31
Upper Stretch Road era un tramo de carretera dejado de la mano de Dios en el norte del condado de Martin. Si ya se habían sentido en los confines de la civilización cuando estuvieron en During Street en la casa de los Collins, ahora se hallaban más allá de lo tolerable para un mundo civilizado. Oxidadas chatarras de coches se llenaban de herrumbre bajo el sol en los campos de enfrente. Un grupo de chiquillos, muchos de ellos todavía en pañales, jugaban en el interior de la vieja carrocería de lo que fue un autobús escolar de Cale. La carretera era apenas una insinuación ahora, casi inexistente, llena de baches, destrozada y a punto de desmoronarse por la ladera de la colina.
Avanzaron por ella con el coche cinco o seis kilómetros. Estaban comenzando ya a preguntarse si no se habrían perdido, cuando se abrió el bosque a su derecha y vieron en él la caravana. Se hallaba en un estado lamentable, desvencijada, con el techo hundido y con la fachada herrumbrosa. El color rojizo del óxido daba la impresión de ser sangre y Mary no pudo evitar la sensación de que entraba en el capítulo final del juego de Williams. ¿Cómo se sentiría una al dar con una muchacha desaparecida? Pero... ¿y si la chica hubiese muerto y Williams la hubiera matado? Había aún tantas preguntas sin respuesta... , pero sin duda había algo en el remolque abandonado en semejante rincón del mundo. Dentro había una respuesta. Y Mary lo sabía.
Salieron del Lexus y caminaron a través de los altos hierbajos. La caravana se asentaba sobre unos bloques de hormigón, y a cada ráfaga del viento crujía todo como si fuera a volcar y quedar reducida a un millar de piezas. El cielo se estaba nublando y empezaba a formarse una neblina. La hierba se agitaba a la altura de sus rodillas, y aquí y allá revoloteaban plumosas semillas de roble, blancas como nieve.
—Mirad —dijo Brian mientras sacaba de entre la porquería los restos de un triciclo.
Lo que quería decir era claro: aquellas eran cosas que habían pertenecido a Polly. Por fin era algo más que una borrosa aparición que estuvieran tratando de encontrar para obtener crédito en alguna estúpida clase. La muchacha era real, y ellos pisaban ahora el lugar en que había crecido. Rodearon la caravana hacia su parte trasera. Allí, volcada, había una vieja piscina infantil, unos columpios sin los balancines. El terreno aparecía quemado en algunos puntos, y Mary pensó en lo que había dicho Edna Collins a propósito de los muchachos que hacían hogueras en su propiedad. Parecía que también se llevaban a cabo tales actividades en los alrededores de esta caravana, y de pronto Mary se entristeció pensando en Polly, en que la muchacha hubiese provocado involuntariamente todo aquello. ¿Por qué razón? ¿Solo porque se parecía sorprendentemente a una chica desaparecida de Cale? Tenía que haber algo más.
—¡Por aquí! —los llamó Dennis.
Estaba de pie en un pequeño terraplén que dominaba un riachuelo. En el fondo del terraplén se veía una motocicleta. Había perdido las ruedas pero su cuerpo parecía intacto.
—¿Qué es eso? —preguntó Brian señalándolo. Forzaron la vista para distinguirlo—. Allí —los orientó—. Pintadas en el lateral del depósito de la moto.
—Parecen... estrellas —dijo Mary.
—¡Es la suya! —dijo Brian inequívocamente—. ¡La moto del padre de Deanna!
Volvieron a la caravana y escudriñaron el interior a través de las ventanas, restregando con sus mangas la suciedad que se había acumulado en los cristales. Dentro no había muebles. Las paredes y el suelo estaban completamente vacíos, y en un rincón había un montón de trapos y basura. Pero había algo raro en aquel bulto, en su forma angulosa y extraña...
El bulto ¡se movía!
Mary se apartó de un salto de la ventana.
—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Brian, que se hallaba junto a Mary, subido a un cajón de leche, y miraba por la ventana de la cocina.
Mary volvió a observar el interior. El hombre se había incorporado ahora y se frotaba los ojos como si acabara de despertar de un largo sueño.
Fuera, la neblina se había transformado en llovizna, que caía ahora de lado y azotaba el cristal de la ventana para salpicar luego con fuerza las mejillas de Mary. Estaba demasiado asustada como para echar a correr o moverse o hacer cualquier otra cosa que no fuera mirar a aquel hombre. «Este, este es el lugar donde el juego termina», pensó.
—¿Qué? —exclamó en voz alta. No sabía por qué había dicho eso, pero era la palabra que le había venido a los labios, ahogada y rota como un jadeo.
