Capítulo 12
Barcelona, abril de 1333
Elvira saltó de la cama al oír que Sara llamaba a la puerta con insistencia. Lo primero que pensó fue que Jaume había sufrido algún contratiempo. Descalza y con el pelo revuelto le dijo que entrara; los latidos del corazón le resonaban en las sienes.
—¡Señora, hay un gran revuelo en la puerta exterior!
Elvira se acercó a la ventana y miró. Amanecía.
—¿Quiénes son? ¿Qué quieren? —preguntó mientras se ponía una bata a toda prisa.
—No lo sé. No me he atrevido a abrir. Me ha parecido distinguir la voz de Esteve, aquel muchacho que…
—¡Ya sé quién es Esteve! ¿Quieres hacer el favor de tranquilizarte y decirme de una vez qué más has oído?
—No estoy segura, señora. Decían no sé qué de un muerto. Pero todos gritaban a la vez…
La mujer del mercader ya no le prestaba atención. Con un nudo en el estómago, y repitiendo el nombre de su marido como si así pudiese ahuyentar el mal presagio, corrió escaleras abajo.
Un instante después de abrir la puerta, Esteve se le lanzó a los brazos. Sollozaba, y el espanto no lo dejaba hablar con claridad.
—¡Ha muerto! ¡Ha muerto, señora Miravall! —repetía angustiado.
Elvira se lo quitó de encima. Acabó sacudiéndolo por los hombros mientras le preguntaba:
—¿Quién ha muerto? Por el amor de Dios, ¿de quién hablas?
—Perdonad —dijo el muchacho con los ojos desorbitados—. Han encontrado el cuerpo del Cojo a poca distancia de la casa.
Elvira cerró los ojos. Necesitaba apoyarse en la pared y acompasar la respiración. En silencio y con remordimientos, dio gracias a Dios.
—¿Os encontráis bien? Lo siento, ya sé que no son horas ni maneras, pero… —se esforzó en disculparse el joven.
—Pasa —dijo ella, recuperándose.
Elvira dio la orden de cerrar la puerta de inmediato. Había que ponerle coto al montón de fisgones que iban reuniéndose a la entrada de la casa.
—¿Has llamado a los guardias? —preguntó una vez dentro.
—No. No he tenido tiempo, todo ha sido muy rápido. Pero ahora ya deben de estar, ha corrido como la pólvora.
—Voy a vestirme, vuelvo enseguida. Ve a que Sara te prepare una infusión, tienes muy mala cara.
—¡No es prudente que salgáis, señora! A no ser que vayáis acompañada…
—¿Qué pasa, madre? ¿Qué haces aquí, Esteve? ¿Alguien me puede explicar qué está pasando? —interrumpió Abelard viendo las caras desencajadas.
Ante la noticia, el hijo del mercader prorrumpió en llanto. Después, mientras maldecía los tiempos que les habían tocado en suerte, se marchó hacia el lugar de los hechos. Esteve lo siguió. Pero nadie advirtió cómo la pequeña Alèxia, que lo había escuchado todo, también aprovechó el revuelo para escabullirse.
Trepó al alféizar de una ventana delante de donde el gentío rodeaba el cadáver y lo observó todo con el corazón horrorizado. De no ser por la capa de lana con las iniciales T. S. bordadas —el Cojo nunca les contó a quién pertenecían—, no lo habría reconocido.
El cadáver presentaba un color violáceo y estaba hinchado como una bota. Tenía los ojos abiertos y salidos, y una baba espesa le chorreaba por la comisura de los labios hasta el suelo. La hija de Jaume sintió náuseas. Tapándose la boca con una mano, intentó mantener el equilibrio y tragarse el vómito. Entonces, alguien gritó que aquello solo podía ser obra del diablo, que el Cojo había sido víctima de un maleficio.
—¡Alguna bruja le ha echado el mal de ojo! ¡Que Dios se apiade de nosotros! —gritó una vieja mientras se hacía la señal de la cruz.
En ese momento resonó un trueno y todos los presentes lo interpretaron como una respuesta del cielo.
—¿Habéis perdido el juicio? ¡Era un buen hombre que nunca hizo mal a nadie! ¡Ayudaba a todo el que podía, muchos de vosotros lo tratasteis! —se esforzó en explicar Abelard, buscando caras conocidas entre la multitud.
—¡No negarás lo que hemos visto! —exclamó una vecina—. ¡Yo misma os lo advertí! No hace ni tres días que arrojaron aceite en la puerta de su casa. Si lo hubiera limpiado con agua y vinagre habría expulsado el embrujo, pero ¡solo se burló!
—¡Se veía venir! —dijo otra—. ¡Se reía de las ramas de ruda que tengo colgadas del portal! ¡Dios lo ha castigado!
—¡Sí, Dios lo ha castigado! ¡No se puede tentar al demonio! —añadió un hombre levantando los brazos al cielo.
—¡Basta, estáis locos!
Una lluvia repentina preludió la tormenta, que descargó bajo un cielo encapotado. Hombres, mujeres y niños corrieron hacia la catedral para ungirse con agua bendita. Los guardias no pudieron atajar el alboroto y, sin saber quién fue el primero en repartir puñetazos, se desató una batalla campal.
Alèxia contempló la escena con los ojos como platos. Al ver que apaleaban a Abelard, saltó del alféizar y embistió al grandullón que lo tenía cogido por el cuello. La muchacha se defendió con uñas y dientes ante las carcajadas de los hombretones que la escarnecían con sus burlas y se la pasaban el uno al otro. Solo gracias a la intervención de Pere la pelea no fue a mayores. La humillación sufrida le hizo más daño que el ojo morado, que intentó disimular bajo las greñas.
Alèxia aguantó el rapapolvo de su madre sin rechistar, así como el castigo de no salir de casa durante una semana y las cataplasmas de plantas medicinales que le puso su tía. Tampoco respondió a los comentarios de Narcís. El muchacho, entre sermón y sermón a su hermana, protestaba que nadie lo había despertado, dejándolo al margen de los sucesos.
Aquella misma noche, en casa de Margarida, la lámpara de aceite no se apagó hasta el amanecer. Cuando tuvo la certeza de que Mateu dormía, se levantó de la cama y cosió unas bolsitas de paño para guardar la hierba verbena. Ella misma la había cogido en los lindes de los caminos. Tal como le había enseñado Ximena, había que llevarla colgada del cuello para espantar los malos espíritus. Hizo tres, una para Elvira, otra para Alèxia y la tercera para ella. También les agregó unas semillas de flor de la noche y finalmente recitó un par de rosarios para protegerse de los maleficios.
Durante el viaje de regreso, nada hizo pensar al mercader que el abatimiento por la pérdida de Anton se convertiría en una pena más profunda. Cuando la galera fondeó en las Tasques, una extraña quietud en la playa auguraba la tragedia. ¿Dónde estaban los hombres de mar? ¿Por qué las campanas que deberían anunciar la hora del Angelus, repicaban enfervorizadas? El barquero que los llevó hasta tierra firme le comunicó la triste noticia. Una punzada en el pecho cortó la respiración de Jaume Miravall. No se lo podía creer e, inexorablemente, sintió que el mundo se había vuelto en su contra.
—¡El entierro es en Santa María de las Arenas! ¡Quizás aún llegaréis a tiempo! —gritó el hombre para que el mercader lo escuchara en su carrera desatinada.
Una bandada de gaviotas atravesó el cielo plomizo mientras el señor de los mendigos liberaba su congoja en un llanto desolado e irreprimible delante de la comitiva fúnebre.
Los clérigos desfilaban acompañando al muerto hacia el sepulcro. Llevaban la cruz levantada, cirios y el incensario. El Cojo iba en un ataúd de roble atado a dos largos palos, a hombros de Abelard y Pere Ballart delante y Cesc y Esteve detrás.
Elvira, con Alèxia y Narcís a su lado, vestía de luto riguroso. Al mercader le parecía estar en una pesadilla de la que no lograba despertar. Su hija fue la primera en reconocerlo y, soltando de la mano de su madre, se precipitó hacia él. El emotivo reencuentro fue observado entre murmullos y el cortejo se detuvo unos momentos. Los portadores del féretro intercambiaron unas palabras y Pere se retiró para ocupar el lugar de Narcís al lado de Elvira y ofrecerle el suyo al mercader. Padre e hijo se miraron con los ojos enrojecidos y el cortejo prosiguió, todos cabizbajos, hasta el cementerio.
Al llegar, Jaume habló con el clérigo y, con su autorización, se descubrió la tapa, que no había sido clavada por si a última hora comparecía algún familiar desconocido. Delante de toda aquella gente el mercader se arrodilló junto a su amigo y lo miró por última vez. Tenía la mano derecha apoyada sobre el pecho y la izquierda descansaba al costado. El mercader sacó unas monedas de plata barcelonesas de la bolsa que llevaba atada al cinturón, y las depositó bajo la palma. Después añadió una llave.
—Perdóname —susurró—. No creo que necesites la llave para entrar al cielo, ni pagar ningún peaje, amigo. Pero me consuela saber que algo mío permanecerá a tu lado. Descansa en paz.
Esta vez el repique de los martillos en la piedra fue sustituido por las paladas de tierra al caer sobre el ataúd. Cada una de ellas resonaba en el pecho del mercader como un pellizco en las entrañas que lo iba doblegando. Su esposa le apretaba el brazo con fuerza para confortarlo.
Media docena de hombres de la cuadrilla ofrecieron unas piezas de pan de un denario a los pobres vergonzantes que habían acompañado el séquito. El hambre era mucha y todos se empujaron para no quedarse sin su ración. Durante aquellos momentos de gritos y llantos de niños pasó inadvertido un chillido al que se sumaron otros: a pocos pasos de allí un hombre se había desplomado en medio de fuertes espasmos.
Pere Ballart gritó al mercader y este palideció. Cesc se retorcía en el suelo con los ojos en blanco. Hicieron falta cinco hombres para protegerlo de los golpes que él mismo se daba contra el suelo. Alguien gritó al cura que le mostrara la Santa Cruz y lo ungiera con agua bendita, pero la muerte se lo llevó sin que ningún milagro fuera capaz de evitarlo.
—¡Rezad, es el fin del mundo! ¡Dios Nuestro Señor nos castiga por nuestros pecados! ¡Moriremos uno a uno en manos del Maligno! —gritó un hombre arrodillado con los brazos en cruz.
Solo unos pocos tuvieron tiempo de seguir su ejemplo, pues de pronto se oyó una voz potente:
—¡No estáis del todo equivocados, hermanos! —Era Esteve, y empuñaba una navaja.
Los pequeños se escondieron tras las faldas de sus madres, los clérigos invocaron la misericordia del Altísimo y Jaume tuvo la certeza de que el joven había enloquecido. Dio un paso al frente para intentar reducirlo, pero él se le enfrentó, diciendo:
—Cierto, estamos en manos del Maligno, pero no de aquel que teméis y habita en los infiernos. ¡El diablo está entre nosotros y tiene un nombre! ¡Francesc Massip!
Y acto seguido, mientras sus últimas palabras aún resonaban entre las piedras de la nueva iglesia en construcción, el joven se abalanzó sobre Massip, cuya sangre corrió entre los pies de los presentes.