III - Orden del rey

EL DÍA SIGUIENTE del en que Francisco de Montmorency halló a su hija y a la que había sido su mujer, fue tranquilo para todos los habitantes de la calle de Montmartre.

El mariscal, agitado por diversos sentimientos, sentía dilatarse su corazón de alegría. Miraba extasiado a su hija, juzgando que no había nada en el mundo tan gracioso como ella.

Y en cuanto a Juana, tenía la convicción de que sufría una crisis pasajera, y que la felicidad le devolvería a la vez la razón y la salud física. Algunas veces le parecía sorprender en los ojos de la loca un destello de inteligencia. Pero si hubiera podido observar los estragos que el dolor había hecho en aquella alma con la lentitud de la gota de agua que poco a poco va agujereando la roca, sin duda comprendiera que no había restablecimiento posible para la infeliz mujer. No obstante, quería creer en la curación y a veces se decía:

—Cuando se halle en estado de comprenderme, ¿cómo voy a explicarle mi casamiento?

Y gran turbación lo invadía al verla tan hermosa, apenas cambiada y casi tan ideal como cuando lo esperaba en el bosque de Margency.

En cuanto a Luisa, aparte del dolor de no poder asociar a su madre a la felicidad que sentía, era dichosa. Estaba también convencida de que un mes de cuidados asiduos devolvería la razón a la mártir. Se entregaba a la alegría, antes desconocida, de tener una familia, un nombre y un padre, pues el misterio que había entristecido su infancia y su adolescencia habíase desvanecido.

A la sazón tenía una madre y un padre, cuyo majestuoso porte admiraba, pareciéndole hombre excepcional por la fuerza y la serena gravedad. Además, era uno de los más poderosos señores del reino y su nombre era respetado en todas partes.

Aquel día fue, pues, feliz, verdaderamente feliz, a pesar de la locura de Juana.

Cuando padre e hija miraban a la pobre loca, observaban con alegría que en su salud parecía haberse producido beneficioso cambio. Sus ojos brillaban extraordinariamente, las mejillas volvían a ser rosadas y jamás Luisa la había visto tan hermosa ni alegre. Las carcajadas de la loca no eran estridentes y convulsivas, sino dulces y llenas de apacible felicidad.

Aquel día el mariscal trabó pleno conocimiento con el viejo Pardaillán. Sus manos se unieron amistosamente y el recuerdo del rapto de Luisa se desvaneció.

Con respecto al caballero, fue el mismo de siempre: reservado, poco comunicativo, si bien menos triste.

La noche siguiente fue también muy tranquila. No obstante, al atardecer, tuvo lugar un incidente en la calle. El mariscal de Damville fue a visitar la guardia que vigilaba la casa acompañado de cuarenta guardias del rey, que relevaron a los de d’Anjou. Un oficial de la casa real los mandaba, y el capitán que había aceptado la fianza de Juana tuvo que retirarse.

Damville pasó la noche en la calle, y hacia el alba se produjo un movimiento entre los soldados.

Veinte de ellos cargaron sus arcabuces y se prepararon a dispararlos, mientras otros dispusieron un grueso tablón suspendido de un marco de madera por medio de cuerdas, de modo que constituyera un ariete para hundir la puerta.

¿Hacíase, tal vez, caso omiso de la fianza de Juana de Piennes? Esta fue la pregunta que se dirigió el viejo Pardaillán, cuando, al sacar la cabeza por el tragaluz, observó tales preparativos. Llamó enseguida para examinar la situación. El aventurero estaba muy alegre y sus ojos brillaban extraordinariamente.

—Si nos atacan —dijo— ya no hay razón para que mantengamos nuestra promesa; estábamos aquí, prisioneros bajo palabra, y el ataque, por lo tanto, nos libra de ella y nos da el derecho de huir. Hay una puerta, huyamos.

—Ésta es mi opinión para el caso de que nos ataquen —dijo el mariscal—. Palabra quebrantada es palabra devuelta.

—Atacarán, no lo dudéis. ¿Qué os parece, caballero?

—Creo que el señor mariscal debe salir inmediatamente con las dos mujeres, y vos y yo nos quedaremos para hacer frente al peligro.

—¡Ah, caramba! —Murmuró el viejo Pardaillán comprendiendo la intención de su hijo—. ¿Queréis morir, eh? —díjole en voz baja.

—Sí, padre mío.

—Bueno, moriremos juntos, pero antes ¿quieres oír una observación de tu padre?

—Sí, señor.

—Pues bien, no tengo inconveniente en morir ya que tú no puedes vivir sin Luisita, a quien el diablo lleve, y yo, por mi parte, no puedo vivir sin ti; pero antes es preciso estar seguro de que te la niegan.

—¿Qué queréis decir? —preguntó palideciendo el caballero.

—Sencillamente, preguntaré si has pedido al mariscal la mano de Luisa.

—¿Estáis loco? Estoy seguro que tal petición sólo le inspiraría lástima.

—Tal vez sí, pero, en fin, ¿se la has pedido, acaso? Pues bien, es necesario hacerlo.

—¡Jamás! Quiero evitarme la afrenta de ser rechazado.

—Bueno, pues ya hablaré yo por ti.

—¿Vos?

—Yo, ¿no tengo derecho de hacerlo? Te aseguro que la pediré y no puede suceder más que una de las dos cosas: o acepta o no. Si acepta, tú haces a Montmorency el honor de entrar en su familia. ¡Por todos los diablos! Tu espada vale tanto como la suya y tu nombre no tiene tacha. En cambio, si te rehúsa, será tiempo de limpiarnos el calzado para hacer el gran viaje del que no se vuelve; por lo tanto, espera para querer morir a que el padre de Luisa haya contestado formalmente que no.

—Como queráis, padre —dijo el caballero entreviendo la posibilidad de no causar también la muerte de su padre.

—Monseñor —dijo entonces el viejo Pardaillán dirigiéndose al mariscal—, mi hijo y yo acabamos de celebrar consejo de guerra y he aquí lo que hemos decidido: Vos partiréis de aquí inmediatamente y nosotros nos quedaremos hasta estar seguros de que nos atacan. Entonces nos marcharemos a nuestra vez.

—No saldré de aquí sin vuestra compañía —dijo el mariscal con firmeza—. Y tened en cuenta, caballero, que si no consentís en seguirme inmediatamente, exponéis a una muerte terrible a estas dos inocentes mujeres.

—Partiremos —dijo entonces el caballero, ya decidido.

—Esperaremos antes el comienzo del ataque —dijo el viejo Pardaillán.

La espera no fue larga. Hacia las cinco de la mañana, el viejo aventurero, que se había quedado observando por el tragaluz, vio a un caballero que hacía una seña al oficial que mandaba la fuerza. Aquel caballero iba envuelto en una larga capa que lo cubría por entero a pesar del calor que hacía, y por esta razón Pardaillán no pudo reconocerlo. Obedeciendo a la seña, el oficial mandó a sus hombres que prepararan las armas.

Casi enseguida se abrieron las ventanas de las casas vecinas y por ellas asomaron varias cabezas curiosas.

