Capítulo 8
Barcelona, 1344
Bernat pensaba que solo tomaría aquella decisión en una situación extrema, que era lo que había encontrado en casa de los Miravall. La ausencia de noticias sobre el destino de Abelard tenía sumido al mercader en un estado de parálisis que ponía en peligro el patrimonio de la familia. Ya únicamente vivía a la espera de algún indicio que le permitiera respirar de nuevo.
Al hacerse cargo de los asuntos más urgentes, Bernat se encontró inmerso en una serie de asuntos de los que entendía poco, pero su ayuda, del todo inesperada, consiguió despertar al mercader. Mientras su amigo hacía de intermediario, Jaume se limitaba a tomar las decisiones. Fue una salvación in extremis. La inteligencia natural de Bernat, aunque debía guardarse sus opiniones, más bien críticas, enderezó unas actividades que amenazaban con despeñarse.
—Antes de comprobar a qué te dedicas ahora, pensaba que te habías vuelto demasiado ambicioso, pero la verdad es que te has convertido en un usurero.
—Todo depende de lo que hagas después, amigo Bernat. Hay mucha gente humilde que ha podido encontrar una casa digna gracias a mis esfuerzos.
—No lo negaré, pero tú obtienes un buen beneficio de esos intercambios.
—También lo obtenía cuando era exclusivamente mercader.
Lo hacen Alèxia y Tomas con su negocio de perfumes. ¿También te quejas de eso?
—No creo que sea lo mismo. Ellos trabajan duro, igual que Pere al frente de la cuadrilla que organizaste y que has abandonado. Cada vez les cuesta más lograr que confíen en ellos. Te propusieron viajar a Cerdeña con otros mercaderes con la misión de llevar grano para alimentar a los soldados del rey; muchos otros han aceptado, ente ellos los Mitjavila; y tú solo tenías que decir que sí y dejarlo en manos de Pere Ballart. Pero ¡no quisiste ni hablar del asunto!
—Cuando vuelva Abelard se hará cargo de todo —respondió Jaime sin dejar de mirar por la ventana que mostraba un retazo de mar.
—¡Abelard! ¿Has pensado por un solo instante que podría no volver jamás? No quiero ser duro, pero ¿y si ha muerto o resultado herido…? Quizá ya no pueda volver a trabajar. Además, pienso que tienes una obligación con ellos. Tú los formaste y, a pesar de tu deriva, confían plenamente en ti.
Jaume se volvió de repente y avanzó hacia su amigo. Lo cogió por el cuello y lo mantuvo contra la pared. Bernat no hizo nada; entendía que se había propasado, que sus palabras podían ser injustas. La tensión marcada en el rostro del mercader acentuaba las arrugas que comenzaban a cercarle los ojos. En aquellos meses había envejecido.
—Si no supiera que quieres lo mejor para todos nosotros, yo… —La fuerza con que tenía cogido al herrero fue menguando y la tristeza veló sus ojos.
Bernat se marchó sin despedirse, pero, por su última mirada, el mercader tuvo la certeza de que todo aquello pasaría. Su lealtad estaba fuera de discusión. Mientras volvía a su observatorio, oyó voces en el patio. Supuso que su amigo se había arrepentido y volvía para abrazarlo y disculparse, así que se apresuró en bajar las escaleras antes de que él llegase arriba. Quería recibirlo como se merecía.
—¡Blanca! —exclamó al ver la figura que subía como contando los escalones.
—¡Hola, Jaume!
Le resultó inimaginable por qué había cometido aquella indiscreción, pero debía de tener sus motivos, quizá muy poderosos. La esperó con una inquietud creciente hasta que pudo conducirla a su escritorio y cerrar la puerta, por muy inconveniente que resultara. Al ver sus ojos enrojecidos, ya no se contuvo.
—¿Cómo es que has venido? ¿Y si te han seguido? —le dijo, aunque no era la pregunta que pasaba por su mente.
—Ya no importa, querido —respondió Blanca mientras se dejaba caer en el banco más próximo—. ¡Todo tiene un final! Mi marido ha muerto.
—¿Qué quieres decir? —El mercader se agachó a su lado y ella pensó que la abrazaría, solo esperaba dos palabras, hacía mucho tiempo que las esperaba.
—Hace un rato fue un capitán a darle la noticia a mi padre. Creo que al principio no supo cómo reaccionar y después me lo encontré llorando. ¡Me dijo que lo sentía mucho por mí! ¿Te imaginas?
