XXXIV - El rey ríe

CARLOS IX SE HALLABA en su dormitorio y no se había desnudado, pero estaba sentado en un gran sillón en donde parecía más pequeño y pálido que nunca. Sus dos lebreles favoritos, «Nysus» y «Euryalus», estaban echados a sus pies y dormían con sueño inquieto, levantando la cabeza y enderezando sus orejas, para dormirse luego al ver a su amo inmóvil y con los ojos cerrados. Carlos IX no dormía. Esperaba.

Al primer toque de rebato, se estremeció y abrió los ojos con cierto terror, pero no se movió. La campana de Saint-Germain-L’Auxerrois empezó entonces a doblar y a mugir, y como una fiera enjaulada saltaba de una a otra parte. Las sonoras campanadas parecían saltar por el aire tan pronto graves y solemnes como precipitadas y salvajes.

«Nysus» y «Euryalus» se pusieron en pie y dieron un gruñido de miedo y de cólera. Carlos IX los llamó y entonces saltaron sobre el sillón cada uno por un lado. El rey cogió sus cabezas finas y sedosas, las oprimió contra su pecho para sentir el contacto de algo vivo y amigo.

Todas las campanas de París empezaron a contestar al toque de rebato de Ruggieri, cosa que ocasionaba un ruido enorme y como si en los aires se librara terrible batalla. Todas aquellas lenguas de bronce se llamaban, se contestaban, se excitaban y se injuriaban. Las unas con voz cascada y rabiosa, otras con voz potente y colérica, pero todas sonaban con el mismo brío y todas parecían amenazar de muerte a la ciudad.

El rey, inmóvil en su sillón, con los ojos desmesuradamente abiertos y el rostro de color de ceniza, creyó que las campanas iban a callarse muy pronto, pero no fue así. Continuaban doblando furiosamente de oriente a occidente y de norte a sur.

El rey se levantó lentamente y se puso en pie. Corrió a hundir la cabeza bajo las almohadas de su cama, pero el campaneo era más fuerte, pues sus vibraciones hacían retemblar los ventanales, las paredes y los muebles. Viendo que no conseguía librarse de ellas, quiso desafiarlas; su crispada boca dejó escapar sordas maldiciones; luego gritó más fuerte y, por fin, empezó a vociferar coreado por los perros. El rey gritaba:

—¡Malditas! ¿Os callaréis? ¡Basta, basta, campanas del diablo! Quiero que las hagan callar. ¡Oh, qué campanas! ¡No quiero oírlas! ¿En dónde me ocultaré? ¿Adónde huir?

Pero no, las campanas no se callaron. Durante cuatro días con sus noches debían continuar sin descanso y parecíale a Carlos que no eran solamente las campanas de París las que sonaban, sino todas las de Francia.

Carlos corrió a la ventana, arrancó la cortinilla, abrió un batiente y retrocedió asustado.

El día había llegado ya, pero a pesar de ello las antorchas continuaban corriendo de una a otra parte en persecución de gentes que huían profiriendo gritos de terror. Carlos, arañándose el pecho con una mano, exclamó:

—¡Pobre de mí! ¿Qué he hecho? Esto se hace por orden mía. ¡Oh, no quiero verlo ni oírlo! ¿Adónde huiré?

Abrió la puerta de su habitación y sin hacer ruido, se deslizó a lo largo de un corredor y entró en una galería en donde sus cabellos se erizaron al contemplar varios cadáveres que, en diversas posiciones, yacían en el suelo. En un ángulo de la galería, un joven se defendía contra una docena de católicos, pero de pronto cayó. Era Clermont de Piles. En el centro de la galería dos mujeres arrodilladas levantaron las manos al cielo y cayeron con el cuello abierto por siete u ocho puñaladas. Allí los gritos de los hombres resonaban más feroces aún que el tañido de las campanas, y a cada puñalada seguía un innoble insulto. Carlos IX creyó ver abrirse el cielo y retrocedió balbuciendo:

—Soy yo, yo, el que mato a esas mujeres. Yo, el que asesino a esos hombres. ¡Oh! ¿Quién es el que en mi interior pide perdón? ¿Dónde huiré para no ver ni oír nada?

Alejóse de la galería y quiso descender una escalera, pero allí en la meseta halló un montón de quince cadáveres con los puños crispados y los ojos convulsos. Allí también se oían arcabuzazos, pistoletazos e insultos soeces.