El oficial se acercó a la puerta de la casa en compañía de un hombre vestido de negro, el cual, sacando un papel de un estuche, empezó a leerlo en voz alta y clara:

En nombre del rey:

Son declarados traidores y rebeldes los señores Pardaillán, padre e hijo, refugiados en esta casa, bajo la fianza de la noble señora de Piennes. Declárase que no es válida la fianza en razón a que dicha señora ignoraba los crímenes cometidos anteriormente por los citados señores de Pardaillán.

Mandamos a dichos señores que se rindan a discreción para ser conducidos al Temple y allí juzgados por los crímenes de felonía y lesa majestad. Además, por incendio voluntario de una casa y últimamente por rebelión a mano armada.

Mandamos a los oficiales del rey que se apoderen de las personas de los rebeldes para llevarlos atados de pies y manos al lugar que Nos, Julio Enrique Percegrain, procurador del Châtelet, designaremos, a saber: por el momento, a la prisión real del Temple.

Mandamos a dichos oficiales cogerlos muertos si no pueden prenderlos vivos, a fin de que sus cadáveres sean ahorcados y expuestos para escarmiento en la plaza de la Gréve a los ojos de todos los vasallos fieles y leales de Su Majestad.

Y Nos, Julio Enrique Percegrain, declaramos haber hablado en voz alta a los repetidos rebeldes, y declaramos también haberles concedido una hora de reflexión, como última indulgencia.

En fe de lo cual, hemos firmado y entregado este requerimiento al gentilhombre Guillermo Mercier, barón de Teil, teniente la compañía de arcabuceros del rey.

El hombre vestido de negro entregó el papel al oficial y se retiró al lado del caballero envuelto en la capa, el cual permaneció inmóvil.

La hora de gracia concedida a los rebeldes transcurrió rápidamente.

La calle se había llenado de gente, los curiosos se acercaban de puntillas para ver si prenderían a los rebeldes vivos o muertos. En efecto, la gente se prometía doble espectáculo. Primero el de la batalla y segundo el de la ejecución de los cadáveres.

Habiendo transcurrido la hora, el oficial se acercó a la puerta y llamó fuertemente gritando:

—¡En nombre del rey!

El aldabonazo resonó fuertemente en la casa y acto seguido se abrió una ventana del primer piso. El viejo Pardaillán apareció, y al verlo, la gente empezó a gritar:

—¡Van a rendirse!

Pardaillán saludó gravemente y preguntó al oficial:

—Señor, ¿intentáis atacarnos?

—Inmediatamente, si no os rendís.

—Tened presente que violáis la fianza.

—Lo sé, caballero, pero debéis rendiros a discreción.

—En cuanto a rendirnos, no lo esperéis. Quería tan sólo deciros que faltáis a la palabra dada. Ahora atacad si bien os place.

Y el viejo Pardaillán cerró cuidadosamente la ventana, mientras el oficial gritaba de nuevo:

—¡En nombre del rey!

Como no obtuvieron respuesta, el oficial hizo una seña y el tablón dispuesto en forma de ariete, empezó a funcionar. Al quinto golpe cayó la puerta.

—¡Cuidado! —dijo el oficial en previsión de una salida de los sitiados.

Los arcabuceros apuntaron hacia la puerta, prontos a disparar, pero como nadie se mostrara, fue preciso resolverse a entrar en la casa y entonces se observó que la escalera estaba obstruida por una barricada.

—Será preciso dirigir el ataque hacia la parte alta de la casa —dijo el oficial, malhumorado por el impedimento.

Fueron necesarias dos horas para hacer la escalera practicable, y cuando por fin el paso estuvo libre, los soldados subieron con precaución seguidos por el caballero, que había echado pie a tierra, pero que continuaba tapándose el rostro con la capa.

Con gran satisfacción del oficial, hallaron todas las puertas abiertas.

—¡Cuidado! —Dijo el embozado—. Tal vez sea una emboscada.

Entraban en todas las habitaciones visitándolas todas una después de otra con todas las precauciones necesarias. Habiendo registrado así el primer piso, fue evidente que los sitiados se habían refugiado en el granero; pero cuando, después de muchas vacilaciones e intimaciones reiteradas, decidieron entrar en él, no hallaron más que heno.

El embozado dio un grito de rabia, y descubriendo la puerta de comunicación por la que se pasaba a la casa vecina, la hundió de un puntapié, exclamando:

—¡Han huido por ahí! ¡Se han escapado!

Entonces el embozado dejó caer su capa, y los soldados, asombrados, reconocieron al ilustre mariscal de Damville.

—¿Qué ordenáis, señor? —preguntó el oficial.

—Registrad la casa —contestó Damville.

Hízose así, pero no hallaron a nadie.

El mariscal de Damville salió por la callejuela contigua pálido de furor. Montó enseguida a caballo y se lanzó en dirección al Louvre.

Una vez allí solicitó ser introducido inmediatamente ante el rey.

Entre tanto los fugitivos llegaban al hotel de Montmorency, y una vez que las dos mujeres estuvieron instaladas, celebraron consejo.

—Aquí —dijo el mariscal a los Pardaillán— estáis en seguridad. Nadie sospechará que os hayáis refugiado en este hotel.

—Monseñor —dijo entonces el caballero—, me permito aconsejaros que huyáis. No os lo diría si estuvierais solo.

—Tenéis razón, caballero —dijo el mariscal—, pues mi intención es no exponer a mi hija y a su madre. Esta noche saldré con ellas hacia el castillo de Montmorency y cuento con vos para escoltarnos. Una vez en Montmorency, nadie, ni el mismo rey, se atreverá a acercarse, pues sería necesario un verdadero ejército para conquistar el castillo.

Fue, pues, convenido que al atardecer saldrían de París.

Aquel día Pardaillán tuvo con el mariscal una conversación de suma importancia. El caballero se había retirado a la habitación que ocupaba en el hotel y Luisa estaba al lado de su madre. El viejo Pardaillán se quedó solo con Montmorency y viendo salir a la joven formuló heroicamente la pregunta que tanto le interesaba.

—Es una niña encantadora y estoy seguro de que sois feliz por haberla encontrado.

—Sí, caballero, más de lo que os figuráis.

—¡Ojalá —exclamó el viejo zorro— que halle un marido digno de ella, pero dudo que exista el hombre que pueda merecerla!

—Pues este hombre existe —dijo el mariscal.

«¡Caramba! ¿Acaso tendrá razón el caballero?» —pensó Pardaillán.

—Conozco —continuó el mariscal— un hombre que es el tipo acabado de valentía y astucia. Lo que de él me han contado y por lo que yo mismo he averiguado, lo coloca a la altura de los antiguos paladines del buen emperador Carlomagno. A él, señor Pardaillán, destino mi hija, porque nadie será más digno de poseer semejante tesoro.

—Excusad mí atrevimiento, monseñor, pero el retrato que habéis trazado es tan hermoso, que siento grandísimo deseo de conocer a tal hombre. ¿Será indiscreción preguntar su nombre?

