Capítulo 21
Cefalú, abril de 1335
Abelard despertó de golpe con el espanto en el corazón. Le costó saber dónde estaba y por qué se encontraba en posición fetal, con las piernas y los brazos atados. Sentía frío, como si estuviera tendido sobre un bloque de hielo. Poco a poco, las imágenes de muerte y destrucción que habían desfilado delante de sus ojos le fueron volviendo a la memoria. Tardó unos instantes en comprender que no se trataba de un sueño, que esa pesadilla había sido real.
Pese a lo inimaginable que resultaba, el hijo del mercader había tenido la sensación de que los piratas abordaban la nave desde todos los puntos cardinales. Cuando Alèxia y él salieron a cubierta la lucha ya era encarnizada; los hombres de la Sant Climent intentaban repelerlos como podían, pero muchos no habían tenido tiempo de coger las armas y para defenderse solo contaban con las manos.
Muy superiores en número y valiéndose del factor sorpresa, se apoderaron de la nave sin problemas. La señera del rey de Aragón yacía en el suelo, debajo del cuerpo del guardia que la custodiaba, y en su lugar ondeaba otra, desconocida para todos los presentes.
Alèxia no entendía los motivos de tanta violencia y, temblando de miedo, era incapaz de mover un dedo. Su padre le había contado de abordajes similares, y sabía que el principal objetivo de los piratas no era dar muerte a la tripulación, sino apoderarse de las mercancías o convertir en esclavos a los tripulantes.
Abelard recordaba cómo algunos marineros de la Sant Climent habían sido conducidos a empujones hasta la cubierta superior y arrojados al suelo; perplejos ante la sorpresa del ataque, el terror se reflejaba en sus rostros. Algunos padres mercedarios que habían opuesto resistencia también acabaron prisioneros después de una lucha feroz.
El muchacho maldijo aquella postura forzada mientras procuraba entender lo que sucedía a su alrededor. Muchos de los cuerpos que lo rodeaban eran muertos. Se debatió para aflojar las cuerdas que lo maniataban, pero resbaló sobre el suelo ensangrentado. Lo que más lo inquietaba era no ver a su padre ni a su hermana. Entretanto, un sol débil comenzaba a asomar en el horizonte, indiferente a su padecimiento. Algunos piratas parecían festejar la victoria mientras otros recorrían el barco y reunían en cubierta a los supervivientes. Quería escupir algo que tenía en la garganta, pero se lo impedía el trapo que le habían puesto como mordaza.
Los ojos se le comenzaron a llenar de lágrimas. Recordaba las palabras de Elvira, sus prevenciones, las súplicas para que no se embarcara. Le habían sorprendido. Hacía mucho que la consideraba una persona ajena a sus inquietudes e intereses, alguien que no entendía sus funciones en la cuadrilla. Él había buscado en ella a la madre que no había conocido y lo había abandonado, pero solo había sentido muy esporádicamente el afecto de aquella mujer. Después, cuando al fin entendió que no podría cambiar las cosas con su madre, renunció a seguir intentándolo y buscó refugio en su padre, al cual complació mostrándole su valía. Y ahora, cuando realmente le era necesario a Jaume, cuando podía haber luchado por todo lo suyo, había fracasado. No recordaba cómo. Solo algunas imágenes confusas del asalto, un dolor agudo en la cabeza y que había caído al suelo.
Levantó los ojos al cielo, pero las lágrimas a duras penas le permitieron ver nada. Aun así, le pareció distinguir a aquella gaviota a la que había bautizado como «la viajera», un ave que les iba detrás desde que zarparan de Barcelona. Al menos eso quería creer.
Se secó los ojos restregando la cara contra la camisa de un marinero que yacía a su lado. No podía rendirse, no podía renunciar a mantenerse despierto, alerta al menor indicio de Jaume o Alèxia. Los piratas gritaban enfervorizados, se lanzaban unos a otros los objetos que encontraban en cubierta o reían ante el aspecto de los gerifaltes. Habían sacado a algunos de sus jaulas, recibiendo como recompensa sus picaduras, y eso les hacía reír aún más.