Todo el corredor estaba lleno de cadáveres. A través del humo espeso, Carlos tuvo la visión de una quincena de asesinos cubiertos de sangre que corrían vociferando: «¡Alto! ¡Sus, sus!». El hombre perseguido tropezó, cayó, y un instante después, su cuerpo estuvo cubierto de sangre. Desaparecieron aquellos demonios hacia el extremo del corredor en donde los hugonotes, casi desnudos, trataban de huir. La banda desapareció y el corredor quedó libre. Carlos avanzó y al hallarse junto al cadáver del hombre a quien acababan de asesinar, vio que era el barón de Pont, que la víspera le había ganado una partida al juego de pelota. Carlos hizo un esfuerzo y saltó como si quisiera atravesar un ancho foso, y así pasó por encima del cadáver, pero se quedó petrificado, porque sus pies fueron a posarse sobre un charco de sangre.

¿Adónde huir? Echó a correr saltando por encima de los cadáveres de hombres apenas vestidos y los de las mujeres completamente desnudos; cadáveres torcidos con bocas convulsas por la última maldición, ojos terribles o suplicantes y también extraordinariamente asombrados.

¿Adónde huir? Tropezaba con bandas que pasaban corriendo. Por un momento entreveía un hombre perseguido que saltaba; luego se oía un golpe y un sordo ruido como de animal al que degüellan.

El Louvre entero no era más que humo, sangre, aullidos, quejas y detonaciones.

El rey golpeóse el cráneo. Reconocía todos aquellos cadáveres y al pasar los nombraba. A la sazón pisaba ya sin reparo los charcos de sangre. Cogióse la cabeza entre las manos y corría, subía y bajaba empujado a veces por gentes desbocadas que no se cuidaban de saludarlo, ocupadas en matar y asesinar.

Halló una ventana y abrió el batiente. Sin duda el horror centuplicaba sus fuerzas, porque el cristal cayó roto al patio. La ventana estaba en el primer piso y Carlos, para respirar, se asomó.

—¡Perdón! —gritaron algunas voces.

—¡Señor, señor! ¡Éramos vuestros huéspedes!

—¡Fuimos vuestros amigos!

—¡Señor, hemos comido y reído juntos!

—¡Señor, perdón!

Había allí una veintena de caballeros hugonotes que tendían sus brazos hacia el rey. Sin armas y apenas vestidos, habían sido acorralados en un rincón del patio. Cien fieras con rostro humano los rodeaban apuntando los arcabuces. Carlos, asomado, oyó todavía:

—¡Señor, señor!

Entonces estalló en los labios del monarca aquella carcajada terrible que daba frío a los que la oían. Con la cabeza hacia atrás y las manos crispadas en el antepecho de la ventana, reía sin poderlo evitar. Instantáneamente una espantosa descarga dominó la risa del rey. Y de los pobres hugonotes sólo quedaron veinte cadáveres acribillados a balazos con los ojos vueltos hacia el rey y los brazos también levantados en dirección a él.

Carlos IX continuó su fuga. Atravesó corriendo un ala del palacio, cogiéndose la cabeza con las manos y agitado, a su pesar, por la risa que continuaba saliendo de sus labios.

Halló una puerta abierta, la atravesó y fue a caer en un sillón.

Observó que se hallaba en su gabinete particular. Aquél en que había amontonado armas e instrumentos de caza, trompas, hierros labrados y una colección de arcabuces, entre los cuales estaba el que recientemente le regalara Crucé y que era el más perfeccionado que entonces se conocía.

Aquel arcabuz estaba en un rincón rodeado por diez o doce más, pues el rey, como ya hemos dicho, se interesaba, en general, por todas las obras de mecánica y, en particular, en lo que se relacionaba con la armería.

Aquel gabinete, que ya hemos descrito en otra ocasión, se hallaba en la planta baja del Louvre. Ya se recordará, sin duda, que el caballero Pardaillán había sido llevado allí por el mariscal de Montmorency y de qué manera salió por la ventana, franqueando el foso, que se hallaba precisamente debajo.

Más allá se elevaban algunos chopos en el ribazo del río y, por fin, inmediatamente, venía la orilla del Sena.

Carlos, al verse en su gabinete, se sintió tranquilizado y respiró satisfecho. A lo lejos oíase el horroroso tumulto de la matanza.

De pronto, oyéronse pasos a la otra parte de la puerta, que se abrió con violencia, dando paso a dos hombres de mirada extraviada, con los vestidos desgarrados y perseguidos por más de cincuenta asesinos.

Carlos se incorporó al observar que aquellos dos hombres a quienes se quería matar eran los dos jefes de los hugonotes.

Uno era el rey de Navarra y el otro el joven príncipe de Condé.

—¡Fuego, fuego! —gritó una voz.

Instintivamente Carlos dio un salto yendo a colocarse entre los perseguidos y los perseguidores. La jauría se detuvo en el umbral del gabinete gruñendo y oliendo a pólvora.

