MELEAGRO

Poseemos un buen número de testimonios biográficos sobre él, entre ellos el epigrama tardío VII 416, poco interesante; el prólogo (776) y epílogo (904) de La guirnalda, dedicados a Diocles de Magnesia, que al parecer fue autor de una obra sobre filósofos utilizada por Diógenes Laercio (en los versos 55-56 del primero de ellos, el poeta se adscribe el modesto alhelí); y cuatro epigramas autobiográficos, de los que los tres primeros (777-779) son autoepitafios (el género lo hemos hallado ya en el 177 de Leónidas y 304 de Calimaco) y el otro (780) una adivinanza propuesta ante la tumba del propio escritor, quien se simboliza en el héroe Meleagro (en 873 hay un juego etimológico con su propio nombre).

Al parecer los tres epitafios corresponden a tres épocas distintas: cuando se escribió el primero, Meleagro no tenía relación con Cos; cuando el segundo, todavía cifraba su mayor orgullo no en los epigramas, sino en su obra en prosa.

Los datos que de ellos se desprenden, aparte del nombre de su padre Éucrates, son: nacimiento en Gádara, al E. del Jordán, sita en la cuenca del hoy río Yarmuk un poco al S. de éste y cerca del punto en que se une al Jordán aguas abajo del lago de Genesaret (en la primera mitad del s. III había nacido en ella Menipo; Antíoco IV Epífanes, cuyo reino se sitúa entre el 175 y el 164, debió de favorecer en ella un cierto cultivo de las Humanidades helénicas; en el 98 fue incorporada al reino judío por las fuerzas resistentes macabeas de Alejandro Janeo, lo cual no debió de gustar a Meleagro, poco amigo de lo hebreo según 801; quizás el poeta pudiera conocer aún con alegría la reconquista de Pompeyo en el 64-63 y la entrada de la ciudad entre las federadas de la Decápolis); formación juvenil en la misma Gádara, a la que exalta como capital de la cultura (posiblemente predominaran en esta etapa de su vida los amores pederásticos, de que, tras la indecisión de 793, se despediría en 784 y 869), con influencia de la obra de Menipo y de sus sátiras de corte cínico, que habría imitado Meleagro en Las Gracias (Ateneo en 502 c le llama cínico y se refiere a una obra desconocida llamada El banquete, así como, en 157 b, a la citada por Meleagro; en 878 puede haber alusión al cinismo y, en todo caso, reflejan una vida de estudio y erudición no sólo este poema, sino también 794); pasó luego a la gran ciudad fenicia de Tiro (901 sería una despedida a la vida pastoril y rústica; esta época de su biografía puede ser que corresponda a una etapa de amores heterosexuales, pero recuérdese cómo habla de Tiro en 779, 853, 875 y 897; allí habría conocido a Antípatro el sidonio, que en Tiro vivía según este último poema); vejez en Cos, isla con que se relacionan 841 y probablemente 840 y 842-843; en 779 se refleja bien el ambiente de cosmopolitismo, no sólo lingüístico, en que el escritor se movió a lo largo de su vida.

En cuanto a fechas, una nota marginal del lematista dice que floreció en la época de Seleuco VI Epífanes Nicator, cuyo reinado sólo abarcó el año 96-95; y, en efecto, apunta a tiempos tardíos la alusión a Roma en 852 (no parece que tengan valor las objeciones basadas en el hecho de que la mención de Ptolemeo Filadelfo en 778 ya no sería entendida, o en el de que Tiro entonces ya no era isla, como dice en 853, sino península, todo lo cual llevaría a Meleagro a época más antigua). Su vida habría de ser, pues, situada quizás entre el 140 o 130 y el 70 o 60; cabe extraer conclusiones también en relación con la presencia en la antología de Antípatro el sidonio (cf. intr. a éste) o la ausencia de su paisano Filodemo de Gádara, nacido hacia el 110, a quien se atribuyen alternativamente los epigramas 816 y 844.

Por lo que toca a su poesía (no es seguro ni mucho menos que sean de él 182, 234 ni 702), aparte del mérito contraído como crítico literario por la preservación de tanta joya, resulta ser uno de los más señalados epigramatistas de La guirnalda. No es original en la mayor parte de su obra, ni podía serlo dada su fecha: a cada momento le vemos copiando o dejándose influenciar por Leónidas (896), Asclepíades (803, 812, 817, 826, 835, 839, 857), Posidipo (785, 791, 794, 799), Calimaco (785, 792, 798, 804, 817, 822, 856, 898-899), Erina (898), Pánfilo (788), Teodóridas (896), Faeno (787), Riano (851, 860), Dioscórides (844, 907), Mosco (812), Antípatro (790, 812, 895, 897-898, 903), Polístrato (891) y otros; pero su interés radica precisamente en el modo inteligente, gracioso y atrevido en que innova sobre sus modelos o, no rara vez, los mejora.

En el campo concreto de la poesía amorosa, es muy discutida la sinceridad de sus expresiones. Evidentemente, muchos de los onomásticos están tomados a otros epigramatistas, lo que excluye que los nombres de sus amados y amadas sean reales; puede tratarse, es cierto, de seudónimos, pero, sin que quepa afirmar que, por ejemplo, los caracteres de Zenófila (804-815), Heliodora (799 y 816-831) y Miísco (874-884), tan consecuentemente trazados a lo largo de muchos epigramas, puedan engarzarse más o menos en verdaderas aventuras, en general la impresión que extraemos es que el poeta diluye, reparte, amplifica o dramatiza una innegable experiencia erótica. Todo ello con gran elegancia, sobriedad y habilidad suma para cultivar una multitud de estilos tradicionales afrontando valientemente el tópico y sirviéndose de él en forma a la vez lapidaria y colorista. Así cuando aborda los viejos géneros del enigma (780, 897), el epitafio (898-900 y 905, que puede ser de uno u otro Antípatro), el propémptico (841), el pequeño poema animalístico (787-788, 808-809, 825, 840, 877, 893), el mimo (794, 830, 846-847), la écfrasis (807, 810, 849, 903), la sátira vindicativa (835, 845, 865), siempre en forma nueva y llamativa, incluso ante el tópico ya un poco manido del Amor juguetón, a que vuelve una y otra vez en 781-783, 790-791, 812-813, 829, 842-843, 881, 894, el dudoso 906, sin que su maestría en el tema le incapacite para expresar verdadera pasión (785, 789, 816, 839, 848, 861-862, 868), lucha interna en el monólogo con el alma (792, 796-797), celos ardientes (801, 826-827, 836) y la eterna contienda incruenta del amor físico (802-803, 850, 852, 889-892). Gran poeta Meleagro, capaz de caer en embarullado preciosismo o chato pedestrismo cuando su Musa le abandona (820, 885-887, 891), pero también de escribir con inspiración bellísimos versos (806, 821, 831, 854, 866-867, 890).

776 (IV 1)

Es el poema inicial de la colección de poetas helenísticos llamada La guirnalda precisamente por la forma metafórica en que el recopilador, con gran esfuerzo y no total éxito (en parte por las dificultades de buscar un vegetal distinto y significativo para cada escritor, lo que hace que, por ejemplo, la vid o parra aparezca tres veces, como puede verse en intr. a Pánfilo y Hegesipo; en parte también porque sus conocimientos botánicos quizá no eran grandes, como consecuencia de lo cual la supuesta corona habría de ser una imposible colección de hojas, tallos y flores propias de épocas del año muy distintas; y no menos por las dificultades métricas que le obligan a emplear perífrasis para referirse a Dioscórides en los versos 24-25 o a Hermodoro en 43-44 y a llamar a Asclepíades en el 46 con el sobrenombre que le dan Teócrito y Hédilo), presenta no a todos los autores de quienes recoge versos, sino solamente a 47 más él mismo; pero con la particularidad de que, aparte de incluir, como es natural, nombres de poetas antiguos que en esta colección helenística no pueden figurar (de Safo o atribuidos a ella hay tres en la Antología; de Simónides o supuestamente de él aparecen muchos, entre ellos cinco helenísticos aquí recogidos; de Baquílides, al que se aplica una expresión que recuerda a 759, dos genuinos y uno espurio; de Anacreonte, muchos; de Arquíloco, algunos; de Platón, varios), nos cita a varios escritores cuyas obras de este tipo no nos han llegado: Melanípides (n. ca. 520), que probablemente escribió epigramas; un tal Eufemo del que nada se sabe; Pártenis, que puede ser una mujer Parténide, desconocido en uno u otro caso; y Policlito, con el que ocurre lo mismo. Sobre el destinatario de la colección, cf. intr. Observemos, entre tantas cosas como podrían anotarse y otras que se hallarán en las introducciones a los diversos epigramatistas, que en el verso 7 el vegetal se concibe como impregnado por el poeta a quien simboliza; lo ignoramos todo de la planta del 20, cuyo nombre parece indicar que nace al borde del mar; en el 33-34 se alude a los muchos géneros en que descolló Baquílides; en el 35-36, Anacreonte no es relacionado con ninguna flor concreta y se pone de relieve su escasa dedicación a los géneros elegiaco y epigramático; en el 37-38, Arquíloco aparece caracterizado con su legendaria mordacidad; en el 40, las habas son citadas por el color pardo o rosa oscuro de sus flores; el 47 puede referirse al crisantemo o flor de oro, que es nombre empleado para muchas especies; y, finalmente, en el 55 hemos preferido una variante al texto de los códices, que habría que traducir como que han escrito recientemente, lo cual no es cierto de autores como Safo y otros.

¿A quién, Musa amada, esta varia gavilla dedicas?

¿Quién hizo esta guirnalda de poéticos himnos?

La tejió Meleagro y a Diocles, el bien envidiable,

consagró este recuerdo grato de sus labores.

En ella incluyó muchos lirios de Mero con muchos

de Ánite y algunas de las rosas de Safo;

cortó de la vid de Simónides verdes sarmientos,

narcisos empapados del claro Melanípides

y con ellos el iris de Nóside muy perfumado,

la cera en cuyas tablas Eros ablandó, y puso

al lado el sampsico oloroso de Riano y los dulces

pétalos virginales del azafrán de Erina

y el jacinto de Alceo, locuaz para el docto poeta,

y las hojas oscuras del laurel de Samio;

de la yedra de Leónidas trajo robustos corimbos,

del pino de Mnasalces punzantes agujas

y podó de la parra de Pánfilo el pámpano curvo

por unirlo a los vástagos del nogal de Páncrates

con el álamo hojoso de Timnes, la menta lozana

de Nicias, el amótrofo marino de Eufemo.

Y allí a Damageto agregó, la morada viola,

y el mirto de Calimaco, lleno de miel amarga,

y a Euforión, la colleja, juntó el musical ciclamino

del vate que a los hijos de Zeus tiene en su nombre.

También a Hegesipo, el racimo que embriaga, con ellos

enlazó y el junco de Perses bienoliente

y a Diotimo, la dulce manzana que brota en las ramas,

y a Menécrates, tierna flor de los granados,

y a Nicéneto, vara de mirra, y unió el terebinto

de Faeno y el bronco piruétano de Simias.

Y después cosechó un puñadito, en los prados preciosos,

del apio floreciente que es Pártenis y trajo

de la mies de Baquílides unas trigueñas espigas,

hermosas reliquias del panal de sus Musas.

Y allí está Anacreonte, flor mélica suave cual néctar,

pero más bien estéril en la vena elegiaca,

y unas gotas apenas del mar arquiloquio, en que crece

la flor del espino de encorvadas hojas,

y recientes renuevos de olivo, que es grato a Alejandro,

como a Policlito las purpúreas habas,

y la joven alheña fenicia de Antípatro con la

mejorana, que es flor del cantar de Polistrato.

E igualmente añadió el nardo sirio de espinas agudas,

poeta cuyo nombre simboliza al don de Hermes;

Posidipo con Hédilo, plantas silvestres, se unía

a la flor de Sicélidas, que del viento nace;

un áureo brote también de Platón el divino

puso, que en todo el mundo por su virtud brilla,

y con ellos a Arato, el experto en estrellas, cortando

primiciales tallos de altísima palma,

mezcló y combinó a Queremón y su loto frondoso

con la llama de Fédimo y Antágoras, el ágil

buftalmio, y el verde tomillo, que el vino adereza,

de Teodóridas junto con el ciano de Fanias

y otros muchos pimpollos recién recogidos y, entre ellos,

alhelíes vernales de la Musa propia.

Mis amigos reciban la ofrenda de dulce guirnalda

común para iniciados del culto de las Musas.

777 (VII 417)

Epitafio autobiográfico con cita de su padre; del nacimiento en Gádara y de su traslado, en la madurez, a Tiro (sobre la metáfora, cf. el 679 de Dionisio), la gran ciudad comercial fenicia y luego siria (aunque en el verso 2 el poeta habla impropiamente de los Asirios cuando pone a Atenas como modelo de ciudades cultas), que fue isla y más tarde península. Meleagro pone de relieve, con cierta exageración, la importancia cultural de Gádara, en que había nacido Menipo (cf. intr.) y en que más tarde se crió el epigramatista Filodemo; y, defendiéndose del prejuicio que podría llevar a despreciar estas culturas provincianas, alega el principio cosmopolita, también cínico, de la igualdad de los hombres sin distinción de nacionalidades, aludiendo al mito genealógico de Hesíodo (Th. 116 ss.), que pone el Caos en la ascendencia común de los humanos. Es de notar también el «cliché» del anciano un poco chocho y demasiado hablador.

