Capítulo 7
Valencia, otoño de 1321
Jaume Miravall pasó casi toda la travesía en la proa de la pequeña galera que lo llevaba a Valencia. Así tenía la sensación de que avanzaban, y el miedo que había sentido ante su primera aventura marítima se iba disipando. Una cosa era contemplar el mar desde tierra y otra, muy distinta, tener la impresión de estar a su merced, de formar parte de su tejido. La sensación de pequeñez lo embargó y, encomendándose a Dios, hizo de tripas corazón.
El viaje, salvo la pequeña tormenta que los sorprendió cuando navegaban cerca de Benicarló, fue plácido. Todo había salido como se esperaba y, apenas tres días después del encargo, el barco prometido por Dalmau Ciará ya estaba cargado en las Tasques. Lo que no esperaba el mercader era que la galera se llamara Blanca. Aquel nombre parecía inexorablemente ligado a su destino.
El último encuentro con Blanca de Ciará solo había añadido confusión a su estado de ánimo. Habían tenido muy pocas oportunidades de verse después del nacimiento de Abelard. Los pequeños negocios que iba haciendo en Barcelona y su obsesión por adquirir una formación adecuada para su oficio lo absorbían por completo.
Ahora, a la vista de la ciudad, no se quería plantear los motivos de su benefactor. Por fin había conseguido que el padre de Blanca cumpliera su promesa; en el fondo, lo admiraba. Dalmau Clara había sido capaz de ser realista, poniendo el futuro de su nieto por delante de la ofensa que suponía para él la relación de su hija con un mercader pobre, uno de los tantos forasteros que pululaban por la ciudad en busca de oportunidades.
Por todo eso, Jaume debía tener muy claros sus objetivos: completar el viaje con éxito, cumplir los encargos y volver lo antes posible al lado de Elvira y sus hijos. Aunque era consciente de que en el futuro, un futuro que deseaba próximo, debería hacer viajes cada vez más lejanos para lograr sus objetivos, Jaume añoraba estar en casa. Últimamente, disfrutaba cuidando a sus hijos, durmiendo junto a su esposa, encontrándose cada día con las mismas personas en su recorrido. Por lo demás, tal como le había dejado claro Dalmau, no tendría otra oportunidad mejor que esa, al menos no por parte de él.
Jaume se asomó a la borda para observar mejor el perfil de aquella ciudad que lo esperaba después de sufrir un gran desastre. Sus majestuosas murallas fueron la primera visión desde la lejanía. Su benefactor le había informado bien sobre la penosa situación que se encontraría. Una riada había destruido una parte significativa de los accesos a Valencia; los puentes que no habían sido arrastrados por las aguas ya no eran seguros y, al parecer, no dejaban de encontrar cadáveres a orillas del río.
Volvió la cabeza hacia Bernat, apoyado en la borda y mirando lo mismo que él. Observó sus manos. Eran fuertes y diestras debido a su oficio de herrero, unas manos que habían sorprendido a Jaume desde el primer momento, quizá porque a su fortaleza añadían una singular delicadeza.
—Jaume, ¿crees que es de buen cristiano la misión que nos trae a Valencia? —preguntó mientras señalaba tierra firme.
—¿Por qué lo dices? Claro que esta es una expedición comercial, pero al mismo tiempo haremos mucho bien. Los Rabassa, amigos de Dalmau Ciará, pidieron que se llevara a término con urgencia.
—Entiendo tu actitud. Tú eres un mercader, pero de alguna manera lo que se plantea aquí es comerciar con el dolor.
Jaume no respondió. Estaba acostumbrado a aquella clase de reflexiones de su amigo, y quizá por eso le agradaba su compañía, como si fuera capaz de distinguir hasta dónde puede llegar el ser humano. Le dijo que todo se haría según las reglas de Dios y después se concentró en la ciudad que los esperaba.
