Capítulo 3
«Señores, emperadores y reyes, duques y marqueses, condes, caballeros y burgueses, y todos aquellos que queráis conocer las diversas razas de los hombres y la variedad de las diversas regiones del mundo y ser informados de sus usos y costumbres, coged este libro y hacedlo leer…». Así comenzaba Descripción del mundo, el libro que Ibrahim le había dejado con la promesa de que allí encontraría una perspectiva diferente de las cosas. Después de leer los primeros capítulos con devoción y perplejidad creciente, se encontraba en aquel que Marco Polo había titulado «Cómo la plegaria del cristiano hizo mover la montaña», con el reconocimiento de los sarracenos hacia la grandeza de Dios. Jaume dudaba si aquellas páginas hablaban desde la locura o si, en verdad, la fuerza de su religión era capaz de semejantes proezas.
En todo caso, agradecía el gesto del judío. Aquel libro renovaba su aspiración de ver nuevas tierras, de sentir el pulso de otras maneras de vivir, uno de los sueños que siempre había albergado sin atreverse demasiado a compartirlos con nadie.
Se encontraba en casa, aprovechando que Elvira disfrutaba de su obrador, que Abelard y Narcís no andaban por allí y que Sara se había llevado a Alèxia a hacer unos recados. Pero el silencio apabullante que reinaba fue interrumpido por unos golpes en la puerta principal. Alguien tocaba la aldaba y, por la fuerza que aplicaba, debía de ser importante.
La sorpresa de encontrarse con el criado de Cervello apagó un poco su enojo. Siempre disfrutaba de las visitas a su amigo, pero parecía que esta vez la reunión sería más formal que de costumbre. Dijo al hombre que esperara y regresó al piso de arriba un momento para ocultar el libro de Ibrahim. A pesar de lo interesante que le estaba resultando, tenía serias dudas de que aquella lectura se pudiera difundir a los cuatro vientos.
Su amistad con Cervello se había basado desde el comienzo en la confianza y la admiración. A lo largo de los años la habían afianzado, en buena medida gracias a la estima que los dos profesaban a los libros. Este era su punto de encuentro. El noble les dedicaba la vida, dejando en manos de sus subordinados el control de la casa, y al mercader lo ayudaban en uno de sus anhelos más personales, convertirse en un hombre culto, alguien capaz de aprovechar sus oportunidades.
Cada vez era más consciente de que si quería crecer necesitaba desarrollarse en dos ámbitos diametralmente opuestos: por un lado, continuar con su empeño de formar a los hombres más aptos que encontraba entre los mendigos; por el otro, acentuar las relaciones con la nobleza local y, si todo iba bien, con la Casa Real. Solo así lograría hacer realidad su sueño de poseer una empresa capaz de llevar a término grandes viajes por el Mediterráneo. Pero no era este su futuro inmediato. De momento no estaba destinado a surcar los mares emulando a los grandes mercaderes que admiraba. Su amigo lo había llamado por un asunto muy diferente, no para hablar de libros o presumir de su última adquisición.
Un poco entumecido por las horas que llevaba leyendo, le costó seguir los pasos del criado, pero vivían cerca y pronto llegaron a la casa de los Cervello. El patio estaba abierto y todos prescindieron de las formalidades. En cuanto oyó sus voces, el noble bajó la escalera presuroso, sin la actitud distendida y campechana que le era habitual. Se veía de lejos que no sería una más de sus reuniones amistosas.
—¡Siempre me complace que vuelvas a esta casa, mercader!
—Me habéis llamado y sabéis que estoy a vuestra disposición —respondió Jaume, a quien no le pasó por alto que el noble no lo llamó por su nombre.
—El asunto que tenemos que tratar es muy importante y creo que la sala de armas es el lugar más adecuado. ¿Te importa?
—En absoluto. Pero ¿se puede saber el porqué de tanta urgencia? No es vuestro estilo, si me permitís.
—Enseguida lo verás.
Cervello presidió el camino a través de la casa hasta la sala de armas. Jaume ya la conocía, pero para él era una estancia más que a veces atravesaban en dirección a otras habitaciones. Solo al llegar vio que había más invitados: dos hombres sentados a la gran mesa, uno de los cuales se dedicaba a examinar una pila de papeles; el otro solo esperaba, cómodamente arrellanado en su butaca.
—Te presento a Joaquim Horts, obispo de Tortosa y enviado del rey Alfons, y a su secretario, el padre Ignasi Sant.
El mercader se sorprendió, en parte porque ninguno de los dos vestía como un hombre de Iglesia, pero mantuvo la compostura y saludó ceremoniosamente al enviado real. El cura de los papeles solo levantó un instante la vista y volvió a concentrarse en su tarea.
—Bien, Jaume, he de decirte que, por petición expresa del obispo Horts, no es necesario que sigamos ningún tipo de protocolo. Se trata de ir al grano, dado que la empresa que nos convoca es urgente y compleja. Si tienes a bien sentarte, te pondremos al corriente.
—Tenéis toda mi atención —respondió el mercader y se sentó equidistante entre los enviados reales y su amigo.
