Capítulo 1
Barcelona, primavera de 1338
La paz reinaba en las calles de Barcelona. Las hilachas de niebla que habían entrado durante la noche por la fachada marítima eran como un bálsamo para sus cansados habitantes. Poco importaba que algunas gotas comenzaran a salpicar el suelo, la lluvia necesitaba dejar constancia de su presencia y dormir parecía la única opción posible después de la fiesta.
El casamiento del rey con María de Navarra había hecho olvidar las circunstancias adversas que vivía la ciudad, liberando los postergados deseos de esparcimiento de sus habitantes. Incluso Elvira, siempre muy mesurada, se había dejado arrastrar por la alegría de su entorno.
Pero el nuevo día se presentaba diferente. La suciedad se acumulaba en los rincones del barrio de la Ribera, junto con gente que no había tenido fuerzas para regresar a su casa. Este no era el caso de la mujer del mercader, que se había hecho acompañar por Pere Ballart, ante la imposibilidad de apartar a Jaume de sus hombres.
—Entiéndelo, Elvira, no tienen demasiadas oportunidades de celebrar nada, y a mí hace tiempo que no me tienen cerca como antes.
Quizá Jaume tenía razón. Tras el regreso de Alejandría, la situación de los Miravall había cambiado. Todo el mundo quería trabajar con el mercader y le invitaban a las fiestas reales, además de pedirle consejo para resolver los problemas de la ciudad. Elvira ya no tenía competencia como sombrerera y todas las damas se afanaban por lucir sus sombreros, pero aún le duraba la sorpresa por lo que había pasado con Margarida.
Miró por la ventana, replegada sobre sí misma en la cama desierta, y se dijo que aquel cielo gris no merecía que se esforzara por levantarse temprano. Pensaba a menudo en su hermana, de quien solo había recibido una nota en tres años. En ella le contaba que era feliz con Pietro Paladio, y que Cefalú y su gente la habían acogido con tanta estima y respeto que no se arrepentía de haber abandonado a Mateu.
Quizá nunca había sido el hombre adecuado para Margarida, pero era su marido y ella lo había traicionado. Ahora Elvira no volvería a verla. ¿Cómo podría su hermana enfrentarse a las consecuencias de sus actos? Imposible volver. De hacerlo, la justicia la dejaría en manos de su marido para que este fuera el verdugo que le impusiera la pena por sus pecados.
Además, la preocupaba otra cosa. ¿Era lícito buscar la felicidad fuera de las normas que Dios nos imponía? El propio Jaume lo había hecho, al menos una vez, y su unión no se había tambaleado, pero durante un tiempo la había llenado de incertidumbre.
Respecto a Abelard, quizás había llegado a odiarlo en algún momento, pero ahora se sentía feliz con el muchacho. Ya era un Miravall. El chico amaba su trabajo y adoraba a su padre; a veces, cuando lo veía dando órdenes entre la pandilla de mendigos, no podía evitar una sonrisa. Elvira ya se había vengado al salvar la vida a Dalmau Ciará, demostrándole que, aunque fuera momentáneamente, también un noble como él podía necesitar la ayuda de una plebeya.
Mientras pensaba, de vez en cuando asomaba la nariz fuera de la manta y se decía que no perjudicaba a nadie quedándose un rato más en la cama. Sabía que Jaume tenía una cita en la plaza de la Llana para ver un palacete. Era la actividad que más satisfacía al mercader en los últimos tiempos, comprar y vender, hacerse con casas nobles que después reformaba y alquilaba a los numerosos recién llegados a Barcelona.
Las conversaciones con su amigo Bernat, algunas de ellas en presencia de Elvira, no habían conseguido que Jaume volviera a unos quehaceres más modestos. Aquel triunfo en Alejandría y la amistad de los poderosos le había hecho olvidar buena parte de sus ilusiones iniciales.
—No abandono a nadie, Elvira. Abelard está encantado asumiendo mis funciones y ya no necesito a Bernat. El sabrá si quiere continuar con su miserable herrería. Sé que podré ayudar mucho más a la gente que quiero si nos hacemos muy ricos.
¿Quería ser rica? De hecho, por las conversaciones que escuchaba entre Jaume y sus socios, ya lo era, pero su vida no había cambiado. Esperaba con paciencia la llegada de su marido para sentir su calor. Los días pasaban muy rápido, ocupada en el taller, con la obligación de atender las continuas visitas de las mujeres más importantes de Barcelona, siempre un poco sorprendidas por su modestia.
La nobleza de la ciudad había celebrado con creces el casamiento del rey, y Elvira estaba segura de que aquella mañana no recibiría demasiadas visitas. Sança, la hija de Bernat, la ayudaba con entusiasmo, y Sara se había convertido en una costurera muy útil, dejando las faenas de la casa en manos de otros criados. Solo la actitud de Alèxia la hacía sufrir. Desde que Pietro Paladio la había traído sana y salva de su aventura, la muchacha no parecía encontrar su sitio.