—¡Atrás! —dijo Carlos IX.

—¡Pero si son hugonotes! ¿Acaso el rey protege a los herejes?

—¿Quién se atreve a hablarme de esta suerte? —gritó Carlos IX.

Por un momento el rey tuvo la majestad que siempre le faltaba. El hombre que había protestado, se calló ocultándose en las filas, mientras sus compañeros procuraban cubrirlo con sus cuerpos.

El rey, después de haber hecho retroceder a los asesinos, cerró la puerta del gabinete temblando de furor.

—¿De modo —dijo dando un puñetazo sobre la mesa— que hay en el reino una autoridad casi tan fuerte como la del rey?

—Sí, señor —dijo Condé— la autoridad de…

—¡Cállate, cállate! —le dijo el Bearnés al oído, pálido como un cadáver.

Pero el joven príncipe, que no temblaba, dirigió al rey intrépida mirada, y cruzándose de brazos, continuó:

—No he venido aquí para implorar perdón. Rey de Navarra, os he traído a presencia del rey de Francia para que le pidáis cuenta de la sangre de nuestros hermanos. Hablad, señor o por Dios vivo que lo haré yo.

—¡Mala cabeza! —exclamó el Bearnés, que consiguió sonreír—. Da las gracias a mi primo Carlos que nos ha salvado.

Condé le volvió la espalda.

Carlos los miraba con vidriosos ojos, retorciendo en sus manos un pañuelo con el que, de vez en cuando, se secaba el sudor de la frente. Estaba temblando y aquel ataque de locura que lo hiciera huir a través de su palacio, hacía nuevamente presa de él, pero en distinta forma. El contagio asqueroso del asesinato invadía su débil cerebro y siniestros resplandores brillaron en sus ojos.

En el Louvre continuaban oyéndose los disparos, los ayes desgarradores e imprecaciones horribles. De la ciudad llegaba un rumor inmenso del doblar de las campanas, los gritos de los asesinos y los aullidos de las víctimas.

—Señor, señor —gritó Condé retorciéndose las manos—. ¿Acaso no tenéis corazón? Recordad que nos hicisteis venir y que somos vuestros huéspedes. ¡Oh, escuchad! Es horrible.

—¡Callaos! —rugió Carlos rechinando los dientes—. Se mata a los que querían matarme y esto es culpa vuestra. ¡Traidores e hipócritas que despreciáis la religión de vuestros padres y queréis destruir la tradición francesa! Es la misa la que nos salva. ¿Comprendéis?

—¡La misa! —vociferó Condé—. ¡Es una comedia infame!

—¿Qué dice? —exclamó Carlos—. ¿Qué dice? ¿Ahora blasfema? Espera, espera.

Y se precipitó hacia el arcabuz que le regalara Crucé. Estaba cargado.

—¡Nos has perdido! —murmuró el Bearnés apoyándose en un mueble para no caer.

—¡Retráctate! —gritó el rey apuntando a Condé.

Y fuera de sí apuntaba alternativamente a Condé y a Enrique de Bearn.

—¡Retráctate! —repitió.

—¡Eh, pardiez! —exclamó el Bearnés exagerando el acento gascón que la víspera hacía reír a Carlos—. No tengo ganas de morir, amigo mío, pues me sería forzoso renunciar a la caza.

—¡Quiero que vayas a misa! ¡Es preciso acabar de una vez! ¡Todo el mundo a misa y no hablemos más!

—¡A misa! —repitió Enrique de Bearn.

—¡Sí, a misa! ¡Esto o la muerte!

—Vamos, primo, vamos enseguida. ¿Dónde dicen misa ahora? Quiero oírla enseguida.

—¿Y tú? —continuó Carlos volviéndose rápido hacia Condé.

—Yo, señor, prefiero la muerte.

El rey hizo fuego, y Enrique de Bearn profirió un grito de angustia.

Pero a través del humo vióse a Condé cruzado tranquilamente de brazos. La mano de Carlos temblaba de tal modo, que la bala del arma pasó a dos pies de la cabeza del joven.

—Señor —gritó el Bearnés—, ¡respondo de él! Dentro de tres días estará convertido.

Pero Carlos no lo oía. Tal vez tampoco los veía, pues el espantoso tumulto que reinaba en el Louvre y en París le daba una especie de vértigo. El rey estaba animado por un acceso de locura. Profirió una espantosa imprecación y cogiendo el arcabuz por el cañón empezó a dar culatazos contra una ventana para romper los cristales, que cayeron hechos añicos.

Carlos soltó su arma, asomóse a la ventana y miró con avidez. La horrible caza de hombres tenía lugar a orillas del Sena como en todo París. Pasó un sacerdote blandiendo un arma, gritando:

—¡Matad, matad!

