No te rías de mi profética tristeza.
Sé que no escaparé al golpe del destino.
Sé que esta cabeza que tanto amas
pasará de tu pecho al cadalso.
Y te digo que no me aguarda en este mundo
ni dicha ni gloria. Llegará la hora sangrienta
y caeré, y los astutos enemigos
con su sonrisa oscurecerán mi incipiente genio.
Y al perecer no quedará huella
de mis esperanzas ni de mis tormentos.
Pero aguardo sin miedo el final prematuro.
Ya es hora de ver un mundo nuevo.
Qué más da que los hombres pisoteen mi corona.
¡Corona de poeta, corona de espinas!…
¡Qué más da! Ningún aprecio les tenía.