La isla de Tiro me crió, fue mi tierra materna

el Ática de Asiria, Gádara, y nací de Éucrates

yo, Meleagro, a quien dieron antaño las Musas

el poder cultivar las Gracias menipeas.

Siró soy. ¿Qué te asombra, extranjero, si el mundo es la patria

en que todos vivimos, paridos por el Caos?

Cuando puse en mi tumba esta lauda mi edad era grande

y el que a la vejez llega del Hades no anda lejos.

Saluda, viajero, a este anciano locuaz y que puedas

también tú alcanzar mis años charlatanes.

778 (VII 418)

Cf. el poema anterior e intr. a Meleagro y Teócrito, la última de las cuales aclara, en relación con Ptolemeo Filadelfo, la expresión del verso 3, a la que se ha querido dar valor cronológico. Los Méropes eran un pueblo mítico de Cos.

Gádara, ilustre ciudad, fue ante todo mi patria;

la sagrada Tiro me acogió y me hizo hombre;

Cos, la nodriza de Zeus, me cuidó siendo viejo

y tomó entre los Méropes como hijo adoptivo;

y las Musas su raro favor me otorgaron honrando

a Meleagro el de Éucrates con Gracias menipeas.

779 (VII 419)

Epigrama compuesto por el propio poeta ya anciano para su tumba. En él hallamos las regiones sucesivas en que se desarrolló su vida; a Tiro la llama literalmente la de los divinos muchachos, con connotación pederástica; sobre los Méropes, cf. 778. Nótese, en aquella encrucijada de pueblos y culturas, la alusión a las tres lenguas en que el viandante puede saludarle: siriaco, fenicio (los manuscritos dan naidios, pero Plauto, Poen. 1141, transcribe una salutación cartaginesa auonesilli, lo que ha provocado la conjetura que aquí hallamos) y griego, con el imperativo equivalente a mantente sano o cosa parecida. En el verso 4 puede haber una alusión a Las Gracias (cf. intr.); sobre el calificativo de Eros, cf. 700.

Pasa despacio, extranjero; el anciano aquí duerme

entre gentes piadosas con el sueño de todos.

Meleagro, el de Éucrates, supo mezclar con las Musas

y las Gracias alegres el Eros agridulce.

Gádara y Tiro divinas le hicieron un hombre

y Cos entre los Méropes su vejez cuidaba.

Di, si eres Siró, salam, o si Fénice, audonis,

o bien salud si Heleno: lo mismo significan.

780 (VII 421)

Como tema de la adivinanza (cf. el 629 de Antípatro) se propone una figura con alas que empuña un venablo de dos filos (el arma será similar a las designadas con otros nombres en el 444 de Teodoro y 574 de Samio) y viste piel de jabalí. El espectador finge dudar: Eros tiene alas, pero no es emblema adecuado para un sepulcro; el Tiempo (cf. 755) también, pero no es joven, como este personaje. Las alas deben de representar la poesía, las palabras aladas de Homero. El venablo y la piel de jabalí indican a un cazador, Meleagro, el héroe mítico; luego el aquí enterrado es el poeta Meleagro (cf. 769). El hecho de que el arma, don de Artemis (cf. 732), tenga dos filos alude a sus dos tipos de obras, Las Gracias, en que, por otra parte, se aúnan los elementos serio y cómico, y los epigramas, en que alternan dos versos, hexámetro y pentámetro. Al final, el poeta se autoelogia por el mérito de reunir en una sola carrera artística la poesía amorosa y la miscelánea del libro puesto bajo el patrocinio de las Gracias.

¿Por qué, ser alado, un venablo y el cuero elegiste

de un jabalí? ¿Quién eres? ¿A qué difunto indicas?

Eros no he de llamarte: ¿qué harías metido entre muertos?

La atrevida pasión no sabe de gemidos.

No se trata tampoco del Tiempo de rápida marcha:

aquél es ya viejísimo y están en flor tus miembros.

Pero sí, fue poeta, yo creo, el que está bajo tierra

y tú, figura alada, su nombre nos dices.

Tiene dos filos el don de Letoa que blandes,

uno que es serio y cómico y el otro en que hay amores.

¡Ah, sí! Es Meleagro, del hijo de Eneo tocayo,

el simbolizado por esta cacería.

Mi saludo reciba quien supo en un solo talento

armonizar la Musa de Eros y las Gracias.

781 (V 176)

¡Terrible, terrible Eros es! Pero ¿a qué andar diciendo,

entre mil gemidos, que es Eros terrible?

Ríe el niño con ello y así, cuanto más se le injuria,

más goza y se crece con mis vituperios.

Un enigma es, ¡oh, Cipris!, que tú, la nacida del glauco

oleaje del mar, fuego hayas parido.

782 (V 179)

Inversión del tópico: el niño, cazador sempiterno, ha sido capturado. Amenazas del captor; risa desvergonzada del dios, porque la captura es contraproducente: Eros en el corazón es como un lince al acecho de las cabras. Victoria cadmea llamaban en la Antigüedad (cf. el 675 de Zenódoto) a lo que, a partir del gran Pirro (cf. el 179 de Leónidas), se denominó luego una victoria pírrica. Pueden notarse, como elementos típicos del género, el juramento (es el primero de los quince epigramas en que, si no nos equivocamos, recurre Meleagro al tópico), en este caso por Cipris (cf. el 176 de Leónidas y nótese el hecho, cf. el 646 de Antípatro, de que el epíteto étnico se transfiere del arco a la aljaba); lo que aquí llamamos sandalias (cf. el 240 de Fédimo y 262 de Posidipo); y una serie de genios amorosos personificados, los Deseos.

Todas tus armas te voy a quemar, sí, por Cipris,

tu arco, Eros, y los dardos y la escítica aljaba.

Quemaré… ¿Por qué arrugas tu chata nariz y te burlas

con sardónica risa que habrá de pesarte?

Voy a cortarte esas alas veloces que inspiran

pasión, y a tus pies pondré trabas de bronce.

Pero va a ser quizá una victoria cadmea el uncirte

a mi alma como a un lince cerca del aprisco.

Vete, pues, me venciste; recoge tus leves sandalias

y hacia otros emprende tu rápido vuelo.

783 (V 180)

Complicada y bella genealogía de Eros, al que ya Platón (Conv. 173 b) no era capaz de encontrar progenitores conocidos. Carece, en efecto, de padre (el texto añade y de abuelo paterno); su madre es Afrodita, esposa de Hefesto y amante adúltera de Ares (cf. el 187 de Leónidas y 660 de Antípatro), duplicidad que explica los dardos inflamados y autoriza incluso al poeta a calificar a Eros (cf. el 657 de Antípatro) con un duro epíteto. Afrodita, a su vez, nació de la Mar personificada, cuyos coléricos bramidos se dejan oír cuando, en la tempestad, sufre los latigazos del viento; esto explica la risa del joven dios.

¿Qué tiene de extraño que dardos ardientes arroje

Eros el asesino con amarga risa?

¿No nació de la esposa de Hefesto, la amada de Ares

que se daba en común a la espada y el fuego?

¿Y madre no fue de su madre la Mar que rebrama

cuando el viento la azota? Porque padre no tiene.

Así el fuego en su alma se mezcla con la ira del ponto

y las armas de Ares que la sangre mancha.

784 (V 208)

El poeta, dentro de un tópico general, compara el amor pederástico con el normal y reprueba el primero a causa del papel pasivo que uno de los amantes desempeña, frente a lo cual cita un conocido refrán que encontramos (cf. el 381 de Teócrito) en Epicarmo (fr. 348 OI.) y que ensalza la cooperación entre humanos (una mano lava a la otra: da algo si quieres recibir).

No me gusta el amor masculino: ¿qué goce hay, Amores,

cuando uno se propone recibir sin dar nada?

«La mano a la mano…» Una bella mujer en el lecho

me espere y no el varón con su insípido abrazo.

785 (V 212)

Apasionado canto sobre los dulces tormentos infligidos por una turbamulta de alados Amores que no saben dejar en paz al amante. Hay ecos del 246 de Posidipo y 285 de Calimaco; el filtro amoroso es tópico en la colección.

Siempre de Eros los ecos invaden mi oído, y mis ojos

a la Pasión ofrendan dulces lágrimas mudas;

ni la noche ni el día me aplacan; marcaron los filtros

en mi corazón una impronta muy clara.

¿Por qué, si posaros supisteis, alados Amores,

en mí, sois incapaces hoy de alzar el vuelo?

786 (VI 162)

Consagración de un candil, tópico casi imprescindible para Meleagro (cf. el juramento del 201 de Asclepíades) en cierto tipo de poemas en que la magia de la noche erótica dedicada al culto de Cipris envuelve al místico grupo de los cofrades de Eros.

Su candil, compañero de juegos, te ofrenda Meleagro

como iniciado, Cipris, en tus fiestas nocturnas.

787 (VII 195)

El poeta, en vena agreste, pide al saltamontes (cf. el 462 de Faeno) que, con su melodía monótona, le incite al sueño y libere de penas amorosas. La descripción del mecanismo fisiológico es más aceptable que en el 359 de Simias: los élitros (cf. el 47 de Anite) son en realidad una modalidad de alas anteriores. La afirmación de que el saltamontes se alimenta de rocío, como la cigarra en el epigrama siguiente, es una leyenda bien conocida.

Tú, saltamontes, la Musa campestre y sonora

que mi pasión consuelas, que acompañas mi sueño,

humilde rival de la lira, nostálgico un aire

táñeme, frotando tus locuaces alas

con tus patas, y calme mi angustia, que insomne me tiene,

ese tu hilo melódico que hace olvidar a Eros.

Si me ayudas, mañana temprano he de hacerte un regalo

de verde cebolleta con gotas de rocío.

788 (VII 196)

Poema en que se funden el elemento musical; el amoroso, presente al final, y la descripción tópica de la cigarra (cf. el 409 de Pánfilo y el epigrama anterior, también sobre el rocío; el 80 de Nicias, sobre el supuesto canto; el 571 de Hermocreonte, sobre la sombra del plátano).

Cigarra locuaz, que cultivas la rústica Musa,

embriagada de líquidas gotas de rocío,

y tañes, posada en la punta de un tallo, la lira

con tus patas dentadas y tu tostado cuerpo,

canta, amiga, algo nuevo que guste a las ninfas silvestres,

a los sones de Pan tus notas acompañen

y yo de Eros me salve y el sueño me rinda a la sombra

del plátano umbroso tendido al mediodía.

789 (V 57)

Deliciosa advertencia. En griego la misma palabra significa a la vez mariposa o falena y alma: la mariposa gira en torno al amor atraída por él, pero, si los tormentos del amante son excesivos, si el fuego quema demasiado, el alma escapará a la tentación.

La falena que en torno a ti gira, si tanto la quemas,

se te escapará, Eros; también ella tiene alas.

790 (XII 47)

Hay ya precedentes antiguos del tema (cf. el 648 de Antfpatro): en Anacreonte (fr. 53 P.). las locuras y escándalos son tabas de Eros, es decir, ciegos instrumentos del caprichoso azar dictado por un niño; en Apol. Arg. III 114-118, el desvergonzado hijo de Afrodita juega con Ganimedes (cf. 716) usando tabas de oro. Aquí el niño, que aún no sabe hablar, se divierte ya, madrugando mucho, en el regazo de su madre; pero lo peor es que se está jugando a la taba el alma del pobre poeta.

Eros jugaba aun muy niño en la falda materna

y era mi alma la puesta del lance de sus tabas.

791 (XII 48)

El amante, atormentado por Eros, se rebela contra él en altanero desafío. Nada tiene que temer aquel en cuya alma, que tanto ha sufrido, no queda sino ceniza incombustible (cf. 702). Se combinan los temas de la lucha en la palestra (cf. el 353 de Diotimo, 684 de Dionisio y 705) y el consabido de los dardos incendiarios. El epigrama es imitación del 248 de Posidipo con un eco directo de Teognis (98).

Heme aquí; salta ya a mi garganta, demonio salvaje;

yo sabré resistirte por muy fiero que seas.

Conozco también esos ígneos dardos que lanzas,

mas no me incendiarás, pues ya todo es ceniza.

792 (XII 80)

Monólogo con el alma (cf. el 208 de Asclepíades y 673 de Polístrato), tema tradicional a lo largo de las Literaturas clásicas y modernas. El amante ha conseguido escapar a Eros; sus heridas las va cerrando el tiempo; el fuego de antaño es ya ceniza (cf. 791), pero debajo late aún un rescoldo (recuerdo del 283 de Calimaco); si el poeta se expone ahora a caer en manos de su verdugo, será tratado como los esclavos cuando han pretendido huir de sus dueños (idea tomada al 278 de Calimaco).

Infeliz corazón, ¿por qué vuelves a abrir en tu entraña

las heridas de Eros que ya iban a cerrarse?

¡No, no! ¡No, por Zeus, no, por Zeus, insensato, no avives

ese rescoldo ardiente cubierto de ceniza!

