II. LA PRINCESITA MARY

11 de mayo

Llegué ayer a Piatigorsk y alquilé un alojamiento en un extremo de la ciudad, en el lugar más elevado, al pie del monte Mashuk. Cuando hay tormenta, las nubes descienden hasta mi tejado. Hoy, a las cinco de la madrugada, cuando abrí la ventana, mi habitación se llenó del olor de las flores que crecen en un modesto jardín. Las ramas de los cerezos en flor se asoman a las ventanas, y a veces el viento esparce por mi escritorio sus pétalos blancos. Por tres lados de la casa tengo una vista magnífica. Al oeste destaca la masa azul del Beshtú con sus cinco cabezas, «como la última nube de la disipada tormenta»[20]; al norte se alza el Mashuk, semejante al gorro de piel de un persa, ocultando toda esa parte del horizonte. A oriente el panorama es más alegre: abajo, delante de mí, se extienden las abigarradas casas de un pueblo nuevecito y limpísimo, murmuran las fuentes termales, se agita una muchedumbre que habla mil lenguas distintas, y más lejos, escalonadas en forma de anfiteatro, se suceden montañas cada vez más azules y cubiertas de niebla, mientras por la línea del horizonte se despliega la plateada cadena de las cumbres nevadas, que comienza con el Kazbek y termina con el bicéfalo Elbrús. ¡Qué agradable es vivir aquí! Un sentimiento de alegría recorre todas mis venas. El aire es puro y fresco como el beso de un niño. El sol brilla, el cielo es azul. Se diría que no se puede pedir más. ¿Quién necesita aquí pasiones, deseos, remordimientos?… Pero tengo que dejarlo aquí. Voy a ir a la fuente Yelizaveta: dicen que por la mañana se reúne allí la buena sociedad del balneario.

Para bajar al centro de la ciudad, tomé por el bulevar, donde me encontré con varios grupos sombríos, que subían la pendiente muy despacio. La mayoría eran familias de propietarios de la estepa, como se adivinaba al momento por las levitas gastadas y pasadas de moda de los maridos y los rebuscados vestidos de las esposas e hijas. Por lo visto, llevaban la cuenta de todos los jóvenes del balneario, porque me miraron con tierna curiosidad. El corte petersburgués de mi levita les había inducido a error, pero pronto reconocieron las charreteras de los oficiales de la Línea, y se dieron la vuelta con indignación[21].

Las mujeres de las autoridades locales, las anfitrionas del balneario, por decirlo de algún modo, son más acogedoras: llevan impertinentes, no prestan tanta atención al uniforme y están acostumbradas a encontrar en el Cáucaso, bajo un uniforme con los botones numerados, un corazón ardiente, y, bajo la gorra blanca reglamentaria, un espíritu cultivado. Esas damas son muy amables y conservan esa disposición mucho tiempo. Cada año cambian sus adoradores por otros nuevos, y puede que ese sea el secreto de su encanto inagotable. Mientras subía hasta la fuente Yelizaveta por un escarpado sendero, adelanté a un grupo de hombres, compuesto tanto por civiles como militares, que, como me enteré más tarde, constituye una clase especial entre quienes aguardan el efecto de las aguas. Beben (aunque no precisamente agua), pasean poco, cortejan a las damas sin ningún entusiasmo… juegan y se quejan de aburrimiento. Son petimetres. Cuando hunden su vaso revestido de mimbre en el pozo de aguas sulfurosas, adoptan poses académicas. Los civiles llevan corbatas de un azul pálido, los militares enseñan la chorrera bajo el cuello del uniforme. Profesan un profundo desprecio por las casas provincianas y suspiran por los salones aristocráticos de la capital, donde no se les recibe.

¡Por fin llegué al pozo!… En una plazoleta aledaña han construido una casita de tejado rojo que alberga los baños, y un poco más lejos se encuentra una galería por la que se puede pasear cuando llueve. Algunos oficiales heridos estaban sentados en un banco, pálidos, tristes, con las muletas a un lado. Unas damas iban y venían por la plazoleta con rápidos pasos, esperando que las aguas surtieran efecto. Entre ellas había dos o tres que tenían una cara bonita. Por las alamedas bordeadas de vides que surcan las laderas del Mashuk despuntaban de vez en cuando los sombreros abigarrados de esas damas enamoradas de la soledad de dos, pues en la inmediata cercanía siempre descubría una gorra militar o uno de esos espantosos sombreros redondos. En la escarpada peña donde se alza el pabellón que recibe el nombre de El Arpa de Eolo, los aficionados a las vistas dirigían los telescopios sobre el Elbrús; entre ellos había dos preceptores con sus alumnos, que habían venido a tratarse de la escrófula.

Me detuve sin aliento en lo alto de la colina y, apoyado en una esquina de la casita, me puse a observar los pintorescos alrededores, cuando de pronto oí detrás de mí una voz conocida.

—¡Pechorin! ¿Hace mucho tiempo que está usted aquí?

Me di la vuelta. Era Grushnitski. Nos abrazamos. Lo había conocido en un destacamento de campaña. Le habían herido de bala en una pierna y había llegado una semana antes que yo para tomar las aguas.

Grushnitski es un cadete. Solo ha servido un año en el ejército y lleva, por una suerte de coquetería particular, un grueso capote de soldado. Tiene la cruz de San Jorge. Es de complexión fuerte, de tez morena y cabellos oscuros. Por su aspecto se le podrían suponer veinticinco años, aunque no debe de tener más que veintiuno. Echa la cabeza hacia atrás cuando habla, y a cada momento se retuerce el bigote con la mano izquierda, pues con la derecha se apoya en la muleta. Habla deprisa y con fórmulas rebuscadas. Es de esas personas que, para cualquier circunstancia de la vida, tiene preparada alguna frase pomposa, que no se conmueven con la belleza sencilla y que se envuelven con aire de importancia en sentimientos excepcionales, pasiones sublimes y sufrimientos exclusivos. Causar sensación: en eso consiste su placer. Las damas románticas de provincias los adoran hasta la locura. Con el paso de los años se convierten en pacíficos propietarios o en borrachos (a veces en ambas cosas). No es raro que atesoren en su alma buenas cualidades, pero no tienen ni un ápice de poesía. La pasión de Grushnitski era declamar: os acribillaba a palabras, en cuanto la conversación se salía del círculo de las ideas trilladas. Nunca he podido discutir con él. No responde a tus objeciones, no te escucha. En cuanto dejas de hablar, inicia una larga tirada, que en apariencia guarda cierta relación con tus palabras, pero que en realidad no es más que la continuación de su propio discurso.

Es bastante ingenioso. Sus epigramas a menudo son divertidos, pero nunca certeros ni maliciosos: no matará a nadie con la palabra. No conoce a las personas ni sus puntos débiles, porque a lo largo de toda su vida solo se ha ocupado de sí mismo. Su objetivo es convertirse en el héroe de una novela. Tanto se ha esforzado en convencer a los demás de que este mundo le viene pequeño y de que ha sido condenado a padecer ciertos sufrimientos secretos que casi ha acabado por creérselo él mismo. Por eso lleva con tanto orgullo su grueso capote de soldado. Yo lo he calado a la primera, por eso no me aprecia, aunque en apariencia nuestras relaciones no pueden ser más amistosas. Grushnitski tiene fama de ser extremadamente valiente. Yo lo he visto en acto de servicio: blande el sable, grita y se lanza hacia delante con los ojos cerrados. ¡Así no es la valentía de los rusos!…

Tampoco yo le aprecio. Tengo el presentimiento de que un día nos encontraremos en un camino estrecho y de que uno de los dos no saldrá bien parado…

Su venida al Cáucaso es también consecuencia de su fanatismo romántico. Estoy convencido de que la víspera de su partida de la casa paterna, le dijo con aire sombrío a una vecinita de buen ver que no partía simplemente para servir en el ejército, sino que iba buscando la muerte porque… Llegados a ese punto seguro que se cubrió los ojos con la mano y añadió estas palabras: «No, usted (o tú) no debe saberlo… Su alma pura se estremecería… Además ¿para qué?… ¿Qué soy yo para usted? ¿Acaso iba a comprenderme?», etcétera, etcétera.

Él mismo me dijo que la causa que le había llevado a alistarse en el regimiento de K. era un secreto eterno entre el cielo y él.

No obstante, cuando se despoja de ese manto trágico, Grushnitski es bastante agradable y divertido. Tengo curiosidad por verlo en compañía de mujeres. Seguro que en esa situación da lo mejor de sí mismo.

Nos saludamos como viejos amigos. Y al poco rato me puse a hacerle preguntas sobre la vida en el balneario y los personajes prominentes.

—Llevamos una vida bastante prosaica —dijo con un suspiro—. Los que beben las aguas por la mañana son indolentes, como todos los enfermos, y los que beben vino por la tarde son insoportables, como todos los sanos. Hay algunas sociedades de mujeres, pero no constituyen un gran consuelo: juegan al whist, visten con mal gusto y hablan un francés espantoso. Este año solo ha venido de Moscú la princesa Ligovskaia con su hija, pero no tengo trato con ellas. Mi capote de soldado es como un sello de infamia. El interés que despierta es tan penoso como una limosna.

En ese momento dos damas pasaron cerca de nosotros de camino a la fuente, una de edad madura, la otra joven y esbelta. Los sombreros me impedían distinguir sus rostros, pero iban vestidas según las reglas estrictas del mejor gusto. ¡No había nada superfluo! La segunda llevaba un vestido cerrado gris de perles y un leve pañuelo de seda anudado al grácil cuello. Sus botines couleur puce[22] cerraban con tanto encanto su menudo piececito a la altura del tobillo que hasta un hombre no iniciado en los secretos de la belleza no podía por menos que lanzar una exclamación, aunque fuera de sorpresa. Sus andares ligeros y nobles tenían algo virginal, que escapaba a cualquier definición, pero que la vista comprendía. Cuando pasó a nuestro lado, dejó flotando en el aire ese aroma inefable que desprende a veces la carta de una mujer amada.

—Ahí tiene usted a la princesa Ligovskaia —dijo Grushnitski—, acompañada de su hija Mary, como la llama ella, a la manera inglesa. No llevan aquí más que tres días.

—Y ¿ya sabes su nombre?

—Sí, lo he oído por casualidad —respondió él, ruborizándose—. Reconozco que no me apetece conocerlas. Esa orgullosa aristocracia nos mira a los soldados como si fuéramos salvajes. Y ¿a ella que más le da que bajo la gorra numerada haya un espíritu y un corazón bajo el grueso capote?

—¡Pobre capote! —dije yo, echándome a reír—. Y ¿quién es ese señor que se acerca a ellas y les tiende un vaso con tanta cortesía?

—¡Ah, es Raiévich, un petimetre de Moscú! Es un jugador, como se advierte en la enorme cadena de oro que cuelga de su chaleco azul. Y ¡qué bastón tan grueso! Parece el de Robinson Crusoe. Por no hablar de la barba y del corte de pelo à la moujik.

—La tienes tomada con todo el género humano.

—Razones no me faltan…

—Ah, ¿de verdad?

En ese momento las damas se apartaron del pozo y llegaron a nuestra altura. Grushnitski tuvo tiempo de adoptar una pose dramática con ayuda de la muleta y me respondió en francés, levantando mucho la voz:

Mon cher, je haïs les hommes pour ne pas les mépriser, car autrement la vie serait una farse trop dégoûtante[23].

La bella princesita se volvió y dedicó al orador una larga mirada de curiosidad. Su expresión era bastante indefinida, pero no burlona, por lo que en mi interior felicité a Grushnitski de todo corazón.

—Esa princesa Mary es un encanto —le dije—. ¡Tiene unos ojos tan aterciopelados! Sí, aterciopelados: te aconsejo que emplees esa palabra cuando hables de sus ojos. Sus pestañas son tan largas que los rayos del sol no se reflejan en sus pupilas. Me gustan esos ojos sin brillo: son tan dulces que parecen acariciarte. Por lo demás, me da la impresión de que es el único rasgo bonito de su cara… Y ¿serán blancos sus dientes? ¡Es algo muy importante! ¡Lástima que no respondiera con una sonrisa a tu magnífica frase!

—Hablas de una mujer hermosa como de un caballo inglés —me dijo Grushnitski con indignación.

Mon cher —le respondí, tratando de imitar su tono—: je méprise les femmes pour ne pas les aimer, car autrement la vie serait un mélodrame trop ridicule[24].

Di media vuelta y me aparté de él. Estuve media hora paseando por las alamedas bordeadas de viñas y las rocas calcáreas, entre las que colgaban diversos arbustos. Empezaba a hacer calor, así que me apresuré a volver a mi alojamiento. Al pasar al lado de la fuente sulfurosa, me detuve en la entrada de la galería cubierta para descansar a la sombra, y eso me dio la oportunidad de presenciar una escena bastante curiosa. Los personajes se encontraban en la siguiente posición: la princesa madre estaba sentada en un banco de la galería cubierta en compañía del petimetre moscovita, y ambos parecían ocupados en una conversación seria. La princesita, que probablemente había bebido ya el último vaso, se paseaba con aire pensativo por los alrededores del pozo, al pie del cual estaba Grushnitski. En la plazoleta no había nadie más.

Me aproximé y me oculté detrás de una esquina de la galería. En ese momento Grushnitski, a quien se le había caído el vaso en la arena, intentaba inclinarse para recogerlo: su pierna herida se lo impedía. ¡Pobrecillo! Cuántos esfuerzos hacía, apoyado en la muleta. Pero ¡todo en vano! Su expresivo rostro reflejaba un sufrimiento sincero.

La princesa Mary lo veía todo mejor que yo.

Se acercó de un salto, más ligera que un pájaro, se inclinó, cogió el vaso y se lo tendió con un ademán lleno de un encanto indescriptible. Luego enrojeció hasta la raíz de los cabellos, echó un vistazo a la galería y, tras convencerse de que su madre no había visto nada, se tranquilizó de inmediato. Cuando Grushnitski abrió la boca para darle las gracias, la joven ya estaba lejos. Un minuto más tarde salió de la galería en compañía de su madre y del petimetre, pero, al pasar al lado de Grushnitski, adoptó un aire de gran importancia y dignidad: ni siquiera se volvió ni reparó en la mirada apasionada y prolongada que este le dirigió mientras bajaba por la pendiente, hasta que desapareció tras los tilos del bulevar… Pero de pronto su sombrero reapareció al otro lado de la calle: atravesaba a la carrera el portal de una de las mejores casas de Piatigorsk, seguida de su madre, que se había despedido de Raiévich delante de la puerta.

Solo entonces el pobre y apasionado cadete reparó en mi presencia.

—¿Has visto? —me dijo, apretándome con fuerza el brazo—. ¡Es un verdadero ángel!

—¿Por qué? —le pregunté con la más pura ingenuidad.

—¿Es que no lo has visto?

—Sí, claro: recogió tu vaso del suelo. Si el guardia hubiera estado allí, habría hecho lo mismo, e incluso más deprisa, con la esperanza de recibir una propina. En cualquier caso, es más que comprensible que sintiera compasión de ti: ¡con las terribles muecas que hacías cuando te apoyabas en la pierna herida!…

—Y ¿no te conmoviste un poco al ver cómo su alma resplandecía en su rostro?

—No.

Mentía. Pero me apetecía hacerle rabiar. El afán de contradicción es innato a mi naturaleza. Toda mi vida no es más que una serie de tristes y desafortunadas contradicciones entre el corazón y la razón. Ante un entusiasta me domina un frío glacial, y albergo la sospecha de que si tuviera un trato frecuente con un flemático indolente, me convertiría en un soñador impenitente. Reconozco también que un sentimiento desagradable y familiar rozó mi corazón en ese instante: el sentimiento de la envidia. Y lo digo con toda franqueza porque estoy acostumbrado a confesármelo todo. Además, no sería fácil encontrar a un joven que, tras conocer a una muchacha bonita que ha cautivado su imaginación ociosa y que de pronto, en su presencia, distingue a otro hombre también desconocido para ella, no sería fácil, repito, encontrar a un joven (me refiero a uno que frecuente la alta sociedad y esté habituado a satisfacer su propia vanidad) que no se sintiera contrariado.

Grushnitski y yo bajamos en silencio por la pendiente y pasamos por el bulevar, delante de la casa en la que había desaparecido nuestra bella muchacha, a la que reconocimos al lado de la ventana. Grushnitski me tiró del brazo y le dirigió una de esas miradas empañadas y tiernas que tan poco efecto causan en las mujeres. Yo la apunté con mis impertinentes y advertí que la mirada de Grushnitski la hacía sonreír y que mi insolente actitud le molestaba, y no poco. Razones no le faltaban: ¿cómo se atrevía un oficial del Cáucaso a enfocar con sus cristales de aumento a una princesa moscovita?

13 de mayo

Esta mañana ha venido a verme el médico. Se llama Wérner, pero es ruso. Y ¿qué tiene eso de sorprendente? He conocido a un alemán que se apellidaba Ivánov.

Wérner es un hombre notable en muchos aspectos. Escéptico y materialista, como casi todos los de su profesión, es también poeta. Lo digo en serio: un poeta en todos sus actos y a menudo en sus palabras, aunque no haya escrito ni dos versos en su vida. Ha estudiado todas las cuerdas vivas del corazón humano, como se estudian las venas de un cadáver, pero nunca ha sabido sacar provecho a tales conocimientos. De la misma manera que a veces un excelente anatomista no sabe curar un ataque de fiebre. Por lo común Wérner se burlaba a escondidas de sus pacientes, pero una vez le vi llorar delante de un soldado moribundo. Era pobre y soñaba con hacerse millonario, pero no dio un solo paso por dinero. En una ocasión me dijo que prefería hacerle un favor a un enemigo que a un amigo, porque eso equivaldría a vender su benevolencia, mientras que el odio solo aumenta en proporción con la generosidad del adversario. Tenía una lengua viperina: más de un hombre de bien, etiquetado por un epigrama suyo, ha pasado por un vulgar imbécil. Sus rivales, los envidiosos médicos del balneario, difundieron el rumor de que pintaba caricaturas de sus pacientes, y estos se enfurecieron y casi todos prescindieron de sus servicios. Sus amigos, es decir, todas las personas verdaderamente honorables que prestaban servicio en el Cáucaso, trataron en vano de restaurar su perdido crédito.

Su aspecto era de esos que en un primer momento causan una impresión desagradable, pero que al cabo de un tiempo acaban gustando, cuando el ojo aprende a leer en los rasgos irregulares el sello de un alma sabia y altruista. Se han dado casos de mujeres que se han enamorado locamente de esta clase de hombres y que no cambiarían su fealdad por la belleza de los Endimiones más frescos y rozagantes. Debemos hacer justicia a las mujeres: tienen el instinto de la belleza del alma. Puede que esa sea la razón de que los hombres como Wérner amen tan apasionadamente a las mujeres.

Wérner es bajo de estatura, delgado y débil como un niño. Tiene una pierna más corta que otra, como Byron. En relación con el torso, la cabeza parece enorme. Lleva los cabellos cortados al rape, lo que deja al descubierto las protuberancias de su cráneo, que causarían el asombro de cualquier frenólogo por el extraño entrecruzamiento de tendencias contradictorias. Sus pequeños ojos negros, siempre inquietos, se afanan por penetrar en vuestros pensamientos. En su vestuario se advierte tanto gusto como pulcritud. Sus manos enjutas, sarmentosas y pequeñas calzan guantes de un amarillo claro. La levita, la corbata y el chaleco son siempre de color negro. Los jóvenes le han dado el nombre de Mefistófeles, que él pretende escuchar con irritación, aunque en realidad halaga su amor propio. Enseguida nos entendimos y nos tratamos como viejos camaradas; más no, porque soy incapaz de profesar amistad verdadera. Cuando dos hombres se hacen amigos, siempre hay uno que se convierte en esclavo del otro, aunque suele pasar que ninguno de ellos lo reconozca. Yo no puedo ser esclavo de nadie, y esa clase de dominio requiere un trabajo agotador, ya que se debe combinar con el engaño. Además, ¡tengo criados y dinero! Así fue como nos conocimos: me lo encontré en S., en medio de un numeroso y bullicioso grupo de jóvenes. A la caída de la tarde, la conversación cobró un tono filosófico y metafísico. Se discutía de las convicciones, y todos los presentes expresaban distintos pareceres.

—En lo que a mí respecta, solo estoy convencido de una cosa —dijo el médico.

—¿De cuál? —pregunté yo, deseoso de conocer la opinión de un hombre que hasta ese momento había guardado silencio.

—De que más tarde o más temprano una buena mañana me moriré —respondió.

—Yo soy más rico que usted —dije—. Además de la que usted ha expresado, tengo otra convicción; a saber: que una maldita tarde he tenido la desdicha de nacer.

