LA TORMENTA
Ruge la tormenta, las nubes se amontonan
sobre el oscuro abismo marino.
Las olas se persiguen
y rompen en hirviente espuma.
Como ígnea cinta se enrosca en las rocas
la sierpe del sombrío rayo. La inquieta
muchedumbre de los elementos se desencadena.
Pero yo no me muevo.
Y ¿qué es lo que puede temer
del ímpetu de cualquier fuerza suprema
quien juzgó superflua su vida,
quien viviendo se sintió engañado?
¿Aquel en cuyo cuello la calumnia,
veneno del alma, se enroscó un día
como tú te enroscas al peñasco,
llama destructora?
No, vuela, fuego celeste,
desataos sobre mi cabeza, vientos.
Aquí me encontraréis, frío, indiferente,
por ningún temor estremecido.