Si de Eros en manos cayeres tu mal olvidando,

como a siervo escapado te castigará luego.

793 (XII 86)

El poeta duda entre el amor heterosexual y el pederástico para terminar decidiéndose por éste. Cf. 722.

Cipris me incendia con llamas de amor femenino

y las bridas de Eros a los hombres me llevan.

¿A quién sigo? ¿A la madre o al hijo? Ella misma lo dice:

«Este niño atrevido se sale con la suya».

794 (XII 117)

Epigrama mímico (cf. 705) en que al parecer un hombre bastante bebido, a juzgar por la machaconería e incoherencia de su lenguaje (cf. 697), dialoga con su conciencia; junto a él, un esclavo que recibe órdenes, pero no habla. El monologante es por lo visto un erudito (nótese su cita de un pasaje de la litada, XIV 292-360, en que Zeus siente deseos de Hera), que, como en el 244 de Posidipo (cf. también 700), se ha aburrido ya de la penosa vida filosófica y, con frase muy parecida a la de César ante el Rubicon transmitida por Plutarco (Vita Caes. XXXII 8), lanza a los vientos su prudencia, pide la imprescindible antorcha (cf. 725) y se dispone a cortejar con mejores o peores modos a una mujer.

—La suerte está echada; trae luz; entraré. —¡Qué vergüenza!

¿Qué vas a hacer, borracho? —Quiero cortejarla, cortejarla.

—¿Qué piensas? —¿Y qué ha de pensar el amante?

Enciéndeme en seguida. —¿Dónde está tu prudencia?

—¡Abajo las sabias vigilias! Tan sólo una cosa

sé, y es que Eros domeña la voluntad de Zeus.

795 (XII 119)

El amante se ha acercado al vino como suplicante ritual, para que el dios Baco, por quien se jura al principio, le libre del amor, y lo que ha hecho el vino es inspirarle nueva audacia. El poeta se resigna, pero no sin hacer reproches a la divinidad: Baco, nacido del rayo de Zeus (cf. el 543 de Alceo y, sobre la brida, 793), es natural que guste del fuego amoroso, pero es ilógico que quien prohíbe que se revelen sus misterios sagrados excite ahora al bebedor para que, imprudente (cf. el tema de la verdad en el 210 de Asclepíades), descubra sus propios secretos a los demás.

¡Sí, yo acepto, por ti, las audacias que en mí has inspirado!

¡Oh, Baco, condúceme con tu brida divina!

Naciste en las llamas y de Eros fomentas el fuego

y a mí, que te imploraba, vuelves a encadenarme.

Eres falso y traidor: tus misterios secretos mantienes

y quieres ahora revelar los míos.

796 (XII 132 a)

Monólogo del amante con su alma (cf. 792); ya muchas veces, en su lucha interior, la había advertido del peligro con que revoloteaba demasiado cerca del fuego amoroso. Ahora, la imprudencia está consumada; el pájaro espiritual ha caído en la liga y red del cazador (cf. el 666 de Antípatro). En una pintura pompeyana, tres amorcillos torturan a Psique: uno la sujeta, otro la quema, otro le da de beber algo. Así aquí el cruel Amor finge aliviar el tormento, pero los líquidos recibidos por el alma son muy poco apropiados para apagar su sed: mirra (cf. 727 y 776, 29), combustible para el fuego en que arde, y sus propias lágrimas calientes y saladas. Sobre el juramento por Cipris, cf. 782.

¿No te dije, alma mía, «Caerás, te lo digo por Cipris,

si en vuelo tantas veces a la liga te acercas»?

¿No te lo dije? La red te atrapó. ¿Por qué luchas

por desasirte en vano? Te ha atado Eros las alas

y al fuego te puso y con mirra bañó tu desmayo

y te da de beber lágrimas calientes.

797 (XII 132 b)

Nuevo monólogo; el alma es atormentada por Amor, que, insensible a sus sufrimientos, paga con ingratitud los desvelos con que el amante le ha criado y, concediéndole de vez en cuando un refrigerio para prolongar el suplicio, le atormenta sutilmente con nieve fría y, al mismo tiempo, la miel ardiente, amarga y voraz del deseo.

Corazón torturado, tan pronto en la llama te quemas

como cobras alientos en refrigerio breve.

¿Por qué lloras? ¿Acaso, cuando a Eros tu seno albergaba,

no viste que criabas a un duro enemigo?

¿Lo ignorabas? Recibe ahora el pago de tantos trabajos,

fuego y nieve fría que juntos te bañan.

Pues tú lo quisiste, recibe el castigo y soporta

el verte por tus culpas tostado en miel ardiente.

798 (V 197)

Rendición incondicional ante el amor en una alegre comitiva de cortesanas: Ilíade (cuyo raro onomástico es posible que haya que cambiar por Isíade o Helíade), Demo, Timo… Temas eróticos varios: el juramento; el candil (cf. 786), que, encendido toda la noche, está insomne como el poeta, a quien la piel de Demo, perfumada con mirra, quita el sueño; el del alma que muere por falta de aliento (cf. el 278 de Calimaco), etc.

Por el rizo amoroso de Timo de hermosa melena,

por la piel perfumada de Demo la inquietante;

por las dulces caricias de Iliade y el siempre despierto

candil que ha presenciado tanto amoroso rito,

es ya corto en mi labio el aliento que tú me dejaste,

Eros, mas, si quieres, perderé el que me queda.

799 (V 198)

Eros ha perseguido tanto al poeta, le ha acosado tanto con los encantos de infinitas mujeres, que ahora Meleagro está ya tranquilo: su enemigo se ha quedado sin proyectiles. El tema, con uso inmoderado aquí del tópico del juramento, estaba ya en el 248 de Posidipo; entre las amadas, con la famosa Heliodora, hallamos a De mar ion, que es tal vez la misma Demo de 798 y otros cantos (así como a Timo se la encuentra otras veces con el también diminutivo Timarion); el verso 1 del original no alude al pie, sino, fetichistamente, a la sandalia de la hermosa; en el 2 puede haber una obscenidad; en el 3, Anticlea es designada con el epíteto homérico la de ojos de vaca con alusión a la mirada triste y húmeda de una ternera joven.

No, por el rizo de Timo y el pie de Heliodora

y el atrio de Demarion bañado en perfumes;

por el dulce mirar de Anticlea y su tierna sonrisa,

por las frescas guirnaldas que Dorótea teje;

en tu aljaba no hay dardos ocultos, pues todas tus flechas

están, Eros, ya dentro de mí clavadas.

800 (V 156)

Bella metáfora náutica (cf. 713). Los ojos de la muchacha son de un color impreciso, que los poetas atribuyen a la aurora, a la luna… Aquí se tratará probablemente de un gris azulado que recuerda al mar en calma y a la diosa Bonanza (cf. el 288 de Calimaco): luego vendrán las tormentas.

La amorosa Asclepiade y sus ojos azules en calma

a todos nos persuaden a navegar con ella.

801 (V 160)

El amante, desdeñado y lleno de celos, lamenta más su derrota por haber sido un judío quien le desbancó: las gentes de cultura clásica sienten gran desprecio hacia los ritos incomprensibles de otras religiones. Aquí, como se ve, causa horror el tedio y frialdad del día festivo de los Hebreos; Meleagro no se explica cómo a Demo le han llegado los nostálgicos aires del sábado; a no ser que la prohibición de encender fuego convierta en un aliciente más la larga estancia en el lecho.

Demo de blancas mejillas, un hombre disfruta

teniéndote con él y mi corazón gime.

Te ha llegado el deseo del sábado, y yo no me admiro:

hasta en los fríos sábados late Eros caliente.

802 (V 172)

Tópico de la noche de amor demasiado corta: cf. los ruiseñores de 701. Aquí la censurada es la propia Aurora (cf. el 662 de Antípatro), que ha sorprendido a Meleagro junto a la tibia piel de Demo. El lucero de la mañana (cf. el 290 de Calimaco) sabe ya lo que es retirarse en ocasiones similares, pues, al aparecer en casa de Alcmena (cf. el 570 de Damageto), tuvo que enfrentarse con el amante Zeus, que, deseoso de una larga unión erótica (la triple noche de que era tradición que había nacido el colosal Heracles), le obligó a desandar lo andado para convertirse otra vez e inmediatamente en lucero vespertino.

¿Por qué, cruel Eos, tan pronto a mi lecho viniste

cuando el cuerpo de Demo su calor iba a darme?

¡Ojalá que, invirtiendo tu curso, trajeras la noche

y no la dulce luz, para mí tan amarga!

Una vez te enfrentaste con Zeus en la casa de Alcmena:

ya sabes, pues, lo que es tener que retirarte.

803 (V 173)

El reverso de la medalla, incluso con paralelos exactos. Ahora es otro el que duerme con Demo (cf. lo dicho en el 193 de Asclepíades; el nombre de prenda es el mismo de 731); y, lógicamente, el crepúsculo matutino se demora demasiado.

¿Por qué, madrugada cruel, tan despacio caminas

cuando otro se calienta con el manto de Demo?

Una noche la tuve en mis brazos, y entonces corriste

a inundarme en luz burlona de mis males.

804 (V 139)

Zenófila es una de las dos mujeres a quienes más parece haber amado el poeta; sobre la péctide, cf. el 526 de Nicarco; el juramento por Pan, divino músico pastoril, es eco del 283 de Calimaco.

Por el árcade Pan, ¡oh, Zenófila!, dulce es el canto

que vibra en tu péctide; dulce es tu melodía.

¿Adonde huiré? Por doquier los Amores me asedian

y ni un solo momento respirar me permiten.

Sí, de pasión me llenó tu belleza, y tu Musa,

y tu Gracia y… ¿Qué digo? Todo es fuego y yo ardo.

805 (V 140)

El simbolismo es un poco complicado. Cada una de las tres Gracias ha otorgado un don a la muchacha: dotes musicales, representadas por las Musas (sobre la péctide, cf. 804); palabra fácil, inspirada por el Verbo y la Persuasión (cf. el 608 de Antípatro); atractivo amoroso. Eros utiliza la belleza como instrumento al igual que un auriga maneja sus caballos; en 793, Eros lo es de la pasión deleitable; en 795, por el contrario, la metáfora es distinta y Baco gobierna al poeta como un auriga a sus animales, del mismo modo que, en el fr. 15 P. de Anacreonte, una muchacha rige el alma de quien le quiere. Todo ello ha hecho a Zenófila reina de los Amores: sobre el cetro, cf. el 663 de Antípatro.

Las Musas de péctide dulce y el Verbo de sabia

persuasión con Eros, de la belleza auriga,

te dieron, Zenófila, el cetro plural del deseo

y las tres Gracias tres gracias te otorgaron.

806 (V 144)

Muy hermoso poema. El tópico de que el hermoso o la hermosa eclipsan a las flores mismas aparece en 714; sobre Persuasión, cf. 805. Al final, los alegres prados agitan sus cabelleras movidas por la brisa (cf. el 362 de Simias) como si riesen de las exageraciones del amante, obligado a protestar muy en serio.

Ya el alhelí floreció, floreció ya el narciso

amador de la lluvia con los lirios silvestres.

Y también está abierta, cual flor sazonada entre flores,

rosa de Persuasión, la amorosa Zenófila.

¿Por qué locamente, praderas, se ríen las yerbas?

¡Si es que la niña huele mejor que mil guirnaldas!

807 (V 149)

Alguien ha traído un retrato (cf. 687) de la charlatana Zenófila, cuya elocuencia conocemos por 805.

¿Quién a mi gárrula amiga Zenófila pinta?

¿Quién a una de las tres Gracias viene a ofrecerme?

¡Ah, por cierto, agradables trabajos han sido los suyos,

pues graciosamente me trae la propia Gracia!

808 (V 151)

Toque de pintoresco exotismo en la tórrida noche oriental en que la muchacha es amenazada por los mosquitos; celos del poeta al ver que se acercan a ella como amantes afortunados. La cólera se remonta en hiperbólicos tonos homéricos y esquileos. Bien lograda, la parodia.

Mosquitos de agudo cantar que chupáis, atrevidos,

la humana sangre, alados monstruos de la noche,

que un instante, os suplico, Zenófila duerma su sueño

tranquilo: mi carne devorad entre tanto.

Mas ¿por qué hablar en vano dejando que fieras crueles

gocen la tibieza de su piel suave?

Os vuelvo a advertir, bestias malas, cejad en la audacia

o sabréis lo que pueden mis manos celosas.

809 (V 152)

El mosquito (cf. 808) debe servir de mediador para el celoso poeta. La idea de hacer desempeñar este oficio a un animal parece inspirada por Filóxeno (cf. intr. a su homónimo), que presenta a Polifemo (cf. el 530 de Aristón) enviando (fr. 9 P.) delfines a Galatea, o Teócrito (Id. VIII 51-52), en que el nuncio amoroso es un macho cabrío. Los motivos homéricos son empleados con humor; el tema del rival afortunado está tomado a broma; y el imaginarse al mosquito premiado con piel de león (cf. el 133 de Leónidas) y maza (cf. el 683 de Dionisio), atributos de Heracles, es francamente gracioso. Nótese el usual tópico del insomnio.