—De ningún modo. Estoy tan obligado a vos y a vuestro hijo, que no quiero ocultaros ninguna de mis penas o alegrías. Ya lo veréis, caballero, porque espero que asistiréis al casamiento de Luisa.

—¿Cómo se llama? —preguntó Pardaillán mordiéndose el bigote.

—El conde de Margency —dijo el mariscal mirando fijamente al aventurero.

Éste se tambaleó como si hubiera recibido un golpe en pleno corazón.

Balbució algunas palabras y sumamente aturdido se despidió del mariscal, yendo a reunirse con su hijo.

—Acabo de hablar con el mariscal —dijo.

—¡Ah! ¿Le habéis dicho algo?

—Le he preguntado a quién daría a Luisa en matrimonio… Tente firme, caballero; un hierro ardiente en una herida, vale más que unos ungüentos. No, la pequeña no será para ti porque está destinada al señor conde de Margency.

—¿Lo conocéis? —preguntó el caballero.

—Conozco Margency —dijo el viejo Pardaillán—; es un hermoso condado. Está enclavado en los dominios de Montmorency. Estaba, por decirlo así, desmembrado y no quedaba más que una pequeña parte que pertenecía a la familia de Piennes, hasta que el condestable se apoderó de todo. Sin duda alguna, el condado ha sido reconstituido. Algún villano rico lo habrá comprado para tener el título de conde. En cuanto al hombre, no lo conozco.

—Poco me importa —dijo tranquilamente el caballero.

Transcurrieron algunos minutos en silencio, durante los cuales el viejo Pardaillán recorrió la estancia lleno de furor, mientras el caballero lo miraba sonriendo.

—Me admira tu calma —dijo por fin el aventurero—. ¿De modo que te ves tratado así y no protestas?

—Pero, padre, ¿cómo queréis que me traten? El mariscal me ofrece una hospitalidad suntuosa a cambio de los pocos servicios que le he prestado. ¿Sabéis dónde os halláis ahora?

—¡Pardiez! En tu habitación, me parece.

—Ciertamente. Pues bien, esta habitación, padre, es la que fue ocupada por el rey Enrique II, cuando vino a visitar al señor condestable Anne. Desde entonces nadie se había acostado en este lecho. ¡Qué honor para un paria como yo que ha ido errando de posada en posada y muchas veces se acostó en campo raso! Os aseguro que apenas me atrevo a dormir en este lecho real. ¿Qué más puede hacer por mí el mariscal?

—Bueno, caballero. Lo que hemos de hacer es marcharnos enseguida.

—No, padre.

—¿Cómo no? ¿Qué te retiene?

—El mariscal cuenta con nosotros para escoltarlo hasta Montmorency y lo haremos, padre. Una vez estén en completa seguridad en su castillo, nos haremos matar en alguna empresa siempre y cuando vos queráis hacerme el honor de morir en mi compañía.

—¡Por todos los diablos! ¿Y por qué el señor mariscal no se hace acompañar por el señor conde de Margency?

—Tal vez le hallaremos por el camino —dijo el caballero, sonriendo—. Pero aunque estuviera aquí, no le cedería el derecho que he conquistado de poner a Luisa en seguridad, pues ella me llamó a mí y a nadie más. Recuerdo perfectamente la escena, mientras yo estaba en «La Adivinadora». Y a propósito, será necesario pasar por allí para saldar una deuda antigua. ¿Tenéis dinero, padre?

—Tres mil libras.

—¡Caramba! Somos ricos.

—Sí, es el último regalo que me hizo el mariscal de Damville. No es muy espléndido, que digamos. ¿Dices que quieres pagar a maese Landry?

—Y también a su mujer.

—¿Debes a los dos?

—Sí, a Landry le debo dinero y a su mujer agradecimiento. Al primero le pagaré con escudos y a la segunda… a fe mía será más difícil. Un escudo no es más que un escudo. Ya veré cómo puedo hacerlo. El caso es, padre, que un día estaba yo en mi ventana de «La Adivinadora» y miraba no sé qué, cuando de pronto Luisa abrió la ventana y me llamó en su socorro. Yo no conocía su nombre y nunca le había hablado, pero ella me llamó como si yo fuese su hermano o un amigo de su infancia. Por lo tanto, tengo el derecho de protegerla hasta el final. Mi brazo y mi corazón le pertenecen, y cuando todo haya concluido, el primero soltará la espada que manejaba con cierta habilidad y el segundo dejará de latir. He aquí todo.

—Sí, he aquí todo. ¡Ah! ¿Por qué no seguiste mis consejos?

—Hice mal, lo confieso. Ahora, padre, se trata de salir de París esta misma tarde. En caso de sobrevenir algún obstáculo, la escolta del mariscal no podrá hacer más que batirse y eso no basta. Tenemos necesidad de fuerza y de astucia. Damville es un enemigo terrible, sin contar que tenemos tras de nosotros otros adversarios de menor importancia.

—Conozco —dijo el viejo Pardaillán— a algunos buenos muchachos que podrán sernos útiles esta noche. Será necesario que me vaya a dar una vueltecita por la Corte de los Milagros[1].

—Id, padre, y sed prudente.

El aventurero dirigió una mirada a su hijo, meneó la cabeza y se alejó.

El caballero descolgó la espada, dio algunas vueltas en la habitación y se sentó en un gran sillón conocido en el hotel con el nombre de «el sillón del rey», porque Enrique II se había sentado en él.

No se vaya a creer que el caballero había representado una comedia ante su padre, pues realmente expresó con toda sinceridad cuáles eran sus sentimientos.

A pesar de la desesperación que su amor no correspondido le causaba, no lloró ni dio tampoco en suspirar. En él no se traslucía el dolor.

Así, pues, había dicho a su padre, pensándolo tal como lo decía, que no le quedaba otra cosa que hacer que morir, porque si consideraba incapaz de arrojar de su corazón el amor que lo llenaba; no maldijo tampoco al mariscal, pues creía que las cosas iban como era debido, ya que según las ideas de su tiempo y de todos los tiempos, un paria no podía casarse con la heredera de inmensas riquezas.

Maldijo menos todavía a Luisa y se contentó con murmurar con extraordinaria ingenuidad:

«¡Qué desgracia para ella! ¿Cómo va a serle posible hallar a otro que la ame tanto como yo? ¡Pobre Luisa!».

Y después de algunos instantes de reflexión, añadió:

«Creo que si lo que sufro tuviera que durar ocho días más, me volvería loco, pero felizmente todo se arreglará. Esta noche estaremos en Montmorency y mañana volveré a París. Y entonces… veamos, ¿cuántos son? Damville, que es buena espada; Aspremont, de quien me ha hablado mi padre; los tres favoritos de Anjou, y Maurevert. Total, seis. Los desafiaré a todos a la vez y milagro será que entre tantos no consigan matarme. Y así tendré, por lo menos, buen funeral».

En aquel momento una cabeza se posó en sus rodillas. El caballero bajó la vista y vio que Pipeau, habiéndose acercado a él, instalaba su cabeza entre sus piernas y lo miraba con sus ojos inteligentes y bondadosos.

—¡Hola! —dijo el caballero alegremente.