Vista desde el barco, no podía tener mejor aspecto. Distinguió algunas torres con agujas dentro de las murallas; deseaba llegar y recorrer sus calles y plazas, conocer a los descendientes de aquella gente que el rey Jaume I había llevado para convertirla en un nuevo territorio de la Corona de Aragón.
Cuando se fijó en el trozo de tierra más próximo al barco, sus sensaciones fueron cambiando. La galera Blanca se encontraba muy cerca de la playa y el capitán dio la orden de botar una barca para ver si el contacto de Dalmau los esperaba. Al prestar atención a las casas que había al margen del delta del Turia, advirtió que algunas estaban derruidas, y el motivo de la destrucción era aquella lengua de agua sucia que se abría al mar, una extensión enorme que le recordó otro río que los había sorprendido a mitad del viaje, el Ebro.
Poco a poco, Jaume fue descubriendo diversos indicios de la tragedia que había asolado Valencia. La parte de la playa más próxima al río estaba llena de desechos depositados al bajar el nivel de las aguas. Desprovistos de su entorno natural, los objetos configuraban un paisaje grotesco.
Jaume vio una pequeña túnica flotando sobre las aguas y se le heló la sangre. Muy cerca, entre maderos, los ojos abiertos de un perro muerto anticipaban el drama. Un marinero aventuró que algunos bultos que emergían eran cadáveres arrastrados por las aguas. El capitán lo hizo callar con brusquedad antes de recordarle que su misión era cumplir los encargos de Dalmau Clara, no hacer conjeturas sobre los cuerpos que flotaban. Después miró al mercader, como si fuera la primera vez que se percataba del papel principal que tenía en aquel viaje.
Jaume y Bernat fueron a tierra firme en la primera barca. Una multitud de niños y mayores, desharrapados y posiblemente famélicos, los esperaba en la playa. Los marineros no las tenían todas consigo, a pesar de que iban bien armados y el capitán los había instruido severamente sobre que no debían retroceder en ninguna circunstancia. Haciendo de tripas corazón, dieron unos últimos golpes de remo para atracar en la arena.
No les costó entender que el aspecto de los hombres y mujeres que se acercaban a recibirlos tenía que ver con las penurias que habían vivido durante la última semana. El mercader pensó que no sería fácil distinguir entre aquel gentío al enviado de los Rabassa.
—¡Hacía días que no veíamos un barco! ¿De dónde venís? —preguntó un hombre con la ropa hecha jirones.
—Somos de Barcelona —respondió Jaume cuando se percató de que el capitán no pensaba hablar con aquella gente, que solo tenía ojos para mirar más allá del tumulto en busca del contacto prometido—. Hemos venido para ayudar a los valencianos a superar este duro trance.
—¿Traéis comida, entonces? —saltó una mujer desdentada que parecía capaz de volar por encima de todo el mundo con un simple bufido.
—No. Traemos ropa para el hospital y nuestra buena voluntad para ayudar en lo que sea menester…
Mientras Bernat se esforzaba por atenderlos, aunque no pudiera satisfacer sus necesidades, Jaume comprobó que, más que nada, tenían hambre. Durante un momento imaginó que volvía al barco y cogía un poco de comida para repartirla entre ellos, pero el rostro adusto del capitán, alejando con la ayuda de sus hombres armados a la multitud, lo convenció de que era un propósito irrealizable. De pronto, al recordar la lejanía de la ciudad vislumbrada desde la galera, sintió curiosidad.
—¿Esto también es Valencia? —preguntó al hombre que les había hablado en primer lugar.
—No, señor —respondió, ya sin demasiado interés—. Estáis en Vilanova de la Mar.
—¿De verdad se llama Vilanova de la Mar? Una zona de Barcelona también se llama así. Y también es la más próxima a la playa.