Vuela, mosquito, a Zenófila y, rápido nuncio,

rozando su oreja susurra este mensaje:

«Insomne te espera ¡y tú duermes, de amor olvidada!»

¡Vuela ya, vuela, músico! Pero háblale bajito,

no despiertes a aquel que comparte su lecho y con ello

renueves en él tormentos celosos.

Si traes, mosquito, a mi niña, la piel he de darte

de un león y una maza que en tu mano lleves.

810 (V 171)

Combinación de dos motivos eróticos: la habladora Zenófila (cf. 807), al beber, besa la taza, lo que provoca los celos de Meleagro; éste añora un beso en que, aspirada por su amada, el alma del amante fuera bebida a través de los labios juntos. Es curioso saber que en el museo de Berlín existe o existió un vaso con la inscripción soy de Zenófila.

Dulcemente se goza la taza rozada un momento

por la boca locuaz de Zenófila amante.

¡Feliz ella! ¡Ojalá que, poniendo en los míos tus labios,

sin respirar entera mi alma te bebieses!

811 (V 174)

La amada duerme, visitada por el Sueño, apuesto mancebo a quien Calimaco (Hymn. IV 234) presentó con alas y a quien Hera (II. XIV 231-291, cf. 794) convenció para que durmiera a Zeus. Meleagro siente lógicos celos. Es tópico que viene de Homero el llamar flor a una niña hermosa.

¿Duermes, Zenófila, mórbida flor? ¡Si pudiera

penetrar en tus párpados sin las alas del Sueño

e impedir que ni aun él, que embelesa los ojos de Zeus,

te visitara, y ser único dueño tuyo!

812 (V 177)

Parodia de un pregón en que, con términos administrativos, se comunica el extravío de algo: en este caso, Eros, escapado del lecho en que favorecía las empresas de Meleagro, que resulta peligroso por sus ardides (cf. 796). Al final, un golpe de efecto: el travieso arrapiezo se ha refugiado en los ojos de Zenófila. Hay un papiro del año 145 que contiene un paralelo curioso y en que el dueño procede de una ciudad de Caria (A Aristógenes, hijo de Crisipo, alabandeo…, se la ha escapado de Alejandría un esclavo, cuyo nombre es Hermán, llamado también Nilo, sirio, de Bambica en cuanto a origen, como de dieciocho años, de mediano tamaño, imberbe, con buenas piernas… sobre su cuerpo una clámide y un cinturón. El que lo traiga, recibirá…), pero hay también ecos del 214 de Asclepíades y 624-625 de Antípatro y, por otra parte, el tema recuerda a El amor fugitivo de Mosco (cf. intr. a éste y 792). No podemos tocar aquí la cuestión de los progenitores de Eros, tan debatida (cf. 783).

A Eros pregono, un malvado; muy poco, muy poco

tiempo hace desde que se voló de mi lecho.

Es un niño de dulce llorar, charlatán, temerario,

chato, risueño, alado, portador de aljaba.

No sé quién le engendró, pues ni el Éter ni Tierra por padres

de ese aborto se tienen, ni Océano tampoco.

Por doquier es odioso y a todos. Tened, pues, cuidado,

no vaya hoy a tender redes a vuestras almas.

¡Pero míralo aquí en su guarida! Te veo, flechero,

por mucho que te oculte Zenófila en sus ojos.

813 (V 178)

Nueva parodia, esta vez de un pregonero que, en la plaza, intenta vender esclavos ensalzando sus cualidades personales, que esta vez, por cierto, no son buenas, y animando a los posibles compradores. El tema lo hallamos en la Anacreóntica XI, y continúa (cf. 812) el influjo de Mosco. Amor no respeta ni aun a su madre Afrodita, a quien ha hecho enamorarse sucesivamente de personajes míticos bien conocidos, como Ares (cf. 783), Adonis (cf. 696) y Anquises, el padre de Eneas (cf. el 674 de Polístrato). Como en tantas ocasiones, sorpresa al final, pues el poeta se deja convencer por el irresistible niño (admirable sarcasmo sobre Eros, dice el lema). En el verso 7 subyace la idea de un mercader que, si lo comprara, se lo llevaría muy lejos por el mar.

¡Que lo vendan ahora que aun duerme en el seno materno!

¡Que lo vendan! ¿A qué criar tal desvergüenza?

Nació chato y alado; desgarran sus uñas punzantes

y a reír rompe a veces en medio de sus lloros.

Y es también testarudo, y locuaz, y de aguda mirada,

y salvaje, y rebelde para su madre incluso.

Un monstruo, en fin. ¡Que lo vendan! Si algún traficante

quiere comprar un niño, que se acerque a tomarlo.

¡Pero mira! ¡Si implora llorando! Pues ya no te vendo;

al lado de Zenófila puedes quedar tranquilo.

814 (V 195)

Poema bastante banal y un poco confuso por lo que toca a simbología. Naturalmente, en el penúltimo verso (cf. 784) se alude a habilidades eróticas.

Una triple guirnalda, el emblema de triple hermosura,

con destino a Zenófila tejieron las tres Gracias:

una puso pasión en su piel, otra encanto en sus formas,

la tercera en su boca la dulce elocuencia.

Tres veces feliz quien recibe de Cipris el lecho,

dulce belleza de Eros y de Persuasión labia.

815 (V 196)

Cf. el anterior.

Dio Eros encanto a Zenófila; y Cipris, los filtros

que en el lecho subyugan; y las Gracias, gracias.

816 (V 24)

Aunque el lema habla de Filodemo, el nombre de Heliodora, que aquí aparece por vez primera, parece ser indicio de pertenencia a Meleagro. El poeta está indeciso; después de las pasadas tormentas amorosas, habría que apartarse de la muchacha, pero el alma, al tiempo que avisa al amante (cf. 797), sigue queriéndola.

Mi alma me advierte que escape al amor de Heliodora,

pues el llanto y los celos de antaño conoce.

Me lo dice la impúdica y luego me estorba en la huida:

es verdad que amonesta, pero amonesta amando.

817 (V 136)

Melancólica escena simposíaca: su amada ha dejado a Meleagro. Mezcla de varios tópicos: el copero escanciará el nombre mismo de la muchacha para templar con ella el vino puro (cf. 697); el amante se ataviará con una guirnalda (cf. el 383 de Teócrito), pero no de flores frescas, como es la costumbre, sino de las marchitas de ayer para hacer, así adornado en honor de Heliodora, el triste brindis (cf. el 279 de Calimaco). Una rosa de la guirnalda (cf. el 287 del mismo), que fue su cómplice en lides amorosas, llora ahora, mustia, con gruesas y pesadas lágrimas del perfume en que está bañada. El tema del llanto vegetal está en el 204 de Asclepíades.

Escancia y repite una vez y otra vez: «A Heliodora».

Dilo y con el vino mezcla su dulce nombre.

Y a mí una marchita guirnalda bañada en perfume

ponme en la cabeza como recuerdo suyo.

Mira llorando a la rosa que vio mis amores,

que ella está en otros brazos y ya no en los míos.

818 (V 137)

Otro desarrollo del mismo tema. El copero debe templar el vino puro, demasiado fuerte y viril (cf. 817), con el nombre de su amada, que lo es todo: Persuasión, Cipris, Gracia, diosa…

Escancia en honor de Heliodora, que es Cipris y, a un tiempo,

Persuasión y Gracia de dulce elocuencia.

Es la única diosa en quien creo; su nombre entrañable

quiero beber disuelto con mi vino no aguado.

819 (V 141)

El poeta jura una vez más, ahora por Amor, que tanto le atormenta. Sobre el apelativo de Apolo, cf. el 596 de Artemón.

Sí, por Eros, la voz de Heliodora a la lira

que el Letoida tañe prefiero en mis oídos.

820 (V 143)

La niña se pone la guirnalda. A las pocas horas, las flores, envidiosas de su belleza, se marchitan. Y ya no es entonces la guirnalda quien adorna a Heliodora, sino Heliodora a la guirnalda. Es dudosa la prioridad entre este epigrama y 714, que desarrolla el mismo tema; y tenemos similitud notable respecto a 806.

La guirnalda se mustia en la sien de Heliodora, mas ella

como guirnalda brilla de su guirnalda ajada.

821 (V 147)

En la guirnalda descuella la rosa, eterna cómplice del rito erótico, con el alhelí, el narciso y los lirios, que estaban en 806.

Trenzaré el alhelí, trenzaré el delicado narciso

con el mirto y también con los lirios rientes;

y el suave azafrán trenzaré, y el jacinto encarnado

trenzaré con las rosas que a los amantes gustan

por que, puesta en su sien, mi guirnalda recubra con flores

el pelo de Heliodora, la de olorosos bucles.

822 (V 148)

Afín a 805 y 807, con eco del 289 de Calimaco. La elocuente Heliodora será algún día famosa gracias a los versos de su amante.

Un día vendrá en que Heliodora de hermosa palabra

en renombre a las Gracias con su gracia venza.

823 (V 155)

Eros, metido a escultor, ha modelado una bella estatua de la elocuente Heliodora en el propio corazón del poeta (cf. el 494 de Dioscórides).

Dentro de mi alma a Heliodora de bella facundia,

vida de mi vida, modeló Eros mismo.

824 (V 157)

Siempre fue el suave arañazo elemento excitante del jugueteo amoroso; pero las uñas de Heliodora, llena de Eros, alcanzan, aunque ella no lo quiera, el corazón mismo de su cantor.

Penetrantes supiste criar de Heliodora las uñas,

Eros, que al corazón llegan sus arañazos.

825 (V 163)

Una abeja audaz ha rozado, o quizá picado (cf. el 595 de Artemón), la piel de Heliodora llamando así la atención acerca del dolor que también la muchacha, con el aguijón de su amor dulce y amargo a la vez, está causando a quien la quiere. Pero ello no es noticia nueva para el poeta. La abeja merece, no obstante, agradecimiento por la buena voluntad con que su mensaje intenta ayudar a los enamorados. Sobre el calificativo de Eros, cf. 779.

¿Por qué, abeja que liba entre flores, la piel de Heliodora

tocaste, abandonando los cálices vernales?

¿Por decir que también ella sabe clavar en el alma

el aguijón de Eros siempre dulce y amargo?

Si tal, como creo, es tu intento, ya puedes volverte,

amiga del amante, que ha tiempo lo sabemos.

826 (V 165)

A Meleagro, abandonado por Heliodora, le obsesiona la posibilidad de un confortable encuentro erótico con otro hombre (cf. 803 y, sobre el cobertor, el 259 de Posidipo). Si así es, queda todavía la apelación solemne a la Noche (madre divina en muchas genealogías, invocada también en el 205 de Asclepíades) y al ritual candil (cf. 798 y la represalia del 201 de Asclepíades): ojalá se apodere del rival, como del Endimión a quien Zeus castigó por haber querido seducir a Hera, un invencible sueño que le reduzca a impotencia.

Sólo una cosa a la madre de todos los dioses,

Noche amiga y augusta compañera, suplico:

si a algún hombre envuelto en su manto calienta Heliodora,

robándole el sueño con su tibia carne,

que se apague el candil y que aquél, derrumbado en su seno,

cual segundo Endimión permanezca inerte.

827 (V 166)

Muy notable poema (admirable, lleno de amor, como el lema dice) en que se mezclan añoranzas y suspicacias. Es posible que la amada lejana viva sus noches echando de menos los momentos pasados (y Meleagro se alegra de que quede rescoldo bajo la ceniza, cf. 792); o puede ser que haya encontrado consuelo. Si es así, el fiel candil, como en el epigrama anterior, se negará a alumbrar.

¡Oh, Noche y pasión de Heliodora que insomne me tiene,

tenebrosos crepúsculos con lágrimas y goces!

¿Queda acaso un rescoldo de amor o el recuerdo de un beso

cuya imagen entibie la ceniza fría?

¿Habrá llanto en su cama tal vez, o el abrazo amoroso

dado contra sus pechos a mi espectro huidizo?

¿O quizá un nuevo amor? Pues jamás, mi candil, luz les prestes,

mas sé guardián de aquella que te entregara antaño.

828 (V 214)

La idea de que en el amor hay mucho de azaroso juego es típica y antigua; y el recurso estilístico a algo tan juvenil y grácil como la pelota (cf. 732) está muy logrado aquí. Recuérdese el fr. 13 P. de Anacreonte: el Amor utiliza la pelota él mismo como medio de lograr que el viejo poeta se decida a jugar con la niña de sandalias de colores. Aquí, el Amor criado en el pecho de Meleagro juega con Heliodora lanzándole el corazón aún palpitante de su amador. Pero ella tiene que devolverlo, como hace un verdadero jugador con la pelota: si no, si lo tira al suelo queriendo o no, el epigramatista apuntará falta contra ella según la ley del local en que se juega (cf. 705).

Jugador de pelota, Heliodora, es el Eros que desde

el pecho palpitante mi corazón te arroja.

Entra, pues, en su juego y, si acaso caer lo dejares,

no admitirá esa falta la ley de la palestra.

829 (V 215)

Los lugares comunes, en este epigrama que el lema califica de patético, se acumulan ganando gracia, en vez de perderla, con la diestra combinación: el juramento, el insomnio, las flechas de Eros, el epitafio sepulcral. El último es tema que viene del Ps. Teócrito (Id. XXIII 47-48: A éste el Amor le mató. Forastero, no pases / sin pararte y decir: «Cruel era su amigo»). Cf. intr. al 266 de Posidipo.