Pipeau ladró con no menos alegría, como diciendo:

—Si soy yo, tu amigo. Parece que me olvidas y ya no piensas en mí, como si yo no fuera tu amigo más fiel… fiel hasta la muerte.

El caballero acarició la cabeza del perro y le dijo:

—Vamos a separarnos, Pipeau, y lo siento porque te debo grandes favores. Gracias a ti, salí de la Bastilla y un día en que tenía hambre compartiste conmigo tu comida, ¿te acuerdas? Siempre has sido, además, buen compañero mío. Me marcho, Pipeau, porque me aburro.

El perro escuchaba con gran atención, y una vez terminado lo que su amo le decía, continuó mirándolo con la misma gran atención.

—¡Pipeau! —llamó entonces el viejo Pardaillán entreabriendo la puerta.

El perro interrogó con la mirada a su amo y éste le dijo:

—Voy a «La Adivinadora», ya que tienes una cuenta con maese Landry —dijo el aventurero.

—Os acompaño, padre.

—No, de ningún modo, el perro me bastará en caso de necesidad y también podrá servirme de correo; pero tú no te muevas.

El caballero hizo una seña de asentimiento y el padre se alejó seguido por el perro, contento de emprender solo la exploración que había proyectado, porque so pretexto de ir a «La Adivinadora» a pagar las deudas de su hijo, el aventurero quería cerciorarse de que el hotel no era vigilado, de que no los habían seguido, y, en una palabra, de que el caballero estaba en completa seguridad.

«Una vez en Montmorency», —pensaba—, «lo decidiré a seguirme y creo que me será fácil conseguir que olvide a todas las Luisas del mundo y también sus deseos de morir. ¡Vaya una solución! A su edad y en su lugar, yo hubiera raptado a Luisa. ¡El mundo degenera! Y además, ¿quién sabe si mi astucia no lo arreglará todo? Es un ardid de guerra».

—Vamos, Pipeau, salta. —Pardaillán tendió el brazo y el perro saltó ladrando alegremente.

¿A qué astucia se refería? Pronto lo diremos a nuestros lectores. De momento contentémonos con seguir al aventurero en su exploración. Recorrió las calles vecinas, y convencido de que todo estaba tranquilo, pues no había visto nada sospechoso, dirigióse al río con ánimo de atravesarlo.

Luego se internó por la calle de San Dionisio, dirigióse y llegó a «La Adivinadora», prometiéndose ir de paso a la taberna de Catho.

Maese Landry vio llegar a Pardaillán con cierto asombro, no desprovisto de temor y esperanza.

«A ver si esta vez me paga» —se dijo el digno hostelero.

—Maese Landry —dijo Pardaillán—. Vengo a pagar mis deudas y las de mi hijo, porque nos vamos de París para mucho tiempo.

—¡Cuánto lo siento! —exclamó el hostelero tratando de aparecer triste.

—Nos retiramos después de haber hecho fortuna —dijo Pardaillán.

El hostelero abrió desmesuradamente los ojos.

—Pero no veo a vuestra esposa —continuó Pardaillán—. Tengo que darle un recado de parte de mi hijo.

—Llegará enseguida; pero entre tanto, ¿no me haréis el honor de almorzar por última vez en mi casa?

—Con mucho gusto, querido amigo, y mientras tanto hacedme el favor de arreglar la cuenta.

—¡Oh, no hay prisa! —dijo maese Landry lleno de esperanza.

—Sí, porque me marcho y no quisiera quedaros a deber ni un sueldo.

—Siendo así, señor, os contestaré que tengo la cuenta preparada.

—¡Ah, ya!

—Como recordaréis, me lo ordenasteis vos mismo en dos ocasiones distintas en que os disponíais a pagarme esta pequeña suma, pero circunstancias desagradables os impidieron hacerla.

—Desagradables para vos —dijo Pardaillán echándose a reír.

—No, caballero, para vos —dijo Landry haciéndole coro—. Efectivamente, la primera vez tuvisteis aquel terrible duelo con el señor Orthés.

—Vizconde d’Aspremont, como lo llamabais.

—Es verdad, y la segunda vez, en el momento en que os entregaba la cuenta, os marchasteis hacia la calle.

—Sí, vi pasar a un antiguo amigo a quien quería estrechar entre mis brazos.

Entre tanto preparaban el cubierto en una mesita, mientras Pipeau, recobrando instantáneamente sus costumbres, entraba en la cocina con el aire hipócrita que tanta confianza inspiraba a los que no conocían la glotonería y la astucia de aquel perro.

Pardaillán sentóse, pues, ante la mesa, y no sin cierta melancolía miró aquel comedor en que tan buenos ratos había pasado.

Al fijarse en el aspecto venerable de las botellas que Landry en persona dejó sobre el mantel, resplandeciente de blancura, comprendió que, a los ojos del posadero, se había convertido en un personaje de la mayor importancia.

«Bien considerado», —pensó—, «el dinero es una cosa buena. Con el que me supone ahora, compro al fiado su respeto y admiración. ¿Qué sucedería si fuera realmente rico? ¡Vaya! Si no nos morimos, será necesario ganar mucho dinero».

En aquel momento entró Rosa, la mujer del hostelero.

—Siempre fresca, rosada y tierna como una flor —dijo el viejo Pardaillán.

Rosa sonrió y dio un suspiro.

—Parece que nos dejáis —dijo cortando una lonja de venado que sirvió a Pardaillán mientras Landry llenaba un vaso de vino.

«¡Qué cuadro tan bonito!». —Pensó Pardaillán recostándose en el respaldo de su silla—. «El buen Landry a la derecha sirviéndome delicioso néctar y la hermosa Rosa a la izquierda con sus brazos blancos y rosados y ante mí esta lonja de venado más agradable todavía que la mirada de la huéspeda… y al fondo aquella cocina llena de aromáticos olores. ¡Ah! ¿Por qué no sucederá esto cada día? ¡Y pensar que el caballero me invita a morir! ¡Vaya una tontería!».

Y en voz alta y no sin cierta emoción, dijo:

—Sí, mi querida señora Rosa, nos vamos a un país desconocido, y antes de partir mi hijo y yo, recordamos que teníamos aquí una cuenta pendiente.

—¡Ah, señor! —dijo Landry enternecido.

Y enseguida añadió:

—Voy a buscar la nota.

—Mi querida Rosa —dijo entonces el viejo Pardaillán—, creo que será un poco difícil que el caballero venga a pagaros lo que os debe, aun cuando tenía intención de venir.

—El señor caballero nada me debe —dijo Rosa con viveza.

—Sí, caramba, y para convenceros voy a repetir sus propias palabras:

«En cuanto a la hermosa Rosa» —dijo— «no le debo dinero, pero sí dos buenos besos en agradecimiento de las atenciones que por mí tuvo siempre. Quiero decirle también que, suceda lo que quiera, nunca la olvidaré y que siempre ocupará un buen lugar entre mis recuerdos».

—¿Esto ha dicho el caballero? —exclamó la hostelera ruborizándose de placer.

—Os lo aseguro. Y creo que no dijo más que la mitad de lo que pensaba. Por lo tanto, voy a cumplir el encargo que me hizo y trataré de hacerlo concienzudamente.