Todos fueron de la opinión de que estábamos diciendo bobadas, pero la verdad es que ninguno de ellos había dicho nada más inteligente. A partir de ese momento nos distinguimos de la multitud. Nos encontrábamos a menudo y discutíamos mano a mano, con gran seriedad, de temas abstractos, hasta que nos dábamos cuenta de que nos estábamos engañando. Entonces nos mirábamos a los ojos con aire significativo, como, según las palabras de Cicerón, hacían los augures romanos, nos reíamos a carcajadas, y a continuación nos separábamos, muy satisfechos de cómo habíamos pasado la velada.

Estaba tumbado en el sofá, con los ojos fijos en el techo y las manos bajo la nuca, cuando Wérner entró en mi habitación. Se sentó en un sillón, dejó el bastón en un rincón, bostezó y me anunció que fuera empezaba a hacer calor. Yo le respondí que me molestaban las moscas, y los dos guardamos silencio.

—Advierta, querido doctor —le dije—, que sin estúpidos el mundo sería muy aburrido… Fíjese: usted y yo somos dos hombres inteligentes, sabemos de antemano que podemos discutir de cualquier cuestión hasta el infinito, así que no discutimos; conocemos casi todos los pensamientos secretos del otro; una sola palabra es para nosotros toda una historia, vemos el germen de cada uno de nuestros sentimientos a través de una triple envoltura. Lo triste nos parece divertido; lo divertido nos aflige; y, a decir verdad, somos bastante indiferentes a todo, excepto a lo que nos concierne. En suma, no puede haber entre nosotros un intercambio de ideas y pareceres, sabemos el uno del otro todo lo que queremos saber, y no queremos saber más. No nos queda más que un recurso: contar novedades. ¡Cuénteme alguna!

Agotado por tan largo discurso, cerré los ojos y bostecé.

Tras reflexionar unos instantes, el médico respondió:

—A pesar de todo, su galimatías contiene una idea.

—Dos —respondí yo.

—Dígame una y yo le diré la otra.

—Vale. Comience usted —le propuse, sin dejar de mirar el techo y sonriendo para mis adentros.

—Quiere usted conocer algunos detalles de una persona del balneario, y yo he adivinado quién le interesa a usted, porque allí ya me han preguntado por usted.

—¡Doctor! Definitivamente no tenemos nada de lo que hablar: nos leemos el pensamiento.

—Ahora dígame usted la otra idea.

—Pues verá: quería obligarle a contarme alguna cosa, en primer lugar porque escuchar es menos fatigoso; en segundo, porque uno no corre el riesgo de hablar más de la cuenta; en tercero, porque puede uno enterarse de un secreto ajeno; y en cuarto, porque los hombres inteligentes como usted prefieren un público a un narrador. Y ahora vayamos al grano: ¿qué le ha dicho la princesa Ligovskaia de mí?

—¿Y cómo está usted tan seguro de que se trata de la princesa y no de su hija?…

—Pues porque lo sé.

—¿Por qué?

—Porque la hija ha preguntado por Grushnitski.

—Tiene usted el don de la adivinación. La princesita dijo que estaba convencida de que el joven del capote de soldado había sido degradado a raíz de un duelo…

—Espero que no la haya despojado usted de tan grata ilusión…

—Desde luego.

—¡Ya tenemos aquí una intriga! —grité, entusiasmado—. Vamos a ocuparnos del desenlace de esta comedia. Es evidente que el destino se encarga de que no me aburra.

—Presiento —dijo el médico— que el pobre Grushnitski será su víctima…

—Y ¿qué pasó después, doctor?

—La madre dijo que su rostro le resultaba conocido… Yo le señalé que probablemente había coincidido con usted en San Petersburgo, en alguna reunión de la alta sociedad… Le dije su nombre… Lo conocía. ¡Parece que su historia ha hecho mucho ruido por allí arriba! La princesa se puso a contar las aventuras de usted, añadiendo probablemente a los rumores mundanos sus propios comentarios… La hija la escuchaba con curiosidad. En su imaginación se ha convertido usted en el héroe de una de esas novelas que se estilan ahora… Yo no contradije a la madre, aunque sabía que estaba diciendo tonterías.

—¡Mi digno amigo! —exclamé, tendiéndole la mano. El médico la apretó con sentimiento y prosiguió:

—Si quiere, le presentaré…

—¡Nada de eso! —dije yo, levantando las manos—. ¿Acaso se presenta a los héroes? Estos solo pueden conocer a su amada cuando la salvan de una muerte segura…

—Y ¿en verdad pretende usted hacerle la corte a la princesita?

—¡Todo lo contrario!… Doctor, por fin lo he conseguido: ¡no me comprende usted! Aunque debo reconocer que eso me entristece —añadí, después de un minuto de silencio—. Yo nunca revelo mis secretos, pero me encanta que los demás los adivinen porque de ese modo siempre puedo, llegado el caso, renegar de ellos. No obstante, debe usted describirme a la madre y a la hija. ¿Qué clase de personas son?

—Pues digamos, para empezar, que la madre es una mujer de cuarenta y cinco años —respondió Wérner—. Tiene un estómago excelente, pero la sangre le da problemas, de ahí las manchas rojas de las mejillas. Ha pasado en Moscú la última mitad de su vida, y la plácida existencia que ha llevado allí la ha hecho engordar. Le gustan las anécdotas escabrosas y ella misma hace a veces comentarios inconvenientes cuando su hija no se encuentra presente. Me confesó que su hija es tan inocente como una paloma. Y a mí ¿qué me importa?… Me entraron ganas de responderle que estuviera tranquila, que no se lo iba a decir a nadie. La princesa se trata de su reumatismo y la hija Dios sabe de qué. Les he prescrito a ambas que beban dos vasos al día de agua sulfurosa y que tomen dos veces a la semana baños diluidos[25]. Al parecer, la princesa no está acostumbrada a dar órdenes. Siente respeto por la inteligencia y los conocimientos de su hija, que ha leído a Byron en inglés y sabe álgebra. Parece que en Moscú las señoritas han emprendido el camino de la ciencia, y en verdad hacen bien. En general, nuestros hombres son tan amables que coquetear con ellos debe de ser insoportable para una mujer inteligente. A la princesa madre le gustan mucho los jóvenes. La hija los mira con cierto desdén: ¡una costumbre moscovita! En Moscú solo interesan los bromistas cuarentones.

—¿Ha estado usted en Moscú, doctor?

—Sí, ejercí allí un tiempo.

—Continúe.

—Creo que ya se lo he contado todo… ¡Ah, sí! Se me olvidaba una cosa: parece que a la princesita le gusta hablar de sentimientos, pasiones y demás… Pasó un invierno en San Petersburgo, ciudad que le desagradó, sobre todo la sociedad local. Seguramente la acogieron con frialdad.

—¿Ha visto hoy a alguien en su casa?

—Pues sí: estaban allí un ayudante de campo, un oficial de la guardia muy afectado y una dama que acaba de llegar, pariente de la princesa por parte de su marido, muy bella, pero por lo visto muy enferma… ¿No se ha encontrado con ella en los alrededores del pozo? Es de estatura mediana, rubia, de rasgos regulares, con ese tinte de la piel propio de los tuberculosos y un lunar negro en la mejilla derecha. Me sorprendió la expresividad de su rostro.

—¡Un lunar! —farfullé yo—. ¿Es posible?

El médico me miró y dijo con tono solemne, poniéndome una mano en el pecho:

—La conoce usted.

Lo cierto es que mi corazón latía con más fuerza que de costumbre.

—Esta vez el triunfo le corresponde a usted —dije—. Pero cuento con que no me traicione. Aún no la he visto, pero, por el retrato que ha trazado usted, estoy seguro de que se trata de una mujer a la que amé hace mucho tiempo. No le diga nada de mí. Y, si le pregunta, critíqueme.

—Así lo haré —dijo Wérner, encogiéndose de hombros.

Cuando se marchó, una terrible tristeza me oprimió el corazón. ¿El destino nos unía una vez más en el Cáucaso o había venido expresamente hasta aquí sabiendo que iba a encontrarse conmigo? Y ¿cómo íbamos a saludarnos? ¿En verdad sería ella?… Mis presentimientos nunca me han engañado. No hay en el mundo otro hombre sobre el que el pasado ejerza tanto poder como sobre mí. Cualquier recuerdo de las alegrías y penas pasadas me causa un profundo dolor en el alma y despierta siempre las mismas melodías. Así de estúpida es mi naturaleza: ¡no puedo olvidar nada, nada!

Después de comer, a eso de las seis, me acerqué al bulevar, que estaba de bote en bote. Encontré a la princesa y a su hija sentadas en un banco, rodeadas de jóvenes que rivalizaban en galanterías. Me acomodé en otro banco, a cierta distancia, detuve a dos oficiales del regimientos de D. a los que conocía y me puse a contarles algo. Por lo visto mi relato les hizo gracia, pues se rieron a carcajadas como locos. La curiosidad atrajo hasta nuestro grupo a algunos de los que rodeaban a la princesa. Yo no paraba de hablar. Mis anécdotas eran divertidas, hasta el punto de rayar la estupidez; mis bromas sobre los tipos originales que pasaban a nuestro lado eran maliciosas, a un paso de la crueldad. Seguí divirtiendo a mi público hasta la puesta del sol. Varias veces la princesita pasó a mi lado, del bracete de su madre, acompañada de un viejecito cojo; varias veces su mirada, al encontrarse con la mía, expresó enfado, aunque se esforzaba por aparentar indiferencia…

—¿Qué les ha estado contando? —le preguntó a uno de los jóvenes, que había vuelto a su lado por cortesía—. Probablemente una historia muy interesante. ¿Tal vez sus hazañas en combate?

Lo dijo en voz bastante alta, seguramente con la intención de pincharme.

«¡Ah! —pensé yo—. Se ha enfadado usted de verdad, querida princesita. Pues espere un poco. ¡Esto no ha terminado!».

Grushnitski la seguía como un ave de presa y no le quitaba los ojos de encima. Apuesto a que mañana le pedirá a alguien que le presente a la princesa madre. Y ella se alegrará mucho, porque se aburre.

16 de mayo

En el lapso de dos días mis asuntos han progresado de manera extraordinaria. La princesita me odia sin ningún género de dudas. Ya me han referido dos o tres epigramas sobre mí bastante mordaces, pero al mismo tiempo muy halagadores. Le extraña muchísimo que un hombre acostumbrado a la buena sociedad, en tan estrechas relaciones con sus primas y tías de San Petersburgo, no busque la manera de que se la presenten. Nos encontramos cada día en los alrededores del pozo, en el bulevar. Empleo todas mis fuerzas en alejar de ella a sus admiradores, brillantes ayudas de campo, pálidos moscovitas y demás, y casi siempre lo consigo. Nunca me ha gustado recibir en mi casa, pero ahora cada día se llena de gente que come, cena y juega. ¡Ay, mi champán triunfa sobre el poder de sus magnéticos ojos!

Ayer coincidimos en la tienda de Chelájov, donde ella negociaba la compra de una espléndida alfombra persa. La joven princesa suplicaba a su madre que no escatimara el dinero. ¡Esa alfombra quedaría tan bien en su despacho…! Ofrecí cuarenta rublos más y me la llevé. Como recompensa recibí una mirada en la que centelleaba la ira más exquisita. Hacia la hora de la comida ordené con toda intención que pasearan por delante de su ventana mi caballo circasiano cubierto con la alfombra de marras. Wérner se encontraba en casa de la princesa en ese momento y me dijo que el efecto de esa escena fue de lo más dramático. La princesita quiere declarar una cruzada contra mí. Hasta me he dado cuenta de que dos ayudas de campo me saludan con mucha frialdad en su presencia, aunque todos los días comen en mi casa.

Grushnitski ha adoptado un aire misterioso. Anda con las manos a la espalda y no reconoce a nadie. De pronto su pierna se ha curado y ya apenas cojea. Ha encontrado la ocasión de entablar conversación con la princesa madre y de dedicar algún cumplido a la hija, que no ha debido de mostrarse muy melindrosa, pues desde entonces responde a su saludo con la sonrisa más amable.

—¿Estás seguro de que no quieres trabar conocimiento con la princesa Ligovskaia y su hija? —me dijo ayer.

—Sí

—Y ¿por qué? ¡Es la casa más agradable del balneario! Se reúne allí la mejor sociedad del lugar…

—Amigo mío, hasta los que no son del lugar me aburren terriblemente. ¿Tú las visitas a menudo?

—Todavía no. He hablado un par de veces con la princesita, pero es un poco violento solicitar una invitación, aunque es lo que se estila aquí… Otra cosa sería si llevara charreteras…

—Pero ¡hombre! ¡Si eres mucho más interesante sin ellas! Lo que pasa es que no sabes aprovecharte de tu ventajosa situación: a ojos de cualquier señorita sensible, el capote de soldado te convierte en un héroe, en un mártir.

Grushnitski sonrió satisfecho.

—¡Qué tontería! —exclamó.

—Estoy convencido —proseguí— de que la princesita está enamorada de ti.

Él se ruborizó hasta la raíz de los cabellos y se mostró muy ufano.

¡Ah, amor propio! Eres la palanca con la que Arquímedes quería levantar el globo terrestre.

—Te lo tomas todo a broma —dijo, haciendo como que se enfadaba—. En primer lugar apenas me conoce…

—Las mujeres solo aman a quienes no conocen.

—Pero yo no tengo ninguna pretensión de gustarle. Lo único que quiero es visitar una casa muy agradable. Sería de todo punto ridículo que concibiera la menor esperanza… En vuestro caso, por ejemplo, es otra cosa. A vosotros, los conquistadores petersburgueses, os basta con una mirada para que las mujeres se derritan… ¿Sabes, Pechorin, que la princesita ha hablado de ti?…

—¿Cómo? ¿Que ya te ha hablado de mí?

—Pero lo que dijo no te va a alegrar. Un día, cerca del pozo, entablé conversación con ella por casualidad. Y su tercera frase fue: «¿Quién es ese señor que tiene una mirada tan desagradable y arisca? Estaba con usted cuando…». Se ruborizó y no quiso precisar el día, para no mencionar su generoso gesto. «No hace falta que diga a qué día se refiere —le respondí yo—. Lo recordaré eternamente». Como ves, amigo mío, no puedo felicitarte: tiene una mala opinión de ti… Y es una pena, la verdad, porque Mary es muy agradable…

Llegados a este punto debo precisar que Grushnitski es uno de esos hombres que, al hablar de una mujer a la que acaba de conocer, se refiere a ella como «mi Mary» o «mi Sophie», si la muchacha ha tenido la fortuna de gustarle.

Adopté un aire serio y le respondí:

—Sí, no es fea… Pero ¡ten cuidado, Grushnitski! Las señoritas rusas se alimentan principalmente de amor platónico, y no se les pasa por la cabeza la idea de casarse. Y el amor platónico es el más complicado. Parece que la princesita es una de esas mujeres que quieren que las diviertan. Si se aburre en tu compañía dos minutos seguidos, estás perdido sin remedio: tu silencio debe despertar su curiosidad, tu conversación nunca debe satisfacerla del todo. Tienes que inquietarla a cada momento. Desafiará diez veces la opinión pública por ti, y a eso lo llamará sacrificio; a modo de compensación empezará a atormentarte, y luego simplemente dirá que no puede soportarte. Si no consigues atarla en corto, ni siquiera el primer beso te dará derecho a un segundo. Coqueteará contigo hasta hartarse y al cabo de un par de años se casará con cualquier monstruo para obedecer a su mamá. Entonces intentará convencerse de que es desdichada y de que solo ha amado a un hombre, es decir, a ti, pero que el cielo no quiso unir su destino al tuyo porque llevabas un capote de soldado, aunque bajo su tela basta y gris latía un corazón apasionado y generoso…

Grushnitski dio un puñetazo en la mesa y se puso a recorrer la habitación de un extremo al otro.

Me reí para mis adentros y hasta sonreí dos veces, pero, por suerte, no se dio cuenta. No cabe duda de que está enamorado porque se ha vuelto más confiado que antes. Hasta he descubierto en su dedo un anillo de plata nielado, obra de un orfebre local. ¡Me pareció sospechoso! Me puse a examinarlo y ¿qué es lo que descubrí? En la cara interior había grabado con letras menudas el nombre de Mary y al lado la fecha del día en que ella había recogido del suelo el famoso vaso. No revelé mi descubrimiento. No quiero forzarle a que confiese. Lo que pretendo es que me elija por confidente. Entonces ¡sí que voy a disfrutar!…

Hoy me he levantado tarde. Cuando llegué al pozo ya no había nadie. Empezaba a hacer calor. Blancas nubecillas esponjosas se alejaban a toda prisa de las montañas nevadas, amenazando tormenta. La cabeza del Mashuk humeaba como una antorcha apagada; a su alrededor se retorcían y reptaban como serpientes grises jirones que, detenidos en su curso, parecían encadenados a los espinosos matorrales. El aire estaba cargado de electricidad. Me interné en una alameda bordeada de vides que conducía a una gruta. Pensaba en esa mujer joven con un lunar en la mejilla de la que me había hablado el médico. ¿Por qué está aquí? ¿Será ella? Y ¿por qué creo que lo es?… ¿Por qué estoy tan seguro? ¡Anda que no habrá mujeres con un lunar en la mejilla! Sumido en tales reflexiones, llegué a la entrada de la gruta. Eché un vistazo: a la fresca sombra de su bóveda, sentada en un banco de piedra, había una mujer con un sombrero de paja, envuelta en un chal negro, la cabeza inclinada sobre el pecho. El sombrero le ocultaba el rostro. Hice intención de volverme, para no interrumpir sus ensoñaciones, pero en ese momento levantó los ojos hasta mí.

—¡Vera! —grité sin poder contenerme.

Ella se estremeció y palideció.

—Sabía que estabas aquí —dijo.

Me senté a su lado y le cogí la mano: un estremecimiento olvidado hacía mucho tiempo recorrió mis venas al oír esa voz tan querida. Ella me miró a los ojos con los suyos profundos y serenos, en los que se reflejaba un fondo de desconfianza y algo parecido a un reproche.

—¡Cuánto tiempo sin vernos! —exclamé.

—Mucho. Y ¡cuánto hemos cambiado!

—Seguro que ya no me quieres…

—Me he casado —dijo ella.

—¿Otra vez? En cualquier caso, hace unos años esa razón también existía, y sin embargo…

Ella apartó su mano de la mía, y sus mejillas se cubrieron de arrebol.

—¿Acaso amas a tu segundo marido? —Ella se dio la vuelta sin responder—. O ¿es que es muy celoso? —Se produjo un silencio—. Entonces ¿qué? Es joven, guapo, seguramente rico, eso sobre todo, y tú tienes miedo…

La miré y me asusté: su rostro expresaba una profunda desesperación, en sus ojos brillaban algunas lágrimas.

—Dime —susurró—, ¿te divierte mucho atormentarme? Debería odiarte: desde que nos conocemos no me has dado más que sufrimientos…

Su voz tembló, se inclinó hacia mí y apoyó la cabeza en mi pecho. «Quizá precisamente por eso me quisiste —pensé—: las alegrías se olvidan, las penas jamás…».

La abracé con fuerza y así pasamos un buen rato. Finalmente nuestros labios se acercaron y se fundieron en un beso ardiente y embriagador. Entonces iniciamos una de esas conversaciones que no tienen sentido en el papel, que no pueden repetirse, ni siquiera recordarse: el significado de los sonidos sustituye y completa el de las palabras, como en la ópera italiana.

Se niega terminantemente a presentarme a su marido, ese viejecito cojo al que había visto de pasada en el bulevar. Se ha casado con él por su hijo. Es un hombre rico y sufre de reumatismo. No me he permitido ni una sola broma a su costa: ella le respeta como a un padre y lo engañará como a un marido… ¡Qué extraño es el corazón humano en general y el femenino en particular!

El marido de Vera, Semión Vasílievich G., es un pariente lejano de la princesa Ligovskaia. Viven en casas contiguas. Vera va a menudo a ver a la princesa. Le he dado mi palabra de trabar conocimiento con las Ligovskaia y de cortejar a la hija para desviar la atención, de manera que mis planes no se verán alterados lo más mínimo. ¡Cuánto me voy a divertir!

¡Divertirme!… Sí, ya he dejado atrás ese período de la vida del espíritu en que solo se busca la felicidad, en que el corazón siente la necesidad de amar intensa y apasionadamente a alguien. Ahora lo único que quiero es que me amen, y no muchas personas. Hasta tengo la impresión de que me bastaría con un solo afecto constante. ¡Un lamentable hábito del corazón!…

Hay una cosa que siempre me ha causado extrañeza: nunca me he convertido en esclavo de la mujer amada; al contrario, siempre he ejercido sobre su voluntad y su corazón un poder invencible, aun sin proponérmelo. ¿Por qué? ¿Porque nunca he concedido valor alguno a nada y ellas temían en todo momento que me escabullera entre sus dedos? ¿O se trata más bien de la influencia magnética de un organismo fuerte? ¿O simplemente de que nunca he conocido a una mujer de carácter firme?

Debo reconocer que, en efecto, no me gustan las mujeres de carácter. Es algo que no les pega.