Eros, te ruego, esta insomne pasión de Heliodora,

en gracia a mi Musa suplicante, adormece.

Si no, por el arco que en mí solamente se ensaña

y que siempre me inunda con dardos alados,

inscripción sepulcral dejaré, si me matas, que diga:

«Un crimen de Eros tienes ante ti, forastero».

830 (XII 147)

Un bien logrado mimo (cf. 794): falsa alarma, presagio quizá de futuros disgustos más serios. Heliodora parece haber desaparecido. Meleagro, desolado, corre en busca de ella con un siervo. Pero, afortunadamente, se oye muy pronto la puerta. El poeta, tranquilizado, se dirige a su propio corazón en monólogo traído de Homero y de la lírica arcaica (Arquíloco, Ibico, Teognis, Píndaro) a través de Filitas y Calimaco.

¡Raptada! ¿Quién fue el forajido que a tanto se atreve?

¿Quién osó declarar al propio Eros la guerra?

¡Enciende en seguida la antorcha! ¿Qué suena? ¡Heliodora!

Ya puedes, corazón, volver de nuevo al pecho.

831 (VII 476)

Epitafio de Heliodora que gustó mucho al lematista (todo el epigrama es admirable y está lleno de sentimiento) y sobre cuyo valor estético se discute: a algunos les parece magnífico de tono y expresión, pero otros lo tildan de frío y amanerado, con su insistencia final en el tema que hemos visto en 775 y sus alusiones a Hades, el río infernal y la diosa Tierra. En el verso 8 hay una palabra que nos indica que la muerte se ha producido a edad temprana.

Que el don de mis lágrimas llegue allá abajo, Heliodora;

reliquias de mi amor, desciendan hasta el Hades.

Son lágrimas tristes que ofrendo al sepulcro doliente,

nostálgicos recuerdos de lo que fue un cariño.

Con dolor, en un vano homenaje a Aqueronte, solloza

Meleagro por ti, querida entre los muertos.

¡Ay! ¿Adonde se fue aquella flor para mí deleitable?

Hades se la llevó manchándola de polvo.

¡Oh, Tierra, la madre de todos, a ti te suplico

que acoja dulcemente tu regazo a mi amada!

832 (V 192)

Parodia fina y audaz. La fraseología propia de un epitafio es aplicada a una cortesana de buen tipo: un monumento no precisamente sepulcral. De su nombre se debería suprimir la tau para poner, en vez de ella, la ji, letra doble (¿tal vez llamada así aquí por constar de dos trazos?) que, según la tradición, inventó Epicarmo de Siracusa (cf. 784): con ello tendríamos la de las hermosas caderas.

Si ves a Calistion desnuda, dirás, forastero:

«Mira la letra doble de los Siracosios».

833 (V 187)

Mensaje dado a la esclava Dórcade (cuyo nombre, alusivo a su rapidez en tales menesteres, significa gacela, cf. el 212 de Asclepíades y 581 de Timnes) para que se lo transmita a Licénide, que demuestra no amar ya a Meleagro. En cada verso hay una expresiva metáfora: la primera, no traducida aquí, alude a oro no legítimo, sino derretido encima de objetos dorados o chapados. En la segunda entra en juego la alfarería (cf. el 469 de Nicéneto): era un amor ficticio, ingeniosamente moldeado para que pareciera otra cosa; de plástico, quizá nos atreviéramos a decir hoy.

Di a Licénide, Dórcade: «Viose que no amas de veras:

el amor que es ficticio lo descubre el tiempo».

834 (V 96)

Bonito ejemplo de versos correlativos: el poeta juega hábilmente con las parejas beso/ojos, liga/fuego (cf. 796), tocar/mirar, encadenar/incendiar, que se pueden estructurar en la forma en que el poema las presenta (liga/beso, etc.) o, en una agrupación superior y en cruz con la figura llamada quiasmo, uniendo tocar con el beso encadenando como liga a mirar con los ojos incendiando como el fuego. Todo muy artificial, pero hermoso. Sobre Timarion, cf. 799.

Como liga es tu beso y son fuego, Timarion, tus ojos;

incendias cuando miras; si tocas, encadenas.

835 (V 204)

El vicio y los azares han maltratado a lo que fue antaño un pequeño y esbelto barco que navegó airosamente por muchos mares y hoy es un viejo pontón desfondado. El remo de Cipris, el ajetreo erótico, no mantiene ya en forma a Timarion; su espina dorsal se encorva como la verga transversal que vemos en la nave del famoso vaso dionisíaco de Execias, etcétera. ¿Habrá algún hombre tan desesperado que confíe sus travesías a esta achacosa embarcación? Pues, si en tiempos fue una potente galera de veinte remeros, hoy, perdida la primera parte del adjetivo, se ha quedado (cf. el 232 de Asclepíades) en ataúd. ¡No vaya a convertirse, para su último amante, en la verdadera barca de Caronte que le lleve a surcar (el adjetivo, como en el 156 de Leónidas) la laguna infernal! La metáfora (mujer joven/navío nuevo, cortesana vieja/barco averiado) es ya antigua: en Alceo de Mitilene (fr. 73 L.-P.) se amplía a una tercera pareja (Estado floreciente/Estado abocado a naufragar). A Meleagro (cf. también 800) se le va un poco la mano en los pormenores, pero el final le redime en parte.

No puede ya el remo de Cipris hacer que navegue

el casco de Timarion, que fue elegante esquife;

languidece su espalda cual verga en el mástil, y como

desmadejados cables son sus cabellos blancos;

sus pechos ajados son velas que penden ociosas

y el trajín ha surcado su vientre de arrugas.

Por doquier se desfonda el bajel, y se anega la cala

y tiemblan las rodillas que el mar zarandea.

¡Infeliz quien en vida atraviese, embarcado en la ruina

de esta vetusta nave, la laguna Aquerusia!

836 (XII 109)

Cf. 825 sobre la ambivalencia del amor.

En la llama del tierno Diodoro prendíanse todos

y ahora le han cazado Timarion la amorosa

y de Eros el dardo agridulce. Es un nuevo prodigio

el que veo: fuego por fuego devorado.

837 (XII 113)

También, a pesar de sus alas, cautivo, Timarion,

ha quedado en el éter de tus ojos Eros.

838 (V 154)

El nombre de la mujer (cf. el 218 de Asclepíades) provoca un juego de palabras intraducible. Cipris, como en la pintura de Apeles (cf. el 685 de Dionisio), nace de las aguas (cf. el 108 de Leónidas). Por ella jura el poeta como en 796.

Sí, por Cipris que nada en los mares azules,

su belleza hace a Trífera también deliciosa.

839 (V 190)

En el 234 de Asclepíades se halla el tema del amante a quien no asusta el mal tiempo cuando de visitar a su amada se trate; en el propio Meleagro (835), el de la dulce travesía erótica; el nauta, después de haber evitado la amenaza de Caribdis, teme, sin dominio sobre los timones (en la Antigüedad se utilizaban dos), caer en los dominios de Escila, el otro componente (cf. el 678 de Antístenes) de la monstruosa pareja mítica. El adjetivo empleado al final ha hecho sospechar que aquí también el poeta está navegando con Trífera, cuyo apropiado nombre se vio en 838.

¡Ola de Eros amarga, soplar de los celos que nunca

descansan y azaroso mar del galanteo!

¿Adónde, perdido el timón, mi alma arrastras? ¿Acaso

voy a ver otra vez a la atractiva Escila?

840 (VII 207)

Epigrama satírico. Sin duda Fanion, la amiga del poeta, cuyo nombre es el diminutivo que designa a una pequeña antorcha, resulta demasiado dada a excesos gastronómicos; ahora una liebre criada por ella ha muerto de un atracón. Meleagro expresa su admonición en frases pomposas, tomadas en parte a poetas anteriores, como si la liebre fuera una jovencita muerta en lo mejor de su edad.

A mí, la de rápidos pies, a la liebre orejuda

que de niña robaron al pecho de su madre,

Fanion la dulce criaba en su seno y mimaba

dejándome comer primaverales flores

sin nostalgia de casa; mas heme aquí muerta por culpa

de un copioso festín que engordó mi sangre.

Y mi cuerpo enterró junto al lecho, de modo que siempre

contemple ella entre sueños mi tumba cercana.

841 (XII 53)

El poeta está, no sabemos por qué causa, viajando por el Helesponto (llamado así, mar de Hele, cf. el 443 de Teodóridas, por la heroína, hija del rey beocio Atamante y de Néfele, que le dio el nombre al caer en él); su amada Fanion le espera en Cos (cf. 779). Pero el amante va a retrasarse. Parece que es imposible volver por el camino más corto, que es el marítimo; Meleagro tiene que dar un rodeo por Asia Menor hasta embarcarse en algún lugar cercano a Halicarnaso (cf. intr. a Heraclito). La bella estará impaciente; y el epigramatista le manda un mensaje propémptico (cf. el 74 de Nóside y 495 de Dioscórides) con unas naves mercantes (cf. 687) que, bien cargadas de trigo, regresan de Crimea fecundadas en el cóncavo regazo de sus velas, como rápidas yeguas, por el viento Bóreas. Si transmiten el encargo a la muchacha que contempla las azules aguas (aunque el término cromático es indeciso), tendrán las albricias del Zeus señor de los vientos favorables, que seguirá inspirando (cf. el 343 de Calimaco) las caricias boreales (cf. el 623 de Antípatro) para acelerar la travesía.

Naves cargadas de bienes que el piélago de Hele

dejáis con el hermoso Bóreas en vuestro seno,

si a Fanion, pasando por Cos, contempláis en la playa

mirando el azul de las aguas, decidle:

«A ti, mi amorosa mujer, la añoranza me lleva,

pero no como nauta, mas como caminante».

Si esta buena noticia le dais, mensajeras, el viento

favorable de Zeus soplará en las velas.

842 (XII 82)

El epigrama se basa en el nombre de Fanion (cf. 840). El poeta se ha escondido para huir de Amor; pero al listo diosecillo no se le engaña. Encuentra en las cenizas de la pasada historia amorosa un rescoldo todavía vivo (cf. 827); aplica a él la antorcha (cf. el 229 de Asclepíades); descubre a la nueva luz el paradero del escarmentado amante y ni siquiera cree necesario utilizar sus armas tradicionales, arco y dardos, sino que con sus delicados dedos inflama a Meleagro en lo que es ya enorme fogata.

A Eros quise escapar y, prendida una mínima antorcha

en mi propia ceniza, descubrió el escondite

y, sin arco ni flechas, usando de dos dedos solos,

tomó una chispa al fuego para que en él yo ardiera.

Y así me consumen las llamas, ¡oh, Fanion, que, siendo

pequeña, en mi espíritu tan gran hoguera enciendes!

843 (XII 83)

El mismo tema en forma mucho menos lograda.

Eros a herirme con dardos no vino ni mi alma

a incendiar como antaño con lámpara encendida,

mas trajo una antorcha olorosa a Pasiones y a Cipris

y tocó levemente mis ojos con su llama;

y derritióme su luz y se vio a la pequeña

Fanion como un gran fuego que en mi corazón arde.

844 (V 8)

Mezcla de diversos tópicos y un elemento original en cuanto a Meleagro: al parecer es una mujer la que dirige reproches a su amado. Hay una cierta inconsecuencia (cf. el 201 de Asclepíades) en el hecho de que el candil, apostrofado por el poeta como en 827, que va a ver al hombre con otras no es el mismo que luce en el cuarto de la abandonada (cf. el 490 de Dioscórides sobre los juramentos y 826 sobre la Noche). El lema duda entre nuestro autor y Filodemo.

Noche sagrada y candil, como solos testigos

de nuestros juramentos los dos os tomamos;

él quererme juró, yo que nunca dejarle podría;

vosotros custodiáis el común testimonio.

Pero ahora sostiene que todo fue escrito en el agua,

¡oh, candil!, y le ves en los brazos de otras.

845 (V 175)

El poeta se encuentra a una de sus amadas (posiblemente la llamada Demo o Demarion si algo vale la alusión aquí a un fuerte perfume en relación con 798-799) en medio de la mayor degradación. Meleagro se encoleriza ante los inequívocos signos de orgía (aromas, guirnaldas, embriaguez, instrumentos musicales). Inútil será que la infiel jure: mejor es que continúe en el festín donde suenan los crótalos (cf. el 659 de Antípatro) acompañados de palmas y los acordes de la péctide (cf. 805).

Ya lo sé. ¿Para qué juramentos si a ti te denuncian

el impúdico rizo bañado aun en perfume

y los ojos que veo cargados de insomnio y las flores

que en forma de guirnalda decoran tus cabellos

y el desorden lascivo del pelo recién despeinado

y el temblor de tus piernas que entorpece el vino?

Vete ya, mujer pública, vete: los crótalos suenan

y te llama la péctide que al festín acompaña.