Y entonces el aventurero se levantó y besó dos veces en cada mejilla a la hostelera. Luego, sentándose, levantó su vaso y dijo gravemente:

—A vuestra salud, hermosa Rosa.

Y bebió de un trago, según los usos de la galantería en las carreteras.

—Caballero —dijo entonces la hostelera—, no olvidaré jamás el recuerdo del caballero. Decídselo así, os lo ruego, y a mi vez quiero testimoniarle mi gratitud dándole una noticia.

—Hablad, querida mía.

—Pues bien, decidle que «ella lo ama» —dijo Rosa dando un suspiro.

—¿Quién es ella? —exclamó Pardaillán asombrado.

—La que él ama, la hermosa señorita Luisa.

El aventurero dio un salto sobre la silla.

—Ella lo ama —continuó Rosa—. Estoy segura. ¡El pobre joven es tan desgraciado!

—¡Ah, mi querida Rosa! ¡Sois un ángel!

—Tan desgraciado, que no pude menos de decírselo a ella. Repetídselo y cuando sea marido de Luisa, que se acuerde de que yo le profeticé su felicidad.

—¡Caramba! Así, pues, le dais suerte, querida Rosa. ¡Ah! Lo que es así, las cosas cambian completamente. ¡Vive Dios! Merecéis otro beso. —Y como lo decía lo hizo. Después de ello, el viejo Pardaillán continuó su comida con infinita satisfacción, y, con ayuda del vino de Landry, empezó a entrever el momento en que asistiría al casamiento de Luisa y de su hijo.

«Ahora pienso», —murmuró alegremente—, «que debo darme una vuelta por la Corte de los Milagros para reclutar gente. Como ya estamos seguros de que nos aman, de acuerdo con lo que sospechaba, se trata de salir de París sanos y salvos».

Pero en el mundo todo tiene fin, incluso un buen almuerzo, y el de Pardaillán siguió la ley común. Después de haber apurado la última botella, el aventurero, entonando una canción de guerra, con los ojos echando fuego se ciñó la espada y llevando la mano al cinto de cuero que contenía las tres mil libras que tomara del cofre de maese Gil, llamó a maese Landry, que, nota en mano, acudió diligente, ligero, casi rápido, hendiendo el aire con el brazo para llegar más aprisa.

Landry desplegó entonces su papel, que era largo de una vara, y para excusar sus dimensiones se apresuró a decir:

—Hay que tener en cuenta, caballero, que la deuda es muy antigua, pero no obstante, he recordado nuestro convenio y solamente he anotado los extraordinarios.

—Ponedlo todo en la cuenta, mi querido Landry —dijo Pardaillán.

El hostelero hizo una reverencia casi hasta el suelo y con cierta inquietud dijo:

—En tal caso la cuenta asciende a tres mil libras justas.

El aventurero permaneció impasible y empezó a entreabrir su cinto de cuero.

El rostro de Landry se puso rojo como una amapola, a causa de la emoción.

—¡Por fin! —exclamó dando un suspiro.

—¡Aquí está, aquí está! —dijo en aquel momento una voz furiosa.

Y al mismo tiempo tres personajes que acababan de entrar en la sala se precipitaron contra Pardaillán. La posada se llenó de gritos. La mano de Pardaillán, que ya iba a sacar el dinero del famoso cinto, dirigióse enseguida a la espada, que desenvainó rápidamente. La sonrisa de Landry terminó en una mueca de dolor y de espanto y se quedó allí con la boca abierta, los ojos desencajados y su larga cuenta en la mano.

De un puntapié, Pardaillán derribó la mesa, cuya vajilla se hizo añicos. Rosa, en tanto, huyó hacia la cocina.

—Esta vez no hay fianza —dijo burlonamente uno de los recién llegados.

—No hay que darle cuartel —gritaba el segundo. El tercero, que no dijo nada, atento sólo a esgrimir su espada, era Maurevert.

Habían entrado por azar en la hostería, sabiendo que «La Adivinadora» había sido mucho tiempo el cuartel general de los Pardaillán. Iban en busca del caballero, pues cada uno de ellos tenía que vengar una estocada y algunas palabras burlonas.

En defecto del hijo, hallaron al padre, y, sin reflexionarlo, consultándose con la mirada, cargaron contra él.

Pardaillán, algo debilitado a consecuencia de las heridas que recibiera en la calle de Montmartre, se contentó con guardar la defensiva. Contra él esgrimían sus espadas los tres espadachines y a cada estocada que le dirigían la paraba si le era posible o retrocedía de un salto.

El combate era aquella vez silencioso, porque los tres estaban resueltos a matar al padre, ya que no les era posible hacer, de momento, lo mismo con el hijo, y reservaban sus fuerzas y su sangre fría para dar el golpe mortal.

Pardaillán retrocedía, pero, desgraciadamente, sus tres adversarios le impedían huir por la puerta que daba a la calle. Viose, pues, rechazado poco a poco hacia el fondo de la sala, en donde había una puerta abierta. La franqueó y se halló entonces en la sala en que, según referimos al principio de este relato, se celebró el banquete de los poetas.

Siempre retrocediendo, penetró en la sala siguiente y llegó por fin a la última, en donde había tenido lugar la extraña ceremonia del sacrificio del macho cabrío.

—Esta vez no se nos escapa —dijo Maurevert con los dientes apretados.

«Vamos», —pensó Pardaillán—. «El caballero y yo no moriremos juntos».

Y dirigió a su alrededor una mirada de desesperación.

En aquel momento vio cómo se abría una puerta y sin vacilar se precipitó en el recinto obscuro que entreveía. Era el gabinete en que había la entrada de la bodega por una parte y por la otra la del largo corredor que daba a la calle.

Los tres favoritos quisieron emprender la persecución de Pardaillán en aquel cuartito, pero la puerta se cerró ante ellos. Entonces empezaron a vomitar todos los insultos corrientes en aquella época, golpeando de paso la puerta con el pomo de la espada.

No era el aventurero quien la había cerrado, sino Rosa. Cuando vio la marcha que tomaba la pelea, dio rápidamente la vuelta por la calle y el corredor y abrió la puerta, cerrándola en cuanto Pardaillán la hubo franqueado.

—¡Vos! —exclamó Pardaillán reconociéndola.

—¡Huid! —dijo la hermosa hostelera señalando el corredor.

—No sin daros las gracias —dijo el aventurero envainando la espada.

E inmediatamente cogió por la cintura a Rosa y la besó en ambas mejillas, mientras sus enemigos vociferaban.

—Uno por mí y otro por el caballero —dijo Pardaillán.

E inmediatamente traspuso el corredor y un instante después huía por la calle de San Dionisio.

—¡Esta vez no te escapas! —gritaban Maugiron y Quelus, mientras Maurevert corría en busca de un martillo para romper la cerradura.

En el corredor tropezó con Rosa.

—Dadme un martillo —le dijo.

—Es inútil —dijo la hostelera—. Voy a abrir con una llave.

—Seréis recompensada, buena mujer.