Pero acabo de acordarme de algo: una vez, una sola vez, me enamoré de una mujer de voluntad de hierro a la que nunca pude doblegar… Nos separamos como enemigos; sin embargo, si nos hubiéramos vuelto a encontrar cinco años más tarde, tal vez nos habríamos separado de otra manera…

Vera está enferma, muy enferma, aunque no quiera reconocerlo. Temo que padezca de tisis o de esa enfermedad a la que llaman fièvre lente, una enfermedad que no es nada rusa y que no tiene nombre en nuestro idioma.

La tormenta nos sorprendió en la gruta y nos retuvo allí media hora más. No me obligó a jurarle fidelidad, no me preguntó si había amado a otras después de que nos separáramos… Se fio de nuevo de mí con la despreocupación de antaño, y yo no la engañaré: ¡es la única mujer en el mundo a la que no soy capaz de engañar! Sé que pronto volveremos a separarnos, quizá para siempre: seguiremos caminos diferentes hasta la tumba, pero su recuerdo se conservará indeleble en mi alma. Así se lo he repetido siempre, y ella me cree, aunque diga lo contrario.

Finalmente nos separamos. La seguí un buen rato con la mirada, hasta que su sombrero desapareció detrás de los arbustos y las peñas. Mi corazón se encogió dolorosamente, como después de la primera separación. ¡Ah, cuánta alegría me deparaba ese sentimiento! ¿Será la juventud, con sus benéficas tormentas, que quiere regresar de nuevo a mí o solo su mirada de despedida, un último don a su memoria?… Tiene gracia pensar que mi aspecto sigue siendo el de un muchacho: el rostro, a pesar de su palidez, no ha perdido su frescura; los miembros son flexibles y esbeltos; los cabellos, espesos y rizados; los ojos, brillantes; la sangre, hirviente…

De vuelta a casa, monté en mi caballo y me fui a cabalgar por la estepa. Me gusta galopar en un caballo fogoso por la hierba alta, contra el viento del desierto. Aspiro con avidez el aire cargado de aromas y dirijo la mirada a la azulada lejanía, tratando de distinguir los contornos brumosos de los objetos, que se van volviendo más y más precisos. Cualquiera que sea la pena que aflige mi corazón o la inquietud que atormente mi ánimo, todo se disipa en un instante: mi alma se vuelve ligera, el cansancio del cuerpo se impone al desasosiego del espíritu. No hay mirada de mujer que no haya olvidado a la vista de las frondosas montañas, iluminadas por el sol meridional, o al contemplar el cielo azul, o al oír el rumor de un torrente saltando de peña en peña.

Es de suponer que los amodorrados cosacos que me hayan visto cabalgar sin necesidad y sin objeto desde sus atalayas se habrán atormentado largo rato por semejante enigma, pues seguramente por mi ropa me habrán tomado por un circasiano. No en vano me han dicho que, cuando cabalgo vestido con traje oriental, parezco más kabardino que muchos representantes de esa raza. Y en verdad, llevo ese noble atuendo guerrero como un auténtico dandy: ni un galón superfluo, armas valiosas con ornamentos sobrios, la piel del gorro ni demasiado larga ni demasiado corta, las polainas y los botines ajustados con toda la precisión posible; el jubón, blanco; la capa, marrón oscuro. He pasado mucho tiempo observando el modo de cabalgar de los montañeses: no se puede halagar más mi amor propio que reconociendo mi habilidad para montar a caballo a la manera caucasiana. Tengo cuatro caballos: uno para mí y tres para mis amigos, para no aburrirme cabalgando solo por los campos. Ellos los cogen de buena gana, pero el caso es que nunca montan conmigo. Eran ya las seis de la tarde cuando me acordé de que era hora de comer. Mi caballo estaba extenuado. Salí al camino que lleva de Piatigorsk a la colonia alemana, adonde la sociedad del balneario va a menudo de picnic. El camino serpentea entre arbustos, atraviesa pequeños barrancos por los que fluyen arroyos rumorosos a la sombra de las altas hierbas; alrededor, como un anfiteatro, se alzan las enormes moles azules del Beshtú, del Monte de las Serpientes, de la Cumbre de Hierro y de la Colina Pelada. Al bajar por uno de esos barrancos, que en el dialecto local reciben el nombre de balka, me detuve para abrevar a mi caballo, y en ese momento apareció en el camino una ruidosa y brillante cabalgata: damas con trajes azules y negros de amazona y caballeros con atavíos en los que se entreveraban elementos circasianos con otros más bien propios de Nizhni Nóvgorod[26]. En cabeza iban Grushnitski y la princesita Mary.

Las damas del balneario aún creen que puede producirse un ataque de los circasianos en pleno día. Probablemente por eso Grushnitski llevaba por encima del capote de soldado un sable y un par de pistolas: su aspecto resultaba bastante ridículo con ese atuendo heroico. Un alto arbusto me ocultaba a sus ojos, pero a través de sus hojas yo podía verlo todo y adivinar, por la expresión de sus rostros, que la conversación era de índole sentimental. Finalmente se acercaron a la pendiente. Grushnitski cogió el caballo de la princesita por la brida, y entonces escuché el final de la conversación:

—Y ¿quiere quedarse usted toda la vida en el Cáucaso? —preguntó la princesita.

—Y ¿qué es Rusia para mí? —respondió su caballero—. Un país donde miles de personas, por el simple hecho de ser más ricas, me mirarán con desprecio, mientras que aquí… aquí este grueso capote no me impide trabar conocimiento con usted…

—Al contrario… —dijo la princesita, ruborizándose.

Grushnitski, con una expresión de satisfacción, continuó con su discurso:

—Aquí mi agitada vida transcurrirá en un abrir y cerrar de ojos, sin que apenas me dé cuenta, bajo las balas de los salvajes, y si Dios tiene a bien enviarme cada año una luminosa mirada de mujer, semejante a la que…

En ese momento llegaron a mi altura. Entonces fustigué a mi caballo y salí de detrás del arbusto…

Mon Dieu, un Circassien![27] —gritó la princesita con espanto.

Para sacarla de su error, respondí en francés, al tiempo que me inclinaba ligeramente:

Ne craignez rien, madame, je ne suis pas plus dangereux que votre cavalier.[28]

Ella se turbó, pero ¿por qué? ¿Por su equivocación? O ¿porque mi respuesta le pareció insolente? Me habría gustado que la segunda suposición fuese la correcta. Grushnitski me miró con enfado.

Ya bien entrada la noche, a eso de las once, fui a dar un paseo por la avenida de tilos del bulevar. La ciudad dormía, solo en algunas ventanas parpadeaban las luces. Por tres lados se alzaban crestas de negros peñascos, las estribaciones del Mashuk, en cuya cima descansaba una nubecilla de aire siniestro. Por el este salía la luna. A lo lejos las cumbres nevadas brillaban como una franja plateada. Las llamadas de los centinelas alternaban con el rumor de las aguas termales, que fluían sin impedimento por la noche. De vez en cuando el paso sonoro de un caballo resonaba en la calle, acompañado por el chirrido de un carro nogái[29] y una melancólica canción tártara. Me senté en un banco y me sumí en mis pensamientos… Sentía la necesidad de dar libre curso a mis reflexiones en una conversación amistosa… Pero ¿con quién?… «¿Qué estará haciendo Vera en estos momentos?», me pregunté… ¡Lo que habría dado por tener su mano entre las mías en ese instante!

De pronto oí unos pasos rápidos y desacompasados… Seguro que era Grushnitski… ¡En efecto!

—¿De dónde vienes?

—De casa de la princesa Ligovskaia —respondió, dándose importancia—. ¡Cómo canta Mary!…

—¿Sabes una cosa? —le dije—. Apuesto a que no sabe que eres un cadete. Cree que te han degradado…

—¡Puede ser! Y ¿a mí qué me importa?… —dijo con aire distraído.

—Lo decía solo por decir…

—¿Sabes que hoy has conseguido sacarla de sus casillas? Considera que tu manera de comportarte es de una insolencia inaudita. A duras penas pude convencerla de que, dada tu esmerada educación y tu conocimiento de la alta sociedad, no podías tener la intención de ofenderla. Pero ella dice que tu mirada es impertinente y que probablemente tienes un alto concepto de ti mismo.

—No se equivoca… Y ¿tú no quieres salir en su defensa?

—Por desgracia aún no tengo ese derecho…

«¡Vaya! —pensé yo—. Por lo visto ya concibe esperanzas…».

—En cualquier caso, tanto peor para ti —prosiguió Grushnitski—. Ahora te será difícil que te las presenten. Y es una pena, porque es una de las casas más agradables que conozco…

Sonreí para mis adentros.

—La casa más agradable para mí en estos momentos es la mía —dije, bostezando, y me levanté para irme.

—De todos modos, reconoce que te arrepientes…

—¡Qué tontería! Si quiero, mañana por la tarde me recibirán en casa de la princesa…

—Veremos…

—Para complacerte, hasta le haré la corte a la princesita…

—Eso será si se aviene a hablar contigo…

—No tengo más que esperar a que tu conversación la aburra… ¡Adiós!…

—Pues yo voy a dar una vuelta… No es cuestión de irse a la cama a estas horas… Escucha, ¿por qué no vamos al restaurante? Allí se juega… Esta noche necesito sensaciones fuertes…

—Ojalá pierdas…

Me fui a casa.

21 de mayo

Ha pasado casi una semana, y todavía no me han recibido en casa de las Ligovskaia. Estoy esperando una ocasión favorable. Grushnitski sigue a todas partes a la princesita como una sombra. Sus conversaciones son interminables: ¿cuándo empezará a aburrirla?… La madre no le presta atención, porque no es un candidato. ¡Así es la lógica de las madres! He advertido dos o tres miradas tiernas… ¡Hay que poner fin a esta situación!

Ayer Vera apareció por primera vez en las inmediaciones del pozo… Desde que nos encontramos en la gruta no había salido de casa. Hundimos los vasos al mismo tiempo y, al inclinarse, me dijo en su susurro:

—¿Por qué no te presentas en casa de las Ligovskaia? Es el único lugar en el que podemos vernos…

¡Un reproche!… ¡Qué aburrimiento! Pero me lo merezco…

Por cierto, mañana se celebra un baile de abono en la sala del restaurante, y voy a bailar la mazurca con la princesita.

22 de mayo

La sala del restaurante se ha convertido en el salón del círculo de la nobleza. A las nueve llegó todo el mundo. La princesa y su hija fueron de las últimas en aparecer. Muchas damas la miraron con envidia y malevolencia, porque la princesita Mary vestía con gusto. Quienes se consideran representantes de la aristocracia local se le acercaron con disimulada envidia. Y ¿cómo podía ser de otra manera? En cualquier sociedad femenina surge siempre un círculo superior y otro inferior. Al pie de la ventana, entre la multitud, Grushnitski, con el rostro pegado al cristal, no apartaba los ojos de su diosa, quien, al pasar a su lado, le hizo un gesto con la cabeza apenas perceptible. Él resplandeció como el sol… El baile se abrió con una polonesa; luego tocaron un vals. Las charreteras tintinearon, los faldones de los trajes se levantaron y giraron.

Yo estaba detrás de una gruesa dama tocada de unas plumas rosas. La suntuosidad de su vestido recordaba los tiempos de los miriñaques, y las manchas que esmaltaban su piel rugosa, la época feliz de los lunares de tafetán negro. La verruga más grande de su cuello estaba cubierta por una gargantilla. Le decía a su caballero, un capitán de dragones:

—¡Esa princesita Ligovskaia es una muchacha insoportable! ¿Ha visto usted que me ha empujado y no se ha disculpado? Hasta se dio la vuelta y me miró con sus impertinentes. C’est impayable![30] Y ¿a qué viene tanto orgullo? Habría que darle una lección…

—¡Por eso que no quede! —respondió el servicial capitán y se dirigió a la habitación contigua.

Yo me acerqué entonces a la princesita y la invité a bailar el vals, aprovechándome de la libertad de las costumbres locales, que permiten bailar con damas desconocidas.

Le costó trabajo reprimir una sonrisa y ocultar su triunfo, pero no tardó mucho en adoptar un aire completamente indiferente y hasta severo. Apoyó con descuido su mano en mi hombro, ladeó ligeramente la cabeza, y dimos los primeros pasos. ¡Jamás había visto un talle más voluptuoso ni más flexible! Su fresco aliento me acariciaba la cara. A veces un rizo, desprendido en el torbellino del vals, me rozaba la ardiente mejilla… Di tres giros (baila de maravilla). Casi sin aliento, los ojos turbios, apenas alcanzó a murmurar con los labios entreabiertos el «merci, monsieur» de rigor.

Después de unos instantes de silencio le dije, adoptando el aire más sumiso:

—He oído decir, princesita, que, aunque aún no nos conocemos, he tenido la desgracia de merecer su disfavor… Que me encuentra usted insolente… ¿Es verdad?

—Y ¿quiere usted ahora confirmarme en esa opinión? —respondió ella con una mueca irónica, que, no obstante, cuadraba muy bien con su animada fisonomía.

—Si he cometido la insolencia de ofenderla de alguna manera, permita que cometa la insolencia aún mayor de pedirle disculpas. En verdad nada me gustaría más que demostrarle que se equivoca usted conmigo…

—Le será bastante difícil…

—¿Por qué?

—Porque no nos visita usted y no creo que estos bailes se celebren a menudo.

«Eso significa —pensé yo— que tengo sus puertas cerradas para siempre».

—Ya sabe usted, princesita —le dije con cierto despecho—, que no debe rechazarse a un criminal que se arrepiente: la desesperación puede llevarle a cometer crímenes dos veces peores… y entonces…

Las risas y los murmullos de las personas que nos rodeaban me obligaron a darme la vuelta, sin acabar la frase. A unos pasos de mí había un grupo de hombres, entre los que se encontraba el capitán de dragones que había manifestado intenciones hostiles contra la dulce princesita. Tenía un aire muy ufano, se frotaba las manos, se reía a carcajadas e intercambiaba guiños con sus compañeros. De pronto, un señor vestido de frac, con largos bigotes y la jeta colorada, se apartó del grupo y con pasos inseguros se acercó a la princesita. Se detuvo delante de la desconcertada muchacha y, llevándose las manos a la espalda, clavó en ella sus ojos de un gris turbio y pronunció con ronca voz de falsete:

—Permítame… bueno, al grano… La invito a bailar la mazurca, ya está…

—¿Qué quiere? —preguntó la princesita con voz temblorosa, dirigiendo a su alrededor una mirada implorante.

¡Ay! Su madre estaba lejos y ninguno de los caballeros conocidos se encontraba cerca. Creo que un ayuda de campo lo vio todo, pero se ocultó entre la multitud para no mezclarse en esa historia.

—¿Y bien? —dijo el señor borracho, guiñando el ojo al capitán de dragones, que le dio ánimos con un gesto—. ¿Es que no le apetece?… Una vez más tengo el honor de invitarla a bailar la mazure… ¿Cree usted que estoy borracho? ¡Da igual!… Se siente uno mucho más libre, puedo asegurárselo…

Vi que la princesita estaba a punto de desmayarse de miedo y de indignación.

Me acerqué al señor borracho, le así con bastante fuerza por un brazo, le miré fijamente a los ojos y le pedí que se apartara porque, añadí, la princesita me había prometido hacía tiempo bailar la mazurca conmigo.

—¡Bueno, qué le vamos a hacer!… ¡Otra vez será! —exclamó, echándose a reír, y se reunió con sus avergonzados compañeros, que se lo llevaron enseguida a la sala contigua.

Fui recompensado con una mirada intensa y maravillosa.

La princesita se acercó a su madre y le contó todo lo que había pasado, y entonces esta me buscó entre la multitud, me dio las gracias y me informó de que había conocido a mi madre y de que era amiga de seis de mis tías.

—No sé cómo es posible que no hayamos hablado hasta ahora —añadió—, pero reconozca que es usted el único culpable: no se ha visto nunca a nadie tan arisco como usted. Espero que el aire de mi salón disipe su spleen… ¿no es verdad?

Le dije una de esas frases que todo el mundo debería tener preparadas para tales ocasiones.

Las cuadrillas duraron muchísimo tiempo.

Finalmente en la galería resonaron los sones de la mazurca. La princesita y yo ocupamos nuestros puestos.

No hice la menor alusión al señor borracho ni a mi conducta pasada ni a Grushnitski. La impresión que le había causado la desagradable escena se fue borrando poco a poco. Su cara recobró el color. Bromeaba muy gentilmente. Su conversación, aun sin pretenderlo, era ingeniosa, desenvuelta y vivaz; sus observaciones a veces resultaban profundas… Recurrí a una frase muy enrevesada para darle a entender que me gustaba desde hacía mucho tiempo. Ella bajó la cabeza y se ruborizó un poco.

—¡Es usted un hombre extraño! —dijo luego, mirándome con sus ojos aterciopelados y esbozando una risa forzada.

—No quería trabar conocimiento con usted —proseguí—, porque está rodeada siempre de un nutrido círculo de admiradores, en el que temía desaparecer por completo.

—¡Sus temores no tienen ningún fundamento! Son todos aburridísimos…

—¿Todos? ¿Es posible que todos?

Ella me miró fijamente, como tratando de recordar algo, luego volvió a ruborizarse un poco y por último pronunció con resolución:

—¡Todos!

—¿Hasta mi amigo Grushnitski?

—¿Es que es amigo suyo? —preguntó ella, con cierta incredulidad.

—Sí.

—Naturalmente él no entra en la categoría de los aburridos…

—Pero sí en la de los desdichados —dije, echándome a reír.

—¡Desde luego! Y ¿le parece a usted gracioso? Ya me gustaría verle a usted en su lugar…

—Bueno, también yo he sido cadete una vez, y la verdad es que fue la mejor época de mi vida.

—Pero ¿es que es un cadete? —se apresuró a preguntar, y a continuación añadió—: Yo creía…

—¿Qué creía usted?

—¡Nada!… ¿Quién es esa dama?

Llegados a ese punto, la conversación tomó un rumbo diferente y ya no volvió a ocuparse del tema.

Cuando acabó la mazurca, nos despedimos con un «hasta luego». Las damas se marcharon. Yo me fui a cenar y me encontré con Wérner.

—¡Pues sí! —exclamó—. ¡Hay que ver cómo es usted! Decía que no quería conocer a la princesita como no fuera para salvarla de una muerte segura.

—Y he hecho algo mejor que eso —le respondí—. ¡La he salvado de desvanecerse en mitad de un baile!

—Y ¿cómo fue? ¡Cuéntemelo!

—No, adivínelo, usted que es capaz de adivinarlo todo.

23 de mayo

A eso de las siete de la tarde fui a dar un paseo por el bulevar. Grushnitski, que me vio de lejos, se acercó a mí: una suerte de entusiasmo ridículo brillaba en sus ojos. Me apretó la mano con fuerza y dijo con voz trágica:

—Te lo agradezco, Pechorin… ¿Me comprendes?

—No, pero, en cualquier caso, no merezco ninguna gratitud —respondí, ya que no era consciente de haber hecho ninguna buena acción.

—¿Cómo? Y ¿lo de ayer? ¿Es que lo has olvidado?… Mary me lo ha contado todo…

—¿Entonces? ¿Es que ya es todo común entre vosotros? ¿Hasta el agradecimiento?

—Escucha —dijo Grushnitski con aire de gran importancia—. Si quieres seguir siendo amigo mío, haz el favor de no burlarte de mi amor. Ya lo ves: me he enamorado locamente. Y creo que ella también me ama. Al menos eso espero. Quiero pedirte un favor: que vayas esta tarde a su casa… y que me prometas observarlo todo: sé que tienes mucha experiencia en estos asuntos, conoces a las mujeres mejor que yo. ¡Las mujeres! ¡Las mujeres! ¿Quién las comprenderá? Sus sonrisas desmienten sus miradas, sus palabras prometen y nos atraen, pero el tono de su voz nos rechaza… Tan pronto sondean y descubren nuestro pensamiento más oculto, como no entienden las alusiones más explícitas. Ahí tienes, por ejemplo, a la princesita: ayer sus ojos ardían de pasión cuando se detenían en los míos y hoy parecen apagados y fríos…

—Puede que sea el efecto de las aguas —dije.

—Siempre lo ves todo por el lado malo. ¡Eres un materialista! —añadió con desprecio—. Pero ocupémonos de otra materia —y muy satisfecho de su torpe juego de palabras, se puso de mejor humor.

Unos minutos después de las ocho fuimos juntos a casa de la princesa.

Al pasar por debajo de las ventanas de Vera, la vi al pie del alféizar. Intercambiamos una mirada furtiva. Entró en el salón de las Ligovskaia poco después de nosotros. La princesa madre me la presentó como a una pariente suya. Tomamos el té. Había muchos invitados. La conversación era general. Me esforcé por agradar a la princesa madre, bromeé, la hice reír varias veces con toda su alma. También la hija estuvo a punto de soltar la carcajada en más de una ocasión, pero se contuvo para no abandonar el papel que había adoptado: había llegado a la conclusión de que la languidez le quedaba bien, y puede que no se equivocara. Grushnitski parecía muy contento de que mi alegría no se le contagiara.

