Nació para la felicidad, para la esperanza
y para la serena inspiración. Pero en su locura
se despojó muy pronto de sus prendas infantiles
y arrojó su corazón en el fragoroso mar de la vida.
Y el mundo no le perdonó y Dios no le salvó.
Así un fruto madurado antes de tiempo
pende en su orfandad entre las flores,
y no alegra al gusto ni a los ojos. Una misma
la hora de su triunfo y de su fin.
El ávido gusano lo roe con saña,
y mientras se mecen en las ramas
las dulces amigas, el fruto precoz
grávido cuelga de la suya… hasta la primera ráfaga.
Qué terrible es un viejo sin canas.
No encuentra a sus iguales. Camina
entre la muchedumbre, aunque nada con ella comparte.
Ni esclavo ni señor entre los hombres,
y todo lo que siente lo siente solo.