Capítulo 27

Alejandría, abril de 1335

Jaume Miravall dormitaba en la enorme cama de aquella lujosa prisión donde lo habían confinado. Durante tres días interminables había tenido bastante tiempo para pensar en su vida. Cada vez se sentía más culpable por los encuentros esporádicos que había tenido con Blanca, pero, sin embargo, el deseo de sentirla cerca, de oler su cuerpo con aroma de jazmín, de coger sus manos delicadas, se hacía más y más intenso.

Decidido a romper el letargo en que había caído su misión, se dirigió a la puerta para pedirle al guardia que llamara al ayudante del sultán. Pero en ese momento la puerta se abrió y la figura menuda de Urgi Huseifi entró en la estancia.

—¡Estáis de suerte! El sultán ha dado orden de que seáis conducido a su presencia.

—Os aseguro que estaba a punto de renunciar a ello —respondió con sinceridad el mercader.

—Los extranjeros sois muy impacientes. Por eso se os pasa la vida tan rápidamente.

Jaume no quiso discutir aquella sentencia, aunque tuvo ganas. No dudaba de que Huseifi fuera una persona inteligente, pero sus argumentos estaban equivocados, quizá porque quería hacer de ellos un decálogo que sirviese para todo el mundo.

Recorrieron un pasillo donde los estucados, más que esculpidos, parecían adornos que se podían poner y quitar, como cuando engalanas una sala para la fiesta de Navidad. Sentía miradas en los resquicios de las puertas y tuvo la sensación de que una mujer pasaba por detrás de él, para ocultarse de nuevo con sigilo.

Si hubiera sido un hombre impaciente, quizá no habrían sobrevivido al ataque de los piratas, ni habría esperado la decisión de los señores de Tortosa, ni el viaje a Valencia hubiera concluido con éxito. Pero quizás ahora Alèxia no se encontraría en un paradero desconocido para él, ni antes Anton habría quedado a merced de aquel mercader sin escrúpulos que hacía del negocio de la sal un motivo para la esclavitud.

Abdulshalib, sultán de Alejandría, lo esperaba en una silla adornada con piedras preciosas, más de las que Jaume había visto nunca. Era un hombre de apariencia frágil, pero su mirada se clavó con odio en el mercader catalán, como si su presencia significara un mal augurio.

—Podéis explicar al sultán vuestras pretensiones —dijo Urgi Huseifi, mientras depositaba en el suelo la jaula con el gerifalte.

—No tengo pretensiones. Estoy aquí para hacer negocios con el gran Abdulshalib, negocios beneficiosos para ambos, además de para nuestros respectivos pueblos, claro.

—La facultad de favorecer a su pueblo solo la tiene el sultán. Por lo demás, ya le he informado de que los piratas liberaron a muchos gerifaltes y, por lo visto, vuestro presente ha quedado muy reducido.

—No creo que al gran sultán de Alejandría le preocupen unos cuantos gerifaltes, teniendo en cuenta que estoy hablando de coral, espejos y tejidos finos. He venido a ofrecerle mercancías difíciles de conseguir.

—¿Y qué querrías a cambio? —dijo Urgi Huseifi mientras el sultán se distraía con el gerifalte.

—Vuestro sultán sabe qué importante es para mi rey recuperar las reliquias de santa Bárbara. Querríamos saber cuál es su precio, así como el de un cautivo, un buen amigo encarcelado injustamente, el mercader Joan de Serret —aventuró Jaume, utilizando sus maneras directas y sin pelos en la lengua. También estaba molesto porque la presencia del sultán no parecía ayudar en nada a la negociación—. Si se trataba de hablar con vos, quizá no hacía falta tenerme tres días encerrado.

—Ya me ha dicho Urgi que sois impaciente, Jaume Miravall —intervino el sultán sin demasiada energía y sin soltar al gerifalte—, y no sé qué os hace pensar que nos interesan vuestras mercancías.

—El gran Abdulshalib conoce la destreza de los herreros catalanes y su pericia en forjar armas de una calidad muy superior a las suyas.

Jaume tuvo la sensación de que había ido demasiado lejos, pero arriesgarse ya era parte de su manera de hacer. El hierro de las minas de Aragón era envidiado en Oriente, y aún más cuando se comprobaba su templanza al medirse con las armas sarracenas. Nadie podía negar esa afirmación.