Una vez abierta la puerta, los tres espadachines vieron el corredor vacío y comprendieron que el zorro se había escapado.

Entonces se lanzaron los tres por aquel camino, pero era demasiado tarde. Pardaillán estaba ya lejos y corría en dirección de la Corte de los Milagros, no para buscar refugio, sino para reclutar a los compañeros que necesitaba a fin de proteger la salida del mariscal.

En la calle fue alcanzado por Pipeau, el cual, fiel a sus costumbres, tenía en la boca un salchichón robado a la cocina de «La Adivinadora».

Allí fue Rosa después de la partida de los favoritos de Anjou y halló a su marido rojo de cólera.

—¡Ay de mí! —Gritaba Landry—. Lo que es ahora, no tengo esperanzas de cobrar esta cuenta.

—¿Por qué no? —dijo Rosa sonriendo—. No tengáis miedo, ya pagará. Por otra parte, ¿no somos bastante ricos para perder esta suma? —añadió señalando la interminable nota que Landry tenía en la mano.

—Sí —dijo el hostelero—. Cada vez que viene a pagarme hay pelea y rotura de vajilla en mi pobre posada.

—Bueno, anotadlo.

—Tenéis razón.

Y maese Landry, dando un suspiro, se sentó ante una mesa, mandó que le llevaran tinta y pluma y añadió a la nota lo siguiente:

Item, un almuerzo completo y bien acondicionado, dos escudos y cinco sueldos.

Ítem, una botella de vino viejo Beaugency, tres escudos.

Ítem, dos botellas de Saumur, dos escudos.

Ítem, vajilla rota, veinte libras.

Ítem, un salchichón robado por el perro del señor de Pardaillán, quince sueldos y cuatro dineros.

—Dadme, que guardaré la cuenta —dijo Rosa, que había leído por encima del hombro de su marido.

Landry le dio el papel y se volvió a la cocina, presa de la más profunda melancolía.

Debajo del total general, Rosa escribió entonces:

Recibido del señor de Pardaillán dos besos, uno por su parte y otro por la del señor caballero, hijo suyo, valorados en mil quinientas libras cada uno.

Hecho esto guardó la nota en el armario de su dormitorio.

Hacia las seis de la tarde, el viejo Pardaillán regresó al palacio de Montmorency sin haber tenido ningún otro mal encuentro. Había permanecido bastante rato en la Corte de los Milagros conversando misteriosamente con cierto número de los tipos patibularios que pululan por aquel lugar. Pardaillán no desdeñaba ninguna amistad y tanto celebraba entrevistas con mariscales como con truhanes.

—Veamos lo que habrá sucedido con el encuentro que tan hábilmente he preparado —dijo sonriendo el aventurero.

¿A qué encuentro se refería?

Ya se recordará que el aventurero había dejado a su hijo diciéndole que iba a la Corte de los Milagros y que después había reaparecido so pretexto de llevarse a Pipeau y que entonces se marchó hacia «La Adivinadora».

La primera vez que salió de la habitación del caballero, Pardaillán padre empezó a recorrer el hotel profiriendo todas las imprecaciones conocidas hasta el momento en que halló a Luisa.

—Os buscaba —dijo el aventurero con la brusquedad que en él denotaba gran inquietud—. Quería despedirme de vos.

—¿Despediros? —exclamó palideciendo la hermosa niña.

—Sí, porque mi hijo y yo nos marchamos.

Y entonces púsose a explicar con volubilidad que su hijo parecía atacado de un mal incurable, y el viejo zorro, como distraídamente, íbase acercando a la habitación de su hijo.

Luisa lo siguió maquinalmente, conmovida por la nueva de aquella repentina marcha.

Pardaillán abrió la puerta sin hacer ruido y Luisa pudo oír las palabras que el caballero dirigía a Pipeau.

Entonces el aventurero llamó al perro y se marchó dejando la puerta abierta y ante ella a Luisa, atónita de hallarse en aquel lugar. ¿Qué pasó entonces en ella? ¿A qué impulso obedeció? Sea lo que fuere, entró, y posando su cándida mirada sobre el caballero, preguntó:

—¿Queréis marcharos? ¿Por qué?

El caballero, no menos indeciso, pero más tembloroso que la joven, murmuró:

—¿Quién os dijo que quiero marcharme, señorita?

—Vuestro padre y, además, vos.

—¡Yo!

—Sí, vos mismo; queréis marcharos según decíais. Perdonadme, caballero, he oído sin haberlo deseado. Decíais que queréis marcharos para no volver y que a donde ibais no podíais llevar a vuestro perro y que la causa de vuestra partida era el aburrimiento que sentís. ¡Oh, caballero! ¿Cuál es el país del que no volveréis?

—Señorita…

—¿Y por qué os aburrís?

La propia niña hablaba sumamente asombrada de su propia audacia.

El caballero la contemplaba extasiado, y sin saber lo que decía, contestó:

—Dije que me aburro, señorita, como hubiera podido decir otra cosa.

—¡Oh! —dijo ella—. ¿Acaso es porque estáis cerca de mi madre… cerca de mi padre?…

Y para sí continuó:

—Cerca de mí.

El caballero, uniendo las manos, contestó:

—¡Oh, no, porque aquí es el paraíso!

La joven dio un débil grito, y luego, sumamente pálida, añadió:

—No queréis partir…, lo que vos queréis es morir.

—Es verdad.

—¿Por qué?

—Porque os amo.

—¿Me amáis?

—Sí.

—¿Y queréis morir?

—Sí.

—¿Queréis, pues, que yo muera? —dijo Luisa.

* * * * *

Estas preguntas y respuestas, rápidas y febriles, se cruzaron por una y otra parte en voz baja y tal vez dándose apenas cuenta de lo que se decían.

Entre ellos no podía caber el disimulo. Luisa, que hablaba al caballero por segunda o tercera vez, le confesó espontáneamente su amor. Hízolo sin asomo de atrevimiento, casi a pesar suyo, obligada por el dilema que claramente se presentaba a ella:

Si el caballero moría, ella no lo sobreviviría.

Esto era su idea dominante y no le dejó pensar en que sus palabras envolvían una declaración amorosa.

* * * * *

—¿Queréis, pues, que yo muera? —dijo Luisa.

Y al mismo tiempo sus azules ojos, brillantes como el cielo de estío, se fijaron sobre los del caballero de Pardaillán, que se tambaleó olvidando que el mariscal la destinaba al conde de Margency, a un desconocido que iba a quitársela, y, extasiado por un infinito asombro, murmuró:

—No es posible, sueño…

Ella bajó entonces lentamente los ojos y dijo:

—Si os morís, yo también moriré, porque os amo.

Estaban cerca uno de otro, pero el joven hízose la ilusión de que la joven se desvanecería como una aparición si solamente le tomaba una mano.

Entonces el caballero dijo:

—Luisa, viviré ya que me amáis. Ser amado por vos me parecía una herejía; que vuestra mirada se hubiera dirigido a mí, una locura, y, no obstante, es así, Luisa. No sé si soy feliz o desgraciado, pero habéis hecho que recobre el gozo de vivir. Me amáis; mi sueño es ya una realidad. Sí, ya lo sabía. Todo en el mundo me decía que he venido a la vida para vos, sólo para vos, y comprendía que no podríais dejar de amarme; de tal modo mi corazón iba hacia el vuestro.

