.

Pero enseguida le venía a la cabeza un pensamiento contradictorio, como si alguien le dijera al oído que era una Miravall y estaba obligada a realizar sus sueños en el seno de su familia. Así le habría agradado a Elvira, estaba segura.

En la madrugada del cuarto día todo estaba dispuesto para regresar a casa. También lo harían por mar y Alèxia no sabía si podría soportarlo. El último viaje de Elvira se llevaría a término en un laúd cubierto de flores y rodeado de cirios y antorchas. Su palidez y el afinamiento de sus facciones recordaban una figura de cera. Algunas personas habían bajado a la playa y dejaban pisadas de todas las medidas en la arena, pero el silencio era absoluto. El mar también había amanecido con una extraña quietud, tal vez sabedor del papel especial que le tocaba desempeñar.

La hija del mercader esperaba allí donde las olas lamían la arena; su rostro se reflejaba en las aguas cristalinas y en calma. Habría querido besarlas para agradecer su buena disposición para el viaje. Le parecía un mar diferente del que había visto hasta entonces, un mar con corazón humano que los protegería hasta Barcelona.

Tampoco ella era la misma. Su mirada había perdido la tendencia natural a la alegría. Abelard lo comprobó cuando se encontraron cara a cara en la barcaza que seguía la estela del laúd. Jaume viajaba al costado del cuerpo de Elvira, parecía su sombra y posiblemente, en aquellos instantes, se habría podido convertir en ella. Mientras tanto, Narcís tomaba conciencia de cómo su familia se fragmentaba, sin saber cómo ponerle remedio.

La vela de la pequeña embarcación fúnebre ondeaba sobre la piel del mar como una gaviota más, blanca y triste. Poco a poco los olores de la villa se desvanecieron, como también el tañido de las campanas de la iglesia de Sitges.

El sol llegó a su cénit y lentamente volvió a descender hasta desaparecer detrás de las montañas, embelleciéndolas con un resplandor dorado. Su trayectoria modificaba la apariencia del mar, ora azul, ora verde, brillante o de un gris metálico. A ojos de sus huéspedes, a veces se mostraba sensual, en una sugerente danza esmeralda de rumor hipnótico.

Alèxia se humedecía los labios, impregnados de aquella salobridad persistente. Navegar casi a ras del mar la hacía sentir insignificante, estar a merced de las olas era una experiencia de humildad. Muy distinto de mirarlas desde arriba, como hacía en los dos grandes barcos en que había transcurrido su aventura.

Poco a poco el horizonte se fue borrando y todo se convirtió en una masa informe y opaca. La humedad y luego el frío se instalaron en los miembros de la familia; menos en Elvira, que yacía imperturbable.

Abelard observaba a Alèxia arrebujada en una manta de lana y apoyada en su hermano. Se sintió extrañamente extranjero, tristemente excluido sin saber los motivos. Narcís intuía aquel malestar, algo se le escapaba, estaba seguro. Quizá para romper el silencio que los rodeaba inició una conversación.

—Si pudiéramos vernos desde el cielo, pareceríamos una procesión de luciérnagas.

—No se me había ocurrido… Podrías pintar un cuadro con ese motivo —comentó Abelard.

—Sí. Quizás un día lo pinte, pero no sé si sabré transmitir tanta tristeza, y el frío… —Narcís no supo interpretar si las palabras de Abelard eran en realidad un reproche.

En la playa de Barcelona se había concentrado mucha gente para recibir al amanecer a los Miravall. Los estibadores y los barqueros se adentraban en el mar para guiar las barcas hasta la arena. Elvira sería conducida en comitiva hasta la catedral a hombros de Jaume, sus dos hijos, Bernat y Pere. Los seguiría un nutrido grupo de pobres indigentes con antorchas y paños verdes para la ocasión. Ciudadanos, nobles y mendigos se mezclaban bajo el mismo dolor. A pesar de todo, Jaume echó en falta a algunas de las principales autoridades de la ciudad.