El sultán dejó el gerifalte en la jaula con toda la parsimonia del mundo y después hizo una señal a Huseifi. Este se retiró unos pasos atrás mientras los guardias se acercaban a Jaume, como si aquellos movimientos formaran parte de un ritual rutinario.

—Gracias —dijo Jaume cuando le quitaron las ligaduras—. No es fácil para un hombre libre ver limitados sus movimientos.

Abdulshalib le señaló los peldaños que los separaban y se sentó en el más alto. Jaume creyó prudente escoger el más bajo. La conversación que siguió fue casi un monólogo que el mercader explicaría muchas veces en el futuro, pero siempre de manera diferente.

La perplejidad de Abelard ante los hechos acontecidos en la prisión se trocó en confusión. No esperaba que los padres mercedarios se llevaran como rehén al guardia que habían reducido, ni que no tuvieran ninguna piedad con los cautivos. Pero sobre todo le confundía no haber encontrado a su padre por ninguna parte; el padre Serafí no había querido ni oír hablar de seguir buscando en otras celdas. Incluso lo había mirado a los ojos antes de esbozar una sonrisa y espetarle:

—¡Aquí no encontraremos a tu padre, muchacho!

Abelard se sintió engañado y utilizado, pero de poco le servía ahora esa constatación. Optó por el silencio, aunque henchido de menosprecio hacia la actitud del mercedario. Poco después, uno de los monjes ocupaba el lugar de Joan de Serret.

De vuelta al barco, el padre Serafí intentó explicarle las razones de aquella extraña decisión. El padre Clos se había preparado espiritualmente para el sacrificio, y la sincera y piadosa felicidad con que se había despedido de sus compañeros en ningún caso era fingida.

A partir de entonces Abelard desconfió de los mercedarios y veía engaño en cada uno de sus actos. Nada más regresar al barco, se apostó en el castillo de proa para vigilar la puerta de la muralla por donde se había marchado su padre, esperando verlo aparecer.

Los monjes se dieron prisa en ultimar sus planes. Con la ayuda del carpintero de a bordo, ocultaron a Joan de Serret en una estancia falsa y solo deseaban zarpar lo antes posible. Pero aún no se sabía nada del mercader y Abelard estaba cada vez más convencido de que le había pasado algo.

Al día siguiente de su incursión a las catacumbas de la ciudad, un rayo de esperanza se reflejó en los ojos del muchacho. Apenas habían comenzado las actividades en el muelle cuando un desfile de porteadores y carruajes, bien protegidos por los guardias del sultán, comenzaron a salir por la puerta que Abelard había convertido en objeto de su vigilancia.

El joven los escudriñó intentando distinguir a Jaume. Al no lograrlo, abandonó el castillo de proa y corrió hacia la pasarela, dispuesto a bajar al muelle y buscarlo entre la gente, pero comenzaba a temerse que sería en vano. Si estuviera allí, su padre lo habría visto asomado al castillo de proa y le habría hecho una seña o alertado con un grito.

De pronto, vio que aquel personaje con quien Jaime había partido rumbo al palacio del sultán hablaba con el padre Serafí en la pasarela. El joven pensó que Huseifi quizá sospechaba algo, pero no era fácil que descubrieran la desaparición de Joan de Serret. El mercedario que lo había suplantado llevaba meses sin afeitarse y, además, no debían de recibir muchas visitas en aquella mazmorra.

—Jaume Miravall ha acordado con el sultán que nos llevemos la carga del barco a cambio de las mercancías que veis —informó Urgi Huseifi al padre Serafí, y a continuación le preguntó—: Por casualidad, ¿sois monje? No tenéis aspecto de marino.

—El señor Serafí Vernet es un socio de Jaume Miravall —terció Abelard con toda la seguridad de la que fue capaz, mientras el mercedario lo miraba con aparente indiferencia.

—Sea, pues. Bien, será mejor que vuestros tripulantes vayan descargando los sacos en los muelles y hacer el intercambio.

La propuesta parecía de lo más sensata. El padre Serafí se marchó después de comprobar que el joven se las arreglaba muy bien con el sarraceno, pero Abelard aún se guardaba una pregunta.