Elvira se había entusiasmado durante unos días al ver que el hijo del herrero, Francesc, la miraba con buenos ojos, pero Alèxia no tenía el mismo interés. Los intereses de su hija se centraban en las idas y venidas de Abelard y en la compañía de un niño que Jaume había adoptado, uno más, como miembro de su extensa familia de mendigos.
Era una lástima. A la mujer del mercader, Francesc le parecía un buen muchacho, y su padre se iba consolidando entre los mejores herreros de Barcelona, un trabajo honorable que, tal y como ella lo veía, estaba más próximo a la modestia propia de un buen cristiano.
Se removió en la cama, ya incómoda por mucho que deseara prolongar su estancia entre aquellas sábanas de lino que Jaume había traído de Alejandría. Le agradaba holgazanear un poco, pero siempre acababa pensando demasiado en todo el mundo. Hacía dos días que no veía a Narcís, quien ya prácticamente vivía en el taller de Ferrer Bassa y le importaba poco el día a día de su familia. La última locura de su hijo era aquel viaje que el pintor le había propuesto.
—Iremos a Florencia… —repetía siempre Narcís—. Bassa tiene muchas ganas de ver el Campanile de Giotto y dice que será muy útil para mi educación.
De pronto, Elvira oyó unas pisadas que conocía bien. Se había acostumbrado a esperar la llegada de Sança cada día y las habría reconocido entre miles. La muchacha se presentaba puntual al trabajo, también aquella mañana en que a Barcelona le costaba despertar.
—¿Puedo pasar? —preguntó aquel tesoro de niña después de llamar suavemente a la puerta.
—Claro que sí, cariño, espera un momento que te abro. Ya me sorprendía que no vinieras… —mintió Elvira mientras se levantaba al vuelo y se cubría con la bata que usaba en el taller.
Sança traía un bol de leche que había ordeñado de las cabras de su casa. Después de dejarlo en la mesa, se sentó junto a la cama.
—No hace un buen día, pero a nosotras no nos afectará, ¿verdad?
—No, pequeña, tenemos mucha suerte de ser unos artesanos que trabajan a cubierto, no todos pueden hacer lo mismo —respondió Elvira apoyándose en la pared.
—¿Te encuentras bien? —preguntó la muchacha con aire inocente.
—Sí, solo necesito beberme esta leche tan rica que me has traído. Seguro que me sentiré mejor.
Sança sonrió. Su madre era cada vez más dura con ella; por el contrario, la mujer del mercader la trataba como si fuera una muchacha mayor y siempre le explicaba historias de cuando era joven y vivía en Reus.
Pero esta vez Elvira no se sintió reconfortada con la leche. Se llevó la mano a la boca y salió corriendo mientras la pequeña aprendiza jugueteaba con el sombrero que se había hecho ella misma.
—¡Qué ganas tenía de encontrar violetas, Tomás! —exclamó Alèxia al contemplar las menudas flores junto al camino.
—Así comenzó todo. ¡Ya hace cerca de cuatro años y aún me hago cruces! ¡Si supieras cuántos días pasé sentado en la arena esperando que el barco de tu padre se perfilara en el horizonte!
—¿Y nunca temiste que se olvidara de tu cajita?
—¡Ni por un momento!
—Vaya. ¿Cómo podías estar tan seguro? Tenía asuntos muy importantes que resolver…
—¡Te equivocas! Este también lo era. Él era el señor de los mendigos, eso lo sabía todo el mundo. Yo lo admiraba; también tu padre había comenzado de la nada.
—¡Pero no te imaginabas que te traería la madera de sándalo, eh! —repuso Alèxia mirando los ojos verdes de aquel granuja; Tomás ya tenía once años y unas ganas enormes de hacerse un sitio en la sociedad de la que había sido excluido cruelmente.
—Nunca lo olvidaré, Alèxia. La playa parecía un hormiguero, todo el mundo quería acercarse a él, preguntarle por la suerte de las pequeñas o grandes fortunas que habían depositado en sus manos.
—Yo también lo recuerdo, Tomás. Cuando dieron la noticia no nos resultó fácil llegar a las Tasques. ¡Bernat abría paso a mi madre, que temblaba como una hoja! Cuando por fin abracé a mi padre y Abelard supe cuánto los quería.
—¡Jaume Miravall es un gran hombre! Yo no conocí a mis padres…
—¡Seguro que estarían orgullosos de ti, amigo!
—A veces sueño que… —Tomás hizo una pausa, como si no se atreviera a contar sus intimidades.
—¿Qué sueñas? —preguntó la muchacha.