846 (V 182)

El poeta se dirige a Dórcade, a la sierva-gacela a la que conocemos por 833, lo que hace suponer que la destinataria del mensaje es Licénide. Ha habido, según parece, serios problemas entre amada y amante. Éste, en un verdadero dilema, se ve y se desea para confiar a la esclava un encargo coherente: las palabras se le traban, las ideas se le hacen un ovillo, y con todo ello queda compuesto un delicioso mimo (erótico y lleno de locura, anota el lematista; cf. 830) en cuyo final surge una ingeniosa sorpresa.

¡Díselo, Dórcade! ¡Vamos! ¡Dos veces, tres veces

cuéntaselo todo, Dórcade! ¡Corriendo!

¡Vuela, no tardes! ¡Aguárdate, Dórcade, un poco!

¿Te marchas y no esperas que esté entero el mensaje?

Añade a lo que antes te dije… no, no… yo deliro…

no le digas nada… pero sí… dile todo…

Cuéntale todo; mas, oye, ¿por qué te he mandado

si, ya ves, yo también estoy yendo contigo?

847 (V 184)

Otra escena mímica un tanto grandilocuente y no muy lograda: se acentúa el tema de los celos y la perplejidad del amante engañado. Sobre los juramentos falsos, cf. 845.

No me invoques ya más a los dioses; no, no, no me engañas;

nada de juramentos, yo lo sé, lo sé todo.

¿Y tú en vano jurabas mil veces que sola dormías?

¡Oh, impúdica, que aún sigues hoy diciendo que sola!

¿Y el famoso Cleón? Y aunque no… ¿Para qué te amenazo?

¡Vete, vete en seguida, pobre animal lascivo!

Pero no, no he de darte ese gusto, que tú lo que quieres

es volver a su lado; queda, pues, prisionera.

848 (V 191)

Poema lleno de celos y de locura, según el lematista, cantado a la puerta cerrada de la amada esquiva; al final, una parodia de epigrama votivo; entre una cosa y otra, los consabidos temas de los astros testigos del amor, las flores ajadas, el candil al que se hacen confidencias… (cf. 844, también sobre la invocación a la Noche). Hay asimismo, en el verso 2, un instrumento desconocido que puede ser el plectro con que se pulsa la cítara, o tal vez la flauta. Sobre Selene, cf. el 622 de Antípatro.

¡Oh, estrellas y Noche y Selene, que das al amante

tu luz, y tú, instrumento seguidor de mis fiestas!

¿Voy acaso a encontrar a la impúdica insomne en su lecho,

cantando sus desdichas al candil que la alumbra?

¿O tendrá compañero? En su umbral clavaré una guirnalda

marchita de mis lágrimas que diga suplicante:

«He aquí los despojos de amor que dedica Meleagro,

iniciado en tus ritos, a ti, Cipris divina».

849 (IX 16)

El poeta contempla una estatuilla en que se desarrolla el tema apotropaico del dios que lanza a la vez tres dardos dirigidos respectivamente contra el hambre, la peste y la guerra. Meleagro, obsesionado siempre con el tema erótico, piensa que se trata de Amor empeñado en hacerle sufrir triplemente. Sobre las Horas, cf. el 475 de Riano.

Hay tres Gracias y tres son las Horas, amables doncellas,

y tres son las pasiones que me vuelven loco.

¿Será que dispara tres dardos queriendo, al herirme,

que no sufra uno solo, sino tres corazones?

850 (XII 114)

Nuevas quejas ante la brevedad de una noche amorosa. El lucero de la mañana (cf. 802) ha acudido puntual; la clandestinidad de la cita exige que la amada se retire al amanecer; ojalá se comporte con idéntica puntualidad el mismo planeta, convertido en lucero vespertino, que, al anochecer, devolverá la muchacha a los brazos de su amado.

¡Adiós, portador de la aurora! ¡Que pronto me traigas,

lucero vespertino, la mujer que te llevas!

851 (XII 94)

Imitación del 477 de Riano; versos correlativos en que el poeta alaba lo más sobresaliente de cuatro mozos. Meleagro autoriza a Filocles para que goce de las cualidades de cada uno, pero respetando a Miisco, su favorito; si así no lo hace, quedará sometido a una maldición.

De Diodoro precioso es el pecho, el mirar de Heraclito,

la labia de Dión, las caderas de Ulíades;

abraza, Filocles, de aquél la figura, al segundo

mira, habla con el otro, con el cuarto haz el resto;

no me opongo, mas quédete siempre lo hermoso vedado

si en Miisco tus ojos con lascivia pusieres.

852 (XII 95)

La animada escena es lo que los Romanos llamaban lanx satura o plato combinado con distintos manjares apetitosos. Sobre la clámide, cf. 812.

Si te ayudan Pasión, Persuasión la olorosa y las Gracias

que trenzan, Filocles, guirnaldas floridas,

en tus brazos descanse Diodoro y Doroteo te mire

dulcemente; a tus pies Calí crates repose;

que entibie tu miembro certero Dión con su mano

y lo enhieste, y Ulíades descapúllelo y suaves

besos Filón te prodigue y Terón te susurre;

toques bajo su clámide la tetilla de Eudemo.

Si tal suerte, ¡oh, dichoso!, los dioses te dan, ¡vaya plato

romano de muchachos que vas a combinarte!

853 (XII 256)

Elogio de los muchachos de Tiro (cf. intr.) simbolizados como flores (sobre el alhelí, la rosa y el lirio, cf. 821) en una guirnalda que teje Eros para Cipris. Alusión a los certámenes de Olimpia, cuyo premio era una corona de hojas de olivo. Sobre el pelo rubio de Terón, cf. el 653 de Antípatro.

Para ti fértil mies de muchachos cosecha, Afrodita,

con sus manos Eros, deleitable guirnalda,

y en ella entreteje a Diodoro, suavísimo lirio,

y con él a Asclepíades, dulce alhelí, coloca

y a Heraclito, la rosa entre espinas, añade y al lado

pone a Dión, que brota cual flor de los viñedos,

y a Terón, cuyo pelo reluce con áureo brillo

de azafrán, y a la mata de serpol que es Ulíades

y a Miisco entrelaza también, floreciente retoño

de olivo, hermosa rama que al vencedor corona.

Feliz Tiro, sagrada entre todas las islas, pues tiene

Cipris en ella un huerto de mancebos floridos.

854 (XII 127)

Acaba de terminar la siega. Aquí los dardos amorosos proceden del mozo mismo: quizás hay una transición hacia esta modalidad del tema en el 613 de Antípatro. La metáfora vegetal para la cabellera, en 806.

Vi un mediodía pasar por los campos a Alexis;

la mies veraniega ya había perdido

sus cabellos; heríanme a un tiempo los rayos solares

y los dardos de Eros en los ojos del mozo.

Al sol en seguida la noche apagó, pero el sueño

más y más me encendía con su imagen hermosa

y, siendo remedio de males en otros, grababa

en mi alma su belleza con trazos de fuego.

855 (XII 164)

Dulce es mezclar el licor de la abeja con vino,

dulce el amar a un mozo siendo uno también bello.

Tal es para Alexis Cleobulo el de suave melena,

hidromiel inmortal que Cipris le escancia.

856 (XII 52)

El joven Andrágato viaja de Tiro a Rodas, donde le esperan tal vez otros amores pederásticos, dado el epíteto del verso 6. Meleagro queda en Fenicia y se dirige a sus compañeros en amor desdichado. El Noto, generalmente tan deseado para este tipo de viajes, es funesto (cf. el 9 de Faleco) en este caso. Hay una imitación del 278 de Calimaco en el verso 2.

El Noto propicio a los nautas, ¡oh, tristes amantes!,

se me ha llevado a Andrágato, la mitad de mi alma.

¡Tres veces felices las naves, las olas del ponto,

dichosísimo el viento que al muchacho se lleva!

¡Si yo fuera delfín y él montado en mis hombros marchara

a visitar Rodas, la de los dulces mozos!

857 (XII 54)

Imitación del 230 de Asclepíades.

Niega de Eros la madre ser Cipris si a Antioco contempla,

entre los muchachos un Eros segundo.

Honrad, pues, a este dios que nació, pues el mozo sin duda

ha resultado ser mejor Eros que Eros.

858 (XII 78)

Desarrollo del anterior. El sombrero lo vimos en el 444 de Teodoro; la clámide, allí y en 852. El poema aparece en el Pap. Berol. 10571, pero con el nombre de Antígenes (cf. el 215 de Asclepíades) para el muchacho.

Si Eros con clámide fuera vestido y, sin alas

ni dardos ni aljaba, sombrero llevase,

por el tierno muchacho lo juro, sería Antioco

Eros y, en cambio, Eros Antioco sería.

859 (XII 133)

Sobre Ganimedes, cf. 790; sobre las mieles eróticas, el 211 de Asclepíades.

Sediento en verano a un efebo de piel delicada

besé y dije, aplacada mi sed abrasadora:

«¿Tú, padre Zeus, también bebes nectáreos besos?

¿Te escancia Ganimedes el vino con sus labios?

Pues besando yo al mozo que a todos supera en belleza,

Antioco, la miel de su alma he bebido».

860 (XII 122)

Imitación del 478 de Riano.

Al bello Aristágoras, Gracias, de frente mirasteis

y vuestras tiernas manos abrazaron su cuerpo,

pues sus formas incendian y es dulce y discreta su labia

y, aunque calle, dicen ternezas sus ojos.

¡Que se aleje de mí! Mas ¿por qué, si, cual Zeus del Olimpo,

sabe el mozo lanzar a lo lejos sus rayos?

861 (XII 81)

El poeta pide auxilio a las demás víctimas de la pederastía. Las mieles acerbas recuerdan el adjetivo del 836 y el juicio literario de 776, 22.

Tristes almas que, víctimas de Eros, ardéis en el fuego

que encienden los efebos y sus mieles acerbas,

agua fría, os imploro, de prisa, agua fría, de nieve

recién derretida verted sobre mi alma.

Pues osé contemplar a Dionisio. ¡Apagad, compañeros

de esclavitud, las llamas que mis entrañas lamen!

862 (XII 126)

Sobre la miel ardiente, cf. 797.

Ya mi alma comienza a sufrir; la tocó con sus leves

arañazos Eros, apasionado y loco,

y dijo sonriendo: «Otra vez sufrirás dulce herida

en ardientes mieles, triste amante, tostado».

Desde entonces al ver a Diofanto, la flor de los mozos,

no consigo escapar ni tampoco quedarme.

863 (XII 128)

Dión eclipsa a héroes pastoriles y amigos de la música (cf. el 519 de Dioscórides) como Dafnis (cf. el 466 de Glauco), amigo de Pan (sobre cuyo epíteto, cf. el 528 de Nicarco; y acerca de cuya siringa, cf. el 553 de Alceo) o Jacinto (nótese que su planta es la de Apolo, cf. el 547 del mismo y su intr.). Sobre el cetro, cf. 805.

Pastoriles siringas, ya no celebréis en los montes

a Dafnis en honor de Pan el caprino;

ni tú, lira cantora de Febo, a Jacinto adornado

con virginal laurel desde hoy ya festejes.

Hubo un tiempo en que Dafnis amable o Jacinto te fuera,

mas ahora Dión tiene de la pasión el cetro.

864 (XII 76)

Parecido al 858; sobre el juramento por Eros, cf. 819.

Si en Eros no viéramos alas y aljaba con arco

y dardos portadores de Pasión y fuego,

nadie, lo juro por él, en lo externo podría

saber quién es Zoilo ni quién Eros mismo.

865 (XII 33)

Mezcla intencionada de lo erótico y lo sepulcral. Heraclito es como si hubiera muerto, pues sus encantos se han marchitado. La piel demasiado dura y velluda del mozo (cf. 723) desanima a cualquiera. Esto debe servir de advertencia al otro joven orgulloso: sobre Némesis, cf. 730.

Hermoso Heraclito fue en vida, mas ya un parapeto

aguarda a todo aquel que por detrás le asalte.

Así tú, Polixénides, guarda tus gestos altivos:

también a los culos Némesis alcanza.

866 (XII 63)

Parodia de las leyendas de los escudos de los héroes épicos.

Aun callado proclama Heraclito en sus ojos un reto:

«Incendiaré los propios ígneos rayos de Zeus».

Y he aquí lo que, en cambio, Diodoro en su espíritu dice:

«Derrito hasta las piedras con mi cuerpo tibio».

¡Pobre de aquel que la luz de los ojos del uno

soporte y el dulce fuego y pasión del otro!

867 (XII 72)

Cf. 692 y, sobre el tema de la cera, el 197 de Asclepíades.

Ya viene la suave alborada, mas Damis el triste,

insomne en el umbral, pierde el poco aliento

que le resta; a Heraclito miró y, a la luz de sus ojos,

quedó como la cera puesta sobre carbones.

Despiértate, mísero Damis; también yo padezco

las heridas de Eros; lloraré con tu llanto.

868 (XII 158)

El poeta, en tierra extraña, se resignaría a que su amor con Teocles no pase de la limpia amistad a que últimamente está reducida; pero, como el mozo desdeña aun esto, la invoca como a un dios e insinúa la posibilidad del suicidio. Hay una metáfora hípica: el dios le domó con un bocado irrompible.

Inerme, Teocles, me puso ante ti la divina

diosa de las Pasiones, y Eros voluptuoso

me domó en tierra extraña con lazos que nunca se rompen.

Sólo a obtener aspiro tu amistad constante,

mas tú a quien te quiere rechazas, y no te cautivan

ni el tiempo ni las pruebas de conjunta templanza.

¡Piedad, oh, señor, compasión, pues mi dios te hizo el hado!

En ti están los confines de mi vida y mi muerte.

869 (XII 41)

Renuncia a la homosexualidad: el escritor ya no irá proclamando sus aficiones con grafitos (cf. 718); los mozos van envejeciendo y afeándose; tales costumbres resultan sólo aptas para gentes muy ordinarias. La imagen de la vitalidad de una antorcha recuerda el 104 de Leónidas; sobre los cabreros, cf. el 466 de Glauco.

Ya no escribo «Es hermoso Terón» ni a Apolódoto alabo,

que entonces era antorcha y ahora un rescoldo tibio.

Prefiero el amor femenil; de cabreros es propio

el lascivo abrazo de hirsutos gañanes.

870 (XII 60)

Si miro a Terón, veo todo; mas, si a él no contemplo,

aunque esté viendo todo, lo que veo no es nada.

871 (XII 141)

Meleagro monologa: en tiempos dudó de los encantos de Terón, pero ahora está enamorado y sufre el castigo de Némesis (cf. 865).

Cosas dijiste, alma audaz, que ni un dios osaría,

por Cipris: ¡incluso que Terón no era hermoso!

¿Que Terón no era hermoso? ¿Y afrontas tú solo sin miedo

el fuego de Zeus que el relámpago empuña?

Pues bien, ya lo ves, al locuaz de otro tiempo hizo ahora

la vengativa Némesis ejemplo de insensatos.

872 (XII 74)

Aquí Cleobulo es un amigo, no un amado como en 855. Sobre la embriaguez amorosa, cf. 794.

Si algo me pasa, Cleobulo, pues ya herido yazgo

por el fuego de un mozo, mis mortales cenizas,

te lo ruego, a la tierra confía empapadas en vino

y en la urna inscribe: «Don de Eros para el Hades».

873 (XII 165)

Cleobulo, otra vez un amante, es blanco; Sópolis, de color de miel; en el nombre de Meleagro se encuentra con buena voluntad un compuesto de las palabras griegas que significan negro y blanco. Nótese la metáfora procedente del hilado y tejido (cf. 758).

Blanca es la tez de Cleobulo y, en cambio, morena

resulta la de Sópolis, otra flor de Cipris.

Por eso me sigue el amor de los mozos, pues dicen

que Eros me tejió con hilo blanco y negro.

874 (XII 23)

Eros triunfador dedica, como un despojo de caza exhibido orgullosamente, el cadáver del antiguo Meleagro morigerado en el atrio del templo de un dios, su amado Miisco. Sobre la puerta cerrada, cf. 867.

Me cazaron, a mí que con tanta frecuencia reía

antaño en los cortejos de mis pobres amigos.

Ahora el Eros alado en tu puerta, Miisco, ofrendóme

poniendo una inscripción: «Despojos de Templanza».

875 (XII 59)

Sobre los muchachos de Tiro, cf. 853.

Son finos, por Eros, los mozos que Tiro produce,

mas Miisco eclípsales como el sol a los astros.

876 (XII 65)

Sobre Ganimedes, cf. 859.

Si Zeus todavía es aquel que raptó a Ganimedes

para tenerlo como copero de su néctar,

también habré yo de ocultar al hermoso Miísco

en mi alma, no le abrace de pronto con sus alas.

877 (XII 70)

El mismo tema graciosamente tratado. No ya las águilas, hasta las moscas asustan a Meleagro, pero Zeus, héroe de tantas aventuras amorosas, es comprensivo.

Incluso delante de Zeus me pondré si él quisiere,

Miisco, hacer de ti copero de su néctar.

Mas él mismo me dijo mil veces: «¿Por qué tienes miedo?

No te daré celos; quien padeció es piadoso».

Tal prometió, pero a mí hasta el volar de una mosca

me hace temer que Zeus embustero resulte.

878 (XII 101)

El erudito vencido por el amor (cf. 794) con una referencia más a las célebres aventuras de Zeus.

A mí, que a Pasión en mi pecho era inmune, Miísco,

hiriéndome sus ojos, me dijo estas palabras:

«Al valiente cacé. Mira cómo mis pies pisotean

el arrogante orgullo de tu ciencia gloriosa».

Mas yo cobré aliento y repuse: «¿Te extraña, querido?

También Eros a Zeus del propio Olimpo trajo».

879 (XII 106)

Sólo una cosa mis ojos amantes ya saben,

que es mirar a Miisco, ser ciegos para el resto

y en todo pintarme a este mozo. ¿Será que me adulan

mis ojos contemplando lo que el alma les pide?

880 (XII 110)

Resplandece tu dulce belleza; llamean tus ojos;

¿es que Eros atacar te deja con el rayo?

¡Salve, Miisco, la luz y pasión de los hombres!

¡Que brilles en la tierra como una amada antorcha!

881 (XII 144)

Amor cabizbajo; las alas de sus talones (cf. 782) replegadas; sus armas, ociosas.

¿Por qué, engañador, te lamentas? ¿Por qué el arco fiero

y los dardos depones y no alzas las alas?

¿Es que te queman los ojos del bravo Miísco?

¡Al fin te has dado cuenta de lo que antes hacías!

882 (XII 154)

El nombre de Miísco significa ratoncito: sobre la mezcla final, cf. 861.

Suave es el mozo y su nombre, Miísco, me es dulce

y grato: ¿qué pretexto tengo para no amarle?

Es bello, por Cipris, muy bello; mas sabe, si quiere,

atormentar Eros mezclando miel y acíbar.

883 (XII 159)

Metáfora marina (cf. 839 y, sobre las estachas, el 169 de Leónidas).

A ti las estachas, Miisco, ligué de mi vida;

a ti los alientos que a mi corazón restan.

Sí, muchacho, por ti y por tus ojos que a un sordo le hablaran,

por ti y por la gracia con que el ceño frunces,

si nublada tu vista me ofreces, tormenta hallo en ella;

si alegre es tu mirada, primavera florida.

884 (XII 167)

Sigue el mismo tema; sobre Eros, cf. 882.

Borrascoso es el viento y a ti me conduce, Miísco,

la rauda comitiva de Eros agridulce;

se alza la bronca Pasión en sus olas henchidas;

abre tu puerta al nauta de los mares de Cipris.

885 (XII 56)

Complicado juego de palabras y conceptos con el famoso Eros de Praxiteles (cf. el 669 de Hermodoro); ahora Eros, por su parte, se ha esculpido a sí mismo (cf. 823) en el alma de un muchacho de Cos, isla de los Méropes (cf. 779), que se llama precisamente Praxiteles, nuevo Eros que es dios y mozo a un tiempo. Sobre Paros y su mármol, cf. el 273 de Posidipo y 501 de Dioscórides; sobre el cetro, 863.

En mármol de Paros Praxiteles hizo la imagen

de Eros, hijo de Cipris; y ahora es el propio Eros,

el más bello dios, quien se pone a esculpir una viva

estatua cincelando su figura en Praxiteles

por que así haya en la tierra y el aire quien rija los filtros

y el cetro de Pasión para dioses y hombres.

Bendita ciudad de los Méropes, porque criaste

al nuevo Eros divino, príncipe de los mozos.

886 (XII 57)

Variación sobre el anterior menos lograda y más verbosa. Así como Praxiteles el escultor hizo un Eros de piedra, el nuevo Praxiteles ha esculpido un Eros en el alma de Meleagro.

Si el antiguo Praxiteles una exquisita figura

esculpió, sorda imagen e inerte en su belleza,

cincelando la roca, el actual con sus mágicas artes

plasmó en mi corazón un vivo Eros perverso

y, llamándose igual que el de antaño, supérale en obras,

porque en almas y mentes, que no en piedra trabaja.

Pues bien, que propicio modele mi espíritu y funde

en él un santuario para el divino Eros.

887 (XII 68)

Tema de Ganimedes (cf. 876). El poeta al principio se irrita ante la idea de que le arrebaten al amado, pero termina por resignarse. El verso 6 es de un barroquismo insufrible en cuanto a construcción y metáfora; el 9-10, equívocos: si Zeus quiere, Meleagro podrá entrever algo del Olimpo; si Caridemo quiere, su amante podrá gozar algo de él.

Al gentil Caridemo no quiero, pues va su mirada

a Zeus cual si estuviese ya escanciándole el néctar.

No le quiero: ¿por qué he de tener al señor de los dioses

como rival en busca de triunfos amorosos?

Bastárame tan sólo con que él de la tierra al Olimpo

mis lágrimas se lleve, pediluvio y memoria

de mi amor, y con dulce señal de sus húmedos ojos

me deje arrebatarle tal cual furtivo beso.

Lo demás para Zeus, como es justo; tal vez, si él quisiera,

podré yo también gustar de su ambrosía.

888 (XII 49)

Tema del vino puro (cf. 818): Dioniso (cf. 734) hará olvidar al amante la contrariedad.

Bebe, amante infeliz, sin mezclar y la erótica llama

te apagará Bromio, que hace olvidar los males.

Bebe sin mezcla y apura la copa repleta

de vino y de tu alma la odiosa pena expulsa.

889 (XII 84)

El autor, que acaba de desembarcar de una travesía en que ha arrostrado peligros reales, se topa metafóricamente (cf. 884) con nuevos riesgos, esta vez amorosos. El pormenor no está muy claro: parece que Amor le engaña fingiendo que quiere guiarle y alumbrarle con una antorcha (cf. el 597 de Mosco) cuya luz dibuja los rasgos de un muchacho; pero, cuando Meleagro se acerca a besar esa cara, encuentra sólo el aire.

Socorredme, que apenas, amigos, el pie en la ribera,

recién desembarcado, de poner acababa,

cuando Eros violento tiró ya de mí iluminando

mi ruta con la antorcha de un hermoso mancebo;

yo le seguí paso a paso y besé con dulzura

la imagen delicada que diseñaba el aire.

¿Tendré, pues, escapado a las olas amargas, que verme

cruzando el mar aún más amargo de Cipris?

890 (XII 85)

El mismo tema con variaciones. La escena es un banquete. El recién llegado, salvado de los peligros del mar, se ve en los riesgos del amor. Normalmente acude como suplicante a Zeus Hospitalario (cf. el 565 de Damageto) el extranjero que sufre tribulación; aquí es Amor Hospitalario a quien se pide auxilio.

¡Bebedores, salvad al que pudo escapar a las olas

de la mar y al pirata y hoy en tierra perece!

Cuando apenas mis pies en la plaza pusiera, dejando

la nave, con violencia me arrastró Eros a un punto

en que había un muchacho y, tan pronto le vi, tras sus huellas

mis pasos por sí solos velozmente marcharon.

Y ahora es fuego, no vino, el licor que enajena mi mente;

auxiliadme, pues, un poco, forasteros,

socorred, socorred a este amigo que muere y, en nombre

de Eros Hospitalario, vuestra amistad invoca.

891 (XII 92)

Preciosista y confuso, necesita de exégesis. Los ojos del poeta traicionan a su alma, que quiere paz; buscan mozos y, para obtenerlos, usan de la liga como los cazadores (cf. 834); así el orden natural de las cosas se ha invertido, porque la usual víctima del Amor ahora le ataca como un infeliz cordero a un lobo, como una inofensiva corneja a un escorpión (estos animales figuraban en un dicho popular con aplicación a los débiles e imprudentes), como la ceniza al fuego (pues éste dormía en ella y, al ser reavivado, la terminará de consumir; cf. 842). En el verso 5, el poeta parece resignado; pero entonces, abruptamente, son los ojos quienes acuden a él llorando, con lo cual demuestran su inestabilidad, pues han cambiado de bando a la menor súplica. Ahora el poeta, enamorado en el fondo, no acepta la defección y, con una metáfora culinaria inelegante, les desea que sufran por su pecado. Hay un eco del 673 de Polístrato.

¡Ojos, traidores del alma, que, siempre a la caza

de mozos, os untáis con la liga de Cipris!

A Eros de nuevo atacasteis, corderos al lobo,

al escorpión cornejas, ceniza al fuego oculto.

Haced vuestro gusto. ¿Por qué me vertéis tierno llanto

y, en cuanto se os implora, desertáis en seguida?

Ahora en belleza tostaos, que os cuezan y ahúmen,

que Eros es excelente cocinero del alma.

892 (XII 125)

Sobre las dos prendas, cf. 826 y 858.

Vino Eros trayéndome en un dulce ensueño nocturno

bajo mi manto un mozo de dieciocho años

sonriente, vestido de clámide, y yo, con mi pecho

junto al suyo, vivía de falsas esperanzas.

Aun hoy me conforta el recuerdo nostálgico y siempre

quieren cazar mis sueños aquel fantasma alado.

Alma infeliz, cesa ya de buscar en tus noches

el iluso calor de una vana belleza.

893 (XII 137)

Quejas a un gallo (cf. el 626 de Antípatro y el 802) que pone fin demasiado pronto a la noche amorosa. El estilo es un tanto pomposo, con muchos compuestos. En el verso 5 se jura por el crepúsculo profundo, lo que indica que el gallo cantó muy pronto.

Pregonero del alba, cruel mensajero maldito

que junto al lecho bates tus alas y orgulloso

ahora das la sonora señal de que ya queda poca

noche para el amor y mi pena escarneces,

¿así pagas a quien te crió? Por la aurora te juro

que no entonarás más esta canción amarga.

894 (XII 157)

Último ejemplo de metáfora náutica (cf. 890 y, sobre el timón, 839; el tema de Eros piloto recuerda a 805): al final hay un juego de palabras, pues el adjetivo significa formado por gentes de todos los países, pero se refiere también al mar de Panfilia, región del S. de Asia Menor, cuyas tempestades eran proverbiales.

Cipris fletó mi bajel y Eros es quien pilota

rozando con sus manos el timón de mi alma;

y navego, pues sopla Pasión borrascosa y violenta,

por un mar de mozos de todos los países.

895 (VI 163)

El mismo tema del 657 de Antípatro: es una sátira —habla Enialio— de un tipo de ofrendas fanfarronas y refinadas. Hay muchas expresiones homéricas; la comisa es el lugar del templo en que se depositaban los exvotos; es notable oxímoro el del verso 2; el 3 se refiere a que ninguno de los cascos ha perdido la cimera en los combates; para la lanza, cuya denominación aquí unificamos (cf. el 394 de Mnasalces y 658 de Antípatro), se emplea aquí un cuarto término, el aplicado a actividades cinegéticas en el 644 de Antípatro.

¿Quién de los hombres dejó en mi cornisa esta ofrenda,

honor vergonzosísimo, no deleite de Enialio?

Ningún casco mocho, ni lanza quebrada, ni escudo

manchado de sangre se me dio, sino sólo

metales brillantes, no heridos del hierro, más dignos

de un coro teatral que de las batallas.

Que decoren alcobas nupciales; gotee la sangre

humana de las armas en el marcial recinto.

896 (VII 79)

Poema lleno de dificultades en cuanto a texto y reparto de frases entre interlocutores; además carece de la finura e ingenio propios de otras obras de Meleagro. Parece como si a la tumba de Heraclito (cf. el 439 de Teodóridas) se acercara un caminante para dialogar con él. El sabio se jacta de sus conocimientos; el viandante le reprocha su falta de patriotismo; Heraclito se justifica alegando la cruda franqueza con que dio buenos consejos a todos, incluso a sus padres, a lo que el pasajero contesta con reproches que recuerdan a los hechos a Hiponacte en el 142 de Leónidas; y el diálogo termina ásperamente.

—Soy Heraclito, viajero, y el único sabio.

—Sí, pero la patria vale más que la ciencia.

—Incluso a mis padres ladré como a gentes hostiles.

—¡Qué manera de honrar a los de tu familia!

—¿Te vas ya de aquí? —No seas rudo. —Pues cosas peores

oirás. —Adiós. —A mi ciudad no vuelvas.

897 (VII 428)

Última adivinanza (cf. 780) en que el autor invita al lector a ir acercándose a la solución (sobre las carreras, cf. el 540 de Alceo). El adjetivo del verso 1 caracteriza a un gallo de pelea (cf. 893 y, sobre el cetro, 885); el del 2 más bien indica un color tornasolado o variopinto; la taba (cf. 790) se ofrece en el lance de Quíos (cf. el 629 de Antípatro), pero, como ésta es jugada mala y el vino de allí (cf. el 681 de Dionisio) era bueno, la alusión puede entenderse como una caída funesta provocada por vino dé calidad (cf. el 530 de Aristón): para entender los versos 13-14 hay que tener en cuenta que son parecidos los nombres de la palmera y de Fenicia, patria del poeta, que nació en Sidón (cf. intr.), pero probablemente vivió en Tiro, famosa, como se ve en el 14, por la hermosura de sus muchachos; el gallo del 15 es símbolo de la intensa vida amorosa de este animal y del canto en que descuella un escritor, y en el 16 se nos recuerda que Antípatro tenía fama de versátil y buen improvisador; el 17 nos lleva a los reyes oradores de Homero, con cetros en las manos, y, en fin, en el 20 hallamos ya el nombre del escritor, única inscripción de la lápida.

¿Qué simboliza ese gallo espantable que porta,

oh, estela, un cetro bajo su ala rojiza y alza

en su pata una rama triunfal? Y una taba caída

en el borde mismo del pedestal figura.

¿Ocultas acaso a algún rey vencedor de un combate?

¿Qué significa entonces ese juguete al lado?

Y, además, el modesto sepulcro conviene a un pobre hombre

despertado de noche por el canto del ave.

Pero no, porque el cetro lo estorba: tal vez en tu seno

tengas a un corredor que triunfó en la carrera.

Mas tampoco lo entiendo: ¿qué tiene que ver con la taba

un atleta veloz? Ahora sí que lo acierto.

La palmera es señal de victoria y la patria gloriosa

de los Fénices muestra, Tiro rica en muchachos;

el gallo denota a un canoro poeta, el primero

en lo de Cipris, vario cantor de las Musas;

de elocuencia es el cetro un emblema, y el lance de taba

indica que aquel hombre murió estando beodo.

Aquí están los signos: el nombre lo canta la piedra:

Antípatro, nacido de poderosos padres.

898 (VII 182)

Bello epitafio dedicado a una novia muerta el día de su boda. Los tópicos están hábilmente entrelazados: se hace notar la influencia del 306 de Calimaco, 389 de Erina y 653 de Antípatro. Entre los pormenores de la ceremonia merecen mención las jubilosas bromas de los asistentes, que fingen querer entrar en la cámara nupcial. Sobre Himeneo, cf. el 502 de Dioscórides; sobre las flautas de loto, intr. a Queremón.

No hubo boda, mas fiesta de nupcias con Hades el día

en que soltó Clearista su virginal cintura.

Por la tarde en el atrio sonaban las flautas de loto

y las puertas del tálamo se llenaban de ruido;

mas al alba gritaron su luto, callóse Himeneo

y en canción lastimera se trocaron sus sones.

Las mismas antorchas que al lecho su llama prestaban

mostraron el camino de abajo a la muerta.

899 (VII 461)

Un clásico tópico (cf. 831) con eco del 321 de Calimaco: Esígenes pudo haber sido un niño o un hombre modesto, nada cargante.

Salve, Tierra, la madre de todos, y acoge ligera

a Esígenes, que en vida no te fue pesado.

900 (VII 468)

La clámide (cf. 892) la empezaban a llevar los jóvenes al llegar (cf. el 651 de Antípatro) a la efebía, precisamente a la edad de Caríxeno, cuya madre, al vestirle así, ha querido revestir el sepelio del máximo decoro. El muchacho no llegó a casarse, con lo que el treno suplantó al himeneo como canto triunfal; y la crianza, parto y otros sacrificios de sus progenitores no tuvieron la usual compensación del apoyo del hijo en la vejez. Sobre la Moira, cf. 758.

Cual ofrenda tristísima al Hades tu madre te puso

a los dieciocho años la clámide, Caríxeno,

e incluso las piedras habrían gemido al ver cómo

los amigos llorando tu cadáver llevaban.

No hubo, pues, himeneo, mas treno en la voz de tus padres:

¡ay, ay, pechos privados de su recompensa

y vanos dolores! Pues, virgen cruel, Moira estéril,

escupiste a los vientos el familiar cariño

y dejaste a los deudos nostalgia, a los padres el llanto

y a los desconocidos compasión al saberlo.

901 (VII 535)

Para una estatua de Pan (cf. el 553 de Alceo) situada en una ciudad. Sobre Dafnis, cf. 863; sobre los cabreros, 869; sobre las patas del dios, el 525 de Nicarco.

Ya no quiero yo, Pan, con las cabras vivir, ni tampoco

pisarán mis pies de cabrón las montañas.

¿Qué añorante dulzura hay ya en ellas? Pues ha muerto Dafnis,

Dafnis, que derretía mi corazón con fuego.

En esta ciudad viviré; que a la caza de fieras

otro se apreste: a Pan ya no agrada lo de antes.

902 (IX 331)

Epigrama etiológico en que se explica la razón de que los griegos mezclen el vino (cf. 888). Al morir Sémele (cf. 795) fulminada por el rayo de Zeus, éste recogió al nonato Dioniso, su hijo, y lo mantuvo durante tres meses cosido en uno de sus muslos. Nació el niño en medio de las brasas de un incendio producido por otro rayo; y la ninfa Dirce, símbolo del agua de las fuentes, hija del río Aqueloo (cf. el 279 de Calimaco), le recogió cuando se revolcaba entre las llamas y le lavó salvándole así. Dicha mezcla sella, pues, la amistad de los dos líquidos (sobre Bromio, cf. 888) y evita los peligros del vino puro.

Las ninfas lavaron a Baco que, al fuego escapado,

entre las cenizas aún se revolcaba.

Y así es Bromio su amigo; si no les permites mezclarse,

te encontrarás con llamas que queman todavía.

903 (XVI 134)

Aquí habla, dentro del tema de Níobe (cf. el 668 de Antípatro), una especie de mensajero de tragedia que viene a contar a la hija de Tántalo que sus hijos varones han muerto y a continuación finge contemplar una pintura en que las muchachas, a punto de sucumbir (en número de siete, de acuerdo con la versión común que elevaba a catorce el total de los Nióbidas), se muestran en posturas diversas (en cambio, el último de los citados epigramas de Antípatro parece presentar muertos a los muchachos). El pelo suelto (cf. el 547 de Alceo, con alusión a una diadema como la mencionada por el 648 de Antípatro) es componente ritual del luto.

Escucha, Tantálide Niobe, mi voz, mensajera

de desdichas; recibe mi anuncio de dolores.

Suelta la cinta a tu pelo, ¡ay de ti!, que pariste

varones para el arco doloroso de Febo.

Murieron tus hijos. Mas ¿qué es lo que veo? ¡Llegando

también a las muchachas está la ola de sangre!

La rodilla materna ésta abraza y aquélla se oculta

en tu regazo; hay una por tierra y a tu pecho

otra se acoge; ésta mira asombrada las flechas,

otra se ovilla ante ellas y otra la luz aun busca.

Y a la madre, que en tiempos hablaba con lengua insolente,

ahora el miedo ha tornado las carnes en piedra.

904 (XII 257)

Era el epigrama final de La guirnalda. Sobre Diocles, cf. intr. y 776. Lo que aquí llamamos colofón es la corneja o signo serpentiforme que se solía poner al final de los papiros (cf. el 361 de Simias). Nótese al principio la metáfora deportiva, sobre la cual cf. el 463 de Filóxeno y 897.

Yo, colofón, que proclamo la meta postrera,

guardián fidelísimo de la página escrita,

anuncio que el rollo en que están reunidas las obras

de todos los poetas en un solo libro

terminó Meleagro, guirnalda inmortal para Diocles

trenzada con las flores que a las Musas agradan.

Y yo, retorcido y sinuoso cual sierpe, presido

en mi trono las lindes de la sabiduría.

905 (VII 470)

Hay dudas en cuanto a atribución a Meleagro o Antípatro. Es un hermoso diálogo con un muerto. En el verso 2 se trata de un demo del Ática. La expresión de los versos 3-4 corresponde en globo (cf. el 517 de Dioscórides) a todos los oficios o profesiones en contraposición con la Filosofía; el 6 se basa en el hecho de que, según se cuenta, los de la isla de Ceos (cf. el 288 de Calimaco), llegados a viejos, tenían la costumbre de beber filosóficamente la cicuta, como sin duda ha hecho Filaulo.

—Di, por favor, quiénes sois tú y tu padre. —Filaulo,

el hijo de Eucrátidas. —¿Cuál es tu patria? —Tría.

—¿De qué clase de vida gustaste? —No amé ni la esteva

ni las naves, y el trato con los sabios buscaba.

—¿Te mató la vejez, o algún mal? —Llegué al Hades por propia

voluntad tras beber en la copa de Ceos.

—¿Viejo ya? —Sí, por cierto. —Ligera te acoja la tierra,

pues fue tu vida acorde con la sabiduría.

906 (XVI 213)

La idea es bonita. El poeta, ante la acometida del terrible arco (cf. 782), está dispuesto incluso a refugiarse bajo tierra, pero luego recuerda que hasta el tétrico Hades amó a Perséfone. Según el lema es de Estratón o de Meleagro.

Pues llevas, ¡oh, Eros!, al hombro esas alas veloces

y tu escítico arco con dardos puntiagudos,

buscaré bajo tierra un asilo. Mas ¿qué, si ni aun Hades,

soberano de todo, pudo esquivar tu envite?

907 (VII 352)

Según el lema, es anónima o de Meleagro esta imitación del 501 de Dioscórides con cosas extrañas, entre ellas el juramento por la mano derecha de Hades y el lecho de Perséfone. La alusión a las Piérides (cf. 758) está, por el contrario, en su punto.

Por la mano derecha del dios de los muertos juramos

y por el negro lecho de su inefable esposa

que vírgenes somos aquí y en la tierra, aunque muchas

vergüenzas de nosotras contaba el amargo

Arquíloco usando del bello sonar de los versos

para polemizar contra las mujeres.

¿Por qué el yambo ultrajante para estas muchachas quisisteis

inspirar, oh, Piérides, complaciendo a un impío?