Después del té nos encaminamos todos al salón.

—¿Estás satisfecha de mi obediencia, Vera? —le pregunté, al pasar a su lado.

Ella me dirigió una mirada llena de amor y reconocimiento. Ahora ya me he acostumbrado a tales miradas, pero antaño constituían mi felicidad. La princesa pidió a su hija que se sentara al piano. Todos le pidieron que cantara algo. Yo guardé silencio y, aprovechando un momento de bullicio, me retiré a una ventana con Vera, que quería decirme algo muy importante para los dos… Resultó que era una tontería…

Entretanto, mi indiferencia había disgustado a la princesita, como pude adivinar por su mirada irritada y brillante. ¡Ah, comprendo perfectamente ese discurso mudo pero elocuente, breve pero poderoso!…

Se puso a cantar. No tiene mala voz, pero no canta bien. En cualquier caso, yo no la escuchaba. Grushnitski, por el contrario, acodado en el piano enfrente de ella, la devoraba con los ojos y no paraba de decir en voz baja: «Charmant, délicieux!».

—Escucha —me dijo Vera—, no quiero que conozcas a mi marido, pero es de todo punto necesario que te ganes a la princesa madre; no te será difícil. Consigues todo lo que te propones. Solo nos veremos aquí…

—¿Solo?

Ella se ruborizó y prosiguió:

—Sabes que soy tu esclava. Nunca he podido ofrecerte resistencia… y seré castigada por ello: ¡dejarás de amarme! Al menos quiero conservar mi reputación… no por mí: ¡lo sabes muy bien!… Ah, te lo suplico, no me atormentes como antaño con dudas vanas y una frialdad fingida. Tal vez muera pronto, siento que me voy debilitando de día en día… y a pesar de eso no consigo pensar en la vida futura, solo en ti. Los hombres no comprendéis los deleites que procura una mirada, el roce de una mano… En cambio puedo jurarte que a mí me basta con oír tu voz para experimentar una felicidad tan profunda y extraña que ni siquiera los besos más apasionados pueden reemplazar.

Entretanto la princesita Mary había dejado de cantar. A su alrededor se elevaba un rumor de elogios. Me acerqué a ella después de los demás y le hice un comentario sobre su voz con bastante displicencia.

Ella esbozó una mueca, avanzando el labio inferior, y ensayó una reverencia con aire jocoso.

—Sus palabras son tanto más halagadoras —dijo— cuanto que no me ha escuchado usted en absoluto… pero puede que no le guste a usted la música…

—Al contrario, me agrada sobre todo después de las comidas.

—No le falta razón a Grushnitski cuando dice que tiene usted los gustos más prosaicos. Y ahora me entero de que le gusta la música en el sentido gastronómico.

—Se equivoca usted de nuevo: no tengo nada de gourmet, y mi estómago solo me da problemas. Pero después de comer la música adormece, y es sano dormir la siesta. En suma, me gusta la música en el sentido medicinal. En cambio por la noche me altera demasiado los nervios: me vuelve o demasiado triste o demasiado alegre, y una y otra cosa son agotadoras cuando no tiene uno una razón objetiva para entristecerse o alegrarse; además, la tristeza en compañía resulta ridícula, y una alegría exagerada es inconveniente.

Se alejó sin escucharme hasta el final, se sentó al lado de Grushnitski, y ambos entablaron una conversación de índole sentimental. Por lo visto, la princesita respondía con bastante desinterés y poco tino a los sabios comentarios del cadete, aunque procuraba demostrar que le escuchaba con atención, porque él a veces la miraba con sorpresa, tratando de adivinar la causa de su agitación interior, que se expresaba por momentos en su mirada inquieta…

Pero ¡yo lo he adivinado, querida princesita! ¡Así que tenga cuidado! Quiere usted pagarme con la misma moneda, herir mi amor propio. Pues ¡no lo conseguirá! Y, si me declara la guerra, seré implacable.

Varias veces, en el transcurso de la velada, intenté mezclarme en su conversación, pero ella recibía con bastante sequedad mis comentarios, así que al final me alejé, fingiéndome enfadado. La princesita triunfaba, Grushnitski también. ¡Disfrutad, amigos! ¡Apresuraos! ¡No durará mucho vuestra victoria! ¿Qué le vamos a hacer? Tengo un presentimiento. Cuando trabo conocimiento con una mujer, siempre consigo adivinar, y nunca me equivoco, si se enamorará de mí o no…

Pasé el resto de la velada con Vera, hablando del pasado hasta hartarme. ¡La verdad es que no sé por qué me ama tanto! Tanto más cuanto que es la única mujer que me ha comprendido de verdad, con todas mis pequeñas debilidades y mis sombrías pasiones. ¿Tan atrayente es el mal?

Salí con Grushnitski. Ya en la calle me cogió del brazo y, después de un prolongado silencio, dijo:

—¿Y bien?

«Eres tonto», me habría gustado responderle, pero me contuve y me limité a encogerme de hombros.

29 de mayo

A lo largo de todos estos días ni una sola vez me he apartado de mi plan. A la princesita comienza a gustarle mi conversación. Le he contado algunos acontecimientos extraños de mi vida, y ella ya me considera un hombre extraordinario. Me burlo de todo lo que hay bajo la luz del sol, sobre todo de los sentimientos, y eso empieza a asustarla. En mi presencia no se atreve a abandonarse a charlas sentimentales con Grushnitski, y en varias ocasiones ha respondido a sus ocurrencias con una sonrisa burlona. Pero, cada vez que Grushnitski pasa a su lado, yo adopto un aire sumiso y los dejo solos. La primera vez ella se alegró o fingió alegrarse; la segunda, se enfadó conmigo; y la tercera, con Grushnitski.

—Tiene usted muy poco amor propio —me dijo ayer—. ¿Por qué piensa que me divierto más con Grushnitski?

Le respondí que sacrificaba por la felicidad de un amigo mi propio placer…

—Y el mío —añadió ella.

La miré fijamente y adopté un aire serio. Y ya no volvimos a intercambiar palabra en el transcurso de toda la jornada. Por la noche se mostró pensativa; y esta mañana, en los alrededores del pozo, todavía más… Cuando me acerqué a ella, escuchaba distraída a Grushnitski, que, por lo visto, se extasiaba ante el paisaje, pero en cuanto me vio se echó a reír a carcajadas (de manera muy inoportuna), haciendo como si no hubiera reparado en mi presencia. Yo me aparté y me puse a observarla a hurtadillas. En un par de ocasiones ocultó la cara a su interlocutor y bostezó. ¡Definitivamente, Grushnitski la aburre!

Pasaré aún un par de días más sin hablarle.

3 de junio

A menudo me pregunto por qué persigo con tanto encarnizamiento el amor de cualquier muchacha joven a la que no quiero seducir y con la que no me casaría jamás. ¿A qué viene esa coquetería femenina? Vera me ama más de lo que la princesita Mary me amará nunca. Si ella me pareciera una belleza inalcanzable, tal vez me atraería la dificultad de la empresa. Pero ¡no es el caso! En consecuencia, no se trata de esa inquieta necesidad de amor que nos atormenta en los primeros años de la juventud, que nos lleva de una mujer a otra hasta que encontramos a alguna que no nos soporta: entonces ponemos en juego nuestra constancia, una pasión verdadera e infinita que podemos representar matemáticamente como una línea que parte de un punto en el espacio. El secreto de ese infinito reside únicamente en la imposibilidad de alcanzar el objetivo, es decir, el fin.

¿Por qué me tomo tantas molestias? ¿Por envidia de Grushnitski? Pero el pobre no la merece en absoluto. ¿O es una consecuencia de ese sentimiento maligno pero invencible que nos lleva a aniquilar las dulces ilusiones de nuestro semejante, para tener la mezquina satisfacción de decirle, cuando se pregunte desesperado qué es lo que debe creer?:

—¡Amigo mío, a mí me pasó lo mismo! Y, como ves, sigo comiendo, cenando, durmiendo a pierna suelta, y espero poder morir sin gritos ni lágrimas.

Y sin embargo ¡hay un goce inmenso en la posesión de un alma joven, apenas abierta! Es como una flor que exhala su mejor aroma con el primer rayo de sol. Hay que cortarla en ese instante y, después de olerla hasta la saciedad, arrojarla al camino: quizá alguien la recoja. Siento en mi interior esa ansia insaciable que engulle todo lo que se encuentra a su paso. Solo tengo en cuenta los padecimientos y las alegrías ajenos en lo que me atañen, como una suerte de alimento que sustenta mis fuerzas espirituales. En lo que a mí respecta, ya no soy capaz de cometer locuras bajo el efecto de la pasión. La ambición ha sido ahogada por las circunstancias, pero ha adoptado un aspecto diferente, pues la ambición no es otra cosa que la sed de poder, y mi mayor placer consiste en someter a mi voluntad todo lo que me rodea. Despertar en los demás un sentimiento de amor, de desprecio y de miedo ¿no es el primer indicio y el triunfo más grande del poder? Ser para alguien motivo de penas y alegrías, sin tener ningún derecho a ello, ¿no constituye el más dulce alimento de nuestro orgullo? Y ¿qué es la felicidad? El orgullo satisfecho. Si me considerara mejor y más poderoso que cualquiera, sería feliz. Si todos me amaran, encontraría en mi interior fuentes infinitas de amor. El mal engendra el mal. El primer sufrimiento permite comprender el placer de atormentar a otro. La idea del mal no puede penetrar en la cabeza de un hombre sin que desee ponerla en práctica. Las ideas son criaturas orgánicas, ha dicho alguien. Su nacimiento les da ya una forma, y esa forma es acción. Aquel en cuya cabeza surjan más ideas se verá más impelido a actuar que los demás. De ahí se desprende que un genio, encadenado a una mesa de funcionario, se morirá o se volverá loco, de la misma manera que un individuo de constitución fuerte se morirá de un ataque de apoplejía si se ve obligado a observar una vida sedentaria y una conducta modesta.

Las pasiones no son otra cosa que ideas en su primer grado de desarrollo: son una prerrogativa de los corazones jóvenes, y comete una estupidez quien piensa que estará sometido a ellas toda su vida. Muchos ríos apacibles inician su curso en ruidosas cascadas, pero ninguno de ellos ruge y espumea hasta llegar al mismo mar. Pero esa tranquilidad suele ser indicio de una fuerza inmensa, aunque oculta. La plenitud y la profundidad de los sentimientos y de los pensamientos no admite impulsos arrebatadores. El alma, al sufrir y gozar, se hace una idea precisa de todo y se convence de que así debe ser. Sabe que, sin tormentas, el calor permanente del sol la secaría. Dirige sobre su propia vida una mirada penetrante, se mima y se castiga como a un hijo querido. Solo en ese estado superior de conocimiento el hombre puede valorar la justicia divina.

Al releer esta página, advierto que me he apartado mucho del tema que me ocupa. Pero ¿qué más da?… Escribo este diario para mí y, en consecuencia, todo lo que consigno en él se convertirá con el tiempo en un precioso recuerdo.

Ha venido Grushnitski y se me ha lanzado al cuello: le han ascendido a oficial. Brindamos con champán. El doctor Wérner apareció poco después.

—No le felicito —le dijo a Grushnitski.

—¿Por qué?

—Porque el capote de soldado le queda muy bien. Además, reconozca usted que un uniforme de oficial de infantería hecho aquí, en el balneario, no le añadirá ningún atractivo. Dese cuenta de que hasta hoy ha sido usted una excepción, mientras que a partir de ahora va a ser uno más.

—Ya puede usted decir todo lo que quiera, doctor, que no conseguirá enturbiar mi felicidad. No sabe —añadió a mi oído— cuántas esperanzas he depositado en esas charreteras. ¡Ah, charreteras, charreteras! ¡Vuestras estrellitas son estrellas polares!… No, en estos momentos soy completamente feliz.

—¿Te apetece dar un paseo con nosotros por los alrededores de la hoya? —le pregunté.

—¿Yo?… Por nada del mundo me presentaré delante de la princesita hasta que no esté listo mi uniforme.

—¿Quieres que le anuncie las buenas nuevas?

—No, te ruego que no le digas nada. ¡Quiero sorprenderla!

—Al menos dime cómo te van las cosas con ella.

Se turbó y se quedó pensativo: le habría gustado fanfarronear y mentir, pero no se atrevía; además, la daba vergüenza reconocer la verdad.

—Pero ¿crees que se ha enamorado de ti?

—¿De mí? ¡La verdad, Pechorin, vaya cosas se te ocurren!… ¿Cómo iba a pasar algo así en tan poco tiempo? Y, aunque se hubiera enamorado, una mujer decente no lo confesará…

—¡Ya veo! Entonces, según tu opinión, un hombre decente también debe ocultar su pasión.

—¡Eh, amigo! Cada situación tiene su procedimiento. Muchas cosas no se dicen, pero se adivinan.

—Es verdad. Pero el amor que leemos en los ojos no compromete a una mujer a nada, mientras que las palabras… Cuidado, Grushnitski, se está burlando de ti.

—¡Ella! —respondió, levantando los ojos al cielo y sonriendo con aire satisfecho—. ¡Me das pena, Pechorin!

Se marchó.

Aquella misma tarde un grupo numeroso de personas se dirigió a pie a la hoya.

En opinión de los sabios locales, esta hoya no es otra cosa que un cráter apagado. Se encuentra en las estribaciones del Mashuk, a poco más de un kilómetro de la ciudad. Se llega hasta allí por un estrecho sendero que discurre entre arbustos y rocas. Cuando iniciamos la ascensión, ofrecí a la princesita mi brazo, del que ya no se soltó en el transcurso de toda la caminata. Nuestra conversación se inició con unas cuantas maledicencias: yo pasé revista a todos nuestros conocidos presentes y ausentes, primero ocupándome de sus aspectos ridículos y luego sacando a colación sus rasgos más desagradables. Se me revolvió la bilis: lo que había empezado como una broma, terminó en un ejercicio de explícita maledicencia. En un principio ella se mostró divertida, pero luego se asustó.

—Es usted un hombre peligroso —me dijo—. Preferiría exponerme en un bosque al cuchillo de un asesino que a su lengua… Le voy a hacer una súplica, y hablo completamente en serio: si alguna vez se le ocurre hablar mal de mí, coja mejor un cuchillo y córteme el cuello. No creo que le resulte muy difícil.

—¿Acaso tengo aspecto de asesino?

—De algo peor…

Me quedé pensativo un instante y luego dije con aire profundamente conmovido:

—¡Sí! Tal ha sido mi suerte desde la más tierna infancia. Todos leían en mi rostro las señales de unas cualidades malignas inexistentes. Y, a fuerza de suponerlas, terminaron por aparecer. Aunque era modesto, me acusaban de astucia. Me volví reservado. Era muy sensible al bien y el mal. Nadie me acariciaba, todos me humillaban. Me volví rencoroso. Tenía un carácter sombrío, mientras los otros niños eran alegres y charlatanes. Me sentía superior a ellos, pero se me consideraba inferior. Me volví envidioso. Estaba dispuesto a amar al mundo entero, pero nadie me comprendía. Aprendí a odiar. Ocupé mi primera juventud en batallas conmigo mismo y con el mundo. Temiendo que se burlaran de mí, sepulté mis mejores sentimientos en lo más profundo de mi corazón, donde murieron. Cuando decía la verdad, nadie me creía. Empecé a recurrir al engaño. Cuando conocí mejor el mundo y los resortes de la sociedad, me convertí en un experto en la ciencia de la vida y vi que otros que no poseían ese arte eran felices y disfrutaban gratuitamente de esas ventajas que yo perseguía con tanto encarnizamiento. Y entonces nació en mi pecho la desesperación, no esa clase de desesperación que se cura con el cañón de una pistola, sino una de otra clase, fría e impotente, disimulada bajo un aire amable y una sonrisa bondadosa. Me convertí en un lisiado moral: una mitad de mi alma no existía. Se había secado, evaporado; había muerto. La amputé y me desprendí de ella, mientras la otra se removía y vivía al servicio de cualquiera, y nadie se daba cuenta porque nadie conocía la existencia de esa otra mitad aniquilada. Pero ahora ha conseguido usted que me acuerde de ella, y le he leído su epitafio. A muchas personas los epitafios, en general, les parecen ridículos, pero a mí no, sobre todo cuando pienso en quienes descansan debajo. En cualquier caso, no le pido que comparta mi opinión: si mis palabras le parecen ridículas, ríase, por favor. Le aseguro que no me ofenderá usted lo más mínimo.

En ese momento me fijé en sus ojos y advertí que estaban anegados de lágrimas. Su brazo, apoyado en el mío, temblaba; sus mejillas ardían… ¡Se había apiadado de mí! La compasión, ese sentimiento al que las mujeres se entregan con tanta facilidad, había hincado las garras en su corazón inexperto. A lo largo de todo el paseo se mostró distraída, no coqueteó con nadie… ¡Una señal más que reveladora!

Llegamos a la hoya. Las damas se separaron de sus caballeros, pero ella no soltó mi brazo. Los chistes de los dandis locales no la divertían. La abrupta pendiente, al borde de la cual se había detenido, no la asustaba, mientras las otras señoritas chillaban y cerraban los ojos.

En el camino de vuelta no retomé nuestra triste conversación, pero a mis preguntas y bromas intrascendentes ella respondía con brevedad y desatención.

—¿Ha estado usted enamorada alguna vez? —le pregunté finalmente.

Ella me miró fijamente, movió la cabeza… y de nuevo se sumió en sus pensamientos. Era evidente que quería decir algo, pero que no sabía por dónde empezar. Su pecho subía y bajaba presa de una fuerte agitación. ¿Qué hacer? Una manga de muselina es una débil defensa, y una chispa eléctrica pasó de mi brazo al suyo. Casi todas las pasiones empiezan así: es un gran error pensar que una mujer nos ama por nuestras cualidades físicas o morales. No cabe duda de que estas predisponen y preparan su corazón para recibir el fuego sagrado, pero es ese primer contacto el que lo decide todo.

—¿No le parece que he sido muy amable hoy? —me dijo la princesita con una sonrisa forzada cuando regresamos del paseo.

Nos separamos…

Está descontenta consigo misma. Se acusa de frialdad… ¡Ah, es el primer triunfo, el más importante! Mañana querrá recompensarme. ¡Me lo sé de memoria, y eso es lo aburrido!

4 de junio

Hoy he visto a Vera. Me ha estado atormentando con sus celos. Por lo visto, a la princesita se le ha ocurrido confiarle los secretos de su corazón: ¡no ha sido la mejor elección, desde luego!

—Adivino adónde conducirá todo esto —me dijo Vera—. Lo mejor sería que me dijeras ahora mismo, sin rodeos, que la amas.

—Y ¿si no es así?

—Entonces ¿por qué le haces la corte, la soliviantas y excitas su imaginación? ¡Ah, te conozco bien! Escucha, si quieres que te crea, ven dentro de una semana a Kislovodsk: pasado mañana nos trasladamos a esa localidad. La princesa se queda aquí un poco más. Alquila unas habitaciones en las proximidades. Nosotros nos alojaremos en el piso de arriba del edificio principal, al lado de la fuente; en el de abajo vivirá la princesa Ligovskaia. Muy cerca el propietario tiene otra casa que no está ocupada… ¿Vendrás?

Se lo prometí, y ese mismo día hice las gestiones necesarias para reservar la casa en cuestión.

Grushnitski pasó a verme a las seis de la tarde y me anunció que su uniforme estaría listo al día siguiente, justo a tiempo para el baile.

—Por fin podré bailar con ella una velada entera… ¡La de cosas que voy a decirle! —añadió.

—¿Cuándo es el baile?

—Pues mañana. ¿Es que no lo sabías? Será una gran fiesta, las autoridades locales se han encargado de organizarlo…

—Vayamos al bulevar.

—¡Por nada del mundo! Con este horrible capote…

—¿Cómo? ¿Es que ya no te gusta?

Me fui solo y, cuando me encontré con la princesita Mary, le pedí que me reservara la mazurca. Parecía sorprendida y feliz.

—Pensé que solo bailaba en caso de necesidad, como la otra vez —dijo, con una sonrisa muy amable.

Por lo visto, no ha reparado en absoluto en la ausencia de Grushnitski.

—Mañana tendrá usted una agradable sorpresa —le dije.

—¿Cuál?

—Es un secreto… Lo adivinará usted misma en el baile.

Pasé el resto de la velada en casa de la princesa. No había más invitados que Vera y un viejecito muy divertido. Yo estaba bastante inspirado y no paraba de improvisar toda clase de historias extraordinarias. La princesita estaba sentada enfrente de mí y escuchaba mis tonterías con una atención tan profunda, intensa y hasta tierna que me entraron remordimientos. ¿Qué había sido de su vivacidad, de su coquetería, de sus caprichos, de su aire insolente, de su sonrisa desdeñosa, de su mirada distraída?

Vera lo advirtió todo: en su rostro enfermizo se reflejaba una profunda tristeza. Estaba sentada en la sombra, al pie de la ventana, hundida en un ancho sillón. Me dio pena de ella.