Oculto entre la gente, también Mateu hizo acto de presencia.

Nadie reconoció a aquella figura grotesca y encorvada bajo una capucha que le ocultaba el rostro. El panadero se alejó después de hacerse la señal de la cruz sobre el pecho.

Las mujeres se acercaban a Alèxia para darle el pésame, pero ella tenía la sensación de ser de corcho. Iba de unos brazos a otros sin sentir su calor, respondía a las preguntas de manera mecánica y, de vez en cuando, levantaba la vista sin ver. Solo el abrazo de Tomás la sacó del letargo en que se refugiaba del dolor.

—He traído un perfume, el mejor. Maceré pétalos de rosa y violetas, mezclados con astillas de sándalo destiladas. Lo hice con agua de lluvia y reposó bajo la luna llena. Es para tu madre, Alexia.

El verde acuoso de aquellos ojos la conmovió. Cogió el presente y, juntos, lo vertieron sobre las ropas de la difunta. Después, como si una extraña presencia la llamara, Alèxia dirigió la mirada hacia la torre Nueva. Entonces ya no tuvo ninguna duda: era ella, Blanca de Ciará. ¿Quién si no ella podría ser la madre de Abelard? Y, de no ser así, ¿por qué adoptaba aquella postura orgullosa, casi de triunfo? Pero ¿cómo se atrevía? Alèxia volvió a la vida de la mano del odio y la rabia. La miró desafiante, retándola. No bajó la cabeza hasta que su padre, ajeno a lo que sucedía, requirió su presencia. Tampoco la mujer de la torre reculó un solo paso. El duelo estaba servido.

Cuando el séquito pasó por delante de la iglesia de Santa María del Mar un extraño silencio sacudió a Alèxia. Miró alrededor sin percibir aquel sonido familiar. ¿Por qué nadie golpeaba las piedras? ¿Por qué hoy los martillos no acompañaban el latido de su corazón furioso y dolorido, cuando tanto los necesitaba? Paseó la mirada por las piedras que dormitaban en el suelo, como si también a ellas la vida les hubiera sido arrebatada sin permiso.

Al llegar a la catedral los sorprendió la presencia de autoridades, tanto civiles como religiosas. Elvira era la mujer de uno de los mercaderes más ricos e importantes de la ciudad y sería enterrada a cubierto del claustro, un privilegio con el que nunca habría soñado el día que llegó a Barcelona. Pero la suntuosidad de los preparativos y aquel desfile de personajes ilustres los turbó. Cuando ante sus ojos apareció la reina Elisenda, que ya era viuda y vivía retirada en el monasterio de Pedralbes, acompañada por el mismísimo rey Pere, Jaume no se lo podía creer.

—Dios ha querido que hoy coincidieran dos entierros, Jaume —dijo Bernat a su amigo.

—¿Cómo…?

—No te he dicho nada porque pensé que no era el momento.

—Pero…

—Ya estaba todo previsto.

—¿De qué hablas?

—Hoy es el día de una ceremonia muy importante: el traslado de los restos de santa Eulalia a su nuevo sarcófago. Se hará después del entierro de Elvira…

A Alèxia le pareció una incongruencia. No tenía ninguna duda: aquel hecho no era fruto de la casualidad. Pero ¿cuál era el mensaje?

Después de dar sepultura a su madre, volvió al centro de la catedral. Estaba llena a rebosar. Apoyada sobre cuatro columnas descansaba el féretro blanco. No pudo acercarse demasiado a los despojos de santa Eulalia, pero oyó que un conocido artesano había esculpido en las paredes las escenas de su martirio.

De golpe, la hija del mercader recordó aquel paseo ya distante en el tiempo junto a su madre. Entonces aún era una niña y dependía totalmente de ella. Aquella historia que le había contado Elvira, su propia curiosidad por las explicaciones que se iban desgranando con dulzura… ¡Le pareció todo tan lejano!