Y el caballero, anonadado por tanta felicidad, se calló.

Entonces los dos comprendieron que hablar más hubiera sido inútil.

Luego, sin dejar de mirar al caballero, Luisa retrocedió hasta la puerta, y desapareció, mientras él permanecía clavado en su sitio.

Entonces, en aquella naturaleza tan fría en apariencia, se produjo la reacción. Una alegría infinita lo transportó y se irguió con arrogancia.

—Ahora soy el amo del mundo; rey Carlos, Montmorency, Damville, mi gloria y mi poder son iguales al vuestro. ¿Dónde está el hierro que podrá matarme? ¿Dónde el ejército capaz de detenerme? ¡Oh, Luisa! ¡Luisa mía!

* * * * *

Hacia las seis, el viejo Pardaillán regresó al hotel de Montmorency. Halló a su hijo vestido y armado, conferenciando con el mariscal de Montmorency. En el patio del hotel esperaba una pesada carroza provista de gruesas cortinas de cuero.

Él aventurero examinó cuidadosamente al caballero, que parecía frío y tranquilo como de costumbre.

«Vamos», —pensó—, «no ha sucedido nada. Por fortuna traigo la buena noticia que me ha dado Rosa».

Y llamando a su hijo aparte, le anunció que una treintena de truhanes esperaban en las cercanías del hotel, preparados a escoltar al mariscal sin que éste lo notara.

Francisco dio entonces la señal de marcha.

Para despistar a los curiosos o a los esbirros, habían formado el proyecto de salir por la puerta de San Antonio y luego dar la vuelta a la izquierda para tomar el camino de Montmorency.

Luisa y su madre tomaron asiento en la carroza, que fue cuidadosamente cerrada.

El mariscal se colocó a la portezuela de la derecha y el caballero a la de la izquierda. El viejo Pardaillán tomó la delantera; detrás iban doce caballeros de la casa del mariscal.

Tal escolta, atravesando París con semejante aparato, no tenía entonces nada de extraordinario, y, por lo tanto, nadie se fijó en ella, y sobre las siete de la tarde llegaron a la puerta de San Antonio.

«Estamos salvados», —pensó el viejo Pardaillán.

—¡No se pasa! —dijo entonces una voz.

Y el oficial que mandaba la guardia se adelantó.

—¿Qué hay? —dijo el mariscal palideciendo.

El oficial lo reconoció enseguida y saludó.

—Monseñor, muy a pesar mío, me veo obligado a Impediros el paso.

—Pero, caballero, la puerta todavía está abierta a esta hora.

—Perdón, monseñor, está cerrada; fijaos en que el puente ya está levantado.

El mariscal se inclinó, y mirando bajo la bóveda, vio que, en efecto, el puente estaba levantado. No había medio de franquear la puerta a menos que el oficial consintiera en ello.

—Ya veo que no se puede pasar por esta puerta, pero supongo que no sucederá lo mismo con las demás.

—Todas las puertas de París están cerradas, monseñor.

—¿Y a qué hora estarán abiertas mañana?

—Ni mañana ni los demás días se abrirán, monseñor.

—¡Esto es una tiranía! —exclamó el mariscal con más inquietud que cólera.

—Es orden del rey, monseñor.

—¿De modo que no se puede salir ni entrar en París?

—Perdón, señor, es fácil entrar y salir. A nadie se impide la entrada y en cuanto a la salida puede efectuarse con un permiso del señor gran preboste. Vive a dos pasos de la Bastilla y si monseñor lo desea…

—No, no hay necesidad —dijo el mariscal.

Y dio orden de regresar.

«Orden del rey», —se dijo—. «Muy bien. ¿Pero contra quién irá esta orden? ¿Contra mí? ¿Por qué?».

En seguida recordó el gran número de hugonotes que había llegado a París con Juana de Albret, el rey Enrique de Navarra y el almirante Coligny.

El incidente era grave, pero al cabo, Francisco se persuadió de que se trataba de una medida de policía contra los hugonotes.

«No es más que un contratiempo» —pensó.

Entre tanto, la carroza avanzaba hacia el hotel de Montmorency. El viejo Pardaillán, por su parte, echó pie a tierra y dio su caballo a guardar a uno de los caballeros de la escolta. Quería averiguar la razón de lo sucedido y tenía la intención de interrogar al oficial.

No habían transcurrido cinco minutos desde la marcha de Montmorency y estaba reflexionando acerca del cuento que podía inventar para hacer charlar al oficial, cuando vio a uno de los soldados del puesto de guardia que se alejaba de la puerta en dirección a la calle de San Antonio.

Acto seguido se acercó a él y púsose a andar a su lado.

—Hace mucho calor —dijo para entablar conversación.

—Mucho.

—Me parece que una botella de vino fresco sería cosa deliciosa.

—¡Ya lo creo!

—¿Queréis bebérosla conmigo a la salud del rey?

—No hay inconveniente.

—Entremos, pues, en esta taberna.

—Ahora no.

—¿Por qué no ahora, si ahora es cuando tenemos sed?

El soldado se quedó atónito por la fuerza de este razonamiento, pero por fin contestó:

—Porque tengo un encargo que cumplir.

—¿Dónde?

El soldado entonces empezó a mirar con desconfianza al preguntón. En aquel momento la mirada de Pardaillán se fijó en un papel que el soldado había puesto en su casaca y uno de cuyos extremos quedaba al descubierto.

—¿Pero qué os importa? —dijo el soldado.

—Nada, pero si vuestro recado no os lleva muy lejos…, ya podréis comprender.

—Es verdad. Pues bien, voy al Temple.

—¿A la prisión?

—No, a las cercanías.

Pardaillán se estremeció. Continuó al lado del soldado mientras maduraba una idea que acaba de ocurrírsele.

—Camarada —dijo de pronto—. ¿Queréis que os lo diga? Lleváis una carta al hotel de Mesmes.

—¿Cómo lo sabéis? —exclamó el soldado estupefacto.

—Mirad, aquí va la carta que sale de vuestra casaca. La vais a perder, tened cuidado.

Y al mismo tiempo Pardaillán cogió entre el pulgar y el índice el extremo del papel del que se apoderó. Entonces leyó rápidamente la dirección, que estaba así concebida:

«Al señor mariscal de Damville».

Pardaillán dirigió una mirada a su alrededor. Hallábase la calle de San Antonio llena de gente y a veinte pasos de distancia llegaba una patrulla de la ronda a caballo. No había, pues, medio de huir llevándose la carta y la devolvió al soldado, pero antes pudo observar que estaba muy mal cerrada, como hecho por una persona que tuviera mucha prisa.

Continuaron el camino. Pardaillán estaba resuelto a no dejar al soldado, que empezaba a desconfiar.

—Dispensadme, señor —dijo el último—. Debo llevar esta carta lo más pronto posible y es necesario que me apresure. Adiós y gracias.