—Más bien podríamos decir que estamos en Vilanova de la Muerte —ironizó Bernat—. Esta gente necesita ayuda…
Los gritos del capitán ahorraron a Jaume una respuesta. Señalaba una hilera de mulos que llegaban a pie de playa por detrás de la multitud. Algunos marineros se abrieron paso hasta los recién llegados, mientras otros volvían a la barca para avisar que era el momento de descargar las mercancías del barco.
Dos horas después emprendieron la marcha hacia la ciudad de Valencia. El capitán iba en cabeza, sentado en el pescante del único carro de la comitiva. Rabassa lo había enviado especialmente para Jaume, pero este no quiso dejar solo a su amigo e hicieron el camino a pie.
Siempre bordeando el río Turia, el grupo fue avanzando a paso lento. Los hombres de Rabassa explicaban que habían tenido que retirar bastantes obstáculos para poder llegar a Vilanova de la Mar. Ahora el camino, a pesar de todo lo que se veía en sus lindes, estaba expedito. Jaume y Bernat sorteaban como podían a la gente que les salía al paso y, cuando podían, miraban sobresaltados hacia el ancho río.
Muy pronto se encontraron con un barrio de casas bajas al otro lado del río. Parecían hechas con cañas y barro, y la crecida había arrastrado muchas de ellas. Por los restos de madera que sobresalían del agua, Jaume dedujo que, antes de la riada, en aquel punto había un puente. La gente les gritaba desde la otra orilla, pero quedaba tan lejos que resultaba imposible escucharlos.
La caravana continuó un rato por la margen derecha mientras Bernat iba comentando, asustado, lo que encontraban, cada vez más dolido por no poder ayudar a los hombres y mujeres desesperados que iban saliéndoles al paso.
—Quizá si hablaras con el capitán. ¿Quién puede notar si faltan algunas mantas? ¡Llevamos el carro hasta arriba y dos docenas de mulos bien cargados!
—Bernat, eso es imposible, ¡quítatelo de la cabeza! Si lo hiciéramos, podríamos provocar una avalancha de gente e, incluso, perder toda la carga.
—Pues ellos lo han perdido todo… —gruñó el herrero, apartando la mirada de unos cadáveres cubiertos por enjambres de moscas—. Al menos, podríamos ayudar a enterrar a los muertos.
Bernat lo dijo con amargura y el mercader no respondió. Se sentía cada vez más inseguro. No esperaba encontrarse un panorama de tanta desolación, ni que los marineros tuvieran que ser expeditivos con algunos supervivientes para abrir paso a la comitiva. También le sorprendió que la muralla vista desde el barco no se correspondiera en absoluto con los límites de la ciudad. Muchos barrios quedaban fuera de los muros y, por lo que parecía, habían sido los más perjudicados.
Parte del siguiente puente que se encontraron también había desaparecido. Todo el arco central estaba hundido y una construcción apresurada, con troncos y cuerdas, enlazaba provisionalmente ambos extremos. La fuerza del río daba una sensación de inseguridad que no resultó ajena a la atenta mirada de Bernat.
—Yo no pasaría por este cuello de botella suspendido sobre el infierno —dijo el herrero, consternado.
—Pues no te quedará más remedio, amigo mío. El carro ya lo ha enfilado y los mulos vienen detrás —respondió Jaume, no menos preocupado.
Como Bernat no dijo nada, el mercader se concentró en el grupo de gente reunida en la margen derecha que intentaba pasar al otro lado con una barca hecha con los mismos materiales que el puente. Era más bien pequeña y los remeros no podían mantener un rumbo perpendicular a la orilla. Muy probablemente acabarían en algún punto de la margen izquierda muy alejado del que se proponían alcanzar, pero su vida no parecía en peligro.
Ya estaban a punto de encarar el puente cuando vieron a algunas personas que salían de un edificio situado muy cerca del camino. En aquel punto, la ciudad no solo había crecido fuera de las murallas, también había superado al río. Alguien dijo que aquel era el barrio de los musulmanes, pero los hombres y mujeres que salían del edificio de piedra coronado por una campana no lo parecían.
De pronto, una mujer se plantó delante de los dos amigos. Solo mirándola con atención podías adivinar su juventud. Estaba muy delgada y llevaba en los brazos un niño pequeño envuelto en harapos.
—¿Tenéis algo para comer? Mi hijo hace dos días que no se lleva nada a la boca —los interpeló con un hilo de voz.
—No me queda nada —dijo Bernat, con dolor—, ya hace tiempo que he repartido todo lo que llevaba.
—A mí tampoco —respondió Jaume cuando se sintió interrogado por la mirada de su amigo.
—Entonces tendremos que hacer algo. No podemos dejarla así.
—Bernat, sé lo que sientes, yo ayudaría a todo el mundo si estuviera en mi mano, pero no es así.
—Te equivocas, Jaume. Sí que se puede hacer algo. Volveré al barco y pediré comida para esta gente.
—No te la darán, Bernat.
—Sí que lo harán, porque tú hablarás ahora mismo con el capitán y se lo dirás. Si es necesario, le pagas con el dinero que me prometiste por acompañarte.
—Gracias, señor, ¡gracias en nombre de los acogidos en el convento de la Trinidad! —dijo la mujer al tiempo que se arrodillaba y algunos otros la imitaban, como si los recién llegados fueran la misma estampa de Jesús.
—Pero Bernat… —Jaume lo intentó sin convicción.
—¡Hazlo!
El mercader se adelantó pensando que su amigo tenía razón, pero sin saber cómo plantearle la cuestión al capitán. Por suerte, una rueda del carro se había encallado en una grieta del puente y los marineros se esforzaban por liberarla. Jaume pensó entonces que aquel hombre solo estaba a cargo del barco que llevaba la expedición, pero él había recibido plenos poderes de Dalmau Clara.
«Quizá sea el momento de poner a cada uno en su sitio», se dijo mientras con una mano tocaba la espalda del capitán.
La negociación no resultó fácil. El hombre de mar no entendía por qué debían buscarse problemas. Su misión era hacer el negocio y volver lo antes posible a Barcelona. Pero Jaume exhibió toda la autoridad que usaba con sus mendigos y el marino tuvo que ceder.
—Seréis vos quien se lo explique al señor de Ciará —le advirtió, y Jaume adivinó el menosprecio que ocultaban aquellas palabras.
Volvió al convento, ansioso por comunicar a Bernat que había tenido éxito en la empresa. Su amigo estaba atendiendo a aquellos desdichados con bondad y paciencia infinitas.
—Podrías coger unas cuantas mantas del carro, Jaume. Mira cómo tiene que envolver esa mujer a su hijo. —Era la joven que les había salido al paso; a pesar de su estado, los ojos le chispeaban de alegría.
—Veré qué puedo hacer —respondió—, pero ¿cómo traerás los bultos hasta aquí?
—Nosotros tenemos un asno —intervino una mujer que lucía una gran cruz sobre el pecho—. Soy la priora de este convento.
—Está bien. Pero, Bernat, recuerda que volveremos a pasar por aquí mañana, como muy tarde. Si no estás, no sé si el barco podrá esperarte mucho tiempo.
—Estaré, Jaume, y… —buscó sus ojos— ¡gracias!
El mercader se dirigió de nuevo hacia el puente. El carro ya había salvado todos los obstáculos y los mulos lo seguían a pesar de las dificultades. La gente se acercaba con curiosidad a las mercancías, pero sobre todo tenía hambre y los marineros debían extremar su vigilancia. Jaume pensó que tenía por delante una misión difícil, pero cuando Dalmau Ciará le había confiado aquel negocio se había prometido que no fallaría. Ahora solo recordaba las palabras finales de su benefactor: «Esos Rabassa son unas buenas piezas. Ve con mucho cuidado».