Entonces vio a Jaume. Estaba de rodillas en el castillo de popa y un hombretón lo amenazaba con su espada. Quiso gritar, advertirlo del peligro, como si el mercader no pudiera verlo por sí mismo. A su lado, también arrodillada, estaba la figura pequeña y frágil de Alèxia.
Sin saber cómo, Abelard logró desembarazarse de la mordaza y, lejos de preocuparse por escupir aquella molestia en la garganta, soltó un grito profundo y prolongado, como si todos los monstruos del abismo azul que los rodeaba le hubieran prestado sus voces.
—Jaume Miravall, mercader de la ciudad de Barcelona… ¡Una pesca interesante! —gritó el joven de la espada dirigiéndose a sus hombres.
—Vengo en misión real. El rey os perseguirá hasta el fin de vuestros días si no nos liberáis de inmediato —dijo Jaume mientras trataba de acercarse lo máximo posible a su hija.
—¿El rey? ¿Qué rey? ¡Nosotros estamos por encima de todos los reyes y todos los nobles de este mundo, mercader! —repuso el pirata, y prorrumpió en una carcajada estentórea y contagiosa que incluso hizo dudar a Jaume de que ni siquiera el rey pudiese ayudarlo en aquella encrucijada.
—Pero querréis vivir para disfrutar del producto de vuestros pillajes… —arguyó.
Tanto daba lo que dijera Jaume Miravall. El joven pirata se había vuelto hacia la cubierta superior al oír por segunda vez aquel grito que parecía provenir de las entrañas del mar. Su diversión se transformó en una mueca de odio y exclamó:
—Ese que grita tanto se ha ganado una visita a los tiburones. ¡Traedlo!
El mercader no esperaba que la persona arrastrada hasta el castillo de popa fuera Abelard. Al verlo, se incorporó para ir a su encuentro, pero el pirata lo golpeó con la empuñadura de la espada y a Jaume le pareció que le estallaba la cabeza. Alèxia tenía los ojos anegados en lágrimas, pero su rabia se esforzaba por traspasar aquella barrera acuosa.
—Quizás así se te pasen las ganas de gritar…
El pirata cogía a Abelard por el pelo y lo mantenía sin tocar con los pies en el suelo, mientras Jaume, aturdido, se levantaba a duras penas. De golpe había perdido toda la seguridad que quería demostrar; su coraje no valdría nada si no lograba salvar la vida de su hijo. Y la espada ya se preparaba para abatirse sobre el cuello del muchacho, sin la más mínima piedad.
—¡Cobarde! —le espetó Alèxia sin demasiadas fuerzas, pero consiguió que la mirada del pirata se volviera hacia ella.
Jaume advirtió un extraño cambio en sus ojos. Aflojó la fuerza con que sostenía a Abelard y este cayó al suelo. Entonces, el pirata se abalanzó sobre él y le manoteó la ropa.
—¿Qué significa esto? —preguntó a Jaume, que no entendía nada—. ¿De dónde habéis sacado esta capa?
El pirata le mostraba la capa de Abelard y señalaba con rabia las iniciales T. S. bordadas. De repente cruzaron por la mente de Jaume unas palabras de Ibrahim, su amigo librero: «Siempre hay un resquicio, una salida, un camino en la bruma. Si lo sigues, puedes cambiar la situación más adversa».
Jaume comprendió que aquellas iniciales eran su particular camino en la bruma y, tambaleándose, se incorporó del todo para buscar la solución del enigma que tanta conmoción causaba al hombre que había estado a punto de matar a su hijo. Pero sería su única oportunidad, y eso lo obligaba a no equivocarse.
—Esta capa era de un gran amigo nuestro —dijo—, un hombre que valía más que diez de tu ralea…
El pirata hizo una mueca que Jaume no supo interpretar. Aún parecía perplejo, toda su ferocidad demudada en indecisión. Miró a sus hombres mientras les mostraba la capa. Algunos asintieron y se acercaron para tocarla con sus propias manos.