Entonces conté la dramática historia de nuestro encuentro, de nuestro amor, aunque, naturalmente, oculté la verdadera identidad de los protagonistas bajo nombres ficticios.

Describí con tanta viveza mi ternura, mis inquietudes y mis éxtasis, y presenté sus actos y su carácter bajo una luz tan favorable, que, si bien de mala gana, tuvo que perdonarme mi flirteo con la princesita.

Se puso de pie, se sentó cerca de nosotros, se reanimó… Y solo a las dos de la madrugada nos acordamos de que los médicos prescriben acostarse a las once.

5 de junio

Media hora antes del baile Grushnitski se presentó en mi casa en todo el esplendor de su uniforme de infantería. Atada al tercer botón llevaba una cadenita de bronce de la que colgaban unos impertinentes; las charreteras, de un tamaño desmesurado, estaban vueltas hacia arriba, como las alas de un amorcillo. Sus botas chirriaban. En la mano izquierda sostenía la gorra y unos guantes marrones de cabritilla, mientras con la derecha no paraba de ahuecarse los menudos rizos de su crespo tupé. En su rostro se reflejaba la suficiencia y al mismo tiempo cierta inseguridad. Su vistoso aspecto y su porte altanero me habrían hecho reír, si ello hubiese convenido a mis intenciones.

Arrojó la gorra y los guantes sobre la mesa, y se puso a estirarse los faldones de la levita y a arreglarse delante del espejo. Un enorme pañuelo negro, enrollado por encima de la tirilla, tan alta que se apoyaba en la barbilla, sobresalía unos dos centímetros del cuello del uniforme. Debió de parecerle poco, porque se lo subió hasta las orejas. Como consecuencia de tan ardua labor —pues el cuello era estrecho e incómodo—, la sangre le afluyó al rostro.

—He oído que estos últimos días no has parado de cortejar a mi princesita —dijo con bastante negligencia y sin mirarme.

—¡No seremos nosotros, tontos de capirote, los que nos beberemos el té! —le respondí, repitiendo la réplica favorita de uno de los más hábiles calaveras de los tiempos pasados, cantado antaño por Pushkin[31].

—Dime, ¿me queda bien el uniforme? ¡Ah, maldito judío! ¡Cómo me aprieta en las axilas! ¿No tendrás un poco de perfume?

—Pero ¿para qué quieres más? Menudo olor desprendes a pomada de rosas…

—Da igual. Tráelo aquí…

Vertió la mitad del frasco debajo de la corbata, en el pañuelo de bolsillo y en las mangas.

—¿Vas a bailar? —preguntó.

—Creo que no.

—Me temo que tendré que abrir la mazurca con la princesita, y no conozco casi ninguna figura…

—¿Se la has pedido?

—Todavía no.

—Ten cuidado no se te adelanten…

—Es verdad —dijo, golpeándose en la frente—. Adiós… Voy a esperarla en la entrada.

Cogió la gorra y salió a la carrera.

Media hora más tarde me marché también yo. La calle estaba oscura y desierta. Alrededor del casino, o de la hostería, como prefiráis, se amontonaba la gente. Las ventanas estaban iluminadas. El viento vespertino me traía los sones de la música militar. Iba despacio. Me sentía triste. ¿Es posible que mi única misión en este mundo consista en destruir las esperanzas ajenas?, pensaba. Desde que vivo y actúo, el destino se las ha ingeniado siempre para hacerme partícipe del desenlace de dramas ajenos, como si nadie pudiera morir o ser presa de la desesperación sin mi concurso. He sido un personaje imprescindible del quinto acto. Sin yo quererlo, he representado el lamentable papel de verdugo o traidor. ¿Qué pretende con ello el destino? ¿No me ha condenado a convertirme en autor de tragedias burguesas y novelas familiares o en colaborador de un suministrador de relatos para, pongamos por caso, la Biblioteca de Lectura?[32] ¡Quién sabe! ¿Cuántas personas, en sus años mozos, piensan que acabarán su vida como Alejandro Magno o lord Byron y no pasan del grado de consejero titular[33]?

Al entrar en la sala, me oculté en el grupo de los hombres e inicié mis observaciones. Grushnitski estaba al lado de la princesita y le decía algo con mucho énfasis. Ella le oía con desatención y miraba a un lado y a otro, con el abanico apoyado en los labios. Su rostro reflejaba inquietud, sus ojos buscaban a alguien. Me acerqué sigilosamente por detrás para escuchar su conversación.

—Me atormenta usted, princesita —decía Grushnitski—. Ha cambiado muchísimo desde que no la veo…

—También usted —respondió ella, dirigiéndole una rápida mirada, en la que se transparentaba una broma secreta que él no llegó a percibir.

—¿Yo? ¿Que he cambiado yo? ¡En absoluto! ¡Sabe usted que eso es imposible! Quien la ha visto una vez lleva siempre consigo su imagen divina…

—¡Basta!

—¿Por qué ya no quiere escuchar unos comentarios que hace poco, y tan a menudo, merecían su benevolente atención?

—Porque no me gustan las repeticiones —respondió ella, riéndose.

—¡Ah, qué amarga equivocación la mía! Creía, insensato de mí, que estas charreteras al menos me darían derecho a albergar esperanzas… No, más me habría valido quedarme para siempre con ese horrible capote de soldado al que acaso deba que se fijara usted en mí.

—La verdad es que ese capote le quedaba mucho mejor.

En ese momento me acerqué y me incliné delante de la princesita, que se ruborizó un poco y se apresuró a preguntar:

—¿No es cierto, monsieur Pechorin, que el capote gris le queda mucho mejor a monsieur Grushnitski?

—No estoy de acuerdo con usted —respondí—. Con ese uniforme parece aún más joven.

Grushnitski no pudo soportar ese golpe: como todos los muchachos, tiene la pretensión de ser un viejo. Cree que las huellas profundas de las pasiones sustituyen en su rostro la marca del paso del tiempo. Me dirigió una mirada iracunda, golpeó el suelo con el pie y se alejó.

—Reconozca usted —le dije a la princesita— que, aunque siempre ha sido bastante ridículo, hasta hace poco lo encontraba interesante… con su capote gris.

Ella bajó los ojos y no respondió.

Grushnitski se pasó toda la velada persiguiendo a la princesita, bailó con ella o en vis-à-vis. Se la comía con los ojos, suspiraba y la aburría con sus súplicas y sus reproches. Después de la tercera cuadrilla, ella ya le odiaba.

—No me esperaba esto de ti —dijo Grushnitski, acercándose a mí y cogiéndome por el brazo.

—¿A qué te refieres?

—¿Vas a bailar con ella la mazurca? —preguntó con voz solemne—. Me lo ha confesado.

—Bueno ¿y qué? ¿Acaso es un secreto?

—Claro: tendría que habérmelo esperado de una niñata… de una coqueta… Pero ¡me vengaré!

—Échale la culpa a tu capote o a tus charreteras, pero ¿por qué acusarla a ella? ¿Es culpa suya que ya no le gustes?

—Y ¿por qué me ha dado esperanzas?

—Y ¿por qué las has concebido tú? Entiendo que alguien desee algo y trate de obtenerlo, pero no que conciba esperanzas…

—Has ganado la apuesta, pero no del todo —dijo con una perversa sonrisa.

Empezó la mazurca. Grushnitski solo elegía a la princesita, y los demás caballeros la solicitaban también a cada momento. Era evidente que se habían conjurado contra mí. Tanto mejor. Ella quería hablar conmigo y se lo impedían, así que su deseo se redoblaría.

Apreté su mano un par de veces, y a la segunda ella la retiró sin pronunciar palabra.

—Dormiré mal esta noche —me dijo cuando terminó la mazurca.

—La culpa la tiene Grushnitski.

—¡Oh, no! —y su rostro adoptó una expresión tan pensativa y tan triste que me prometí besarle sin falta la mano esa misma noche.

Los invitados empezaron a marcharse. Al ayudar a la princesita a acomodarse en su coche, acerqué rápidamente su pequeña mano a mis labios. Estaba oscuro y nadie pudo ver nada.

Volví a la sala muy satisfecho de mí mismo.

Alrededor de una gran mesa, los jóvenes cenaban, entre ellos Grushnitski. Cuando entré, todos se callaron: era evidente que estaban hablando de mí. Después del baile anterior, muchas personas me ponen mala cara, sobre todo el capitán de dragones, y ahora, por lo visto, se está organizando contra mí un grupo hostil, bajo el mando de Grushnitski, que tiene un aire muy orgulloso y fiero…

Me alegro mucho. Amo a mis enemigos, aunque no a la manera cristiana. Me divierten, aceleran mis pulsaciones. Estar siempre en guardia, captar cada mirada y el sentido de cada palabra, adivinar las intenciones, desbaratar las conjuras, fingirse engañado y, de pronto, con un solo golpe, reducir a escombros el enorme y laborioso edificio de sus astucias y proyectos… ¡A eso es a lo que yo llamo vida!

En el transcurso de la cena Grushnitski estuvo cuchicheando e intercambiando guiños con el capitán de dragones.

6 de junio

Esta mañana Vera se ha marchado con su marido a Kislovodsk. Me crucé con su coche cuando me dirigía a casa de la princesa Ligovskaia. Me hizo un gesto con la cabeza y me dirigió una mirada cargada de reproche.

Pero ¿quién tiene la culpa? ¿Por qué no me concede la oportunidad de verla a solas? El amor, como el fuego, se apaga cuando no se lo alimenta. Puede que los celos consigan lo que no han logrado mis súplicas.

Pasé en casa de la princesa una hora entera. Mary no salió de su habitación: está enferma. Tampoco se dejó ver en el bulevar por la tarde. El grupo que se ha constituido, armado de impertinentes, ha adoptado un aspecto verdaderamente terrible. Me alegro de que la princesita esté enferma: la habrían hecho víctima de cualquier insolencia.

Grushnitski tiene los cabellos desgreñados y un aire desesperado. Parece dolido de verdad, herido sobre todo en su orgullo. Pero hay personas que resultan ridículas hasta en su desesperación.

Al volver a mi casa noté la falta de algo. ¡No la he visto! ¡Está enferma! ¿No será que me he enamorado de veras? ¡Qué tontería!

7 de junio

A las once de la mañana, hora en que la princesa madre suele sudar en el baño de Yermólov, pasé por delante de su casa. La princesita estaba sentada al pie de la ventana con aire pensativo. Al verme, se levantó de un salto.

Entré en el recibidor. No había nadie, y sin esperar a que me anunciaran, aprovechando la libertad de las costumbres locales, pasé al salón.

Una palidez mate cubría su hermoso rostro. Estaba de pie delante del piano, con una mano apoyada en el respaldo de un sillón, en la que advertí un ligero temblor. Me acerqué despacio y le pregunté:

—¿Está enfadada usted conmigo?

Ella me dirigió una mirada lánguida y profunda y movió la cabeza. Sus labios querían decir algo, pero no podían. Con los ojos anegados en lágrimas, se desplomó en el sillón y se cubrió la cara con las manos.

—¿Qué le pasa? —le dije, cogiéndole la mano.

—¡No me respeta usted! ¡Ah! ¡Déjeme!

Di unos pasos. Ella se irguió en el sillón; sus ojos centellearon.

Me detuve, con el picaporte de la puerta en la mano, y le dije:

—¡Perdóneme, princesita! He actuado como un loco. No volverá a suceder: tomaré mis medidas. ¿Qué necesidad tiene de saber lo que ha pasado en mi alma hasta este momento? Nunca lo sabrá, y tanto mejor para usted. Adiós.

Al salir me pareció oírla llorar.

Estuve vagando hasta la caída de la tarde por los alrededores del Mashuk, gastando todas mis fuerzas, y, cuando regresé a casa, me arrojé sobre la cama completamente exhausto.

Wérner pasó a verme.

—¿Es verdad que va a casarse usted con la princesita Ligovskaia? —me preguntó.

—¿Cómo?

—En la ciudad no se habla de otra cosa. Todos mis enfermos se ocupan de esa importante novedad. Y ya le digo yo cómo son esos enfermos: lo saben todo.

«Una estratagema de Grushnitski», pensé.

—Para demostrarle la falsedad de esos rumores, doctor, le anuncio en secreto que mañana me marcho a Kislovodsk…

—¿Y la princesita también?

—No, ella se quedará aquí una semana más.

—¡Así que no se casa usted!

—¡Doctor, doctor! Míreme: ¿le parece que tengo aspecto de novio o de algo por el estilo?

—No me refiero a eso… Pero ya sabe usted que hay situaciones —añadió con una sonrisa maliciosa— en las que un hombre de honor se ve obligado a casarse, y hay también mamás que ni siquiera ponen trabas a que esas situaciones se produzcan. En suma, en mi condición de amigo, le aconsejo que sea más prudente. Aquí, en el balneario, el aire es muy peligroso. ¡La de jóvenes extraordinarios, dignos de mejor suerte, que habré visto abandonando este lugar para subir directamente al altar! ¡Hasta a mí han querido casarme, fíjese usted! Precisamente una mamá de provincias cuya hija estaba muy pálida. Tuve la desgraciada idea de decirle que recobraría el color en cuanto se casara, y ella, vertiendo lágrimas de gratitud, me concedió la mano de su hija, amén de toda su fortuna, unos cincuenta siervos, creo recordar. Pero le respondí que era incapaz de dar ese paso.

Wérner se marchó plenamente convencido de haberme puesto en guardia.

De sus palabras deduje que ya se han difundido por la ciudad varios rumores comprometedores sobre la princesita y sobre mí: ¡Grushnitski pagará por ello!

10 de junio

Hace ya tres días que estoy en Kislovodsk. Veo a Vera a diario en los alrededores del pozo y en el paseo. Por la mañana, cuando me despierto, me siento delante de la ventana y dirijo mis impertinentes a su balcón: ella ya lleva vestida un buen rato y espera la señal convenida. Nos encontramos como por casualidad en el jardín que baja desde nuestras casas hasta el pozo. El tonificante aire de las montañas le ha devuelto el color y las fuerzas. No en vano a Narzán se la llama la fuente de los paladines. Los lugareños afirman que el aire de Kislovodsk dispone al amor, que aquí se produce el desenlace de todos los amoríos iniciados al pie del Mashuk. Y en efecto, aquí todo parece exhalar un aire de soledad y secreto: las espesas sombras de las avenidas de tilos que se inclinan sobre el torrente ruidoso y espumeante que salta de peña en peña, abriéndose camino entre las verdeantes montañas, los desfiladeros llenos de tiniebla y de silencio que se ramifican desde aquí en todas las direcciones, la frescura del aire fragante, saturado de los perfumes de las altas hierbas meridionales y de las acacias blancas, y el rumor permanente, de una dulzura adormecedora, de los arroyos de aguas heladas que, al encontrarse en el fondo del valle, inician una amistosa carrera hasta que desembocan en el Podkúmok. Desde este lado el desfiladero es más ancho y se transforma en una verde cañada, por la que discurre un sinuoso y polvoriento camino. Cada vez que echo un vistazo, tengo la impresión de que un carruaje se desplaza por él y una carita sonrosada se asoma a la ventanilla. Muchos carruajes han pasado ya por ese camino, pero el suyo todavía no. El arrabal que se alza detrás del fuerte se ha llenado de gente. En el restaurante, construido sobre una colina, a unos pasos de mi alojamiento, las luces empiezan a titilar al caer la tarde, entre una doble hilera de álamos. El ruido y el rumor de los vasos resuenan hasta altas horas de la noche.

En ninguna parte se bebe tanto vino de Kajetia y tanta agua mineral como aquí.

A mezclar esos dos oficios

muchos se apuntan, pero no yo[34].

Grushnitski y su banda arman bulla cada día en la hostería y casi no me saludan.

Llegó ayer[35], pero ya ha tenido tiempo de discutir con tres viejecitos que querían sentarse en los baños antes que él: decididamente las desgracias han despertado su espíritu guerrero.

11 de junio

Por fin han llegado. Estaba sentado delante de la ventana cuando oí el traqueteo de su carruaje. Mi corazón se estremeció. ¿Qué es esto? ¿Me habré enamorado? Soy un hombre de naturaleza tan estúpida que puede esperarse cualquier cosa de mí.

He comido en su casa. La princesa madre me mira con mucha ternura y no se aparta de su hija. ¡Mala señal! Además, Vera está celosa de la princesita: ¡me he ganado con creces esa felicidad! ¡Qué no hará una mujer por herir a una rival! Recuerdo a una que se enamoró de mí porque yo quería a otra. No hay nada más paradójico que la mente de las mujeres: es difícil convencerlas de algo, hay que ponerlas en situación de que se convenzan por sí mismas. La secuencia de proposiciones que emplean para anular sus prejuicios es muy original. Para comprender su dialéctica se deben dejar a un lado los preceptos lógicos aprendidos en la escuela. Os doy un ejemplo de método de razonamiento normal: «Este hombre me ama, pero yo estoy casada: en consecuencia, no debo amarlo». Y ahora el método femenino: «No debo amarlo, ya que estoy casada, pero él me ama: en consecuencia…». Ponemos unos puntos suspensivos porque aquí la razón no tiene nada que decir: son la lengua, los ojos y tras ellos el corazón, si es que lo tiene, los que hablan en mayor medida.

¿Qué pasará si estas notas caen alguna vez en manos de una mujer? «¡Qué calumnia!», gritará con indignación.

Desde que los poetas escriben y las mujeres los leen (por lo que se les debe la más profunda gratitud), se les ha llamado ángeles tantas veces que estas, en su simplicidad de espíritu, se han creído de verdad el cumplido, olvidando que esos mismos poetas, por dinero, encumbraron a Nerón al rango de semidiós…

No soy el más indicado para hablar de ellas con tanta animadversión, pues es lo único que he amado en el mundo y siempre he estado dispuesto a sacrificarles mi tranquilidad, mi honor y mi vida… Pero no es un ataque de ira o el orgullo herido lo que me lleva a intentar arrancarles ese velo encantado que una mirada común no puede traspasar. No, todo lo que digo de ellas es consecuencia

de frías observaciones del espíritu

y amargas constataciones del corazón.[36]

Las mujeres deberían desear que todos los hombres las conocieran tan bien como yo, porque yo las amo cien veces más desde que no las temo y he descubierto sus pequeñas debilidades.

A propósito: Wérner comparó hace poco a las mujeres con el bosque encantado del que habla Tasso en su Jerusalén libertada. «En cuanto pongas allí el pie —dice ese autor—, que Dios te guarde, pues por todas partes te asaltarán tremendas pasiones: el deber, el orgullo, la decencia, la opinión general, la burla, el desprecio… Lo único que debes hacer es no mirar y seguir en línea recta: poco a poco los monstruos desaparecerán y ante ti se abrirá un claro luminoso y apacible, en medio del cual florece el mirto verde. Pero ay de aquel cuyo corazón se estremezca a los primeros pasos y vuelva la vista atrás».

12 de junio

Esta tarde ha sido pródiga en acontecimientos. A unos tres kilómetros de Kislovodsk, en el desfiladero por el que fluye el Podkúmok, hay una peña que recibe el nombre de El Anillo: es una puerta creada por la naturaleza que se alza en la cumbre de una alta colina, a través de la cual el sol poniente dirige sobre el mundo su última mirada llameante. Una numerosa cabalgata se encaminó a ese lugar para contemplar la puesta de sol a través de ese ventanuco de piedra. A decir verdad, ninguno de nosotros pensaba en el sol. Yo iba al lado de la princesita. En el camino de regreso, teníamos que vadear el Podkúmok. Los arroyos de montaña, hasta los menos profundos, son peligrosos, sobre todo porque su fondo es un auténtico calidoscopio: cambia de día en día por efecto de las olas. Donde ayer había una piedra, hoy hay un hoyo. Cogí el caballo de la princesita por la brida y lo metí en el agua, que solo llegaba hasta las rodillas. Avanzábamos muy despacio, al sesgo, contra la corriente. Como es bien sabido, cuando se atraviesa un río rápido no se debe mirar el agua, ya que enseguida le empieza a uno a dar vueltas la cabeza. Pero me olvidé de advertírselo a la princesita Mary.

Estábamos ya en la mitad del arroyo, el punto donde la corriente era más briosa, cuando de pronto la princesita vaciló en la silla.

—¡Me encuentro mal! —dijo con voz débil.

Sin perder un instante, me incliné sobre ella y rodeé con mi brazo su esbelto talle.

—Mire hacia arriba —le susurré—. No es nada, no se asuste, estoy a su lado.

Se sintió mejor e intentó liberarse de mi brazo, pero yo estreché con más fuerza su talle delicado y ligero. Mi mejilla casi rozaba la suya, que parecía arder.

—¡Qué está haciendo usted conmigo!… ¡Dios mío!

Sin prestar atención a su temblor y su turbación, rocé con mis labios su suave mejilla. Ella se estremeció, pero no dijo nada. Como íbamos detrás, nadie pudo ver nada. Una vez en la otra orilla, todos se lanzaron al trote. La princesita retuvo su caballo. Yo me quedé a su lado. Era evidente que mi silencio la inquietaba, pero me juré no pronunciar palabra, más que nada por curiosidad. Quería ver cómo salía de esa situación embarazosa.

—¡O me desprecia usted o me ama con locura! —dijo por fin con voz entrecortada por las lágrimas—. Puede que quiera burlarse de mí, turbar mi alma y abandonarme después. Sería un acto tan cobarde y tan vil que la mera suposición… ¡Oh, no! ¿No es verdad —añadió con un tono de serena confianza—, no es verdad que no hay nada en mí que le impulse a faltarme al respeto? Debo perdonarle su comportamiento insolente porque se lo he permitido. ¡Responda! ¡Diga algo! Quiero escuchar su voz.

En sus últimas palabras había una impaciencia tan femenina que no pude evitar una sonrisa; por fortuna, empezaba a oscurecer. No respondí nada.

—¿Calla usted? —prosiguió—. Tal vez quiera que sea yo la primera en decirle que le amo…

Yo seguía guardando silencio.

—¿Es eso lo que quiere? —continuó, volviéndose bruscamente hacia mí—. En la decisión de su mirada y de su voz había algo terrible…

—¿Por qué? —respondí, encogiéndome de hombros.

Ella fustigó a su caballo y se lanzó al galope por el sendero estrecho y peligroso. Todo sucedió tan deprisa que apenas tuve tiempo de alcanzarla antes de que se uniera al grupo. Hasta que llegó a su casa no paró de hablar y de reírse. En sus movimientos había un componente febril. No me miró ni una sola vez. Todos repararon en esa desacostumbrada alegría. La princesa madre miraba a su hija y se regocijaba para sus adentros, y lo que la hija tenía no era más que un ataque de nervios: pasaría la noche en vela llorando. Ese pensamiento me procuró un inmenso placer. ¡Hay momentos en que comprendo al Vampiro[37]!… Y eso que paso por ser un buen chico y trato de merecer ese título.

Una vez desmontaron, las damas pasaron a casa de la princesa. Yo estaba agitado y me fui a cabalgar por las montañas para disipar los pensamientos que se agolpaban en mi cabeza. El relente vespertino desprendía una embriagadora frescura. La luna asomaba por detrás de las oscuras cumbres. Cada paso de mi caballo sin herrar resonaba con un eco sordo en el silencio del desfiladero. Abrevé mi montura en la orilla de una cascada, aspiré un par de veces con avidez el aire fresco de la noche meridional y emprendí el camino de regreso. Atravesé el arrabal. Las luces empezaban a apagarse en las ventanas. Los centinelas de la muralla de la fortaleza y los cosacos de los piquetes dispuestos en los alrededores intercambiaban prolongados gritos…

En una de las casas del arrabal, construida en el borde del barranco, advertí una iluminación desacostumbrada. De vez en cuando se oían voces desacompasadas y gritos, lo que indicaba que se trataba de una francachela de soldados. Me bajé del caballo y me acerqué sin hacer ruido hasta la ventana: un postigo mal cerrado me permitió ver a los participantes del festín y escuchar sus palabras. Hablaban de mí.

El capitán de dragones, enardecido por el vino, dio un puñetazo sobre la mesa y reclamó la atención de los presentes.

—¡Señores! —dijo—. No se ha visto nunca nada parecido. Hay que darle una lección a Pechorin. Estos petimetres de San Petersburgo son muy presuntuosos hasta que se les da un golpe en la nariz. Se cree que es el único que conoce la alta sociedad solo porque lleva siempre guantes limpios y botas lustrosas.

—Y ¿qué me dice de su arrogante sonrisa? Y, sin embargo, estoy convencido de que es un cobarde. ¡Sí, un cobarde!

—Lo mismo pienso yo —dijo Grushnitski—. Le gusta burlarse de todo. Un día le dije tales cosas que cualquier otro me habría hecho pedazos allí mismo, pero Pechorin se lo tomó por el lado cómico. Naturalmente no le desafié, porque era a él a quien correspondía dar ese paso. Además, no quería meterme en líos…

—Grushnitski la ha tomado con él porque le ha birlado a la princesita —dijo alguien.

—¡Lo que no inventará usted! Es verdad que le he hecho un poco la corte a la princesita, pero enseguida lo dejé, porque no quiero casarme, y no tengo por costumbre comprometer a una muchacha.

—Pues yo le aseguro que es el mayor de los cobardes. Me refiero a Pechorin, no a Grushnitski. ¡Grushnitski es un valiente, y además mi amigo del alma! —intervino de nuevo el capitán de dragones—. Señores, ¿no hay aquí nadie que le defienda? ¿Nadie? Tanto mejor. ¿Queréis poner a prueba su valor? Pasaremos un buen rato…

—Claro que queremos. Pero ¿cómo?

—Escuchad: como Grushnitski es quien más razones tiene para estar ofendido, le corresponde el papel principal. Se indignará por cualquier nadería y retará a Pechorin a duelo. Esperad: ahora viene lo más importante… Lo retará a duelo. ¡Bien! Todo el asunto, tanto la provocación como los preparativos y las condiciones, se llevará de la forma más solemne y amenazante. De eso me encargo yo. La función de padrino recaerá sobre mí, mi pobre amigo. ¡Bien! Veamos ahora dónde está el truco: no pondremos balas en las pistolas. Os aseguro que a Pechorin le temblarán las piernas. ¡Los situaré a seis pasos de distancia, qué diablos! ¿Estáis de acuerdo, señores?

—¡Muy bien pensado! ¡Estamos de acuerdo! ¿Por qué no? —resonó por toda la sala.

—Y ¿tú qué dices, Grushnitski?

Esperaba con un estremecimiento la respuesta de Grushnitski: una rabia fría se apoderó de mí cuando pensé que solo la casualidad me había salvado de convertirme en el hazmerreír de esos idiotas. Si Grushnitski no hubiera aprobado el plan, me habría arrojado a sus brazos. Pero, después de unos instantes de silencio, se levantó, tendió la mano al capitán y le dijo con aire de gran importancia:

—Muy bien, estoy de acuerdo.

Sería difícil describir el entusiasmo de aquella honorable compañía.

Volví a casa agitado por dos sentimientos distintos. El primero era la tristeza: ¿por qué todos me odiaban?, pensaba. ¿Había ofendido a alguien? No. ¿Es que pertenecía a ese grupo de personas cuyo solo aspecto despierta rechazo? Y sentía cómo una ira venenosa iba llenando poco a poco mi alma. «¡Tenga cuidado, señor Grushnitski! —me decía, recorriendo la habitación de un extremo al otro—. No me gusta esa clase de bromas. Puede pagar muy caro el consentimiento que ha dado al plan de sus estúpidos camaradas. No soy su juguete…».

No pegué ojo en toda la noche. Cuando me levanté estaba tan amarillo como un limón.

Por la mañana me encontré con la princesita cerca del pozo.

—¿Está usted enfermo? —me preguntó, mirándome fijamente.

—No he dormido en toda la noche.

—Yo tampoco. ¿Tal vez… le he acusado a usted sin motivo? Pero explíquese: puedo perdonárselo todo…

—¿Todo?

—Todo… Pero dígame la verdad. Dígamela de una vez. Verá, he reflexionado mucho, tratando de explicar, de justificar su conducta. Tal vez tema usted que mi familia ponga trabas. No se preocupe. Cuando lo sepan… —en este punto su voz tembló—. Les suplicaré hasta que cambien de opinión. ¿O es que su situación…? Pero sepa que estoy dispuesta a sacrificarlo todo por el hombre al que amo. Ah, respóndame ya. Tenga compasión. ¿No me desprecia usted, verdad?

Me cogió la mano. La princesa madre iba delante con el marido de Vera y no se enteró de nada. Pero podían vernos los enfermos que paseaban por allí, que son los chismosos más curiosos que cabe imaginar, así que me apresuré a liberar mi mano de su apasionado apretón.

—Voy a decirle toda la verdad —respondí—. No voy a justificarme ni a explicarle mis actos. No la amo.

Sus labios palidecieron ligeramente.

—Déjeme —dijo con un hilo de voz.

Me encogí de hombros, di media vuelta y me marché.

14 de junio

A veces me desprecio… ¿No será por eso por lo que desprecio también a los demás?… Me he vuelto incapaz de cualquier impulso generoso. Temo parecer ridículo a mis propios ojos. Cualquier otro en mi lugar habría ofrecido a la princesita son coeur et sa fortune… Pero la palabra «matrimonio» ejerce sobre mí una suerte de poder mágico: por muy apasionadamente que ame a una mujer, en cuanto me da a entender que debo casarme con ella ¡adiós al amor! Mi corazón se convierte en una piedra y ya nada puede volver a calentarlo. Estoy dispuesto a todos los sacrificios menos a ese. Veinte veces apostaría mi vida y hasta mi honor a una carta… pero no venderé mi libertad. ¿Por qué la tengo en tanto aprecio? ¿De qué me vale? ¿Para qué me preparo? ¿Qué espero del futuro? La verdad es que nada. Se trata de una especie de temor innato, de un presentimiento inefable. Hay personas que sienten un miedo inexplicable a las arañas, a las cucarachas, a los ratones… ¿Me atreveré a confesarlo? Siendo aún un niño, una vieja me leyó el porvenir por orden de mi madre y me predijo que la causa de mi muerte sería una esposa malvada. En su momento esas palabras me causaron una profunda impresión, y en mi alma nació una aversión insalvable por el matrimonio… No obstante, algo me dice que su predicción se cumplirá. Pero al menos trataré de que sea lo más tarde posible.

15 de junio

Ayer llegó el prestidigitador Apfelbaum. En las puertas del restaurante apareció un largo cartel en el que se informaba al distinguido público de que el susodicho mago, admirable acróbata, químico y óptico, tendría el honor de ofrecer una gran representación ese mismo día a las ocho de la tarde, en el salón del Círculo de la Nobleza (o, dicho de otra manera, en el restaurante). Precio de la entrada: dos rublos y medio.

Todos expresaron su deseo de ver al admirable ilusionista. Hasta la princesa Ligovskaia compró una entrada, aunque su hija estaba enferma.

Después de comer, pasé bajo las ventanas de Vera, que estaba sentada en el balcón, sola. Una esquela cayó a mis pies:

Ven a verme por la escalera principal esta tarde después de las ocho. Mi marido se ha marchado a Piatigorsk y no volverá hasta mañana por la mañana. Mis criados y doncellas no estarán en casa. Les he proporcionado entradas, y también a la servidumbre de la princesa. Te espero. Ven sin falta.

«¡Vaya! —pensé—. Por fin se me ponen las cosas de cara».

A las ocho fui a ver al prestidigitador. El público se congregó poco antes de las nueve. Empezó la representación. En las últimas filas de asientos reconocí a los lacayos y doncellas de Vera y de la princesa. No faltaba ni uno. Grushnitski estaba sentado en primera fila con sus impertinentes. El prestidigitador se dirigía a él cada vez que necesitaba un pañuelo, un reloj, un anillo, etc.

Hace tiempo que Grushnitski no me saluda y hoy me ha mirado un par de veces con bastante insolencia. Le recompensaré con creces cuando llegué el momento de arreglar cuentas.

Poco antes de las diez me levanté y salí.

Fuera estaba oscuro como boca de lobo. Nubes espesas y frías descansaban en la cumbre de las montañas circundantes. Solo de vez en cuando un viento agonizante rumoreaba en las copas de los álamos que rodeaban el restaurante. La gente se apretujaba al pie de las ventanas. Bajé por la pendiente y, en cuanto giré a la altura de la cancela, apreté el paso. De repente tuve la impresión de que alguien me seguía. Me detuve y eché un vistazo. Pero en la oscuridad no se podía distinguir nada. No obstante, por precaución, di una vuelta alrededor de la casa, como si estuviera paseando. Al pasar bajo las ventanas de la princesa, volví a escuchar a mis espaldas un rumor de pisadas, y un hombre envuelto en un capote me adelantó corriendo. Eso me alarmó. No obstante, me deslicé a escondidas hasta la entrada y subí a toda prisa por la oscura escalera. La puerta se abrió y una mano diminuta cogió la mía…

—¿No te ha visto nadie? —susurró Vera, apretándose contra mí.

—No.

—¿Me crees ahora cuando te digo que te amo? Ah, he vacilado mucho, me he atormentado una y mil veces… Pero haces conmigo todo lo que quieres.

Su corazón latía con fuerza, sus manos estaban frías como el hielo. Empezaron los reproches motivados por los celos, las quejas… Me exigía que se lo confesara todo y añadía que soportaría resignada mi traición porque solo quería mi felicidad. No acababa de creer en sus palabras, pero la tranquilicé con juramentos, promesas y demás.

—¿Así que no te casarás con Mary? ¿No la amas? Pues ella piensa… ¿Sabes que está locamente enamorada de ti? ¡Pobrecita!…

Hacia las dos de la madrugada entreabrí la ventana y, después de anudar dos chales, me deslicé desde el balcón de la segunda planta hasta el de la primera, sujetándome a una columna. En casa de la princesa la luz aún estaba encendida. Algo me empujó hacia esa ventana. La cortina no estaba corrida del todo, así que pude dirigir sobre el interior de la habitación una mirada llena de curiosidad. Mary estaba sentada en la cama, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Tenía los espesos cabellos recogidos bajo el gorro de dormir, ribeteado de encaje; un gran pañuelo encarnado le cubría los blancos hombros; sus piececitos se ocultaban dentro de unas zapatillas persas multicolores. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y no se movía. Delante de ella, en una mesita, había un libro abierto, pero sus ojos, impasibles y llenos de una tristeza indefinible, parecían recorrer por enésima vez la misma página, mientras sus pensamientos vagaban muy lejos…

En ese momento alguien se movió detrás de un arbusto. Salté del balcón al césped. Una mano invisible me asió por el hombro.

—¡Ajá! —dijo una voz bronca—. ¡Ya te tengo! ¡Te voy a enseñar a visitar a las princesas por la noche!

—Sujétalo bien —gritó otro, saliendo de detrás de una esquina.

Eran Grushnitski y el capitán de dragones.

Di un puñetazo en la cabeza al segundo, lo derribé y me escabullí entre los arbustos. Conocía bien todos los senderos del jardín en cuesta que se extendía delante de nuestras casas.

—¡Al ladrón! ¡Guardias! —gritaron.

Se oyó un disparo de fusil. La humeante bala cayó casi a mis pies.

Un minuto más tarde estaba ya en mi habitación. Me desvestí y me acosté. Mi criado acababa de cerrar la puerta con llave cuando Grushnitski y el capitán se pusieron a aporrearla.

—¡Pechorin! ¿Duerme usted? ¿Está usted aquí? —gritó el capitán.

—Estoy durmiendo —respondí con enfado.

—Levántese. Hemos sorprendido a unos ladrones… a unos circasianos…

—Estoy acatarrado —contesté—, y temo coger frío.

Se fueron. No debería haber respondido. Me habrían estado buscando una hora entera por el jardín. Entretanto, la inquietud se había vuelto terrible. Un cosaco vino al galope desde el fuerte. Todo estaba patas arriba: se habían puesto a buscar circasianos detrás de cada matorral, y, naturalmente, no habían encontrado ninguno. No obstante, es probable que muchos albergaran el convencimiento de que, si la guarnición hubiera hecho gala de mayor bravura y diligencia, habrían abatido al menos a una veintena de bandidos.

16 de junio

Hoy por la mañana en las inmediaciones del pozo solo se hablaba del ataque nocturno de los circasianos. Después de beber el número de vasos de agua de Narzán que me han prescrito y recorrer una decena de veces la larga avenida de tilos, me encontré con el marido de Vera, que acababa de regresar de Piatigorsk. Me cogió del brazo y fuimos al restaurante a desayunar. Estaba terriblemente preocupado por su mujer.

—¡Qué miedo pasó anoche! —dijo—. Tenía que suceder algo así precisamente el día que no estaba yo en casa.

Nos sentamos al lado de una puerta que conducía a una sala lateral, ocupada en ese momento por una decena de jóvenes entre los que se encontraba Grushnitski. Por segunda vez, el destino me concedía la posibilidad de escuchar una conversación que debía decidir su suerte. No me había visto, así que no podía albergar la sospecha de que tuviera una intención deliberada; pero a mis ojos eso no hacía más que aumentar su culpabilidad.

—Pero ¿eran realmente circasianos? —dijo uno de los presentes—. ¿Alguien los vio?

—Os voy a contar toda la historia —respondió Grushnitski—. Lo único que os pido es que no me traicionéis. Esto fue lo que pasó: ayer un hombre, cuyo nombre no voy a revelar, vino a verme y me dijo que, pasadas ya las nueve de la noche, había visto a alguien rondando la casa de las Ligovskaia. Debo recordaros que la princesa madre estaba aquí y que la hija se había quedado en su casa. Nos dirigimos juntos allí y montamos guardia debajo de las ventanas para sorprender al afortunado.

Reconozco que me asusté, aunque mi interlocutor estaba muy ocupado con su desayuno: podía oír cosas muy desagradables para él, si es que Grushnitski había adivinado la verdad. No obstante, cegado por los celos, no había albergado la menor sospecha.

—Pues como iba diciendo —continuó Grushnitski—, nos dirigimos juntos a casa de la princesa, pero antes cogimos un fusil cargado de balas de fogueo, porque solo queríamos darle un susto. Esperamos en el jardín hasta las dos de la madrugada. Finalmente apareció, aunque solo Dios sabe por dónde salió, pero no desde luego por la ventana, porque estaba cerrada. Probablemente se deslizara por la puerta acristalada que hay detrás de la columna. Bueno, el caso es que alguien bajó desde el balcón… Vaya con la princesita, ¿eh? ¡Hay que ver cómo son las señoritas de Moscú! Después de esto, ¿de quién puede uno fiarse? Intentamos atraparle, pero se escabulló como una liebre entre los arbustos. Fue entonces cuando le disparé.

Alrededor de Grushnitski se elevó un murmullo de incredulidad.

—¿No me creen? —continuó—. Les doy mi palabra de honor de caballero de que es la pura verdad, y para probarlo les voy a dar el nombre de ese señor.

—¡Dígalo! ¡Dígalo! ¿Quién es? —se oyó por todas partes.

—Pechorin —respondió Grushnitski.

En ese momento levantó la vista: yo estaba en el umbral de la puerta, enfrente de él. Se puso como la grana. Yo me acerqué y le dije muy despacio, separando mucho las palabras:

—Lamento profundamente haber entrado después de que empeñara usted su palabra de honor para confirmar tan repugnante mentira. Mi presencia le habría evitado cometer una bajeza más —Grushnitski se levantó de un salto, con aire de estar muy enfadado—. Le pido —continué en el mismo tono— que retire ahora mismo sus palabras. Sabe usted perfectamente que eso no es verdad. No creo que la indiferencia de una mujer a sus brillantes cualidades merezca tan terrible venganza. Piénselo usted bien: si persiste en sus afirmaciones, perderá todo derecho a que le consideren un caballero y pondrá en riesgo su vida.

Grushnitski estaba delante de mí con los ojos bajos, presa de una violenta agitación. Pero la batalla entre su conciencia y su amor propio no duró mucho tiempo. El capitán de dragones, que estaba a su lado, le empujó con el codo. Grushnitski se estremeció y se apresuró a responderme, sin levantar la vista:

—Mi querido señor, cuando digo una cosa es que la pienso y estoy en condiciones de repetirla. No me asustan sus amenazas y estoy dispuesto a todo…

—Ese último extremo ya lo ha demostrado usted —le respondí con frialdad y, tomando del brazo al capitán de dragones, salí de la sala.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó el capitán.

—Es usted amigo de Grushnitski y probablemente hará las veces de padrino.

El capitán hizo una reverencia con mucha gravedad.

—Lo ha adivinado —dijo—. Y hasta puede decirse que estoy obligado a ser su padrino, ya que la ofensa sufrida también me concierne. Estaba con él anoche —añadió, irguiendo su espalda, un tanto arqueada.

—Ah, entonces fue a usted a quien golpeé con tanta torpeza en la cabeza…

Se puso amarillo, azul. En su rostro se reflejaba una ira disimulada.

—Tendré el honor de enviarle hoy mismo a mi padrino —añadí, inclinándome con mucha cortesía y haciendo como si no hubiera reparado en su rabia.

En la entrada del restaurante me encontré con el marido de Vera. Por lo visto, me estaba esperando. Me cogió la mano con una emoción rayana en el entusiasmo.

—¡Noble joven —dijo con lágrimas en los ojos—, lo he oído todo! ¡Qué miserable! ¡Qué ingrato! Después de esto, no creo que lo reciban en ninguna casa decente. ¡Gracias a Dios, no tengo hijas! Pero la joven por la que va a arriesgar su vida sabrá recompensarle. De momento puede usted contar con mi discreción —prosiguió—. Yo también he sido joven y he servido en el ejército. Sé muy bien que uno no debe mezclarse en estos asuntos. Adiós.

¡Pobrecillo! Se alegra de no tener hijas…

Me fui directamente a casa de Wérner, lo encontré allí y se lo conté todo: mis relaciones con Vera y con la princesita, la conversación que había oído y por la que me había enterado del plan de esos señores para ponerme en ridículo, que consistía en que tiráramos con balas de fogueo. Pero ahora el asunto había rebasado los límites de una broma. Probablemente, no habían contado con un desenlace semejante.

El médico aceptó ser mi padrino. Le di algunas instrucciones relativas a las condiciones del duelo. Debía insistir en que se llevara todo con el mayor secreto posible, porque, aunque estaba dispuesto a exponerme a la muerte en cualquier momento, no tenía la menor intención de comprometer para siempre mi futuro en este mundo.

A continuación me fui a casa. Una hora más tarde apareció el médico, una vez cumplidas sus gestiones.

—En efecto, hay una conjura contra usted —me dijo—. Encontré en casa de Grushnitski al capitán de dragones y a otro señor cuyo apellido no recuerdo. Me detuve un momento en el vestíbulo para quitarme los chanclos, y hasta allí me llegó el ruido de una terrible discusión. «No cederé por nada del mundo —decía Grushnitski—. Me ha ofendido en público. Hasta ese momento, la cosa era muy distinta…». «Eso no es asunto tuyo —respondió el capitán—. Yo me encargaré de todo. He sido padrino en cinco duelos y sé cómo se actúa en estos casos. Lo tengo todo pensado. Lo único que te pido es que no interfieras. No está mal meterle miedo. Además, ¿por qué exponerse a un peligro cuando puede evitarse?». En ese momento entré. Se callaron enseguida. Nuestras negociaciones se prolongaron bastante. Finalmente nos pusimos de acuerdo en los siguientes puntos: a unos cinco kilómetros de aquí hay un desfiladero solitario; ellos se dirigirán allí mañana a las cuatro de la madrugada, y nosotros saldremos media hora después; os situaréis a seis pasos de distancia: es el propio Grushnitski el que lo ha exigido así. Si alguien muere, se culpará a los circasianos. Ahora paso a exponerle mis sospechas: creo que ellos, me refiero a los padrinos, han modificado el plan que tenían y quieren cargar únicamente la pistola de Grushnitski. Se parece un poco a un asesinato, pero en tiempos de guerra, y sobre todo contra pueblos asiáticos, se permiten toda clase de argucias. Solo Grushnitski parece un poco más noble que sus compañeros. ¿Qué le parece a usted? ¿Debemos darles a entender que hemos adivinado sus intenciones?

—Por nada del mundo, doctor. No se preocupe, no voy a caer en la trampa.

—Y ¿qué piensa hacer?

—Es un secreto.

—Tenga cuidado de que no se la jueguen… ¡Solo son seis pasos de distancia!

—Doctor, le espero mañana a las cuatro. Los caballos estarán preparados. Adiós.

Me quedé en casa hasta la tarde, encerrado en mi habitación. Un lacayo vino a buscarme de parte de la princesa, pero ordené que le dijera que estaba enfermo.

Las dos de la madrugada. No logro conciliar el sueño. Y, sin embargo, tendría que dormir para que mañana no me temblara la mano. En cualquier caso, a seis pasos de distancia es difícil errar el blanco. ¡Ah, señor Grushnitski! Sus mentiras no le darán resultado… Vamos a cambiar los papeles: ahora seré yo quien busque en su pálido rostro indicios de un terror secreto. ¿Por qué ha señalado usted esos seis pasos fatídicos? ¿Cree que voy a ofrecerle mi frente sin oponer resistencia? Lo echaremos a suerte… y entonces… entonces… Y ¿si le sonríe la fortuna? ¿Si mi estrella finalmente me ha abandonado? No tendría nada de extraño, después de haber favorecido mis caprichos tanto tiempo. Tan poca constancia hay en los cielos como en la tierra.

Y ¿qué? Si tengo que morir, moriré. El mundo no perderá gran cosa. Además, ya me he aburrido bastante. Soy como un hombre que bosteza en un baile y que no quiere irse a la cama simplemente porque aún no ha llegado su carruaje. Pero, cuando el carruaje está dispuesto, no queda más que despedirse.

Repaso en la memoria todo mi pasado y no puedo dejar de preguntarme: ¿para qué he vivido? ¿Por qué razón he nacido? Alguna ha debido de haber, y probablemente estaba destinado a un alto fin, porque siento en mi interior unas fuerzas inmensas. Pero no he sido capaz de adivinarlo y me he dejado arrastrar por el señuelo de pasiones vanas y viles. De su crisol he salido duro y frío como el hierro, pero he perdido para siempre la llama de los impulsos nobles, la flor más bella de la vida. Y, desde entonces, ¡cuántas veces he tenido que desempeñar el papel de hacha en manos del destino! Como el arma de un verdugo, caía sobre la cabeza de las víctimas designadas, a menudo sin odio, siempre sin compasión… Mi amor no ha procurado felicidad a nadie, porque no he sacrificado nada a aquellos a quienes amé. Amaba por mí mismo, por mi propio placer. No hacía más que satisfacer una extraña exigencia de mi corazón, que me llevaba a engullir con avidez los sentimientos, la ternura, las alegrías y los sufrimientos de las personas queridas, sin lograr saciarme jamás. De la misma manera, un hombre atormentado por el hambre y extenuado se queda dormido; entonces ve exquisitas viandas y espumeantes vinos, devora con ansia esos dones aéreos de la imaginación y se siente aliviado… pero, en cuanto despierta, el sueño se desvanece… Y ¡solo quedan el hambre redoblada y la desesperación!

¡Puede que muera mañana!… Y no quedará sobre la faz de la tierra una sola criatura que me haya comprendido de verdad. Unos tendrán una opinión peor y otros mejor de lo que soy en realidad… Este dirá que era un buen muchacho; aquel, que era un miserable. Y ambos se equivocarán. Después de lo expuesto, ¿puede decirse que la vida merece la pena? Y, sin embargo, sigue uno viviendo, aunque solo sea por curiosidad, siempre esperando algo nuevo… ¡Resulta ridículo y ofensivo!

Llevo ya mes y medio en el fuerte de N. Maksim Maksímich ha salido de caza. Estoy solo. Me he sentado al lado de la ventana: nubes grises envuelven las montañas hasta el mismo pie. A través de la niebla el sol se percibe como una mancha amarilla. Hace frío, el viento silba y golpea los postigos. Me aburro. Voy a retomar mi diario, interrumpido por culpa de tantos acontecimientos extraños.

Al releer la última página me ha entrado la risa. ¡Pensaba que iba a morir! Pero era imposible: aún no he apurado el cáliz de los sufrimientos, y por tanto presiento que me queda una larga vida por delante.

¡Con qué claridad y precisión se ha grabado todo el pasado en mi memoria! El tiempo no ha borrado ni un solo rasgo, ni un solo matiz.

Recuerdo que la noche previa al duelo, no dormí ni un instante. Tampoco pude escribir mucho tiempo: una inquietud secreta se había apoderado de mí. Me pasé casi una hora paseando por la habitación. Luego me senté y abrí una novela de Walter Scott que había en la mesa: era Los puritanos de Escocia[38]. Al principio me costó concentrarme en la lectura, pero luego me olvidé de cuanto me rodeaba, subyugado por la portentosa invención de la trama. ¿Es posible que no se haya recompensado en el otro mundo al bardo escocés por cada minuto de felicidad que procura su libro?

Por fin amaneció. Mis nervios se tranquilizaron. Me miré en el espejo: una palidez mate cubría mi rostro, que conservaba las huellas del doloroso insomnio; pero los ojos, aunque rodeados de una sombra marrón, despedían un destello orgulloso e implacable. Me quedé satisfecho conmigo mismo. Después de ordenar que ensillaran los caballos, me vestí y fui corriendo a los baños. Me hundí en las aguas frías y burbujeantes del Narzán y sentí cómo recobraba las fuerzas físicas y espirituales. Salí de los baños fresco y animoso, como si me dispusiera a ir a un baile. ¡Para que luego digan que el alma no depende del cuerpo!…

Al regresar, me encontré en mi casa con el médico. Llevaba unos pantalones de montar de color gris, un caftán y un gorro circasiano. Al ver su figura diminuta bajo aquel enorme gorro peludo, me reí a carcajadas. Su rostro no tenía nada de marcial, pero esta vez parecía aún más largo que de costumbre.

—¿Por qué está usted tan triste, doctor? —le pregunté—. ¿Es que no ha acompañado a centenares de personas al otro mundo con la mayor indiferencia? Imagine que sufro de fiebre biliosa. Puedo curarme y también puedo morir. Tanto lo primero como lo segundo entra dentro del orden de las cosas. Trate de verme como si fuera un paciente aquejado de una enfermedad desconocida para usted, y entonces su curiosidad será extrema. Y en estos momentos puede servirse de mí para hacer importantes observaciones fisiológicas… ¿La espera de una muerte violenta no es ya una verdadera enfermedad?

Este razonamiento sorprendió al médico, que se puso más alegre.

Montamos a caballo. Wérner sujetó las riendas con las dos manos y partimos. En un instante pasamos delante del fuerte, atravesamos el arrabal y entramos en el desfiladero, por el que discurría un camino medio cubierto de hierbas altas y atravesado a cada momento por un tumultuoso arroyo, que teníamos que vadear, para gran desesperación del médico, porque su caballo se detenía cada vez en medio de la corriente.

¡No recuerdo una mañana más azul y más fresca! El sol apenas asomaba detrás de las cumbres verdes, y el encuentro de la primera tibieza de sus rayos con la agonizante frescura de la noche comunicaba a todos los sentidos una suerte de dulce languidez. En el desfiladero aún no había penetrado la jovial luminosidad del nuevo día: solo doraba la cresta de las peñas suspendidas sobre nosotros a uno y otro lado; los espesos arbustos que crecían en sus profundas hondonadas nos rociaban de una lluvia de plata al mínimo soplo del viento. Recuerdo que nunca he amado tanto la naturaleza como en ese momento. ¡Con qué curiosidad examinaba cada gota de rocío que, temblando sobre alguna ancha hoja de vid, reflejaba millones de rayos iridiscentes! ¡Con qué avidez trataba de traspasar mi mirada la brumosa lejanía! El camino se iba haciendo más y más estrecho, las rocas más azules y pavorosas, hasta juntarse para formar una especie de muralla infranqueable. Cabalgábamos en silencio.

—¿Ha hecho usted testamento? —preguntó Wérner de pronto.

—No.

—Y ¿si le matan?

—Ya se las arreglarán mis herederos.

—Y ¿no tiene usted amigos a los que les gustaría enviar un último adiós?

Negué con la cabeza.

—¿No hay ninguna mujer en el mundo a la que le gustaría dejar algo como recuerdo?

—¿Quiere usted que le abra mi alma, doctor? —le respondí—. Entienda que ya he dejado atrás la edad en que se muere pronunciando el nombre de la amada y confiando a un amigo un mechón de cabellos engominados o no. Al pensar en una muerte cercana y posible, solo me ocupo de mí mismo; otros no hacen ni siquiera eso. Los amigos me olvidarán mañana o, peor aún, difundirán Dios sabe qué infundios sobre mí. Las mujeres abrazarán a otro hombre y se reirán de mí para que su amado no sienta celos del difunto. ¡Que se queden con Dios! De la tempestad de la vida no he sacado más que unas pocas ideas y ningún sentimiento. Hace tiempo que no vivo con el corazón, sino con la cabeza. Sopeso y analizo mis propias pasiones y actos con severa curiosidad, como si no me incumbieran. Hay dos hombres en mí: uno vive, en el sentido pleno de esa palabra; el otro reflexiona y lo juzga. Puede que dentro de una hora el primero se despida de usted y del mundo para siempre, pero el segundo, el segundo… Mire, doctor: ¿ve usted sobre esa roca de la derecha tres figuras negras? ¿No serán nuestros adversarios?…

Nos pusimos al trote.

Al pie del peñón había tres caballos atados a los arbustos. Hicimos lo mismo con los nuestros y subimos por un angosto sendero hasta una explanada donde nos esperaban Grushnitski, el capitán de dragones y otro padrino al que llamaban Iván Ignátievich. No escuché ni una sola vez su apellido.

—Hace tiempo que les esperamos —dijo el capitán de dragones con una sonrisa irónica.

Saqué el reloj y se lo enseñé.

Él se disculpó diciendo que su reloj adelantaba.

Se produjo un penoso silencio que se prolongó unos minutos. Finalmente el médico lo rompió, dirigiéndose a Grushnitski:

—Me parece —dijo— que, una vez puesta de manifiesto por ambas partes la intención de batirse, pagando de ese modo el tributo debido a las leyes del honor, podrían ustedes, señores, aclarar las cosas y zanjar el asunto de manera amistosa.

—Por mi parte no tengo inconveniente —dije yo.

El capitán guiñó el ojo a Grushnitski y este, pensando que yo tenía miedo, adoptó un aire orgulloso, aunque una palidez mate había cubierto sus mejillas hasta ese momento. Era la primera vez que me miraba desde que llegamos: en su mirada se adivinaba una suerte de inquietud, que traicionaba una lucha interior.

—Exponga sus condiciones —dijo— y tenga el convencimiento de que haré cuanto esté en mi mano…

—Estas son mis condiciones: hoy mismo se retractará usted públicamente de su calumnia y me pedirá perdón…

—Mi querido señor, me sorprende que se atreva usted a venirme con tales exigencias…

—Y ¿qué se esperaba usted?

—Nos batiremos…

Me encogí de hombros.

—Como quiera: pero recuerde que uno de nosotros morirá sin falta.

—Espero que sea usted…

—Pues yo estoy convencido de lo contrario…

Se turbó, enrojeció y luego soltó una carcajada forzada.

El capitán lo cogió del brazo y se lo llevó aparte. Pasaron un buen rato cuchicheando. Había llegado en una disposición de ánimo bastante pacífica, pero todo lo que veía empezaba a irritarme.

El médico se acercó a mí.

—Escuche —dijo con evidente preocupación—, parece que se ha olvidado usted de la conjura. Yo no sé cargar una pistola, pero en este caso… ¡Es usted un hombre extraño! Dígales que conoce sus intenciones y no se atreverán a hacer nada. ¡Vaya un capricho! Dejarse acribillar como un pájaro…

—Doctor, le ruego que no se inquiete y que tenga un poco de paciencia. Lo arreglaré todo de tal modo que no tendrán ninguna ventaja. Déjeles que cuchicheen… ¡Señores, esto se está haciendo aburrido! —les dije en voz alta—. Si hay que batirse, batámonos. Ya tuvieron ayer tiempo de sobra para charlar…

—Estamos listos —respondió el capitán—. ¡A sus puestos, señores! Doctor, haga el favor de medir seis pasos…

—¡A sus puestos! —repitió Iván Ignátievich con voz chillona.

—¡Permítanme! —dije yo—. Hay una condición más. Ya que vamos a batirnos a muerte, estamos obligados a hacer cuanto nos sea posible para que el asunto quede en secreto y los padrinos no se vean comprometidos. ¿Están de acuerdo?

—Completamente.

—Pues esto es lo que se me ha ocurrido. ¿Ven ahí a la derecha, en la cumbre de esa roca cortada a pico, una estrecha explanada? Desde allí hasta abajo habrá unos sesenta metros, si no más. En el fondo hay unas piedras agudas. Cada uno de nosotros se colocará en un extremo de la explanada. De ese modo hasta la herida más leve resultará mortal. Esa medida está de acuerdo con sus deseos, ya que es usted quien ha designado una distancia de seis pasos. Quien resulte herido, caerá al vacío indefectiblemente y se hará pedazos. El médico extraerá la bala. Y entonces será muy fácil atribuir esa muerte inesperada a un paso en falso. Echaremos a suertes quién disparará primero. Quiero decirles, para terminar, que si no aceptan estas condiciones no me batiré.

—De acuerdo —dijo el capitán, después de dirigir una mirada significativa a Grushnitski, que movió la cabeza en señal de asentimiento.

Su rostro cambiaba sin parar. Lo había colocado en una situación difícil. Si hubiéramos disparado en condiciones normales, podría haberme apuntado a una pierna, herirme ligeramente y satisfacer de ese modo su deseo de venganza, sin comprometer demasiado su conciencia; pero ahora tendría que disparar al aire o cometer un asesinato, o en último caso abandonar su vil proyecto y exponerse al mismo peligro que yo. En ese momento, no me habría gustado estar en su pellejo. Se llevó al capitán a un lado y se puso a decirle algo con gran agitación. Advertí que sus azulados labios temblaban. Pero el capitán se apartó de él con una sonrisa despectiva:

—Eres tonto —le dijo en voz bastante alta—. ¡No entiendes nada! ¡En marcha, señores!

Un estrecho sendero conducía entre arbustos a la cima. Algunas rocas desprendidas constituían los tambaleantes peldaños de esa escalera natural. Nos agarramos a los matorrales y empezamos a trepar. Grushnitski iba en cabeza, seguido de sus padrinos; el médico y yo cerrábamos la marcha.

—¡Me sorprende usted! —dijo el médico, apretándome con fuerza el brazo—. Déjeme que le tome el pulso… ¡Ah, es febril! Pero su rostro no deja traslucir nada. Solo sus ojos brillan con más intensidad que de costumbre.

De pronto unas piedrecitas rodaron a nuestros pies. ¿Qué había pasado? Pues que Grushnitski había resbalado y la rama a la que se había agarrado se había roto: suerte que sus padrinos le sujetaron, si no habría caído de espaldas al vacío.

—¡Tenga cuidado! —le grité—. No vaya a caerse antes de tiempo: es un mal presagio. ¡Acuérdese de Julio César[39]!

Llegamos a la cumbre de la prominente roca. La explanada estaba cubierta de fina arena, como hecho a propósito para un duelo.

Alrededor, perdiéndose en la bruma dorada de la mañana, se apretujaban las cimas de las montañas, como un rebaño incontable, y al sur, el Elbrús se alzaba como una mole blanca, cerrando una cadena de cumbres heladas, entre las que vagaban ya hilachas de nubes llegadas de oriente. Me acerqué al borde de la explanada y, al mirar abajo, estuve a punto de marearme: el fondo parecía oscuro y frío como una tumba. Los musgosos dientes de las rocas, arrojadas por las tormentas y por el tiempo, esperaban su presa.

La explanada en la que íbamos a batirnos conformaba un triángulo casi perfecto. Desde el ángulo saliente se midieron seis pasos y se decidió que aquel que debiera enfrentarse en primer lugar al fuego de su enemigo se situaría precisamente allí, de espaldas al precipicio. Si no resultaba muerto, los contrincantes cambiarían de lugar.

Tomé la decisión de conceder a Grushnitski todas las ventajas. Quería ponerle a prueba. En su alma podía despertarse una chispa de generosidad, y entonces todo se arreglaría del mejor modo; ¡pero el amor propio y la debilidad de carácter iban a imponerse! Quería tener pleno derecho a no perdonarle si el destino me favorecía. ¿Quién no ha sellado pactos semejantes con su propia conciencia?

—Proceda al sorteo, doctor —dijo el capitán.

El médico sacó del bolsillo una moneda de plata y la arrojó al aire.

—¡Cara! —se apresuró a gritar Grushnitski, como alguien que despierta de pronto, sacudido por una mano amistosa.

—¡Cruz! —dije yo.

La moneda se elevó en el aire y al caer al suelo tintineó. Todos se precipitaron hacia ella.

—Tiene usted suerte —le dije a Grushnitski—. ¡Será usted el primero en disparar! Pero recuerde que, si no me mata usted, yo no fallaré. Le doy mi palabra de honor.

Grushnitski enrojeció: le daba vergüenza matar a un hombre desarmado. Le miré fijamente. Me parecía que en cualquier momento iba a arrojarse a mis pies y a pedirme perdón. Pero ¿cómo reconocer una maquinación tan vil? La única solución que le quedaba era disparar al aire, y yo estaba convencido de que así lo haría. Una sola cosa podía impedírselo: la idea de que yo exigiría un segundo duelo.

—Ha llegado el momento —me susurró el médico, tirándome de la manga—. Si no dice usted ahora mismo que conocemos sus intenciones, estará todo perdido. Mire que ya se apresta a cargar el arma. Si no dice usted nada, lo haré yo.

—¡Por nada del mundo, doctor! —respondí, sujetándole por el brazo—. Lo va a estropear usted todo. Me ha dado su palabra de honor de no inmiscuirse. ¿A usted qué más le da? Puede que quiera que me maten…

Él me miró con sorpresa.

—¡Ah, eso es otra cosa! Pero en tal caso no me reproche nada en el otro mundo.

Entretanto el capitán, que había terminado de cargar las pistolas, le tendió una a Grushnitski, al tiempo que le susurraba algo con una sonrisa, y la otra a mí.

Me situé en el borde de la explanada, apoyando con fuerza la pierna izquierda contra una piedra e inclinándome un poco hacia delante, para no caer hacia atrás en caso de recibir una herida leve.