Jaume no estaba preparado para tanta crueldad. Se levantó para recuperar su estatura y sirvió un vasito de licor de hierbas para Blanca. Ella no debía de saber nada, pero, no obstante, debía preguntárselo.
—¿Y Abelard? ¿No trajo ninguna noticia de Abelard?
—Jaume, el capitán habló con mi padre. Yo estaba muy cerca y lo supe todo desde el primer momento, pero no podía interrumpirlos; ya sabes lo que piensan de Abelard. Mi familia estaría feliz si hubiera muerto, aunque tampoco se han atrevido a preguntarlo…
—¿Y a ti? ¿No te importa saberlo?
—¡Jaume! ¡Eres injusto! Muy injusto —repitió Blanca mientras se llevaba las manos a la cara y rompía a llorar.
El mercader estaba tan confuso que se bebió el licor que había senado para ella. Solo pensaba en aquella palabra, en que la vida no era justa con él y aquella incertidumbre que lo carcomía era la prueba de ello. Quizá se trataba de la respuesta a sus pecados, la confirmación de que no se podía cuestionar la palabra de Dios.
—¡Vete, por favor!
—Pero Jaume…
—¡Vete! —gritó con una vehemencia que Blanca nunca había visto en aquel hombre al que consideraba tan diferente de los demás. Entonces bajó la voz y casi suplicó—: Quiero estar solo. ¿Es que no lo entiendes?
Miró fijamente a aquella mujer que tantas dudas le había provocado en otro tiempo. Los dos habían envejecido, pero ella aún irradiaba una luz cálida, a pesar de las lágrimas que anegaban sus ojos. Al mercader le dolía que hubiera venido a comunicarle su pérdida, pero sobre todo no poder consolarla. Se sentía como de corcho, incapaz de esponjarse. Encorvado, aspiró aquel aroma evanescente de jazmín y una tristeza profunda lo inundó. Era como un último aliento de vida, como el último espectro cálido antes del anochecer y, aun así, continuó inmóvil.
Habría bastado con asomarse a la ventana y comprobar cómo los pasos de Blanca se ralentizaban, cómo retardaba su marcha a la espera de la llamada que tanto anhelaba.
Ella miró por última vez aquella ventana vacía, una pequeña abertura sin respuesta, y arrastró su pena hasta desaparecer calle abajo.
Encerrado en la estancia donde se ocupaba de los negocios, aquel día Jaume no quiso comer, ni siquiera recibir a su hija. Alèxia llamó tres veces a la puerta, con insistencia creciente, pero, como otras veces, la respuesta de su padre la disuadió de volver a intentarlo.
Sobre la mesa tenía aquella carta que había comenzado días atrás, durante la visita de Pere Ballart. Le escribía al Santo Padre para explicarle con detalle los motivos por los cuales debía permitir la unión de Abelard y Alèxia. Movido por la desesperación, como si la solicitud pudiera salvaguardar la vida de su hijo, Jaume acabó de redactarla. A continuación ordenó a uno de sus hombres que la entregara al primer capitán que partiera hacia Roma.
Después se dijo que haría llamar a aquel monje que había aceptado su dinero para conseguir la dispensa papal sin ningún resultado. Jaume Miravall no podía ser engañado por aquellos que le debían obediencia.
—¿Hay alguna novedad? —dijo, inquieto, el hijo del herrero.
No era frecuente ver llegar a Alèxia al obrador de Bernat. Francesc continuó con su trabajo, forjando aquellas espadas que acabarían sirviendo a alguna causa. Él siempre esperaba que fuera justa, pero comenzaba a entender que las armas se hacían por voluntad de los hombres, no de Dios. La muchacha miró cómo introducía el hierro candente en el agua. Un vapor denso y un olor dulzón se extendieron por doquier.
—No lo sé, Francesc, no lo sé —dijo finalmente Alèxia—: Mi padre no se levanta de su escritorio, ni tampoco sale para comer. Hace dos días que la bandeja vuelve sin tocar a las cocinas. Algo no va bien…
—Si puedo ayudar… —dijo tímidamente el muchacho.
—Sara me ha dicho que tu padre lo ha visitado. ¿No te ha dicho nada?