—Me da un poco de vergüenza…
—¡Todos soñamos! Unos lo cuentan y otros no, pero todos soñamos alguna vez. —Alèxia también hizo una pausa antes de continuar—. Los que no lo hacen… están muertos, por mucho que respiren.
—Sueño que nuestros perfumes suben tan alto que mi madre los puede oler y ríe, esté donde esté, ríe feliz.
La muchacha sintió un nudo en la garganta. Aquel bribonzuelo de ojos claros trabajaba duro y tenía un olfato prodigioso para los perfumes. Había comenzado con las olorosas maderas de sándalo provenientes de la India y el polvo de almizcle de Arabia que Jaume le había traído a cambio de las violetas. No tenía alambique, ni conocía demasiado el proceso de extracción de las esencias, pero cogía flores que después prensaba, sumergía en calderas, maceraba y obtenía mezclas que vendía por las calles. Todo fue diferente a partir de que dispuso de aquellos productos exóticos y preciados, y de las tres monedas de oro que le dio el mercader.
—Sé que harás un buen uso de ellas —le dijo Jaume, y él sintió que el cielo se le abría con las palabras de aquel hombre de pelo cada vez más blanco.
Los primeros tres días los pasó en su cubil. De vez en cuando, abría su bolsa y olía su tesoro hasta marearse. Después se dirigió a la calle Especiers. Se plantó delante de una tienda que regentaba el boticario Guillem Metge, pero no se atrevió a entrar. Repitió la operación durante muchos días hasta que lo echaron de malas maneras, temiendo que intentara robarles. Fue entonces cuando Alèxia se cruzó en su camino, conocedora de la historia.
—Me parece que tú y yo podemos hacer grandes cosas —le dijo tras presentarse—. Pero ¡iremos a medias, eh!
Rodeados por la miseria que azotaba Barcelona, nacía otra sociedad. ¿Tal vez la tercera generación de mendigos que plantaría cara a su triste destino? La hija del mercader sonreía al recordar aquellos primeros intentos, la búsqueda de conocimientos que la llevó a seguir los pasos de su padre hasta el barrio judío, verdaderos maestros en el oficio de las fragancias, el cálculo de las proporciones y los procedimientos… Todo era nuevo, todo se volvía mágico. Cuando las condiciones les eran adversas, experimentaban con ingredientes menos costosos y fáciles de conseguir: hierbas diversas, higos secos, yemas de huevo, migas de pan, sangre y grasa animal y leche de burra, con los que hacían ungüentos.
Pero no todo iba sobre ruedas, la Iglesia también se pronunció en este sentido. Veía en el culto al cuerpo y la belleza la mano del diablo. Tildaba de provocaciones todo aquello que enalteciera el placer de los sentidos y culpabilizaba a las mujeres por los abusos de los que a menudo eran víctimas.
Alèxia escuchaba los sermones con resignación y esquivaba, sin bajar la cabeza, ciertas miradas acusatorias. Pero nunca dio un paso atrás y replicaba con buenos argumentos a las malas lenguas y los consejos que, sin éxito, le daba su madre.
—Si fuera verdaderamente pecaminoso, ¿crees que Jesús de Nazaret habría permitido que María Magdalena le ungiera pies y cabello con aceite de nardo?
La hija del mercader era una muchacha instruida, sagaz y sincera. Sabía que la verdad no siempre se encontraba en la boca de los predicadores y los gobernantes, que había que permanecer en silencio para escuchar aquella voz interior que no miente.
Con esta convicción se dirigía a la playa donde la esperaba Francesc, el hijo adoptivo del herrero. Habría estado muy ciega para no darse cuenta de que el muchacho mostraba un gran interés por su persona, que no le quitaba los ojos de encima, que siempre intentaba quedarse a solas con ella. Alèxia se sentía halagada y lo dejaba hacer, incluso se divertía, pero cuando la familia metió baza para tratar de decantar la balanza hacia un compromiso, llegó la hora de hacer un planteamiento más serio.
Sus catorce años la situaban en el punto de mira de muchos jóvenes de la ciudad, pues la posición de la familia Miravall y la dote que el mercader entregaría a su futuro yerno eran un anzuelo muy atractivo.
La muchacha llegó a la playa acalorada y con el cabello alborotado.
—¡Lo siento, se me ha hecho tarde recogiendo flores! —se excusó.
—No te preocupes. He aprovechado para dar una vuelta, parece que quiere llover.
Alèxia miró el cielo, que amenazaba tormenta, y después intentó ocultar las manos bajo la túnica, al darse cuenta de que tenía las uñas perdidas de tierra.
—¡Si mi madre me ve con esta pinta, me mata! —se lamentó a media voz.
—¿Cómo dices?
—Nada. A menudo hablo sola. ¿Tú no?
—Pues no. ¿Por qué debería hacerlo?