—Al menos, deja libre a la niña —exigió Jaume—. Si quieres que te cuente la historia de esta capa.
El pirata no se lo pensó dos veces. Dio la orden de que soltaran a Alèxia y se quedó mirando al mercader. Este era consciente de que solo la sinceridad los podía salvar. Si había algún punto de contacto entre el Cojo de Blanes y aquel indeseable, debía encontrarlo, la vida de su hija dependía de ello.
Miró a Abelard antes de hablar. Es todo lo que puedo hacer, quiso transmitirle con los ojos. Y a continuación se esmeró en relatar cómo había conocido al Cojo, cómo se había convertido en uno de sus mejores hombres y, sobre todo, en un colaborador fiel, un amigo en el que podía confiar. Mientras lo hacía era consciente de que el pirata iba cambiando; se veía más sosegado, incluso parecía haber perdido aquel brillo de odio en los ojos.
Jaume Miravall se tomó su tiempo. Alèxia lo escuchaba admirada; aunque allá en su casa a veces le contaba historias, nunca era tan convincente ni tan creíble. La muchacha aprendió que las palabras podían tener una gran fuerza si se sabía utilizarlas.
Cuando el mercader acabó su historia, el pirata ya había pasado por diversos estados de ánimo. Estuvo a punto de llorar de rabia cuando Jaume llegó a la muerte del Cojo, pero el mercader se apresuró a explicar que el asesino había sido ajusticiado por una de sus víctimas. La furia que había mostrado al escuchar el nombre de Francesc Massip se diluyó en una expresión apacible, una paz tensa que se habría hecho añicos a la menor contradicción. Y al final Jaume se llevó una de las sorpresas más grandes de su vida, una sorpresa que fue también la salvación de la Sant Climent y de su misión en tierras lejanas.
—Era mi padre… —reveló el pirata, y comenzó a contar una extraña historia.
La ciudad de Cefalú se mostraba radiante en el horizonte y pareció dar un poco de esperanza a los tripulantes de la Sant Climent., tan alicaídos después del abordaje pirata. Alèxia la contemplaba en compañía de Abelard, que desde entonces no se movía de su lado.
La niña no estaba nada de acuerdo con el motivo que los llevaba a aquella pequeña ciudad siciliana. En la cabina donde dormían, Jaume le había comunicado su decisión inapelable. No estaba enfadado, ni siquiera le había levantado la voz para reprenderla, solo había dictado lo que se haría.
—En vez de ir a Palermo, nos aprovisionaremos en Cefalú. Allí conozco un mercader que hace viajes frecuentes a Barcelona. Confío en él y te dejaré a su cargo para que te lleve de regreso con tu madre.
—Pero entonces ¿qué pasará con la galera? Ha desaparecido del horizonte y, si vamos a Cefalú, quizá no nos encuentre. Tendremos que hacer el resto del viaje sin protección… —objetó Abelard, que aún se masajeaba las muñecas enrojecidas por las ataduras.
—Me importa poco la galera. A saber qué ha sido de ella. Y ya ves qué protección nos ha dado —farfulló Jaume—. Ahora lo más importante es que Alèxia vuelva a casa. Además, desde Cefalú podremos enviar un emisario a Palermo, no queda demasiado lejos.
Abelard sabía que cuando el mercader utilizaba aquel tono era mejor no contradecirlo, así que no rechistó y en adelante se dedicó a cuidar de la niña.
El día era radiante, como si la primavera se hubiera adelantado para conceder un poco de solaz después de la terrible experiencia vivida. Y tenía la sensación de que «la viajera» los seguía, aunque no había vuelto a verla. Estaba seguro de que no era ninguna de las que volaban en torno al barco o se posaban en las velas.
De poco había servido a Alèxia tratar de convencer a Abelard de que intercediera ante su padre. La decisión estaba tomada. No obstante, la niña aún tenía esperanzas, se decía que quizás aquel amigo de su padre había muerto o abandonado su negocio. Si no era así, se consolaba pensando que la esperaba una nueva travesía hasta Barcelona. Le agradaba el mar, disfrutaba contemplando el cielo y los pájaros, las costas que avistaban.