Desde el fondo del habitáculo en el que se hallaba, el hombre la miró. La miró a la cara. La ventana estaba tan marcada por los surcos que la lluvia había abierto en la mugre, que era como si el interior de la caravana fuera el interior de un pulmón enfermo o de una nube de tormenta... , con todo borroso y deformado. El hombre logró levantarse y dio unos pocos pasos hacia la ventana.
—¿Qué demonios quiere ese tipo? —le preguntó Brian. Lo notó de repente tomándola del brazo, apretándoselo, preparándola tal vez para emprender una precipitada carrera hasta el coche.
El hombre descorrió el cristal de la ventana, que se rompió y se soltó de los clavos que la sujetaban al podrido marco. Después se inclinó hacia fuera por el hueco, como si se dispusiera a saltar a través de la ventana.
—Buenas tardes —dijo.
Mary notó sobre su rostro el aliento caliente del desconocido. Lo respiró; era un aliento sucio, como si hubiera estado comiendo tierra. Tenía los dientes picados y pequeños mechones de cabellos grasientos pegados a las sienes. Pero había algo atractivo en él, algo que Mary no fue capaz de identificar. Como si en otra época, mucho tiempo atrás, hubiera sido el amante de alguien.
—¿Sois los chicos que habéis venido en busca de Polly? —preguntó.
Mary asintió. Estaba aún clavada en aquel sitio, incapaz de moverse.
—Sharon me telefoneó desde el restaurante. Es mi chica. Me dijo que habían venido unos muchachos de DeLane para husmear en el asunto de Deanna Ward. O lo que sea. Me dijo que tal vez yo pudiera saber algo de él. Y yo le dije: «Pues sí, mujer, por supuesto que sí. O, por lo menos, conozco a alguien que sí sabe».
—¿De quién se trata? —preguntó Dennis.
—Vive en el parador del Tiemblo. Eso queda en la cresta del Crótalo, yendo por la I-64. Tenéis que seguir por el Upper Strech hasta el final y, después, girar a la derecha en Hopper Road. Ya estaréis en la cresta. Seguid las señales hacia la interestatal. El parador queda a mano derecha, a un kilómetro y medio de la autopista. Desde allí oiréis el ruido de los camiones que pasan.
—¿Y a quién se supone que encontraremos en el parador? —En esta ocasión la pregunta partió de Brian.
—Ya lo conoceréis. Es el que se ocupa del bar por las noches. Decidle que os ha enviado Marco, y os contará todo lo que sabe... , que es mucho, os lo aseguro. Ese muchacho es toda una condenada enciclopedia sobre Deanna Ward. Hay quien dice que pudo estar implicado en el asunto, pero no es verdad. Lo suyo es simple curiosidad, ya sabéis, como la de todos vosotros.
El hombre exhibió de nuevo su estropeada sonrisa:
—No querría que pensarais que soy un chiflado —les dijo.
—No, no —lo tranquilizó Dennis—. Nada de eso.
—Y no es tampoco que no tenga ningún otro lugar donde vivir. Esto es solo... provisional. Solo hasta que me recupere y Sharon tenga su propia casa. Mirad... , aquí estoy bien. Comida caliente. Teléfono móvil... Soy un producto del siglo XXI, chico.
Mary se dio cuenta de que intentaba convencerse a sí mismo más que a ellos. El hombre les dedicó una inclinación de cabeza y retrocedió luego a las sombras de la caravana. Lentamente, como si tuviera lastimada una pierna, volvió a aquel rincón, donde se hizo un ovillo en su viejo edredón.
Se abrió entonces el cielo de pronto y la lluvia, impulsada por el viento, empezó a dar de lleno en sus ojos y rostros.
—¡Corred! —les gritó Dennis, y los tres se precipitaron hacia el Lexus. Dentro, la lluvia golpeaba contra el parabrisas y su aliento empañaba de vaho los cristales, quitándoles toda visibilidad. Durante unos minutos permanecieron sentados en el coche, sin decir palabra. «El parador está a solo a un kilómetro y medio de la autopista», pensó Mary. Había algo raro en aquella frase, pero no sabía qué era. Decidió desentenderse del asunto hasta que fuera capaz de expresarlo con palabras. En las pasadas seis semanas había comprendido que existían pensamientos «privados», como su curiosidad por la presencia de Summer McCoy en aquella fotografía de Mike... , y que existían otros más susceptibles de ser compartidos, como la llamada telefónica de la policía del campus, posibles hechos que necesitaba cotejar con otra persona. La confusión entre unos y otros —lo sabía ya— solo servía para meterla en apuros.
—¿Estamos listos? —preguntó Dennis cuando la lluvia hubo amainado un poco.
—Eso creo —respondió Mary en voz demasiado baja para que alguno la oyera.
Y partieron por Upper Stretch Road hacia el parador del Tiemblo.