—No veo a Jaume Miravall —dijo mirando a Huseifi—. ¿Quizás aún negocia con el sultán?

—El señor Miravall ha pedido permiso para visitar la isla de Faros. Al parecer le apetecía admirar los restos de nuestro espléndido faro. Lástima que los terremotos hayan destruido un bien tan preciado para nuestro país. No obstante, el sultán ha prometido a su pueblo que volverá a reconstruirlo en todo su esplendor.

Abelard respiró aliviado. Pensó que su padre se había dejado llevar por un excesivo sentimentalismo. En vez de volver para informar cómo habían ido las negociaciones, si había conseguido las reliquias de santa Bárbara o la liberación de Joan de Serret, se iba a contemplar unas ruinas.

—¿Os encargáis de todo, Serafí?

—Claro que sí, pero ¿tú qué harás?

—Quisiera ir a buscar a mi padre.

Urgi Huseifi le proporcionó un par de hombres para acompañarlo hasta la isla, mientras el padre Serafí y el resto de los monjes se dispusieron a proteger con su vida, si fuera necesario, el escondite de Joan de Serret en la Sant Climent.

Todo iba bien, se dijo Abelard, pero aquellos mercedarios eran capaces de marcharse sin Jaume si él no le ponía remedio.

El mercader había caminado por el espigón que unía el puerto de Alejandría con su legendario faro, situado en la cercana isla de Faros. Recordaba que Ibrahim le había mostrado una imagen que, a simple vista, parecía fruto de los delirios de un loco.

—Entiendo tus dudas, mercader, pero el faro era real, lo fue hasta hace muy poco, y todo el mundo aseguraba que era una de las construcciones más impresionantes del mundo.

Ante los restos del faro, Jaume tuvo que reconocer que sus dimensiones debían de haber sido extraordinarias. La base de la torre aún se conservaba, atravesada por una grieta enorme, como si un rayo hubiera cruzado sus paredes para herirlo de muerte. Al llegar al pie de la escalera de acceso, se sintió pequeño, muy pequeño, y constató que, como decía su amigo librero, solo la existencia de un Dios podía explicar tanta grandeza.

Un Dios a quien él, Jaume Miravall, mercader de la ciudad de Barcelona, había fallado estrepitosamente. Él, que se llenaba la boca hablando de honor, no había sido capaz de cumplir con la promesa de rescatar al prisionero cristiano. Le había costado tanto acceder a la escalera que se sentó en uno de los primeros peldaños. Se sentía cansado y decepcionado, pero no se trataba solo de la incertidumbre pasada en el palacio del sultán, ni del espanto vivido en alta mar por culpa de los piratas. Jaume ya no se sentía tan joven como años atrás, no experimentaba cada día aquella fuerza interior que lo había llevado a sacar adelante un negocio de la nada, y a combatir la desidia de los más desfavorecidos dándoles nuevos motivos para vivir.

Se dijo que no era tan viejo, pero había vivido mucho, y muy intensamente. Debía sentirse satisfecho por lo que había conseguido, por sus hijos, por una mujer que había sabido acompañarlo… También tuvo un pensamiento para Blanca de Ciará. Había tenido la suerte de conocerla, de experimentar lo que podía haber sido una vida diferente, aunque lo avergonzara haber traicionado sus creencias.

Un poco recuperado, continuó subiendo las piedras que antaño habían conformado el grandioso monumento. Quería llegar lo más alto posible, como si fuera la penitencia que exigían sus pecados.

No había cumplido su promesa y Joan de Serret se quedaría para siempre en la prisión de Topka; pagaría muy cara su pretensión de combatir a los sarracenos. Jaume creía con firmeza en la fe cristiana, pero el viaje por mar y la contemplación de aquella ciudad y sus habitantes le habían hecho pensar que lo que predicaba la Iglesia era demasiado simple.

También aquellas gentes tenían una vida. Eran vidas que los cristianos se habían propuesto segar en nombre de Dios, sin tener en cuenta sus opiniones, ni a sus hijos, ni las tradiciones de sus antepasados. La guerra no tenía sentido, era contraria a la vida que el Señor nos había concedido.