Grushnitski se colocó frente a mí y, cuando escuchó la señal convenida, empezó a levantar la pistola. Le temblaban las rodillas. Me apuntaba directamente a la frente.

Un furor indescriptible me ardía en el pecho.

De pronto bajó el cañón de la pistola y, pálido como un lienzo, se volvió hacia su padrino.

—¡No puedo! —dijo con voz sorda.

—¡Cobarde! —respondió el capitán.

Resonó un disparo. La bala me rozó la rodilla. Instintivamente di unos pasos hacia delante para alejarme del borde lo antes posible.

—Bueno, Grushnitski, amigo mío, es una pena que hayas errado el tiro —dijo el capitán—. Ahora te toca a ti. ¡Colócate! Pero primero dame un abrazo: no nos veremos más —se abrazaron. El capitán apenas podía contener la risa—. ¡No tengas miedo! —añadió, dirigiendo a Grushnitski una mirada de complicidad—. ¡Todo es absurdo en este mundo! La naturaleza es indiferente; el destino, ciego. Y la vida no vale nada.

Después de esa frase trágica, pronunciada con la debida gravedad, se dirigió a su puesto. Iván Ignátievich abrazó también a Grushnitski con lágrimas en los ojos, y entonces este se quedó solo frente a mí. Aún hoy sigo tratando de entender el sentimiento que bullía entonces en mi pecho, y en el que se entreveraban el despecho del amor propio herido, el desprecio y la ira que me causaba la idea de que ese hombre, que ahora me miraba con tanta seguridad y tan tranquila insolencia, dos minutos antes había querido matarme como un perro, sin correr ningún riesgo, pues, si mi herida en la pierna hubiera sido un poco más profunda, habría caído sin falta al vacío.

Le miré fijamente a la cara unos minutos, intentando descubrir la más leve huella de arrepentimiento. Pero me dio la impresión de que reprimía una sonrisa.

—Le aconsejo que antes de morir se encomiende a Dios —le dije entonces.

—No se preocupe más de mi alma que de la suya. Lo único que le pido es que dispare de una vez.

—¿No se retracta usted de su calumnia? ¿No me pide perdón? Piénselo bien: ¿no le dice nada su conciencia?

—¡Señor Pechorin! —gritó el capitán de dragones—. Permítame que le recuerde que no está usted aquí para confesar a nadie. Acabemos de una vez. Alguien podría pasar por el desfiladero y descubrirnos.

—Muy bien. Doctor, acérquese.

El médico se aproximó. ¡Pobre! Estaba más pálido que Grushnitski diez minutos antes.

Las palabras siguientes las pronuncié a propósito muy despacio, con voz fuerte y clara, como se pronuncia una sentencia de muerte.

—Doctor, estos señores, seguramente por culpa de las prisas, se han olvidado de poner una bala en mi pistola. Le pido que vuelva a cargarla, y que lo haga como Dios manda.

—¡Imposible! —gritó el capitán—. ¡No puede ser! He cargado las dos pistolas. Puede que la bala se haya caído de la suya. ¡No es culpa mía! Pero no tiene derecho a cargarla de nuevo. Ningún derecho. Es totalmente contrario a las reglas. No lo permitiré.

—De acuerdo —le dije al capitán—. En ese caso batámonos usted y yo en las mismas condiciones…

El capitán se turbó.

Grushnitski, con la cabeza inclinada sobre el pecho, tenía un aire confuso y sombrío.

—¡Déjalos! —le dijo finalmente al capitán, que intentaba arrancar mi pistola de manos del médico—. Sabes muy bien que tienen razón.

En vano le hizo el capitán señales de todo tipo. Grushnitski no quería ni mirarlo.

Entretanto, el médico cargó la pistola y me la entregó.

Al verlo, el capitán escupió y dio una patada en el suelo.

—¡Eres un imbécil, amigo mío! —dijo—. ¡Así sin más, un imbécil! Una vez que confiaste en mí, tenías que obedecerme en todo. ¡Te lo tienes merecido! Muere como una mosca. —Se dio la vuelta y, mientras se alejaba, murmuró—: En cualquier caso, todo esto va contra las reglas.

—Grushnitski —le dije—, aún estás a tiempo. Retráctate de tu calumnia y te lo perdonaré todo. No has conseguido burlarte de mí y mi amor propio está satisfecho. Recuerda que una vez fuimos amigos.

Su rostro enrojeció de ira, sus ojos centellearon.

—Dispare —respondió—. Me desprecio a mí mismo y a usted le odio. Si no me mata usted, le sorprenderé cualquier noche y le cortaré el cuello. No hay espacio en el mundo para los dos…

Disparé.

Cuando el humo se disipó, Grushnitski ya no estaba en la explanada. Solo una ligera columna de polvo giraba en el borde del precipicio.

Todos lanzaron un grito al unísono.

Finita la comedia! —le dije al médico, que no me respondió y se volvió horrorizado.

Me encogí de hombros y me despedí de los padrinos de Grushnitski con una reverencia.

Al bajar por el sendero, descubrí entre las hendiduras de las rocas el cadáver ensangrentado de Grushnitski. Cerré los ojos sin querer.

Tras desatar mi caballo, volví a casa al paso. Tenía un peso en el corazón. El sol me parecía deslustrado, sus rayos no me calentaban.

Antes de llegar al arrabal, torcí a la derecha por el desfiladero. La vista de un ser humano me habría resultado penosa. Quería estar solo. Solté las riendas y cabalgué largo rato, la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta que llegué a un lugar que me era completamente desconocido. Entonces di media vuelta y me puse a buscar el camino. El sol se ponía ya cuando llegué a Kislovodsk, extenuado sobre mi caballo extenuado.

Mi criado me dijo que Wérner había pasado por casa y me entregó dos esquelas, una de él y otra… de Vera.

Abrí la primera. Este era su contenido:

Todo se ha arreglado de la mejor manera posible. Cuando trajeron el cadáver desfigurado, ya se le había extraído la bala del pecho. Todo el mundo está convencido de que la causa de la muerte ha sido un desgraciado accidente. Solo el comandante, que probablemente está enterado de sus desavenencias con Grushnitski, movió la cabeza, aunque no dijo nada. No hay pruebas que le acusen, así que puede dormir tranquilo, si es usted capaz. Adiós.

Tardé un buen rato en decidirme a abrir la segunda esquela. ¿Qué podía escribirme Vera? Un oscuro presentimiento agitaba mi alma.

He aquí la carta, cada palabra de la cual se ha grabado en mi memoria de manera indeleble:

Te escribo con la plena convicción de que jamás volveremos a vernos. Hace unos años, cuando nos separamos, pensaba lo mismo. Pero el cielo ha querido ponerme a prueba por segunda vez. Y el resultado ha sido el mismo: mi débil corazón se ha sometido de nuevo a una voz tan conocida… ¿No me despreciarás por eso, verdad? Esta carta será al mismo tiempo una despedida y una confesión. Estoy obligada a contarte todo lo que se ha acumulado en mi corazón desde el día en que me enamoré de ti. No voy a acusarte de nada: te portaste conmigo como lo habría hecho cualquier otro hombre. Me has amado como si fuera una posesión tuya, una fuente de alegrías, de inquietudes y de penas entreveradas, sin las cuales la vida resulta aburrida y monótona. Lo comprendí desde el principio. Pero tú eras desdichado, y yo me sacrifiqué con la esperanza de que algún día valorarías mi sacrificio y comprenderías mi profunda ternura, que no depende de ninguna circunstancia. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, he penetrado en todos los secretos de tu alma… y he concluido que es imposible concebir cualquier esperanza. ¡Qué dura fue para mí esa constatación! Pero mi amor había enraizado ya en mi alma, y su llama, aunque perdió parte de su intensidad, no se apagó del todo.

Nos separamos para siempre. Sin embargo, puedes estar seguro de que nunca amaré a otro. Mi alma ha agotado contigo todos sus tesoros, sus lágrimas y esperanzas. Quien te ama una vez no puede contemplar sin cierto desprecio a los demás hombres, no porque seas mejor que ellos, ¡en absoluto!, sino porque en tu naturaleza se percibe algo especial, propio solo de ti, una suerte de orgullo y de misterio. En tu voz, digas lo que digas, hay un poder invencible. Nadie desea ser amado con tanta perseverancia; en nadie el mal es tan atrayente; ninguna mirada promete tanta felicidad; nadie sabe aprovecharse tan bien de sus ventajas, y nadie puede ser tan verdaderamente desdichado como tú, porque nadie trata de convencerse tanto de lo contrario.

Ahora debo anunciarte el motivo de mi precipitada marcha. Te parecerá poco importante, pues solo me concierne a mí.

Esta mañana mi marido entró en mi habitación y me contó tu discusión con Grushnitski. La expresión de mi rostro debió de alterarse mucho, porque pasó un buen rato mirándome a los ojos. Estuve a punto de perder el sentido al pensar que ibas a batirte hoy y que la causa del desafío era yo. Creí que iba a volverme loca… Pero ahora, ya más serena, he llegado a la conclusión de que saldrás con vida: ¡es imposible que mueras sin mí, imposible! Mi marido no paraba de recorrer la habitación de un extremo al otro. No sé lo que me dijo, no recuerdo lo que le respondí. Probablemente que te amaba… Solo recuerdo que al final de la conversación me ofendió con un calificativo terrible y se marchó. Le oí ordenar que engancharan el coche. Llevo ya tres horas sentada delante de la ventana esperando tu vuelta… Pero ¡estás vivo, no puedes morir!… El carruaje ya está casi listo. Adiós, adiós… Estoy perdida, pero ¿qué más da? Si pudiera estar segura de que te acordarás siempre de mí… no digo amarme, solo recordarme… Adiós: ya vienen… Debo ocultar esta carta…

¿Verdad que no amas a Mary, que no te casarás con ella? Escucha, debes hacer ese sacrificio por mí: yo por ti lo he perdido todo en el mundo…

Salí como un loco a la entrada, salté sobre mi caballo Cherkés, al que en ese momento paseaban por el patio, y me lancé a todo galope por el camino de Piatigorsk. Fustigaba sin piedad a mi extenuada montura que, jadeando y llena de espuma, me llevaba en volandas por la pedregosa carretera.

El sol se ocultaba ya detrás de una nube negra suspendida en la parte occidental del cielo, sobre la cresta de las montañas. En el desfiladero reinaba la oscuridad y se percibía cierta humedad. El Podkúmok, abriéndose camino entre las piedras, rugía sordo y monótono. Galopaba, ahogándome de impaciencia. El pensamiento de que no la encontraría ya en Piatigorsk me golpeaba el corazón como un martillo. Verla un minuto, nada más que un minuto, despedirme, estrecharle la mano… Rezaba, maldecía, lloraba, reía… ¡No, nada puede expresar mi inquietud, mi desesperación! Ante la posibilidad de perderla para siempre, Vera se convirtió en lo más querido del mundo para mí: más que la vida, el honor y la felicidad. Dios sabe qué extrañas y disparatadas ideas se agolpaban en mi cabeza. Y entretanto seguía galopando, fustigando a mi montura sin piedad. Entonces me di cuenta de que mi caballo apenas podía respirar. Tropezó un par de veces en un terreno llano. Quedaban cinco kilómetros para llegar a Yessentukí, la aldea cosaca donde podía cambiar de montura.

Todo habría salido bien si mi caballo hubiera aguantado diez minutos más. Pero de pronto, al coronar un pequeño barranco, ya en el tramo final de la montaña, en una pronunciada curva, se desplomó sobre el suelo. Salté con agilidad y me esforcé por levantarlo, tirando de la brida, pero fue en vano: un gemido apenas audible se escapó entre sus dientes apretados. Al cabo de unos pocos minutos expiró. Me quedé solo en la estepa, perdida ya mi última esperanza. Intenté seguir a pie, pero me fallaron las piernas: agotado por las preocupaciones del día y la falta de sueño, caí sobre la hierba húmeda y me eché a llorar como un niño.

Durante un buen rato me quedé allí inmóvil, llorando con amargura, sin hacer el menor esfuerzo por contener las lágrimas y los sollozos. Creía que mi pecho iba a estallar. Toda mi firmeza y mi sangre fría se habían desvanecido como humo. Si alguien me hubiera visto en ese instante, sin fuerzas en el alma, con la voz de la razón repentinamente muda, se habría dado la vuelta con desprecio.

Cuando el rocío de la noche y el viento de las montañas refrescaron mi febril cabeza y mis pensamientos recobraron su curso habitual, comprendí que perseguir una felicidad perdida es inútil y absurdo. ¿Qué más quería? ¿Verla? ¿Para qué? ¿No había terminado todo entre nosotros? Un amargo beso de despedida no habría enriquecido mis recuerdos, solo habría hecho aún más difícil la separación.

No obstante, fue agradable poder llorar. Por lo demás, puede que mis lágrimas se debieran a un desarreglo nervioso, a la noche pasada en vela, a los dos minutos frente al cañón de una pistola y al estómago vacío.

Pero ¡no hay mal que por bien no venga! Ese nuevo sufrimiento produjo en mí lo que en términos militares se conoce como una feliz distracción de fuerzas. Llorar es sano; además, es probable que de no haber sido por ese paseo a caballo y los quince kilómetros a pie del camino de vuelta, tampoco esa noche hubiera podido pegar ojo.

Regresé a Kislovodsk a las cinco de la madrugada, me arrojé sobre la cama y me dormí con el sueño de Napoleón después de Waterloo.

Cuando me desperté, fuera caía ya la tarde. Me senté al pie de la ventana entornada, me desabotoné el caftán, y el viento de la montaña refrescó mi pecho, que el profundo sueño de la fatiga aún no había apaciguado. En la lejanía, en la otra orilla del río, a través de las copas de los espesos tilos que lo ensombrecían, brillaban las luces de las construcciones del fuerte y del arrabal. En nuestro patio reinaba la calma. La casa de la princesa estaba a oscuras.

Entró el médico. Tenía el ceño fruncido y, en contra de su costumbre, no me tendió la mano.

—¿De dónde viene usted, doctor?

—De casa de la princesa Ligovskaia. Su hija está enferma. ¡Una crisis nerviosa! Pero no se trata de eso. Verá: las autoridades sospechan algo y, aunque no existen pruebas concluyentes contra usted, le aconsejo que sea más prudente. La princesa me ha dicho hoy que sabe que se ha batido usted por su hija. Se lo ha contado todo ese viejecito… ¿Cómo se llama? Fue testigo de su altercado con Grushnitski en el restaurante. He venido a prevenirle. Adiós, puede que no nos veamos más: le trasladarán a usted a algún otro destino…

Se detuvo en el umbral. Tenía ganas de estrecharme la mano. Si yo hubiera hecho el menor ademán, se habría lanzado a mi cuello. Pero me mostré frío como una piedra, y él se marchó.

¡Así son los hombres! Todos iguales: conocen por anticipado todos los aspectos negativos de una acción, os ayudan, os aconsejan, hasta aprueban vuestro proceder cuando ven la imposibilidad de recurrir a otras medidas, y luego se lavan las manos y se apartan con indignación de aquel que tuvo la audacia de cargar sobre sus espaldas con todo el peso de la responsabilidad. Todos son iguales, hasta los más bondadosos, hasta los más inteligentes…

A la mañana siguiente, tras recibir orden de las autoridades superiores de dirigirme a la fortaleza de N., fui a casa de la princesa para despedirme.

Se sorprendió cuando, al preguntarme si no tenía nada especialmente importante que decirle, respondí que le deseaba mucha felicidad, etc.

—Pues yo tengo que hablar muy seriamente con usted.

Me senté en silencio.

Era evidente que no sabía cómo comenzar. Su rostro se cubrió de arrebol, sus gordezuelos dedos tamborileaban sobre la mesa; finalmente pronuncio las siguientes palabras con voz entrecortada:

—¡Escuche, monsieur Pechorin! Creo que es usted un caballero —yo hice una reverencia—. Hasta estoy convencida de que lo es —prosiguió—, a pesar de que su conducta sea algo dudosa. Pero puede tener usted razones desconocidas para mí, que son las que tiene que revelarme ahora. Ha defendido usted a mi hija de una calumnia, se ha batido por ella; en consecuencia, ha arriesgado su vida. No es necesario que responda: ya sé que no lo reconocerá usted porque Grushnitski ha muerto —la princesa se santiguó—. ¡Que Dios le perdone, y espero que a usted también! En lo que a mí respecta, no me atrevo a juzgarle, porque mi hija ha sido la causa, aunque inocente, de lo que ha pasado. Me lo ha contado todo. Al menos eso creo: que le declaró usted su amor… que ella hizo lo mismo —en este punto la princesa suspiró profundamente—. Pero ella está enferma, y yo estoy convencida de que no se trata de una simple enfermedad. Una pena secreta la está matando. Ella no lo reconocerá, pero estoy segura de que la causa es usted. Escuche, puede que piense que busco títulos o una enorme fortuna. Pues ¡desengáñese! Lo único que quiero es la felicidad de mi hija. Su situación actual no es envidiable, pero puede mejorar. Tiene usted bienes, mi hija le ama y ha sido educada para hacer feliz a su marido. Yo soy rica y ella es hija única. Dígame, ¿qué es lo que le retiene a usted? Comprenda que no debería decirle todo esto, pero confío en su corazón y en su honor. Recuerde que no tengo más que esta hija… solo esta…

Se echó a llorar.

—Princesa —dije yo—, me es imposible responderle. Permítame hablar con su hija a solas…

—¡Jamás! —exclamó ella, levantándose de la silla, presa de una profunda agitación.

—Como quiera —dije yo, preparándome para marcharme.

Ella reflexionó, me hizo una señal con la mano para que esperara y salió.

Pasaron unos cinco minutos. Mi corazón latía con fuerza, pero tenía la cabeza fría y los pensamientos en orden. Por más que busqué en mi pecho aunque fueran unas chispas de amor por la dulce Mary, mis esfuerzos resultaron baldíos.

De pronto la puerta se abrió y entró la princesita. Al llegar al centro de la sala, se tambaleó. Me precipité hacia ella, le ofrecí mi brazo y la llevé hasta el sillón.

Me quedé de pie enfrente de ella. Pasamos un buen rato en silencio. Sus grandes ojos, llenos de una tristeza indefinible, parecían buscar en los míos algo semejante a una esperanza; sus pálidos labios se esforzaban en vano por sonreír; sus delicadas manos, apoyadas en las rodillas, eran tan delgadas y transparentes que me dio pena de ella.

—Princesita —le dije—, sabe que me he burlado de usted. Debe despreciarme —a sus mejillas asomó un rubor enfermizo. Continué—: En consecuencia, no puede usted amarme…

Ella se volvió, se acodó sobre la mesa, se cubrió los ojos con la mano. Me pareció advertir el brillo de algunas lágrimas.

—Dios mío —exclamó con una voz apenas audible.

La situación se estaba haciendo insostenible: un minuto más y habría caído a sus pies.

—En suma, como ve usted misma —dije con la voz más firme de que fui capaz y una sonrisa forzada—, no puedo casarme con usted. Aunque fuera eso lo que desea ahora, no tardaría en arrepentirse. Mi conversación con su madre me ha obligado a explicarme con usted de forma tan franca como ruda. Confío en que esté equivocada, y a usted no le costará trabajo sacarla de su error. Ya ve usted que estoy desempeñando a sus ojos el papel más lamentable y más odioso: hasta eso lo reconozco. Es cuanto puedo hacer por usted. Por mala que sea la opinión que tenga usted de mí, la acepto sin rechistar. Dese cuenta de que me he portado con usted como un miserable. ¿No es cierto que, aunque me hubiera usted amado, a partir de este instante me despreciaría?

Ella volvió hacia mí su cara pálida como el mármol. Solo sus ojos despedían fulgurantes destellos.

—Le odio —dijo ella.

Le di las gracias, me incliné respetuosamente y salí.

Una hora más tarde partía de Kislovodsk en el carruaje del correo. A unos kilómetros de Yessentukí descubrí a un lado del camino el cadáver de mi fogoso caballo. Alguien se había llevado la silla, probablemente un cosaco de paso, y en su lomo se habían posado dos cuervos. ¡Suspiré y volví la cabeza!

Y ahora, en esta aburrida fortaleza, al repasar en la memoria el pasado, a menudo me pregunto por qué no quise internarme por ese camino que me ofrecía el destino, donde me esperaban serenas alegrías y paz de espíritu… ¡No, no me habría reconciliado con ese lote! Soy como un marinero nacido y criado en el puente de un bergantín pirata. Su alma está acostumbrada a las tormentas y las batallas y, cuando se ve arrojado a la orilla, se aburre y languidece, por más que le atraiga la sombra del bosque y el sol apacible le caliente con sus rayos. Vaga todo el día por la arena de la orilla, escucha el rumor monótono de las olas al romperse y escruta la brumosa lejanía: sobre la pálida línea que separa el piélago azul de las nubes grises, acaso aparezca la ansiada vela, semejante al principio al ala de una gaviota, aunque poco a poco se destacará de la espuma de las ondas y se acercará con paso regular al embarcadero solitario…

Un héroe de nuestro tiempo / Antología poética
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