Mientras pensaba todo eso observaba la ciudad; deseaba llegar a ella como el cazador ansioso por conseguir su trofeo. Escrutó con atención la costa, las casas bajas en hilera ante el mar, el pequeño puerto donde solo se veía un navío de las dimensiones de la Sant Climent. El resto eran barcas o bajeles pequeños, seguramente para pescar.
—¿Aquellas torres tan altas son de una catedral? —preguntó señalando tierra adentro.
—Debe de ser la catedral de Cefalú —dijo Abelard, que aún se sorprendía de la valentía demostrada por la niña ante los piratas—. Papá dice que esta es una tierra de contrastes. Durante cierta época estuvo en manos de los sarracenos, aunque tuvieron reyes normandos.
¡Los sarracenos! Solo la mención de aquella palabra le producía a Alèxia un cosquilleo profundo, como si contuviera aromas de pimienta y clavo. Cogió la mano de Abelard y se la apretó; se sentía segura a su lado y le agradaba que fuera él, y no Narcís, el que más entendía el oficio de su padre. Cuando la niña se enteró de que no era un verdadero hermano, que sus padres lo habían recogido, no se lo podía creer y lo negó durante mucho tiempo. Sin embargo, a medida que se iba haciendo mayor ya no le parecía tan mal. Lo admiraba por encima de los lazos de sangre.
—¿Aún te duelen las muñecas? —le preguntó, aunque otra duda más urgente le bailaba en la cabeza.
—No demasiado, Alèxia.
—¿Te has creído la historia del pirata? —dijo al fin, provocando que Abelard le sonriera.
—No lo sé, pero si es verdad que su padre fue secuestrado cuando él aún era un niño es una historia extraordinaria. Y hemos de agradecer a Dios que el Cojo nos haya salvado la vida.
El muchacho acarició la mejilla de Alèxia con todos los dedos. Tenía la sensación de que volvía a verla después de mucho tiempo, que no le prestaba atención desde hacía años. No solo era una niña valiente, ya casi era una jovencita. Aquel pensamiento lo turbó y apartó la mano. Pero ella se apoyó en él y Abelard no tuvo más remedio que abrazarla. Permanecieron así hasta que Jaume salió de la cabina y se acercó a la borda. Parecía que media ciudad se hubiera concentrado para recibir a aquel barco imprevisto.
Apenas desembarcados, el mercader preguntó por su amigo, un napolitano llamado Pietro Paladio, y recorrieron las calles hasta el palacete que les indicaron en el puerto. Alèxia se esforzaba por no perderse detalle de las cosas y las gentes que encontraban. Los niños se reían a su paso, le tiraban de la túnica y, cuando descubrían que, a pesar de su cabello tan corto, era una niña se quedaban boquiabiertos, antes de alejarse por si tenía alguna enfermedad.
El mercader napolitano se sorprendió mucho de la visita y, en cuanto oyó la historia de los piratas, dijo que hacía mucho tiempo que intentaban acabar con aquel joven sanguinario. Cuando Jaume le explicó el caso y le pidió que se hiciera cargo de la niña como un favor personal, Pietro Paladio no tuvo ningún inconveniente en complacerlo. En poco más de una semana viajaría a Barcelona y llevaría a la pequeña Alèxia con su madre.
Resuelta su principal preocupación, Jaume Miravall dejó a sus hijos en el palacete y se aventuró solo por las calles de Cefalú. Quería cumplir un deseo que le había surgido ya cuando la ciudad se había perfilado en el horizonte. Caminó deprisa hasta las escalinatas de la catedral. Sabía que estaba consagrada a Cristo Salvador, pero no esperaba la magnificencia de los mosaicos que representaban la figura de Jesús en su ábside.
El mercader se arrodilló y rezó un buen rato en agradecimiento por la vida de sus hijos. La catedral desierta pareció corresponderlo con un mensaje de seguridad y esperanza.