Joaquim Horts se levantó con cierta dificultad. Miró a Cervello como si requiriese su permiso y luego se volvió hacia el mercader. De momento, se limitó a rascarse la barbilla como buscando las palabras adecuadas, que parecían escurrírsele. Por fin dijo:
—Jaume Miravall, ¿verdad? Mercader de la ciudad de Barcelona, un pequeño mercader, si hemos de ser fieles a la verdad, pero con amigos poderosos, como nuestro anfitrión…
Si el enviado real hizo una pausa esperando una respuesta de su interlocutor, le salió mal. Seré pequeño como mercader, se dijo Jaume sin perder su postura atenta y respetuosa, pero no tendréis ninguna queja de mí como ciudadano. Por la expresión del obispo tampoco pudo adivinar si su silencio le complacía.
—Amigos —continuó Horts— que le han señalado como la persona más indicada para llevar a término un encargo real que yo calificaría de delicado. Cervello opina que sois, además de un hombre responsable, un mercader educado e inteligente. Me temo que necesitaréis ambas cualidades para la misión que os será encomendada. Si es que la aceptáis, claro.
El noble miró a Jaume. Sus ojos decían que, a pesar de la opción que le ofrecía el obispo Horts, había que aceptar el deseo real, cualquiera fuese este.
—Servir al rey es una prioridad para mí —dijo Jaume y en respuesta solo recibió una mirada fugaz.
—Lo celebro —dijo Horts tras una pausa—. Ahora os explicaré las circunstancias. Como os supongo enterado, las naves genovesas se han propuesto impedir la llegada de cereales sardos y sicilianos a Cataluña, lo cual nos ha abocado a una carestía sin precedentes. El rey Alfons ha tenido que desplazar naves para proteger la ruta, pero estas estaban cumpliendo diversas misiones de apoyo y vigilancia en nuestros consulados del Mediterráneo oriental. Eso nos ha obligado a dividir la flota entre frentes muy diversos y alejados.
Jaume Miravall escuchaba con atención las palabras del enviado real, pero también tenía ojos para observar el rostro de su amigo. Cervello parecía ajeno a la conversación, pero de golpe volvía por breves instantes y, entonces, entornaba los ojos, tal como solía hacer cuando hablaba de negocios. Horts alargó su discurso con aquel estilo suyo imbuido de una lentitud exasperante.
—Dividir las fuerzas puede suponer un grave peligro, una ventaja para nuestros enemigos. Por eso necesitamos más barcos y, para construirlos, precisamos madera. Las atarazanas tienen muchos problemas últimamente para proveerse del tipo de madera adecuado para nuestras embarcaciones. Sí, no me miréis así.
Jaume pensó que no había cambiado nada en su mirada, pero pensó que solo guardando silencio llegarían alguna vez al final.
—Continuad, por favor. Os escuchamos con atención —rompió el hielo el señor de la casa.
—De acuerdo. La misión que queremos encomendaros es que encontréis la manera de suministrar madera a nuestras atarazanas.
Después de un análisis riguroso, hemos decidido que la mejor manera de hacerlo es a través del Ebro. Puedo aseguraros que río arriba existen bosques suficientes, con grandes árboles que serían perfectos para las naves reales.
—Si me permitís —intervino Jaume, que ya había escuchado bastante sin entender realmente cuál sería su papel en aquello. Al principio pensaba que se requerían sus servicios por su condición de mercader, pero ahora parecía un asunto de estado que iba más allá de sus posibilidades—. Me parece loable que el rey busque nuevos bosques para sus atarazanas, pero ¿cuál sería mi misión? Soy, como habéis dicho, un pequeño mercader de Barcelona, sin demasiados contactos en otros lugares, al menos de momento.
Cervello abandonó su actitud ausente y miró fijamente a Jaume. No parecía sorprendido por la reacción del mercader, más bien parecía indicarle con sus golpecitos en el hombro que iba por el buen camino. El enviado real lo escuchó con escasa atención y prosiguió.
—Ser un desconocido allí donde iréis será para vos y para nosotros una ventaja, Jaume Miravall. Si queremos traer madera del curso alto del Ebro, la salida natural es Tortosa, una ciudad que, a veces, parece querer regirse por sus propias normas. Nuestro anfitrión dice que sois una persona de diálogo, capaz de convencer a los muertos si es necesario. Si aceptáis, viajaréis al sur e intentaréis negociar con los hombres más influyentes de esa ciudad. No será fácil, pero dispondréis del dinero suficiente, ¡y de vuestra tan alabada pericia, claro!
Ahora que lo tuvo claro, Jaume pensó que sería mejor echarse atrás. Entendía que estaba en juego más que un gran negocio, sería la seguridad de todos en sus manos, una carga demasiado pesada para su escasa experiencia. Pero Cervello no le dio ocasión de retractarse.
—Si aceptas, Jaume, fundaremos una compañía en la cual yo seré tu socio y tú el encargado de negociar las condiciones con los tortosinos. No te oculto que será difícil, pero confío mucho en tu juicio y sé que saldrás adelante con éxito.
—¡Esperáis mucho de mí, señor! —A Jaume le sorprendió la propuesta del noble: ¡una compañía! Quizás era su oportunidad, el primer paso para ir más allá de Barcelona, y no podría tener un socio de mayor confianza.
—Como veo que queréis hablar entre vosotros —terció el enviado real—, creo que mi intervención en este acuerdo acaba aquí.
—Pero…
Cervello dirigió a Jaume una mirada furibunda, indicándole que el resto lo arreglarían entre ellos dos y que el mercader no tenía escapatoria.