El joven negó tristemente con la cabeza. Nada lo habría complacido más que ofrecer consuelo a aquella muchacha que tanto le gustaba. Alèxia bajó la cabeza y tragó saliva. Después, como si se tratara de una confidencia, dijo:
—A veces pienso que sabe algo de Abelard y no me lo quiere decir. ¿Tú crees que ha muerto?
Francesc dejó sobre el fuego la espada que estaba trabajando y se giró hacia la muchacha. La vio pálida y asustada. Pero ¿cómo podía responder a aquella pregunta?
—Estas cosas, si lo supiera realmente, no se pueden llevar en silencio. En tu caso, yo no sufriría demasiado. Abelard volverá, ¡ya lo verás! ¡Todo irá bien! —exclamó Francesc mientras le pasaba la mano por el hombro y pensaba qué triste podía resultar ser sincero.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¡Claro, lo que quieras! —A pesar de su disposición, las manos de Francesc comenzaron a temblar y el martillo no encontraba el punto justo en el hierro incandescente.
—¿Eres feliz? —preguntó Alèxia con un hilo de voz.
—¿Cómo dices?
—Perdona, quizá me meto donde no me toca. A veces pienso que no he sabido encontrar mi sitio. Y no solo eso, también que soy injusta con los que me rodean. ¡Me porté tan mal con Sança! La eché del obrador de mi madre, cuando había puesto en él toda su ilusión. De alguna manera, te admiro, Francesc. Siempre que paso por delante del obrador me detengo unos instantes a observarte, y no puedo evitar preguntarme por qué no puedo ser como tú. Haces que las cosas sean tan fáciles…
Francesc se ruborizó. Quería decirle que la admiración era mutua, pero sentía que no estaba a su altura. Le habría agradado que lo admirara por un motivo al que ya había renunciado. La espada adquiría un tono cada vez más rojo encima de la fragua y el muchacho solo fue capaz de decir:
—Tú has nacido para ser un ave de altura, Alexia. Hace tiempo que lo he entendido. No te basta con ser un gorrión y dar saltitos por la playa, ni con planear a ras de tierra. ¡No te satisface! A veces sientes vértigo y reculas, y te engañas, pero…
La hija del mercader lo miró con ternura y se lanzó a sus brazos. Con ojos llorosos, le dijo al oído:
—Gracias, amigo.
Los dos se esforzaron por conservar la compostura. Pasados unos instantes, Alèxia ya volvía a desplegar toda la energía que le era propia.
—Tengo una buena noticia, ¡casi me olvido! El rey Pere ha derogado la prohibición de comprar paños extranjeros. ¡Eso dará un poco de aire a los hombres de la cuadrilla! Cuando vuelva Abelard, haremos de nuevo negocios con Flandes y con… ¿De qué te ríes?
—¿Lo ves? ¡No podrías vivir enjaulada!
—¡Caramba, caramba! ¡Esto sí que es una sorpresa! —exclamó Bernat, que regresaba de entregar un pedido.
—He pensado que hacía muchos días que no pasaba por aquí. Veo que tenéis mucho trabajo —dijo la hija del mercader mirando en derredor.
—¡No lo acabaremos nunca! Lo que pasa es que ahora, con mi ayudante enfermo y los negocios de tu padre…
—Sé que nos estás ayudando, Bernat, y también quería darte las gracias.
—Jaume haría lo mismo por mí.
Alèxia quiso responder a las palabras del herrero, pero este se acercó a la fragua para ayudar a Francesc. De pronto, parecían haberse olvidado de ella, así que se despidió con un gesto de la mano al que ninguno de los dos respondió.
Desde la marcha de Abelard se sentía muy sola. Aunque el negocio de los perfumes la mantenía distraída, Tomás se mostraba cada vez más ambicioso y no soportaba que Alèxia se quedara a menudo mirando un horizonte inexistente mientras él intentaba concentrarse en el trabajo.
Continuó caminando hasta la puerta del almacén que Jaume había cedido a su antigua cuadrilla. Estaba cerrada y no se advertía ningún movimiento en el interior. Después de vacilar unos instantes, cogió una piedra del suelo y la lanzó contra la pared.
—¿Por qué no regresas, estúpido egoísta?
Al tomar conciencia de su arrebato miró a ambos lados de la calle. Unos chiquillos la miraban con condescendencia, sin duda la conocían. Ella les sacó la lengua e hizo el gesto de coger una piedra. Los niños salieron corriendo sin mirar atrás.