—No lo sé, a veces los pensamientos se me cruzan, se me mezclan en la cabeza y salen sin querer.
Francesc la miró entre sorprendido y preocupado.
—¿Qué pensamientos? —preguntó ingenuamente.
La hija del mercader se encogió de hombros mientras decidía si merecía la pena seguir con aquella conversación vana.
—¡No importa! —exclamó finalmente.
—Es que a mí sí me importa lo que piensas, Alèxia. Mucho —respondió con tono trascendente.
—No sé si sabré explicártelo… ¡Son muchas cosas! ¡El mundo es tan grande, Francesc! ¡Nos queda tanto por aprender!
La muchacha habló y habló. Le explicó la sensación de inmensidad experimentada durante su aventura marítima, la emoción de formar parte de un mundo que iba más allá de lo que la vista era capaz de alcanzar, el estudio de los textos que le proporcionaba Ibrahim y la acercaban a otra cultura, las flores y los perfumes…
Hablaba sin mirar a su acompañante. De haberlo hecho, habría descubierto su perplejidad ante lo que escuchaba. Finalmente, se detuvo.
—Me parece que te aburro…
—¡No! ¡Tú no me aburres, de hecho estoy seguro de que es imposible aburrirse a tu lado! —exclamó el chico y los dos estallaron en una carcajada—. Lo que pasa es que no acabo de entenderte —añadió—. Te comportas de una manera… ¿cómo diría? Diferente.
—¿Diferente de quién? —preguntó Alèxia, deteniéndose.
—No lo sé. De las otras muchachas, supongo.
—¡Ah! ¡Es eso! Mi madre piensa lo mismo. Supongo que te habría agradado más que me interesara por los sombreros, como Sança, tu hermana.
—¡Bueno, es más descansado que coger flores por la montaña en días como este! —bromeó Francesc.
Pero a Alèxia no le hizo ninguna gracia y el muchacho no supo cómo arreglarlo.
La lluvia vino en su ayuda y ambos corrieron para resguardarse en la torre Nueva. Alèxia se retiró de la cara el pelo mojado y permaneció en silencio. El mar murmuraba muy cerca de la pareja, pero la muchacha en realidad no lo veía. Había fijado la mirada en un punto del horizonte, como si en la lejanía, en aquel pequeño barco, en aquella ola que se disolvía en las aguas, hubiera algo que ella pudiera analizar y, por tanto, resolver.
—Te has quedado muy callada… —dijo finalmente Francesc, que comenzaba a sentirse incómodo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¡Las que quieras!
—¿Qué es para ti el mar?
—¿El mar? —repitió el joven mientras buscaba una respuesta.
—Sí, el mar.
—He vivido siempre cerca del río, en la huerta de Valencia. Sus aguas se llevaron a mi abuelo, un buen hombre que me había hecho de padre. —Se le quebró la voz, emocionado por los recuerdos de infancia; después de una breve pausa, prosiguió—: Al mar íbamos a escondidas. Todo el mundo decía que era muy peligroso, que se tragaba barcos más grandes que un castillo, que allí habitaban monstruos… Le tengo mucho respeto, Alèxia. No soy bobo, sé que mi respuesta no satisface tus deseos, pero ofrecerte otra sería engañarme y engañarte.
Alèxia se avergonzó de la trampa que le había tendido y le acarició la mejilla con ternura.
—Mira, ha dejado de llover. Vete a casa para cambiarte de ropa o cogerás frío —dijo Francesc para ponerle las cosas fáciles.
—Sí, será lo mejor. Gracias, Francesc.
El joven no la acompañó, pues intuyó que prefería marcharse sola. La observó alejarse. La túnica pegada a la piel silueteaba un cuerpo esbelto y firme.
—Deberías haber nacido gaviota, Alèxia. Libre y con alas para surcar ese mar que tanto amas —susurró antes de verla desaparecer entre la gente.
Después sonrió, quizás había hablado solo por primera vez.
El camino hasta la casa de los Miravall era solo un paseo que Alexia demoraba. El repique de los martillos contra la piedra volvía a acompasar el ritmo de sus pasos involuntariamente. Caminaba con la cabeza gacha, pensativa. Tal vez sí era rara, acaso habría sido más fácil ser la persona que todos esperaban que fuera…
—¡Vaya, vaya! Pareces un pollo mojado. Esta no es la mejor manera de darme la bienvenida, Alèxia.
La muchacha levantó la vista del suelo y se le iluminaron los ojos.
—Esteve, ¿eres tú? —preguntó boquiabierta.
—Intento averiguar qué queda de él —respondió el joven con una media sonrisa.
Un abrazo selló el encuentro. Después las preguntas se sucedieron sin pausa.
—Pero… ¿cuándo has salido de prisión? ¿Por qué nadie me ha dicho nada? ¿Cómo estás? Y esta barba…