Casi enseguida dos monjes gigantescos, con las sandalias llenas de sangre, aparecieron persiguiendo a un grupo de mujeres.

Una de ellas fue derribada por un golpe de crucifijo; otra cogida de los cabellos por el segundo monje, que la echó al suelo.

Los dos energúmenos, seguidos de una veintena de curiosos, desaparecieron por la esquina, gritando:

—¡Viva Jesús! ¡Viva la misa!

Hombres y niños pasaban saltando, con la agilidad de ciervos. Un arcabuzazo derribaba tan pronto a uno como a otro. Algunos caían de rodillas con las manos levantadas hacia sus verdugos, pero los sacerdotes corrían como endiablados, gritando:

—¡Matad, matad!

Y las turbas obedecían tales instigaciones.

—¡Matad! —murmuraba Carlos—. Es necesario matar. ¿Y por qué? ¡Ah, sí, los Guisa… la misa!…

Y la terrible palabra resonaba más fuertemente en su cabeza.

—¡Matad, matad! ¡Sangre, sangre!

Estaba completamente loco y saltando hacia atrás cogió uno de los arcabuces. Había una quincena y estaban todos cargados. ¿Quién lo habría hecho?… Y tiró. Luego cogió otro arcabuz y lo disparó también al azar. Nada le importaba el blanco, pues disparaba contra hombres, mujeres y niños; sobre todo el que pasaba ante su ventana.

En cuanto hubo descargado todos los arcabuces se inclinó, loco, furioso, espantoso de ver, con la boca llena de espuma, los ojos fuera de las órbitas, los cabellos erizados, gritando:

—¡Matad, matad, matad!

De pronto cayó hacia atrás, se retorció en el suelo con el pecho hinchado y las uñas clavadas en la alfombra. Entonces el rey de Navarra y Condé pudieron contemplar un espectáculo trágico y horroroso.

Sobre aquella alfombra, un hombre agitado por frenéticos sollozos se revolcaba golpeándose la cabeza, clavándose las uñas en el pecho, más profiriendo a pesar de todo, con ronca voz, un grito rápido siempre igual y entremezclado de risotadas más asustables que los sollozos.

—¡Matad, matad, matad!

Aquel ser miserable era el rey de Francia.

Condé levantó sus dos puños crispados hacia el cielo como para implorar una maldición suprema. De pronto salió del gabinete y echó a andar en línea recta, al azar, sin tratar de evitar los lugares en que se oían los disparos de arcabuz. Tal vez buscaba la muerte. Por una casualidad llegó a una escalera desierta que subió y enfiló un corredor en que reinaba silencio relativo.

El pobre príncipe lloraba amargamente. Hacia la mitad del corredor, comprendiendo que, a impulsos de la angustia y el horror, iba a desvanecerse, abrió la primera ventana que se le presentó para respirar un poco de aire.

La ventana en cuestión daba al patio de honor y sin duda lo que entonces vio Conde le pareció más horrible todavía y trató de retroceder para substraerse a la horrible visión, pero las piernas se negaron a obedecerlo y se quedó allí como petrificado e hipnotizado, con los ojos fijos en lo que veía.

Era espantoso y sobrepasaba ya los límites de las concepciones del horror.

En aquel patio había más de doscientos cadáveres diseminados al azar, unos en montones y otros aislados en todas las posiciones macabras que puede tomar la muerte. La mayor parte de aquellos cadáveres estaban semidesnudos, porque los desgraciados caballeros fueron sorprendidos durante el sueño y no habían tenido tiempo de vestirse para huir.

De aquel patio siniestro, convertido en horrible carnicería, procedían risotadas frescas, y sonoras proferidas por femeninas bocas. Jóvenes mujeres Iban de uno a otro cadáver vestidas con ligeros tocados de estío, de alegres colores.

Iban riendo, y cuando una de ellas exclamaba: «¡Oh! ¡Mirad que ridículo está éste!», todas acudían.

Una de ellas, de pronto, dio un ligero grito, exclamando:

—He tenido una buena idea.

He aquí cuál. Con la punta de su bastón, adornado con lazos, reventó los ojos de un cadáver. Entonces todas ellas, alegres en extremo, sonrientes, perfumadas y encantadoras, pero también horribles, iban de uno a otro cadáver dando gritos de alegría cuando acertaban a reventar un ojo del primer golpe y repitiendo la operación hasta conseguirlo cuando no daban en el blanco la vez primera.

Una vez habían pasado aquellas horribles mujeres, los cadáveres quedaban con dos agujeros negros y sanguinolentos en el lugar que antes ocuparan los ojos: