SIMIAS
Sabemos de él (no está claro por qué le asigna el raro piruétano, que aludiría a cáustica acidez de los versos, Meleagro en 776, 30) que era de Rodas (cf. 361), erudito (recopilador de cuatro libros de glosas o voces poéticas; gramático le llama el lema de 360) y poeta, autor de otros cuatro libros de cantos de entre los que algunos se llamaban Apolo, Los meses y Gorgo. Parece que mostró afición a ciertos tipos métricos raros y se le atribuyen también algunos poemas figurados o tecnopegnios, como se llama a aquellos en que la sucesión de versos más o menos largos va delineando la figura de la cosa descrita o aludida; así XV 22 (El hacha), XV 24 (Las alas), XV 27 (El huevo). En 364 y 359 hay huellas respectivas de imitación de Ánite y Leónidas. En cuanto a la cronología se le coloca, lo más tarde, en los primeros años del siglo III: aquí (cf. intr. gen.) tal vez esté situado algo tarde. Es difícil decidirse sobre los problemas de atribución que plantean el probablemente espurio 363, 364 y 573-574.
358 (VII 203)
Se trata evidentemente de un animal utilizado en vida como reclamo (sobre algo parecido, cf. el 134 de Leónidas). El adjetivo del verso 3, como es frecuente con los términos cromáticos en griego, no designa ningún color concreto, sino el propio de la perdiz, mezcla abigarrada de rojo, gris y pardo.
Ya tu canto sonoro no dejas oír, cazadora
perdiz, en las umbrosas espesuras buscando
el claro del bosque en que comen tus rojas hermanas;
ya en tu última salida marchaste al Aqueronte.
359 (VII 193)
Concebido de algún modo en relación con la exhibición de un saltamontes vivo o muerto (sabemos que se trata de este animal por estar el epigrama situado entre dos similares; en cuanto al «canto», cf. el 105 de Leonidas).
Paseando en la verde espesura cacé con mi mano
a éste, que escondido se hallaba en una cepa,
por que, en su jaula encerrado, con dulces canciones
de su boca sin lengua deleite nos causara.
360 (VI 113)
Ai parecer en un principio los cuernos de la cabra eran exhibidos como trofeo en que se colgaban guirnaldas; después se decidió hacer con ellos un arco doble como el citado en el 291 de Calimaco (la cuerda es un nervio de buey, según texto que aquí no podemos reproducir). En todo ello, por desgracia aquí muy abreviado, hay una patente imitación de la descripción homérica del arco de Pándaro, hecho también con cuernos de cabra (Il. IV 105-108, cf. intr. a Posidipo).
Yo, que antaño con verde follaje me vi coronada,
arma doble de cabra silvestre y saltarina,
ahora estoy preparada por un artesano del cuerno
que para Nicómaco tensó en mí la cuerda.
361 (VII 21)
Homenaje al famoso autor trágico Sófocles. En el lema es probablemente erróneo (cf. intr.) el étnico tebano; hay un Simias muy anterior y nacido en Tebas, conocido seguidor de Sócrates, del que no se sabe que haya escrito epigramas. Sobre el étnico inicial, cf. el 244 de Posidipo; sobre el verso 4, se decía de Acamas, demo ático, que producía yedra muy buena e incluso que era el primer lugar en que había florecido (cf. el 331 de Calimaco); luego se contraponen la palabra griega que designa el edificio situado al fondo del teatro (delante del cual, en lo que ahora llamaríamos escenario, pero antiguamente proscenio, declamaban los actores las partes no líricas) y el altar central de la orquestra o verdadera escena, en torno al cual evolucionaban o se situaban los coros; sobre las columnas del final, cf. el 260 de Posidipo.
A ti, autor de coros, ¡oh, Sófocles!, hijo cecropio
de Sofilo, estrella de la Musa trágica,
cuyos cabellos mil veces ornara la yedra
rizosa de Acamas en escenas y altares,
esta tumba y un poco de tierra recubren, mas brillan
eternamente tus inmortales columnas.
362 (VII 22)
El mismo tema.
Sobre la tumba de Sófocles, yedra, trepando
dulcemente derrama tus verdeantes bucles;
florezca en su torno la rosa y la parra fecunda
la abrace inundándola de pámpanos frescos
en honor de la docta palabra en que el dulce poeta
se ejercitó rodeado de las Musas y Gracias.
363 (VII 60)
En Diogenes Laercio (III 43) no se dice que sea de Simias, lo cual hace dudar. La idea final, de que la envidia no puede nada contra tan gran hombre, se halla en el 303 de Calimaco. Los antiguos decían, no se sabe con qué fundamento, que Platón se llamaba en realidad Aristocles, como su abuelo, y que el nombre con que le conocemos era un apodo.
Superando a los hombres en justo y templado carácter
aquí yace un varón divino, Aristocles;
si alguno entre todos gran fama llevóse de sabio,
éste la tiene enorme, más fuerte que la envidia.
364 (VII 647)
El lema duda entre Simias, Samio y Simónides para esta imitación del 34 de Ánite; probablemente es obra anónima, como 687-691 (cf. el 232 de Asclepíades), y si se pensó en Simias fue porque éste, según dijimos en intr., escribió un poema llamado Gorgo.
Ved la última frase que Gorgo a su madre querida
dijo, echándole al cuello llorosa los brazos:
«Con mi padre aquí queda; ojalá más propicia la suerte
te dé otra hija que cuide tu vejez canosa».