A pesar de estos pensamientos, la profunda religiosidad que Jaume había heredado de sus padres le hacía sentir el fracaso como una gran derrota. Un fracaso aún más hiriente en el caso de las reliquias de la santa. El sultán le había dado su visto bueno para hacer lo que quisiera, pero también le había advertido que deberían viajar al interior y atravesar tierras de feroces guerreros si querían recuperarlas. Jaume no disponía de hombres para emprender semejante incursión, por lo que la buena disposición de Abdulshalib no era más que otro engaño para demostrar una falsa amistad.

Subió con grandes dificultades hasta lo más alto del derruido faro. La vista era espléndida. El espigón que conectaba la isla de Faros con la ciudad parecía una serpiente surcando las aguas y, al fondo, despuntaban los minaretes y el palacio del sultán. También creyó distinguir su barco, donde Abelard y los tripulantes debían de esperar su regreso, quizá contentos de ver que los tratos comerciales se habían alcanzado. Felices de contemplar la enorme carga de azúcar esponjado, cincuenta veces más valioso que la miel, la pimienta o el jengibre.

—¿Qué pensarán los mercedarios cuando se enteren de que no he podido hacer nada por Joan de Serret? ¡Ni siquiera la oferta de intercambiarlo por algunos monjes ha movido la piedad del sultán!

El mercader pensaba en voz alta, pero el viento batía con fuerza entre las piedras. Tanto era así que, hasta entonces, no había oído una voz que lo llamaba desde la escalera. Era Abelard, que no entendía cómo había conseguido Jaume subir hasta lo más alto de aquellas ruinas. Él intentó el ascenso por diversos puntos, pero no encontraba el atajo adecuado. Finalmente le gritó con todas sus fuerzas.

Su grito viajó entre el rompecabezas imposible que formaban los restos de la edificación y llegó, por fin, hasta Jaume. No le costó distinguir a su hijo encima de una gran piedra a los pies de la torre. Pensó en bajar para reunirse con él, pero cambió de opinión y le indicó por señas que siguiera el camino que él había utilizado.

Poco después, Abelard se reunía con el mercader. Llegó sin resuello y frotándose las manos lastimadas por las aristas de las piedras, pero exhibiendo una sonrisa que Jaume tendría que borrar con sus noticias.

—¡Hace mucho que te esperamos en el barco! —dijo el joven, sin ocultar la extrañeza que le provocaba su comportamiento.

—Sí, lo siento, pero no quería marcharme sin venir a este sitio.

—De habérmelo dicho te habría acompañado…

—Lo sé, lo sé. Eres un buen muchacho, y estoy muy feliz de haberte traído en este viaje.

Aquella confesión inesperada conmovió a Abelard. Dirigió su mirada hacia el mar y sintió una acuciante necesidad de contarle a Jaume lo que habían hecho, pero no sabía cómo.

—Si no volvemos al barco, alguien puede sospechar —dijo al fin.

—¿Quieres decir que ya se ha hecho el intercambio de mercancías? Aún tenemos tiempo. Me alegro de que hayas tomado la iniciativa de buscarme. Así te llevarás tú también esta maravillosa visión.

Jaume abrió los brazos para mostrarle lo que consideraba un regalo del Señor, aquella ciudad que la arrogante Iglesia calificaba de nido de víboras y cueva de infieles era toda una belleza. Después lo hizo sentar y le puso la mano en un hombro.

—Debo decirte algo. No me ha sido posible conseguir la libertad de Joan de Serret…

—¿El sultán se ha negado a negociar su libertad? —preguntó Abelard con una mirada luminosa.

—Sí, Abelard, tendremos que volver sin él, y no sé cómo se lo tomará el rey. Pero lo más importante es que no sé cómo me lo haré perdonar yo, hijo.

—¡No debes preocuparte! ¡Esta vez yo lo he hecho por ti! Como tantas veces me has dicho: confía.

El mercader miró a su hijo con sorpresa y desconfianza. ¿Qué había querido decir? El joven le metió prisa para regresar y ambos bajaron de las ruinas, sin que Abelard soltara prenda de por dónde iba aquella adivinanza.

Jaume tuvo la sensación de que el muchacho había cogido las riendas, y pensó que no le desagradaba.