Y echó a andar más aprisa.

Pero tenía que habérselas con uno más testarudo que él, porque Pardaillán lo siguió:

—Camarada —dijo—. ¿Queréis ganaros cien libras?

—No —contestó el soldado apresurando el paso.

—Quinientas —dijo Pardaillán.

—Dejadme, señor, o, de lo contrario, llamo.

—Mil.

El soldado se detuvo y con temblorosa voz preguntó:

—¿Qué queréis?

—Daros mil libras en oro si me dejáis leer la carta que lleváis.

—Por mil libras me ahorcarían. ¡Ca!

—¿Tan graves son las noticias que contiene? En tal caso os ofrezco dos mil libras.

El soldado vaciló. Pardaillán continuó rápidamente:

—Entramos en la primera taberna y mientras vaciáis una buena botella, abro el pliego, leo la carta y lo cierro otra vez. Nadie lo sabrá.

—No —dijo el soldado—. Mi oficial me advirtió que me ahorcaría si la carta se pierde.

—¡Imbécil! ¿Quién te habla de perderla?

—Adiós.

—¡Tres mil libras! —dijo Pardaillán.

Y cogiendo al soldado por el brazo lo arrastró a una taberna vecina. El pobre hombre sudaba la gota gorda y cambiaba de color a cada instante.

—¿No me engañáis? —murmuró cuando se hubieron sentado ante una botella de buen aspecto.

Pardaillán vació su cinto y dijo:

—Cuenta.

El soldado ahogó un grito de asombro. Nunca había visto tanto oro junto. Aquel montón representaba para él una fortuna. Fuera de sí entregó la carta a Pardaillán y sin contar llenó sus bolsillos de oro. Luego, como presa de un ataque de locura, se levantó y desapareció.

Pardaillán encogió los hombros y tranquilamente abrió el pliego que ya le pertenecía.

Estaba concebido como sigue:

Monseñor:

Una silla de posta cerrada se ha presentado a la puerta de San Antonio escoltada por una docena de caballeros. El mariscal de Montmorency iba al estribo. Parecía muy contrariado por no poder pasar. Creo haber reconocido a los dos aventureros que me habéis señalado. Hago seguir al carruaje, que, según creo, vuelve al hotel de Montmorency. Me atrevo a esperar, monseñor, que quemaréis este billete en cuanto lo recibáis y que no olvidaréis a la persona que os manda este aviso.

—¡Caramba! —Dijo Pardaillán—. Ahora comprendo el porqué de la orden de cerrar las puertas de París. Bueno, ya han desaparecido las tres mil libras de maese Landry; pero ¡bah!, ya podrá esperar, porque es rico.

Y entonces Pardaillán se puso en camino para regresar al hotel de Montmorency.

Aquella noche el mariscal de Damville recibió tantos billetes como puertas había en París. Todos contenían la misma indicación en pocas palabras:

«Nada nuevo».

O bien:

«El mariscal no se ha presentado».

O:

«No han venido las personas indicadas».

Únicamente el oficial que montaba guardia en la puerta de San Antonio no mandó ninguna nota.

* * * * *

De este modo el mariscal de Montmorency, Luisa, Juana de Piennes y los dos Pardaillán estaban prisioneros en París. Damville, esperando la ocasión de poder asesinar a Carlos IX, usaba y abusaba del favor de que gozaba con el joven rey. Damville era considerado por Carlos como una de las columnas que sustentaban la realeza, y como uno de los sostenes de la Iglesia, por Catalina. Había obtenido por tres meses el cargo de vigilar las puertas de París. No le había sido difícil demostrar que en las circunstancias porque se atravesaba, era necesario ejercer estrecha vigilancia sobre todos los que entraban en París.

Y el rey le había confiado tal cargo, que lo equiparaba al de gobernador militar de la ciudad.

Tal empleo debía terminar el día en que se celebrara el matrimonio entre Enrique de Bearn y Margarita de Francia, pues entonces el ejército habría partido hacia los Países Bajos, llevándose a todos los hugonotes a la campaña proyectada.

Damville se hallaba así investido de una autoridad excepcional que lo hacía carcelero de la inmensa prisión en que París se había convertido.

* * * * *

En el hotel de Montmorency se deslizaba la vida sin ningún incidente digno de mención. Había sido convenido permanecer en el hotel sin hacer inútiles tentativas para salir. Las puertas de París no podían permanecer cerradas mucho tiempo y a la primera ocasión se saldría sin la menor dificultad. Así transcurrieron quince días. El caballero y el viejo Pardaillán salían cada día para ir a recoger noticias, tomando todas las precauciones necesarias para no ser reconocidos.

Una noche que el viejo Pardaillán había salido solo, volvía al hotel, cuando en la casilla del portero divisó a una persona que reconoció inmediatamente: era Gilito, el digno sobrino del intendente de Damville. Pardaillán entró enseguida en la casilla.

—¿Qué vienes a hacer aquí?

—Señor oficial, vengo…, ahora mismo lo explicaba.

—Vienes a espiar, miserable… Ya que es así, voy a cumplir mi promesa.

—Escuchadme, por favor —balbució Gilito.

—No quiero saber nada, voy a cortarte las orejas.

—Os desafío a que lo hagáis —exclamó Gilito.

—¿Qué?

—Probadlo.

Y al mismo tiempo se quitó un gorro que cubría su cabeza hasta la nuca y Pardaillán se quedó estupefacto al observar que Gilito no tenía orejas. Entonces se echó a reír, mientras Gilito, colocándose de nuevo el gorro, decía:

—Ya lo veis, señor, que no podéis cortarme lo que no tengo.

—¿Pero quién te ha hecho esto?

—Mi tío, sí, señor. Cuando monseñor de Damville supo que había revelado su secreto por miedo de que me cortarais las orejas, dio orden a mi tío para que lo hiciera, y éste, aun cuando yo no lo hubiera creído capaz de ejecutar la cruel sentencia, cumplió la orden del mariscal, y, sin tener en cuenta mi desmayo, me hizo llevar fuera del hotel. Una mujer me recogió, me cuidó y me curó las heridas.

Y como quiero vengarme vengo a ponerme a vuestra disposición.

«¡Hola, hola!», —se dijo el viejo Pardaillán.

—Admitidme, señor, no os arrepentiréis. Os seré más útil de lo que os figuráis.

—No lo dudo.

—Y en pago de mis servicios sólo os pido una cosa.

—Veamos cuál.

—Que me ayudéis a vengarme de monseñor de Damville, que dio la orden de cortar mis orejas, y de mi tío, que lo obedeció.

«He aquí un animal que me parece animado de las mejores intenciones y que podrá serme útil» —pensó Pardaillán.

Y luego, en voz alta, dijo:

—Bueno, pues te tomo a mi servicio.

Los ojos de Gilito despidieron un rayo de alegría que hubiera inquietado a Pardaillán si lo hubiera sorprendido, pero el aventurero habíase vuelto de espaldas y haciendo una seña a Gilito para que lo siguiera, penetró en el hotel.

Gilito le siguió murmurando entre dientes:

—Espero que mi tío Gil estará contento de mí.