Capítulo 13
Barcelona, primavera de 1323
Elvira no hizo preguntas. La vida le había enseñado que si no eres capaz de aceptar las respuestas, más vale no hurgar demasiado.
Conocía a su marido desde que eran niños, y tenía bastantes indicios para saber que entre él y Mateu se cocía algo. Hablará cuando pueda, pensaba inmersa en su impuesto silencio.
La ausencia de su hermana también hizo más duros los días y las esperas. No era tan solo que el trabajo se hubiera multiplicado, sino que, cuando Jaume se marchaba a atender sus negocios, no tenía a nadie de confianza a su lado con quien charlar, con quien reír o llorar.
A pesar de todo, a veces hablaban desde la ventana. Otras, Elvira bajaba para hacerse hornear una cazuela de pescado o carne y se quedaba un rato en el obrador de Mateu. Pero ni de lejos era lo mismo que cuando vivían juntas.
Uno de los cambios más significativos fue que Elvira se hizo cargo de Abelard, a quien antes cuidaba casi siempre Margarida. El niño también echaba en falta a su tía y la llamaba a menudo. Aún no había cumplido tres años pero ya hablaba con bastante desenvoltura, mientras que a Narcís apenas se le entendía.
Abelard provocaba reacciones contradictorias en Elvira. A veces lo dejaba llorar mientras se ocupaba de su hijo, y lo miraba desafiante como retándolo. Incluso lo ponía en situaciones incómodas para molestarlo. Un día le dejó el plato fuera de su alcance mientras daba de comer a Narcís; el niño le tiró de la falda, pero ella no cedió hasta que lo vio llorar.
A veces el infante se le lanzaba al cuello, le decía «mamá» y la dulzura de aquella mirada se le clavaba en el alma. Entonces se sentía la más mezquina de las mujeres. Sin que el niño entendiera nada, le pedía perdón mientras lo cubría de besos. Pero, poco después, una punzada le podía recorrer el espinazo al oír cómo el pequeño llamaba «papá» a Jaume y él lo abrazaba con los ojos cerrados. Habría dado lo que fuera para hacerlo desaparecer, pero no estaba en su mano. Cuando pensaba en ello, los remordimientos la mortificaban por el castigo divino que podía sobrevenirle. Además, Jaume había desechado de plano la posibilidad de que se fuera a vivir con Margarida.
Así iban pasando los días de aquella primavera que iluminaba las calles, pero Elvira cada vez vivía más y más encerrada. Los días se alargaban y también la hora en que Jaume volvía a casa. A veces venía sin fuerzas y ni siquiera comía lo que su esposa le había preparado y se dormía sobre la mesa mientras ella le contaba de las últimas travesuras de los niños.
En aquel tiempo, Margarida le hacía visitas de cortesía, pero tampoco se quedaba mucho. Se había volcado en el negocio de su marido y, muy especialmente, cuidaba de la vieja Ximena, su suegra.
Como Narcís no comía demasiado, Elvira esperaba el buen tiempo para salir y pasar las tardes en la plaza del Blat. Los niños corrían con otros chiquillos vecinos y ella hablaba con las hiladoras o se entretenía con las idas y venidas de quienes transitaban por allí.
Uno de esos días percibió que la gente se concentraba para oír al pregonero. Los consejeros hacían saber, mediante un bando, las sanciones que se impondrían a quienes incumplieran las ordenanzas municipales.
—Por orden del Concejo de Ciento se hace saber la prohibición de batir el trigo delante del hospital de Colom, el empizarrado que hay delante del hospital, en la ciudad, en el burgo, dentro del muro nuevo y en la casa de los enfermos. Todo aquel que incumpla esta disposición perderá el oficio.
Entre el gentío que comentaba la nueva norma apareció su hermana.
—He dejado a Ximena echando un sueñecito. Tenía ganas de tomar el sol, ha sido un invierno muy largo. ¡Caray, qué revuelo! —exclamó Margarida.
—Sí que ha sido largo el invierno, incluso demasiado… —dijo su hermana a media voz.
—¿Pasa algo, Elvira?
—No, no, todo va bien. Tú pareces feliz, ¿no?
Elvira fue incapaz de imprimir el entusiasmo que habría deseado a sus palabras. Margarida le pasó el brazo por los hombros.
—Siento no poder ayudarte más, pero es que entre el horno y…
—No te preocupes, me las arreglo bien —mintió Elvira con determinación.
—Me tranquiliza escucharlo, hermana. ¿Sabes?, Ximena te agradaría. En el primer momento puede parecer hosca, pero es una buena mujer siempre pendiente de ayudar.
—¿Te trata bien?
—¡Sí! Más de lo que merezco…
—No digas eso. Te mereces lo mejor, Margarida.
—Ella también ha sufrido mucho, es una larga historia…
—¿Me la contarás?
—Un día que tengamos más tiempo, ahora debo marcharme. A Mateu no le agrada que…
—Que nos veamos, ¿no? Por eso cuando él está en casa no te asomas demasiado a la ventana, y nunca me has invitado a haceros una visita.
—Verás… mi marido piensa que Jaume no…
—¿Qué pasa con Jaume?
—Es mejor dejarlo así, de verdad. No quiero perderte. —Y tras un breve silencio añadió—: Ni a ti ni a los niños.
—¡Espera!
Hasta bien entrado el verano no tuvo lugar otra conversación entre hermanas. Más concretamente, el día siguiente del Corpus.
En esta festividad las dos familias habían coincidido en la procesión que, saliendo de la catedral, recorría las calles y plazas de la ciudad.
Hacía días que las mujeres barrían regularmente los espacios por donde debía pasar la procesión, y también engalanaron las puertas y ventanas con flores y telas de colores. Aquella vez, un nuevo elemento se sumaba a los danzarines, una especie de bestia gigante que bailaba y perseguía a los chiquillos. Narcís lloraba aferrado al cuello de su madre, mientras que Abelard se desternillaba de risa. Al ver a su tía, la llamó mostrándole el animalote. Ella quería acudir, pero Mateu, con una brusca sacudida, la hizo volver a su lado. El niño fue detrás de ella. Entonces el panadero, desafiando a su cuñado, se lo quitó de encima con unas palabras que helaron el corazón de Elvira.
—Atad corto a este bastardo o tendremos problemas.
El niño desconocía el significado de aquella ofensa, pero para Elvira no pasó inadvertida. Ninguna de las explicaciones de Jaume argumentando envidia de su posición la tranquilizó.
Al día siguiente, después de varias excusas y ruegos, Margarida entraba en casa de los Miravall.
—Eres mi hermana y te tengo mucho afecto. Siempre nos hemos explicado todo, y cuando enviudaste sin herencia te acogí en casa. Por el amor de Dios, necesito saber qué está pasando. ¿A qué se refería Mateu? ¿Qué sabes?
—No grites o nos oirán todos —pidió Margarida mirando hacia la ventana.
—¿No lo entiendes? Mi marido cada día llega más tarde y siempre está cansado. ¡Me ignora en la cama! Hay otra, ¿verdad? Es la madre de este maldito niño que…
—¡Calla! Yo no sé nada. ¿Cómo quieres que lo sepa? Los hombres son así, cuanto menos preguntes mejor.
—Oh, Margarida. Me estoy consumiendo… —Esta vez la rabia dio paso a una tristeza profunda que le nublaba la vista.
—Elvira, Jaume es un buen hombre…
—¡Ya tengo bastante de esa canción! ¡O me lo dices tú o seré yo quien vaya ahora mismo al horno para preguntárselo personalmente a tu marido!
Elvira se tensó como una cuerda de arco. Margarida supo que su hermana no hablaba por hablar, así que le dijo lo que sabía.
—Abelard es hijo de Blanca de Ciará —espetó de un tirón, como si una vez pronunciado el nombre ya no hubiera posibilidad de enmienda.
El silencio se espesó. Las palabras de Margarida habían dictado sentencia y a Elvira se le cayó el mundo encima.
—Pero ¡de eso ya hace casi cuatro años, Elvira! Intenta olvidarlo. Ella acaba de formar una familia. Es agua pasada, pues. Tenéis…
—¿Desde cuándo lo sabes? —la interrumpió Elvira, sin levantar los ojos del suelo.
—Me lo dijo Mateu el día que nos casamos. ¡Lo siento mucho!
Solo una lágrima recorrió la mejilla pecosa de Elvira. Notó su rastro tibio, se la secó con fingida dignidad y se levantó del banco donde estaban sentadas.
—¿Qué harás ahora?
—No lo sé, Margarida, no lo sé.